Maldita dulzura

2810 Words
KASANDRA A pesar de habernos encontrado con Liam y Scarlett, el resto del día nos lo pasamos genial. Habíamos vuelto a Santa Mónica, nuestro paraíso, noté a Leo algo pensativo, callado. Me preocupé, no voy a decir lo contrario porque si no mentiría. Para intentar calmarme fui a la playa a surfear, aunque me caí muchas veces y decidí quedarme en la orilla mirando el mar. Había algo que no me había contado y estaba preocupada, me quedé pensando en qué podía ser, quizás... quizás no quería estar más conmigo. Yo... yo no venía de una familia tan rica y unida como la de él, no tenía ni padres. Volví a acordarme de lo mal que me lo hizo pasar Liam cuando estuve en su casa, su madre me trataba como si estuviese dándome caridad. Lloré porque terminé creyéndomelo, a lo mejor él pensaba también lo mismo y no sabía como explicármelo. —¿Qué haces aquí? —me preguntó Leo que había ido a la playa. Yo me sequé las lágrimas. —Nada—respondí. —Te pasa algo—siguió. —¿Por qué llorabas? —preguntó mientras se acercaba a mí. —¿Soy caridad para ti? Porque si lo soy... —Eh, ¿a qué viene eso? —preguntó. —Estás muy callado—respondí y las lágrimas me volvieron a salir. —Te pasa algo importante, lo sé. ¿Te freno en algo? —No—dijo y se puso serio. —Quien se frena a sí mismo soy yo. —¿Qué te pasa? —le pregunté comprensiva. —Mi padre ha muerto—dijo. Eso ya lo sabía. —Y la empresa tiene que seguir adelante, y debo de ser yo el responsable de eso. Mi hermano todavía no ha empezado la carrera, sigue en el instituto. Debería presidirla, pero no quiero dejar Santa Mónica, dejar de dar clases, dejar... —¿Dejarme? —Tendría que ir a Nueva York, tu trabajo está aquí. No quiero que renuncies a nada. Y yo no quiero renunciar a ti. Soy un egoísta. Miré al mar, no quería que renunciara a nada. Si esto hubiese pasado con Liam probablemente me hubiese ido sin mirar atrás, arrastrándome él en su decisión. Miré a Leo, estaba preocupado, volver a Santa Mónica había hecho que pusiera los pies en el suelo. Irme a Nueva York... dejar Santa Mónica... ¿me lo estaba planteando seriamente? Dejar la playa, mis amigos por un chico. ¿Volver a cometer el mismo error? Comencé a agobiarme, era una decisión importante. Realmente importante. —¿Tu hermano sigue yendo mal en el instituto? —Sí—respondió con un resoplido. —¿Por qué no se viene para acá? No es la primera vez que tu madre y yo te lo sugerimos. Los padres de Leo y yo habíamos hablado otras veces de que Max se viniera a vivir con nosotros. Ellos no podían estar todo el rato encima de él y nosotros podíamos mantenerlo a raya, y podíamos ayudarlo. Me miró sin entender, ahora le venía con eso cuando me había dicho de mudarnos a la otra punta del país. —No tendría mucho sentido—respondió. —Sí que lo tiene Leo. Tu hermano está allí con los típicos pijos que no dan palo al agua, aquí llevaría una vida ordenada. —Tú viajas—puntualizó. —Sí—respondí. —Pero se podría quedar contigo, además eres profesor. Se tumbó en la arena pensativo, yo hice lo mismo. Estaba preocupado, tenía que tomar muchas decisiones importantes. ¿Lo quería? Claro, muchísimo, pero también me quería a mí. Había aprendido a quererme desde que terminé con Liam, seguía queriendo trabajar, pero no quería dejarlo marchar. Me acerqué y él extendió el brazo y me abrazó. —Ya sabes que hay sucursales en Nueva York de la productora. —Lo sé—respondió. —Podría pedir el traslado. Creo que a todos les vendría mejor. Pero me gustaría seguir manteniendo la casa—dije. Me miró con los ojos abiertos. —No quiero renunciar a mi trabajo, pero tampoco quiero renunciar a ti. ¿Tú quieres dejar de dar clases? —No—respondió serio. —Eres muy generosa. —Intento ser realista, ¿has pensado en dar clases en una universidad? No sería la primera vez que te lo ofrecen. Columbia, la Universidad de Nueva York... Me pregunté si merecía la pena todo eso, el buscar soluciones... Volví a casa con Leo, íbamos cada uno sumidos en nuestros pensamientos. Parecía que habían colocado un cronómetro y que el tiempo se nos agotaba. Él se fue a duchar y yo me quedé fumando un cigarro en la pequeña terraza que teníamos, mientras Duquesa ronroneaba en mis pies. Necesitaba desahogarme, preguntarle a alguien qué hacer, y llamé por teléfono. —¿Paola? —Kas, ¿te pasa algo? —Por dónde empiezo...