Cerrado por derribo

2022 Words
KASANDRA. Cuando le dijimos a Max que nos volvíamos a Santa Mónica no le hizo mucha gracia, también se lo comunicamos a la madre de Leo. Temía la respuesta que diera, los miedos que sentí cuando estuve con Liam volvieron y no sabía porque me tenía que fustigar. Ella lo entendió y compró como si fuera lo más normal del mundo una casa en Venice. Nos explicó que era una inversión de futuro, así nos la quedaríamos en herencia. No nos venía mal, nuestra casa era pequeña, sabíamos que nos tendríamos que mudar tarde o temprano, apenas había sitio. —No te preocupes—me dijo en esa conversación. —Yo iré cada tres o cuatro meses a veros. —No te tienes que preocupar Clara. Nos las apañaremos. —Si me preocupo Kasandra, por los tres. Ellos son mis hijos, y tú como si lo fueras. Sois mi familia. Me sonrojé, como su familia había dicho. La abracé y se rio , me entró una llorera bastante importante. Recordé que con Clara siempre había sido así, sencillo, era una buena persona y madre. Siempre me había apoyado, desde que me conoció. Todavía no le había dicho que teníamos pensado en casarnos, lo había pensado yo, pero todo estaba sucediendo de una forma tan rápida... Llegó Leo y comenzamos a mirar casas en Venice, Clara se guiaba por sus intuiciones, y creo que se imaginaba algo, sólo faltaba que se lo confirmásemos. —Mamá—dijo Leo y me miró. Yo asentí. —Te queríamos decir algo. —¿El qué? —preguntó con una sonrisa. —Nos casamos—respondí. Ella me abrazó y luego abrazó a Leo. —¿Y el anillo? —preguntó ella. —No hace...—comencé. —Sí que hace falta. Esperad. Nos quedamos mirándonos y al rato apareció ella, con una cajita, se la dio a Leo entre lágrimas. La caja contenía un anillo sencillo, no hacía falta saber qué era, un anillo de compromiso de Tiffany. Leo se arrodilló y yo dije sí con su madre de testigo, fue precioso. Una vez en Santa Mónica nos mudamos a Venice, a una casa cerca de la playa. Animé a Max a surfear para que descargara energía, volvíamos a casa, a veces su madre estaba allí, pero Leo ya no solía estar en casa. Me resultaba extraño, raro y algo inquietante. Habíamos cambiado tanto... Me solían llamar de la productora y me iba a Filadelfia, Nueva York, a Chicago o a Miami a reuniones. En una de ellas me quedé en casa de mi futura suegra que me recibió con los brazos abiertos. —¿Qué tal os está yendo? —me preguntó. —Bien, es distinto—respondí. —¿El qué? —Leo y yo estamos... distanciados—dije y me miró. —Como lo explico, antes teníamos una vida muy sólida, siempre encontrábamos algún momento para estar a solas. Ahora es imposible. —La vida cambia—me respondió. —Pero no quiero que cambie para mal. No quiero que se convierta en un desconocido. Si no estoy viajando yo, es él. Y en el caso que ninguno viaje, llegamos tan cansados que no hay... —¿Intimidad? —Sí—le dije algo roja. —Es... es como si hasta ahora hubiésemos estado viviendo en una luna de miel y ahora estemos de camino a convertirnos en dos desconocidos. —¿Para ti es importante? —preguntó y me puse aún más roja. —Para los dos—respondí. —Pero no solo es eso, es que cuando uno llega a la cama estamos muy cansados. Él no sabe si quiera que me han ascendido. —¿Por qué? —preguntó. —Porque cuando llego él está dormido. Ese día después de la reunión salí con la gente del trabajo, habíamos decidido ir a cenar a un sitio bastante pijo y después a tomarnos algo. Yo iba de la mar de sencilla, un vestido tweed azul marino con el hombro descubierto, unos tacones nude y un moño. Íbamos un grupo de productores y artistas, brindábamos con vino y nos reíamos de alguna cosa banal que nos había pasado. No me percaté, pero mi compañera, que estaba en frente de mí sí. Se acercó según su perspectiva, una mujer vestida de arriba debajo de Channel, con una sonrisa en la cara, pero una sonrisa no muy sincera. —Kasandra—al oír su voz la piel se me puso de gallina. Me giré y ahí estaba. —Hola cariño cuanto tiempo—tenía ganas