Martín pensaba en la manera de poder resolver el último ejercicio de matemáticas que tenía pendiente, pero cada vez que sentía que estaba cerca de encontrar el resultado correcto, se perdía entre cálculos e incógnitas. Su mente se dispersaba fácilmente a esas horas de la noche, pero había estado muy ocupado el resto del día y se había olvidado de terminar sus ejercicios que debían ser entregados sin errores y con los resultados correctos ya que había tenido mucho tiempo para resolverlos. Había logrado resolver la mayoría de los ejercicios pero estaba atorado con uno de los últimos hacia más de media hora.
Un fuerte ruido, terminó con lo que le quedaba de concentración y puso en su lugar una buena excusa para alejarse de la tarea. Una puerta se golpeaba continuamente a sus espaldas alterando la tranquilidad que le daba lo apartado de su habitación. Por primera vez en el mes el edificio no estaba vacío. Pronto se olvidó del estudio y se acerco a la mirilla de la puerta para observar quien era el nuevo vecino. Alguien golpeo muy suavemente la puerta y Martín sorprendido se apartó unos centímetros de la entrada y respondió con vos tímida la llamada, intentando saber quien estaba del otro lado de la puerta, unos segundos después una voz femenina contestó su llamado. Hola, acabo de mudarme al departamento de al lado y quería saber si usted tenía luz. A lo que Martín respondió titubeante que los servicios funcionaban bastante bien.
La puerta se abrió y allí estaba ella delante de sus ojos, era hermosa, tenía una sonrisa muy bella y sus ojos que eran de color miel lo encandilaron inmediatamente. Ella también le dedicó unos segundos a mirarlo. Martín era un muchacho atractivo de cabello oscuro, ojos café y de aspecto reservado. Ella se presentó como Anabela, nueva propietaria del departamento 9B, y se dieron las manos amistosamente.
Anabela ingresó al departamento invitada por Martín y comenzó a recorrer la habitación. Habló durante algunos minutos sobre la decoración, opinando que el estilo era minimalista mientras evitaba aproximarse demasiado a Martín. Este retrocedía intentando justificar el desorden hablando de que debía enfrentar una gran cantidad de exámenes a cada instante. Mientras conversaban Anabela, recorría la sala, miraba los libros, además de que tocaba todo lo que se encontraba delante de ella. Martín la miraba algo preocupado, debido a que era muy posesivo de sus cosas, pero encontraba encantador los movimientos que ella hacía, cada vez que se acercaba a un adorno o algún libro.
La conversación volvió pronto al suministro de energía eléctrica, ya que el departamento de Anabela parecía estar a oscuras. Luego de indagar un poco más la joven estaba convencida de que el problema estaba en su propio departamento por lo cual Martín acompaño a su vecina para intentar ayudarla. Luego de tocar algunas teclas del interruptor y de forzar la llave principal de encendido, la luz se encendió y quedaron descubiertas unas pilas de cajas de cartón, rotuladas y numeradas, que habían sido dispuestas a la largo del living, algunos muebles envueltos con papel film, y varios bultos al parecer frágiles envueltos en pluriball, que era un material protector. Sorprendido Martín la miró y se sonrió a lo cual la joven, sonrojada, le dijo sin esperar comentarios que no confiaba en el cuidado que tendría la empresa de mudanzas con sus muebles.
Anabela preguntó ¿Agua esta bien? Tengo que comprar bebidas y varias cosas, pero estoy esperando a poder enchufar la heladera, ya sabes como te la transportan en las mudanzas. Sí, claro. No te preocupes. Si quieres te puedo ayudar a desembalar algunas cosas— respondió Martín. —Ah me vendría bien, porque algunas cosas son pesadas, y no conozco a nadie en la ciudad— dijo la joven.
— Mira vos, ¿así que sos del interior? — Dijo Martín, mientras tomaba una de las cajas sobre la pila. — Sí, soy de Mendoza, llegué recién hoy a la ciudad, y aún no conozco a nadie— respondió Anabela. Luego de conversar por algunos minutos y desempacar algunas cajas, Anabela sugirió que seria una buena idea preparar una cena rápida. Ella se dirigió a la cocina, que estaba sin estrenar todavía, y puso agua a calentar, para preparar una pasta.
Mientras ordenaban libros y algunos adornos, Martín empezó a preguntar acerca de la vida de la joven, cuáles eran sus gustos musicales y los literarios, cuanto tiempo pensaba quedarse en la ciudad, que le había parecido la ciudad hasta el momento. Y mientras pasaba el tiempo, cada vez comenzaban a conocerse más el uno con el otro. En la cena todo continuó fluyendo, comieron, bebieron, charlaron y sin más se aprestaron a terminar de ordenar y acomodar muebles además de las pertenencias que estaban ocultas en cajas y materiales de embalaje.
La noche pasó sin prisa, y cuando quisieron acordar, el sol golpeaba la ventana e iluminaba la inmensa sala. Las miradas comenzaron a tornarse más intimas a cada minuto, pero mantenían la distancia que había entre ellos en todo momento, aunque de vez en cuando se permitían cruzarse y entenderse con gestos no muy disimulados. Ya agotada Anabela se estiró y preguntó si había algún café cerca para desayunar.
Martín, luego de pensarlo unos segundos le dijo, que tomara un abrigo, y ambos salieron del departamento al ascensor para caminar por las frías calles de Buenos Aires, el joven conocía un café a pocas cuadras del edificio. A mitad de camino, sus manos se rozaron inocentes y se aferraron tomándose la una a la otra, al principio con timidez para luego entrelazarse los dedos. Llegaron al café y el joven abrió la puerta para que Anabela pudiera ingresar primero. Se sentaron en una mesa cerca de la ventana y ordenaron de una acotada carta que sobresalía de un servilletero de acero inoxidable. Volvieron de la mano hasta sus casas luego de un placentero desayuno y las puertas del ascensor se abrieron para darles paso al piso, sin dudarlo se miraron fijamente a los ojos y se despidieron con un beso apasionado. Las puertas de los departamentos se cerraron a sus espaldas.
Mientras el tiempo avanzaba lentamente Martín no podía dejar de pensar un segundo en su vecina, en todo momento, solo podía pensar en repetir aquel beso, en aquellos labios que tanto había comenzado a extrañar . Pero no quería dar el primer paso quedando expuesto y así caminando de un lado para otro se hicieron las 19 horas y la puerta de Martín comenzó a sonar suavemente.
Abrió la puerta y ante sus ojos estaba Anabela, lucía hermosa con un vestido color turquesa, que contrastaba con su piel blanca y su cabello castaño claro, en su mano tenía una botella de vino y en su rostro brillaba una sonrisa que iluminaba el oscuro pasillo que separaba las dos puertas. Y sin esperar comentario alguno, entró sin ser invitada y besó a Martín suave en los labios se dirigió hacia la cocina como si fuera su propia casa y abrió el vino. — Martín vos seguí con lo que estabas, yo veo que puedo hacer de cenar, con lo que tenemos acá— Dijo con voz Segura. —¿Ya sabes adonde está todo? —preguntó Martín.
— No te preocupes por nada… si no encuentro algo te llamo— respondió.
Luego de varios minutos, la cena estaba lista. Pusieron los cubiertos, unas velas y comieron arroz con salsa de soja y mix de vegetales. Compartieron una cena especial y conversaron acerca de todo lo que estaban pensando, se tomaron de las manos y se miraron cariñosamente a través de la luz de las velas que irradiaban tenues destellos de amarillo y naranjas desprendidos por sus llamas. Martín se estiro sobre la mesa y beso a la chica en los labios apasionadamente, ella se entregó a su boca perdidamente sin dudarlo un instante.
Siguieron conversando el resto de la velada, hasta que se despidieron en la puerta del departamento de la chica, ambos durmieron hasta el día siguiente, pensando el uno en el otro.
Durante aquel día la rutina se hizo mas cansadora que de costumbre. Quería volver y ver a Anabela, pero con el correr de las horas, se iba dando cuenta de que nunca llegaría en un horario normal. Cuando volvió a casa era demasiado tarde, apoyó su oído sobre la puerta, pero no había ningún sonido, intentó ver alguna luz en el interior del departamento, pero todo estaba oscuro. Un poco frustrado, entendió que probablemente ella estaría durmiendo, así que volvió a su departamento, tomó un trozo de papel y garabateo unos versos que le parecieron expresar como se estaba sintiendo en ese momento.
Labios de mujer que endulzas mis noches,
Ansió sentir tus besos desatarse en mi boca,
Perdido en el tiempo y las horas,
Te pienso, te extraño, te imagino junto a mi.
Tiro el trozo de papel por debajo de la puerta y golpeó suavemente, al no recibir respuesta se volvió a su departamento. Luego de prepararse una cena liviana, se acostó a dormir, pensando en ella, le tomó varias horas conciliar el sueño, esperando noticias de la chica, pero nada ocurrió. Al día siguiente no supo nada de ella tampoco. No hubo respuesta al poema, no golpeó su puerta y no contesto las veces que él golpeó. Se sintió un poco tonto, porque recién la conocía, pero estaba ansioso por tener noticias. Volvió a su estudio y a sus cosas hasta que cayó dormido, un sueño intranquilo y liviano que no le brindó más que pesadillas.
Por la mañana no tuvo mucho tiempo libre y el poco que tuvo, lo dedico a pensar en la chica, su mente iba y venía dudando si había estado bien en escribirle, por ahí la había asustado, estaba preocupado y un poco enojado esperaba al menos, que le agradeciera o le avisara que había ocurrido, pensó en volver antes y llamar a la puerta para escucharla una vez más, pero ese año había faltado a muchas clases en la universidad por lo que tenía muy complicados los horarios. No podía perder lo que estaba viendo, ni desperdiciar el año saliendo sin cumplir la asistencia. Las horas se fueron consumiendo lentamente, hasta que su mente lo venció; no pudo más y dejó la clase, cuando estuvo fuera del edificio se arrepintió pero claro que ya era tarde para volver atrás. Había tomado una decisión y ahora estaba preocupado y angustiado.
Viajo sin pensar mucho más, hasta llegar a la entrada al edificio, que diría, aún no estaban en una relación, no podía preguntar así como así que le pasaba a ella, sin dejar en evidencia lo que le pasaba a él, pero a su vez estaba preocupado porque no tenía respuesta. Se debatió un rato y por fin se decidió a golpear la puerta. No hubo respuesta. Todos sus pensamientos, se fueron en una dirección, tenía que haberle pasado algo.
Llamó nuevamente con mayor vehemencia pero nada, antes de tomar una decisión más drástica miró por la r*****a del apartamento, no había nada dentro. El apartamento estaba vacío. En el centro de la habitación había solamente un cuadrado de papel, que no pudo distinguir bien. Pero inmediatamente entendió que era el poema que había escrito. Sin entender que estaba sucediendo Martín entró en su departamento cerró la puerta y luego de tomar una aspirina se recostó en su cama, buscando respuestas en su mente, a preguntas que no sabía como empezar a plantearse.
Pasaron las horas y resolvió llamar por teléfono a un amigo para encontrar una respuesta alternativa que pudiera ayudarlo. Intentó comunicarse pero el teléfono parecía estar desconectado. A cada minuto se sentía más perdido. Al fin cayó en un sueño profundo cargado de pesadumbre. Un golpe en la puerta lo despertó, Martín se levantó y preguntó quien llamaba. Cuando Anabela respondió, su rostro se transfiguró en una mueca de duda y de temor, estaba realmente aturdido y asustado. Se quedó petrificado, hasta que la voz volvió a contestar y allí abrió la puerta.
Anabela se acercó con su rostro hacía su boca, aunque Martín parecía estar lejos, ella lo besó suavemente en los labios y el joven cedió dominado por el contacto con aquellos labios de mujer que anhelaba y pronto se olvidó de la pesadilla que había tenido horas atrás, un departamento vacío, una mudanza que no fue, nada importaba, ella estaba allí con él. Le agradeció el poema y emocionada le dijo que nunca había leído algo tan bello. Estaba impactada por su talento para escribir y sorprendida por aquel gesto.
Estuvieron hablando durante toda la noche mientras que entre palabras, cruzaron miradas, besos y algunos abrazos, deleitándose mutuamente mientras compartían una copa de vino y escuchaban música romántica. La noche volvió a ser perfecta como aquella primera vez, disfrutaron de un momento que pareció muy corto pero que duró por varias horas, se durmieron abrazados en el sillón en un sueño profundo y sin sobresaltos.
El sol de la mañana pegaba fuerte en sus ojos, reflejado por el ventanal que daba al balcón del apartamento. Martín movió sus manos para encontrar a Anabela, pero ella ya no estaba, en su espacio había una nota, deseándole un buen despertar y no mucho más. Pero el ya continuó su rutina tranquilo, la pesadilla había quedado atrás y su día estaba de por si bastante complicado para sumarle mayores preocupaciones, intentaría hablar con el profesor de la materia que había perdido la tarde de ayer y esperaba que esto le ayudara a no perder la materia, pero estaba seguro de que le costaría una presentación extra.
Se levantó y preparó sus libros, cuando el teléfono sonó desde la habitación. Una voz dejaba un mensaje en el contestador, preguntándole si se encontraba bien, ya que estaba preocupado por su llamada de la noche anterior. Y de golpe recordó claramente el apartamento, la nota en el piso, aquella sensación de que Anabela nunca se había mudado, o en todo caso que se había ido tan fugaz como había llegado. Algo no estaba bien, él no se sentía nada bien.
Martín se dirigió al departamento de Anabela, goleó la puerta pero otra vez no hubo respuesta. Y entonces se preguntó ¿Qué parte de mi vida estoy soñando? Y esta vez sin espiar por la cerradura, salió del Edificio y al alejarse de él, sintió un escalofrío que recorrió todo su cuerpo.
Caminó por varias horas sin rumbo, tratando de recordar cada detalle de los últimos días. Pensó en Anabela, en como la había conocido, pensó en el stress que estaba sufriendo por el estudio, pero su mente no aceptaba el hecho de que estaba fallando. Faltaba algo más, algo no estaba en su correcto lugar. Cuando se devolvió a la realidad, se dio cuenta de que había vuelto al edificio, subió por las escaleras para no ser oído y golpeo la puerta de la chica nuevamente.
Anabela abrió la puerta, y lo abrazo inmediatamente. Martín olvidó todo lo que había estado pensando y la beso resignado a que estaba perdiendo noción de la realidad. La joven lo invitó a cenar fuera y cuando Martín acepto, le entregó un casco que estaba sobre una repisa al costado de la puerta, él la miró un segundo y sonrió. Dejaron el edificio montados en la moto de la joven, una Kawasaki modelo 2019 que relucía de nueva, era color n***o marfil y de alta cilindrada, una maquina con todas las letras. Tomaron la autopista y se perdieron en la noche.
Cenaron a la orilla del río en un restaurante muy lujoso, disfrutaron sus platos mientras hablaban y reían. El clima era atípico para la época y estaban muy a gusto fuera, además la ambientación del local daba un ambiente propicio para relajarse. Siguieron contándose el uno acerca del otro, en una charla que duró más que la cena, se miraron profundamente desnudando sus almas a la cálida luz de la luna y se acariciaron las manos dulcemente, se besaron y rieron, la noche era realmente perfecta. Aunque Martín tenía miedo, se dejó llevar una vez más.
Volvieron al edificio alrededor de las tres de la mañana, se despidieron con un tierno beso y cerraron las puertas a sus espaldas. Martín descartó sus pensamientos y se dejó sumir en un sueño inquieto y profundo.
El sol comenzó a asomar por la ventana, un rayo de sol iluminó su rostro y al fin despertó. Estaba abatido y confundido, no tenía recuerdo de que le había pasado, pero estaba seguro de haber sufrido una nueva pesadilla, recordaba que después de la cena había caído en un sueño profundo, pero nada más. Su cabeza le molestaba demasiado, no recordaba haber tomado nada a lo que no estuviera acostumbrado para sentirse así. Pasó su mano por su cabello, buscando de donde provenía su terrible dolor de cabeza y sintió en sus dedos una sustancia húmeda y viscosa que pudo reconocer inmediatamente cuando puso su mano delante de sus ojos. Intentó incorporarse lentamente, pero su cuerpo respondía mucho más lento que lo normal. Sin más se desplomó en el suelo de su departamento. Después todo se volvió oscuro.
Una hora más tarde, Martín logro incorporarse. Se dirigió al baño y vio su rostro cubierto de sangre. Salió del edificio y caminó hacia el hospital más cercano, donde le revisaron su herida, y le dijeron que debía descansar. El resto del día, lo pasó en su departamento, recostado, con la TV encendida, hasta que se durmió. Su puerta sonó a la madrugada, era Anabela.
Cuando lo vio pareció bastante sorprendida. Le preguntó acerca de lo que le había pasado, pero no obtuvo ninguna respuesta convincente. Al parecer él no sabía que había pasado. Charlaron un rato y ella ofreció pasar la noche allí, pero Martín le dijo que no. Después lamentó no haber aceptado, porque tal vez hubiera podido pasar más tiempo con ella.
Estaba bastante cansado cuando despertó al día siguiente pero sano y tranquilo. Se dirigió al baño, y luego de ducharse, se cambió y fue a golpear la puerta de Anabela, pero nadie contesto, espero algunos minutos y luego empujo la puerta, y otra vez el departamento estaba vació. Estaba seguro de no estar soñando, estaba casi seguro que no estaba loco, pero entonces se planteó quien era esa mujer misteriosa que solo aparecía y luego desaparecía como por arte de magia. Algo no estaba bien.
Martín estuvo caminando por las frías calles de Buenos Aires por largas horas tratando de pensar como enfrentar la situación. Las dudas atormentaban su mente, pero en el fondo muy dentro, seguía pensando que estaba perdiendo la razón, llegada la noche se sacaría todas las dudas, tendría que sincerarse con Anabela para entender que estaba pasando.
Al anochecer volvió al edificio, golpeo directamente el departamento de Anabela y espero respuesta, la puerta no se abrió porque estaba cerrada, volvió a llamar y cuando se dio vuelta para irse a su departamento, el sonido de la llave girando en la cerradura lo detuvo. Allí estaba ella, envuelta en una toalla, con su cuerpo mojado, se notaba que salía de la ducha. Detrás de ella, el departamento amoblado que desaparecía en una jugada de su mente insana, pero eso ya no importó de todas formas, él la beso, con sus manos rodeo su cuerpo, ella primero se sonrojó, pero no pudo resistir el beso y se dejó llevar dentro de la habitación, donde dejó caer la toalla y se entregó completamente en cuerpo y alma.
Ella despertó y se besaron por un instante; se incorporó lentamente, acomodando sus brazos alrededor de su cuerpo. La miró durante varios minutos, pero mantuvo el silencio. Si bien estaba buscando algunas respuestas, las preguntas podían esperar. Se veía muy hermosa, era una mujer realmente muy bella, no le cabía ninguna duda.
Estaba pensando en los momentos que compartieron juntos, y como se sentía con ella. Nada volvería a ser lo mismo, ella había entrado en su mente como nunca nadie lo había hecho. Su mundo estaba de cabeza, pero cuando estaba con ella, todo parecía no tener importancia.
Se despidieron luego de un prolongado beso y él volvió a su departamento. Estaba solo y se preguntaba acerca de sus sueños y pesadillas pero no hubo ninguna respuesta clara, busco confortarse en que estaba loco, pero no podía aceptar esa verdad. Entonces hizo lo que le pareció más inteligente. Se acostó a dormir.
Las horas pasaron sin más, esa noche no se vieron, necesitaba tiempo, necesitaba pensar, su puerta sonó varias veces, pero no respondió. Simplemente dejó de golpear y Martín pudo escuchar sus pasos al alejarse. Llevó su mano a su cabeza y volvió a sentir algo caliente. Una sustancia viscosa color rojo y se dio cuenta de que su rostro estaba cubierto de sangre y se dirigió una vez mas al baño para limpiarse. De pronto todo se hizo claro, salió del baño lo más rápido que pudo, y golpeó la puerta del departamento de ella. La puerta cedió pero no había nadie, todo estaba vacío, deshabitado.
Escuchó golpear la puerta de su departamento, regresó al pasillo y ahí estaba ella, esperándolo, como todas las noches, con una toalla cubriendo su cuerpo, que dejaría caer al sentir su abrazo, mientras se dejaba besar apasionadamente, mientras con su mano libre, lo golpeaba en la cabeza con un martillo, y Martin caía rendido a sus pies. Anabela lloraba desconsolada, y todo se oscureció de nuevo.
La noche siguiente, se escucho el golpear repetido de una puerta, alguien nuevo se estaba mudando al edificio, que ya no estaría vacío. Lo fastidiaba el ruido que lo distraía de los estudios. Entonces alguien golpeo su puerta. Martin abrió la puerta y ahí estaba ella. La mujer mas hermosa que vio en su vida, que también seria la ultima.