—dije y le conté todo el viaje a Reino Unido y lo que había pasado con Leo, que probablemente se iría. —¿Qué hago? ¿Me voy con él? Es que creo que sería repetir los mismos errores del pasado. —Kasandra, creo que harás lo que quieras como siempre. Pero te digo una cosa, Leo no es Liam, y no tenéis la misma relación. Leo te quiere de verdad. —Lo sé. Pero... tengo miedo. —En las decisiones importantes siempre se tiene miedo—respondió. Nos despedimos y me quedé sola con mis pensamientos. Leo seguía callado, parecía que ambos sufríamos por lo mismo, no queríamos coartar la libertad del otro, pero éramos un equipo. El silencio se iba haciendo más y más pesado y no podía soportarlo. —Leo tenemos que hablar—le dije sentándome a su lado en el sillón. Él me miró asustado. —Tenemos que decidir que hacer. —¿Tenemos? —preguntó. —Sí. Somos pareja, somos un equipo. —No quiero obligarte a nada, no quiero que seas infeliz. —Leo—le sonreí. —Puedo trabajar desde allí, viajaré menos. Podemos venir aquí en vacaciones, nos ocuparemos de Max. Si quieres seguir dando clases puedes ir a Columbia o a alguna. Sé que te lo han ofrecido otras veces. ¿Qué quieres hacer tú? Me miró como quien mira a alguien preciado, con un brillo especial en los ojos. Me besó de forma dulce, yo le devolví el beso. Le acaricié la cara, ¿por qué lo quería tanto? Me abrazó y nos quedamos así, quietos, abrazándonos, pidiéndole al tiempo que se parara y que no nos hiciera tomar una decisión que suponía despedirnos de esos días llenos de sol. —¿Y qué harás cuando te enfades? —preguntó. —¿O me eches en cara que has dejado Santa Mónica por mí? —No puedo coger la tabla de surf e irme durante todo el día. Ya se me ocurrirá algo. Y tranquilo, no me estas obligando a nada, solo vamos a cambiar el escenario. Abrí una cerveza y noté que algo cambiaba, y no sabía el qué. Duquesa había aparecido y ronroneaba entre mis piernas, sonreí. Vi a Leo desde el otro lado, tuvo que ver algo, no sé el qué, pero vino y me abrazó, no me soltó. Solté lágrimas, no quería irme de allí, pero no quería dejarlo solo. No sabía si era un error, Leo era feliz aquí, con sus clases, sus alumnos, estaba dando un volantazo de ciento ochenta grados. Él también lloró, decíamos adiós a una vida construida, con sus rutinas, con sus pequeños detalles para embarcarnos a lo desconocido. —Serán unos años, hasta que mi hermano sea mayor de edad y sepa que quiere. —Vale—le contesté. —Te quiero Kasandra. —Yo también te quiero Leo. Esa noche dormimos muy juntos. Las lágrimas no nos abandonaron, ¿cambiaríamos cuando nos marchásemos de allí? ¿Pasaría lo mismo con Liam? Yo quería a Leo y Leo me quería a mí, de una forma diferente que Liam y yo nos queríamos. Leo me hacía el amor, Liam me follaba. Nos despertamos en la misma posición en la que nos dormimos. Me giré y allí estaba Leo, todavía dormido, siempre dormía con el pelo suelto, mientras que yo con un moño. Le toqué el pelo, ¿cómo lo podía querer tanto? Me daba miedo. Él siempre me despertaba entre besos y sonreí, podría despertarlo así. Enrosqué mis piernas entre las suyas, y le besé la frente, luego la nariz, la arrugó. Cogí un mechón suyo de pelo y le hice cosquillas en la nariz. Lo apartó y se removió, luego le besé los ojos y cuando fui a besarle en la boca me sorprendió devolviéndome el beso, haciendo que cayera de espaldas en la cama. —¿Y ese despertar? —preguntó. —Me apetecía—le dije con un mohín en la boca. —Ahora va a estar mal y todo. —No, todo lo contrario—respondió. Me acarició la cara. Cerré los ojos. —Te quiero tanto. —Y yo—respondí. Coloqué mis brazos detrás de su cuello. —Sigámonos despertándonos así, por favor. Me volvió a besar, yo le devolví el beso y rodamos hasta que se quedó de espaldas en la cama. Volví a besarle y noté la erección, íbamos desnudos, como siempre que dormíamos. Se recostó y volvimos a girar hacia mi lado de la cama. Sabía que a mí me faltaría un poco llegar al orgasmo, y él me conocía mucho para darme placer. Bajó hacia el sur de mi cuerpo y me estremecí, el c*********s con el que vi el décimo cielo, su lengua jugueteaba entre mis labios haciendo que me estremeciera y gritara de placer. Recibí varias embestidas con las que volví a explotar de placer, y él se corrió. Paramos y sonreímos, nos duchamos juntos. Me enjabonó el pelo y yo a él el suyo. A veces bromeábamos con tener un baño japonés, para enjabonarnos sin complicaciones. Nos dimos un baño relajante y salimos a desayunar, leímos la prensa escrita y jugué con Duquesa. Parecía una mañana normal, pero no lo era. Había que tomar una decisión. —Leo—dije. —¿Sí? —¿Te casas conmigo? LEO. Me quedé sorprendido. ¿Kasandra me pedía que me casara con ella? Además, lo hacía mientras jugaba con Duquesa. Me bebía café mientras me formulaba la pregunta, y el café se fue por el camino viejo. Kasandra se rio y siguió a lo suyo, como si lo que hubiese dicho no tuviese importancia, pero sí que la tenía. Claro que sí. —¿Lo dices en serio? —pregunté. Kasandra nunca había querido casarse. —Claro que sí—respondió seria. —Si no, no te lo hubiese preguntado. A lo mejor es una tontería. Me senté en el suelo, junto a ella. Duquesa vino, estaba halagada con tantas atenciones que estaba recibiendo, sonreí por eso. Miré a Kasandra y ella me devolvió la mirada, me acerqué a ella y le di un beso. —Ya te he respondido—le dije. —¿A qué? —preguntó ella. —A tu pregunta. —No he visto salir de tu boca ninguna respuesta. —¿Cómo que no? Te he besado. —¿Y eso traducido a nuestro idioma? —Mmm—dije. —Déjame pensar... sí. Ella sonrió y me volvió a besar. ¿Cómo celebraríamos esa boda? Necesitaba regalarle un anillo, no podía dejarla así. Nos iríamos a Nueva York y no me hacía especial gracia, ella había dejado la pelota en mi tejado. Una explosión de emociones me inundó el pecho, elegí tembloroso un vinilo y puse una canción. In your eyes The light the heat In your eyes I am complete In your eyes I see the doorway to a thousand churches In your eyes The resolution of all the fruitless searches In your eyes I see the light and the heat In your eyes Oh, I want to be that complete I want to touch the light The heat I see in your eyes Nuestra canción, le di la mano y los dos fuimos bailándola tranquilos, ella me pidió poner sus pies sobre los míos y la dejé. Su pelo largo olía a flores, colocó su cara sobre mi hombro y me sentí feliz. La miré y ella sonreía, me besó y me propuso dar una vuelta por el paseo. El ambiente era de felicidad, pero a la vez de tristeza, no me quitaba de la cabeza una sensación de que dentro de poco no nos quedaría mas tiempo así, con una vida que consideraba perfecta. Porque a pesar de tener discusiones, de vivir bien pero sin grandes lujos y no poder viajar tanto como me hubiese gustado, estábamos ella y yo frente a todos los problemas. Mientras mirábamos puestos por el paseo marítimo, Kasandra se quedó mirando a un puesto, tenían vinilos. Cogió uno y lo miró con detenimiento, habló con el vendedor y se compró unos cuantos. ¿Podríamos llevarnos todos los discos a Nueva York? Probablemente sí. —¿Qué disco has comprado? —Un disco de un grupo español. —¿Cómo se llama? —preguntó curioso. —Uno que no conoces. ¿Sabes español? —preguntó y se rio. Sabía que sí. —Sí—respondí. —Pues así entenderás el significado de las canciones—dijo y sonrió aliviada. Seguimos caminando tranquilamente, cada paso que dábamos era más lento que en anterior. No nos queríamos despedir de nada de eso, parecía que el tiempo se nos agotaba. Volvimos a casa y lo primero que hizo Kasandra fue poner un disco. —Es de un grupo indie, no sabes quienes son pero tienen canciones que llegan aquí—dijo tocándose el corazón. —Y te hacen ver cosas que antes no le encontrabas el sentido. ¿Preparado? —preguntó. —Sí—respondí. Hablemos de ruina y espina Hablemos de polvo y herida De mi miedo a las alturas Lo que quieras pero hablemos De todo menos del tiempo Que se escurre entre los dedos Hablemos para no oirnos Bebamos para no vernos Hablando pasan los dias Que nos quedan para irnos Yo al bucle de tu olvido Tu al redil de mis instintos Maldita dulzura la tuya Maldita dulzura la tuya Maldita dulzura la tuya Me hablas de ruina y espina Te clavas el polvo en la herida Me culpas de las alturas Que ves desde tus zapatos No quieres hablar del tiempo Aunque este de nuestro lado Y hablas para no oirme Y bebes para no verme Yo callo y rio y bebo No doy tregua ni consuelo Y no es por maldad lo juro Es que me divierte el juego Maldita dulzura la mia Maldita dulzura la mia Maldita dulzura la mia Maldita dulzura la nuestra Cada frase era un puñal a lo que no quería ver ni oír, y parecía que ella tampoco. Se quedó oyéndola, fumándose un cigarro. La canción era poesía, era verdad. ¿Qué hacíamos nosotros para no pensar en lo que nos venía encima? No veíamos, no oíamos lo que decía el otro, nos parábamos a practicar sexo para no ver lo que pasaba. Ahí vi que a los dos nos pasaba lo mismo, no queríamos dejar de ser nosotros para ser otras personas. No queríamos dejar nuestra vida en Santa Mónica para siempre. —Te prometo que sólo será hasta que mi hermano se gradué y sepa que quiere hacer con su vida—le dije. —Yo no quiero dejar esta vida aquí, contigo y con mis clases —dije. Ella me miró y se acercó a mí. —No lo prometas—respondió. —No me prometas nada, las palabras se las lleva el viento. Sacaremos todo juntos y volveremos, pero paso a paso. La abracé, sonaba otra canción No digo lo que digo, hago lo que no hago, al revés, al revés, porque ser valiente no es sólo cuestión de suerte. —¿Esta canción cómo se llama? —preguntó y ella sonrió. —Valiente. SCARLETT. Fue una boda preciosa, estaban todas las personas que quería que estuviesen, pero cuando las luces de ese teatro se apagaron todo volvió a la realidad. Liam no durmió conmigo esa noche, las palabras de Kasandra resonaban en mi cabeza. Liam no sabe lo que quiere. ¿Y si sí lo sabía? Creo que Liam estaba enamorado de Kasandra, que nunca lo dejó de estar, pero no sabía gestionarlo. Liam siempre había sido... había sido inmaduro. No sabía como podía ser senador, cómo conseguía que la gente lo votara. Bueno, había conseguido casarse conmigo. —Mañana volvemos a Estados Unidos—le dije. —Sí—respondió. —Tenía resaca. Scarlett, ¿alguna vez has estado enamorado de mí? —¿Y tú de mí? —contraataqué. —Esto es un puto matrimonio de conveniencia—dijo y abrió otra botella. —¿Y qué pensabas? Te venía bien estar prometido conmigo y a mí contigo por cuestiones empresariales. —No hagas como si todo fuese culpa mía—me soltó. —He visto cómo miras al novio de Kasandra. —¿Y cómo lo miro? —Pues como a un caramelo que no puedes tener. —¿Me lo puedes explicar? —pregunté con tranquilidad. —Sí, como si quisieras follartelo y dejar a Kasandra sin novio. —Eso no... —¿Eso no es verdad? Lo es y lo sabes. ¿Tienes un pasado con él o qué? No es asunto tuyo quise decir, pero pasé de responderle. Volví a recordar cuando tenía catorce años, recordé cuando lo vi en Nueva York... No lo tendría a él, pero tendría su empresa. —Cuando lleguemos iré a Nueva York—dije. A partir de ahora comenzaría mi cuenta atrás. LIAM. No sabía para qué me había casado con Scarlett, desde ese momento no la vi atractiva. Todo era fachada, me daba asco a mí mismo. ¿Por qué no había peleado por Kasandra? Porque no era valiente, me estaba matando el no saber nada de ella. Al llegar a Washington llamé a un amigo detective y la mandé a seguir. ¿Sería feliz? ¿Lo sería como lo era conmigo? Fui a la tumba de mi padre con una botella de vino que a él le encantaba, y del que Kasandra ya no bebía y le conté todo lo que había pasado. ¿Por qué era tan estúpido? Además, Scarlett iba detrás del novio de Kasandra, a lo mejor me servía para que rompiesen su relación. Destruiría a ese tal Leo que tan feliz la hacía, yo debería ser él. El monstruo de los celos es perverso y aparece cuando menos te lo esperas. Y a mí me estaba devorando poco a poco. Seguí yendo a los actos, a todo lo que me marcaba la agenda, pero no era feliz y quería serlo. A pesar de estar casado con la reina del hielo, con la que follaba de vez en cuando, cuando me acordaba de ella, y supongo que cuando Scarlett pensaba en el novio de Kasandra. Nos usábamos, pero así podíamos vivir de forma cómoda y holgada. Éramos unos ricos infelices.
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