Kalila abrió sus ojos, el cielo nocturno ya no estaba, ahora, nuevamente el techo del cuarto los cubría, aunque la cascada seguía allí, no pudo evitar maravillarse y sentir celos.
— Buenos días, Kiriko. — la joven giro su rostro solo para encontrar a Ikigaí parado a su lado.
— Quimera. — dijo con desagrado. — ¿Cómo puede ser que no necesites dormir luego de lo que hicieron anoche? — no, Kiriko y Kalila aun no eran una, y la quimera suspiro con frustración.
— No podria agotarme, ya que tú me mantienes vivo, lo sabes, ¿verdad? tu eres mi debilidad. — reconoció sin pena, porque al menos hasta que Kalila y Kiriko lograran ser un solo ser y unir sus alma y por ende sus destinos, no lo mataría, ni a Nuriel, pues para hacer eso, debía suicidarse. — