LEO.
Llegamos un sábado por la tarde, nos fuimos a vivir a un piso en el Upper East Side que había heredado de mi padre. Kasandra y Duquesa se instalaron, ella había dejado su tabla de surf en California y ahora calzaba unos botines de invierno. Habíamos dejado atrás un verano continuo para pasar a un invierno en la ciudad. Ya no había playa, pero había un muelle. Intentó tomárselo a bien, lo sé. De pronto decía que vivíamos en Gossip Girl. El domingo fue a casa de mis padres a por mi hermano, que vino un poco cogido de la oreja.
—No entiendo porqué tengo que vivir con vosotros—dijo él.
—Porque si—respondió Kasandra. La veía cansada.
—Max, tienes que centrarte. Soy profesor y te puedo ayudar—le dije.
—Llevas siendo profesor desde siempre—contestó él.
—Max, cuando tengas dieciocho y sepas que quieres hacer con tu vida podrás hacer lo que quieras, mientras tanto tienes que acatar las normas de esta casa—soltó Kasandra, autoritaria. Max la miró y desvió la mirada.
El quedarme a cargo de todo me venía grande, cómo me quedaba que no era capaz de hacerle frente a un adolescente de dieciséis años. Kasandra cogió su bolso y le dijo que fueran a dar un paseo. No sé de lo que hablaron, pero sí que mi hermano estuvo más tranquilo, y más centrado.
Noté a Kasandra alterada, moviéndose de un lado a otro, como encerrada en una jaula de cristal de la que no podía salir. Me sentí culpable, mucho. Le pregunté el porqué y me respondió sinceramente. Le agobiaba estar en la ciudad, si nos podíamos ir a otro lado, a las afueras. Yo tampoco es que estuviera muy cómodo allí, necesitaba mi espacio, el mar, un desahogo.
Ya era jueves y ni nos habíamos tocado, era raro, estábamos raros. Parecía que ninguno de los dos estaba a gusto en su piel. ¿Quería a Kasandra? Por supuesto, y ella no era feliz ahí. Y para que engañarme, yo tampoco. Logré verla a la noche, porque volvió del gimnasio al que se había apuntado.
—Kasandra—le dije.
—¿Sí? —preguntó saliendo de la ducha. Vestida. Ya no dormía desnuda a mi lado, ahora con pijamas, gruesos, de lana, para no pasar frío.
—¿Y si nos volvemos a Santa Mónica? —pregunté.
—¿Por? ¿Qué ha pasado? —contestó.
—Ninguno de los dos es feliz. Creo que no hemos visto todas las opciones que tenemos porque no las conocíamos. Puedo trabajar desde allí, y venir aquí cuando haya algún acto, cualquier cosa.
—Leo, mi vida no va según tus reglas—me espetó. Estaba enfadada. —No soy un monigote al que decir vete a Londres o a California, no. Le he pedido a mi jefe trabajar aquí, no puedo cambiar de un día para otro. ¿Sabes lo que es?
—No—dije sinceramente. —Pero no te veo feliz.
Me fue a responder, pero no lo hizo, lloró. Fui hacia ella y la abracé, la noté frágil, infeliz, gris. ¿Y si le decía adiós? No quería que dejara de ser feliz. No quería oírla decir, aguantaré y que creciera mustia, a un lado, esperando a que pasaran los días. No quería convertirla y convertirme en unos ricos infelices.
—Kasandra, no tienes que sacrificarte por mí—le dije. Ella me miró y hundió su cara en mi cuello. —Si eso...
—¿Y tú por mí? —preguntó. —No, no. Esto no va de eso.
—Entonces lo dejamos.
Me miró como si la hubiese fallado, algo que entendí enseguida. No quería separarme de ella, irme de casa no era una opción, tampoco el follar, como ella lo llamaba, como descocidos. La vi que no dio ningún paso, como tampoco lo había hecho yo. ¿Qué era lo que pasaba? Me negaba a verla ir, y parecía que ella a mí tampoco. Me miró y puso los brazos en jarras, luego me miró y la miré. Cogió una maleta del armario y empezó a llenarla de cosas. ¿Qué hice yo? Pararla.
—Pero, ¿qué haces? —le dije.
—¿No lo ves? Irme—contestó.
—¿Para qué? Kasandra, yo tampoco soy feliz aquí, me quiero ir, pero contigo.
—¿Y qué quieres hacer con la empresa? ¿Y con tu hermano?
—A Max nos lo llevamos a Santa Mónica, le vendrá bien el cambio. La empresa la llevaré desde casa, tengo reuniones o cosas a las que tengo que ir, y tendré que venir. Pero no solo aquí, si no en otros sitios. Puedo montar una oficina en Santa Mónica.
—No lo estas haciendo...—comenzó.
—Lo estoy haciendo por nosotros—dije. —Ninguno de los dos es feliz. Kasandra no podemos seguir así. Nos hemos vuelto grises, mis amigos y los tuyos están ahí. No aquí, allí, en Santa Mónica.
—Pero tu hermano...
—Nos lo llevamos. Estará mejor.
Nos sentamos en la cama y nos miramos. No hacía falta decir nada más, la decisión estaba tomada. Nos íbamos a Santa Mónica. En los siguientes meses tuve que viajar y con mis escasos conocimientos, aunque eran bastantes porque me había curtido viendo a mi padre y leyendo mucho, fui cambiando algo la empresa. Trasladé una unidad a Santa Mónica, allí sería mi centro de operaciones, y viajaría cada cierto tiempo a Nueva York. Mi madre quiso venirse a California con nosotros, estaría sola. Max fue mejorando, yo estaba encima de él, y le pedí a compañeros que no le dieran cancha. Además se iba con Kasandra a surfear y así se desahogaba, le iba bien. Kasandra por otro lado viajaba como siempre, y le dieron un puesto de mayor responsabilidad, me dijo de cambiar de casa. Nos lo podíamos permitir, y si estaba mi hermano y en algún momento queríamos tener hijos, pues... habría espacio.
En uno de los viajes en los que tuve que ir a Nueva York, a una fiesta importante, en parte reunión, fui solo. Kasandra había tenido una reunión importante en Chicago, habíamos mantenido el piso en Manhattan por cualquier cosa. Se fueron acercando los antiguos socios de mi padre, que ahora eran los míos. Un coctel y risas, aunque yo me encontraba incómodo. Aquel era un traje que no me podía enfundar, me encontraba fuera de lugar delante de todos aquellos que iban con sus pelos repeinados y trajes impolutos. Yo estaba demasiado incómodo en él y allí. Y de pronto la vi, vi a Scarlett, de frente, viniendo hacia mí, con su entonces marido detrás. Venía a por la empresa familiar y no iba a permitir que se la llevara, ¿cómo pudo tener tanta sangre fría?
—Hola—saludó ella. Venía con un vestido rojo de coctel. Scarlett era guapa, pero no me atraía. La veía muy... artificial.
—Buenas—respondí.
—Leo, ¿conoces al señor Ocitane? —preguntó acercándolo. Quería hacer ver que no sabía nada de nada.
Y de pronto la vi, apareció con el pelo recogido en un perfecto moño, como si fuese una bailarina, con un vestido verde y los labios pintados de rojo, iba impresionante. Le sonreí, se acercó y saludó a ese señor, que yo no sabía quien era, pero ella sí. Después me dijo que lo sabía porque cuando vivió con los padres de Liam lo conoció, se lo había presentado el padre de él.
Noté que Scarlett se tensaba, que le había hecho alguna faena y que tener la aprobación de Paul, como así nos dijo que lo llamáramos era importante. Además, Kasandra tenía unos modales que más de uno quisiera tener. Habló de su trabajo y él se quedó embobado, como también Liam, pero este de otro modo. Nos alejamos de ellos y de Ocitane.
—Estoy incómodo aquí—solté.
—Yo también—contestó ella.
—¿En serio? —pregunté. Ella me sonrió.
—Tienes que hacer ver que no, aunque lo estés—dijo, cogió dos copas de champagne para los dos. —Es lo que pretenden, que estés incómodo. No les des el gusto.
—Sí—dije. Me sonrió y señaló otro lugar, y nos quedamos allí, a charlar con... una pareja.
Cuando nos fuimos estaba cansadísimo, Kasandra se quitó el maquillaje, se deshizo el moño y se metió en la cama. Yo me desvestí e hice lo mismo. En la fiesta, el ver a Kasandra me tranquilizó bastante. Parecía que ella sabía lo que tenía que hacer en cada momento, despertaba una seguridad en sí misma, que parecía que yo carecía.
—¿Cómo puedes ser tan segura en esos sitios?
—No lo estoy—me dijo. Me quedé mirándola, ¿lo decía en serio? —Estoy en guardia.
—Scarlett puso una cara cuando te vio—dije. —Y Liam igual. Yo parecía que desentonaba en todo eso.
—Pero qué dices. Tuviste temas de conversación interesantes, y encima te camelaste a los importantes. Cuando estaba con Liam su madre me fustigaba con que tenía que ser perfecta siempre. A lo mejor es por eso.
Ahí la noté rara, parecía no haber superado algo que le había pasado muchos años atrás. La madre de Liam tenía que ser una bruja de tomo y lomo. La abracé, sabía que necesitaba un abrazo, un abrazo de verdad. Se giró, sus mechones se habían quedado ondulados por el moño. Esa señora le había creado inseguridades, muchas. Y no veía que ella era guapa, lista, divertida... la quería.
—¿Qué te hizo su madre? —pregunté.
—Será que no me hizo, yo nunca fui lo que se dice, una chica de bien, una chica que podía llegar a ser algo en la vida.
—Pero eso no es verdad.
—El ir a esas reuniones me recuerda a que no estoy ahí por méritos propios, si no por ser la novia, o prometida, o mujer de...
—Eso no lo pensaría Liam, y si fuera al revés, yo sería el novio, o el prometido, o el marido de...
—Lo sé—dijo. —Pero con las mujeres siempre se les mira de otra forma.
—Sabes que para mí eres una igual, ¿lo sabes no?
—Lo sé—contestó con una sonrisa. —Si no, no estaríamos juntos. Y no te preocupes por lo del traje, te hace muy sexi. Todas las mujeres te miraban.
—A ti los hombres—respondí y la besé.
—Buenas noches—me dijo. —Y nunca te sientas inferior a ellos. No lo eres.
—Como tú, eres extraordinaria.