de decirle que de cariño nada. Tenía ganas de decirle bruja. —Hola—respondí de forma educada pero algo seca. —Estás guapísima—contestó ella. —Estaba cenando con Liam allí—dijo señalando una mesa en la que estaba él. —Pues que aproveche, yo estoy en una cena de negocios. Si me disculpas—contesté y me giré. No quería darle más importancia de la que tenía. El resto de la cena la pasé tensa, me la habían fastidiado. No me gustaba Nueva York, ¿por qué tenía que ser una ciudad tan pequeña? Un grupo de fumadores salimos a fumar, mientras que otro se quedó dentro del restaurante. Me preguntaron quién era esa señora, porque estaba claro que parecía que había visto al mismísimo Grinch. —No es nadie—les contesté. Me miraron, sabían que era alguien. Le di una calada a mi cigarro —Una bruja que me hizo pasar las de Caín. — Hola—otra voz conocida. Cuando menos quería encontrarme con alguien, aparecía. —Hola—le respondí. —Así que una bruja—respondió él con una sonrisa. —Sí Liam, una bruja, peor que Cruela De Vil—contesté. Los demás se fueron y yo me quedé ahí con él. Sin ganas de hablar de su madre, de su matrimonio, de nada. Solo quería irme, ¿con Leo? No tenía ni idea ¿me había vuelto a perder? Allí estaba él, como si no hubiese pasado el tiempo, con una sonrisa de entender lo que me pasaba, como si hubiésemos vuelto a tener diecisiete y dieciocho años. —Estás muy guapa—me dijo. —Gracias—le respondí mirando al infinito. —Se me hace raro verte fumar—contestó. —¿Desde cuándo fumas? —Desde que fumaba con tu padre puros—respondí. Él sonrió de forma triste. —Me he dado cuenta que no soy feliz, no soy feliz desde que lo dejé contigo—soltó. —Cada uno es dueño de sus actos. —¿Qué quería decir con eso? Ni idea. —Ya... Tenía que haberme ido contigo cuando pude. —Liam, no sé lo que estás intentando...—comencé a decir y lo vio. —¿Te casas? —preguntó. —Sí—contesté. —¿Y por qué no eres feliz? —preguntó. —No tienes ni puta idea de lo que está pasando—respondí. Tiré el cigarro y me fui de allí. ¿Era feliz? No, no lo era. ¿Desde cuándo? Desde que Leo había decidido hacerse cargo de todo, desde que me asfixiaba el ir a reuniones de sociedad absurdas, reuniones en las que siempre era perfecta, comedida y buena. No me apeteció ir con los demás al pub que tenían pensado en ir. Me miré al espejo, tan perfecta, tan señoritinga, lo odiaba. Se había acercado por eso, porque iba perfecta y querría tener la oportunidad que por ella era así. Me quité el moño, el vestido y me puse una camiseta ancha. Esa era yo, salvaje, un alma libre. Al día siguiente volví a California, con algo claro, no me iba a convertir en lo que ellos querían que fuese. No iba a ser la perfecta señorita que todos esperaban, me quería mucho para pasar por el aro. LEO. Kasandra llegó de Nueva York esa mañana, pero yo no la vi hasta la noche. Y la vi porque me esperaba en el salón, parecía un león enjaulado. Tenía el pelo suelto, fumaba como una posesa e iba de un lado a otro. Esos meses apenas nos veíamos . —Leo, tenemos que hablar—dijo. Sabía que no era bueno.—No nos va bien—sentenció. —Hemos cambiado de escenario, pero no puedo fingir ser alguien que no soy. —Kasandra, cálmate. No te estoy entendiendo—contesté. Sí la entendía, pero prefería hacerme el sueco. —Que no Leo. No puedo ir a esas reuniones de sociedad a las que vas y presentarme como una señoritinga que no ha roto un plato. Soy la que ha roto toda la vajilla. No puedo ser lo que pretendes que sea. —¿Te crees que yo soy así? ¿Qué presentarme allí es sencillo? No lo es, me cuesta. No estoy a gusto. —Pero perteneces a ese mundo Leo. Yo no. Tú estás acostumbrado a ser el centro de atención, yo no. No me gusta. —Yo también voy a tus reuniones, a... —Leo, ¿te has enterado de que me han ascendido? ¿Qué hace un par de semanas había una fiesta por eso? No lo sabía, no solía estar en casa. La miré y luego desvié la mirada, ella hizo lo mismo. ¿Nos habíamos convertido en desconocidos? Era verdad que seguíamos sin acostarnos, que apenas hablábamos, que... ¿lo había jodido todo? Me senté en el sofá, con las manos en la cara, ¿la perdía? ¿La quería? Claro que la quería. Me encontraba en shock, lo que había dicho era verdad. Pero, ¿yo era feliz? No, no lo era. Yo no había decidido que mi padre se muriera, pero sí el quedarme con la empresa. —Mejor es que me vaya—dijo ella. —¿A dónde vas a ir? —pregunté. —Sé buscarme la vida—respondió. —Mañana volveré a por mis cosas. Salió de la casa y la noté vacía, fría, oscura. ¿Qué debía hacer? No quería que la cama me recibiera sin nadie. Noté una presencia, era mi hermano que probablemente nos hubiese oído. —La has cagado—me dijo. —Habló el que no sabe qué hacer con su vida. —Eso es lo que piensas tú, yo sé lo que quiero hacer. —¿Hacer el mamarracho por ahí? —No—dijo y sonrió. Estaba serio, sereno. —No quiero ser empresario. Quiero ser médico. —¿Con tus notas? —Las estoy mejorando, además estoy yendo a ayudar a la Cruz Roja en la playa. Por eso voy tanto, y luego surfeo con Kasandra. La has cagado. —No lo sabía. —Normal, nunca estás. Se lo conté a Kasandra un día, a mamá también. Las dos me apoyan, fue una de las veces que ella estuvo aquí, pero tú no estabas. Como siempre. —Es muy difícil Max—respondí. —Sí, pero papá estaba siempre. No importaba cómo lo hiciese, pero lograba estar. —¿Y qué me quieres decir con eso? —Que nunca me has preguntado si quería la empresa. Que dejaras tu vida por mí... Nos quedamos los dos ahí, yo perdido en mis pensamientos, él... ni idea. Estaba jodiendo una relación, una vida con la mujer de mi vida. La quería muchísimo, y es verdad, ella no era así. No era perfecta, no servía para estar callada a un lado escuchando. Ella era de las que discutían, de las que no paraba quieta, que le gustaba escuchar un buen disco mientras leía un libro. A ella le fascinaba todo lo que tuviese que ver con el arte, el estar al aire libre y el que le tocase el mar las puntas de los dedos. Nuestra primera cita había sido una continua improvisación, ella y yo éramos así, salvajes, libres, irracionales. Sabía lo que tenía que hacer y me sentí liberado. Miré a mi hermano y le hice un ademán para que subiera. Me desperté al día siguiente tarde, había decidido no ir a la oficina, al bajar a la cocina la encontré allí. Había dejado el anillo en la encimera de la cocina, estaba preparada para subir y cosas de la habitación. Me miró y vi que sus ojos estaban rojos, había estado llorando, miré el anillo. El ver las evidencias hizo que la notase escapándose, lentamente. —No te preocupes, recojo mis cosas y me voy. —No te vayas—contesté. Se quedó mirándome, yo la miré y acerqué mi mano a su cara, rozándola. Ella se estremeció, la seguí mirando con dulzura mientras ella desviaba la mirada. Se atrevió a mirarme, tenía los ojos llenos de lágrimas. Le besé cada una de las lágrimas a pesar de que no paraban de salir. —Te quiero—le dije. —Eso no es suficiente—contestó. —Lo sé—respondí. La besé en la frente y bajé hasta su boca, ella me devolvió el beso. Los dos temblábamos como si fuéramos dos hojas, de miedo, deseo... Muchos sentimientos acumulados, hacía tres meses que no la tocaba, y el volver a notar su tacto hacía que recordara todas esas sensaciones. ¿Cómo podía haber perdido tanto el tiempo? Me tocó la cara y volví a ver su cara, contenida, no queriendo ir más allá. —Leo... mejor no... —Kasandra—le dije y sonriendo. —Lo nuestro no está cerrado por derribo. Lo entendió y me dejó besarla, no hicimos el amor, solo nos besamos. Todo el cuerpo, besé su tatuaje que ponía Secret World, ella besó el mío en el que ponía Don't give up. Nos quedamos tumbados, como antes, antes de ir a Londres, desnudos, tranquilos, sonriendo y con la certeza de que el nosotros no acababa, si no que empezaba. —Tendría que...—dije cogiendo el teléfono. —No, hoy no. Hoy es para nosotros—contestó y me besó.
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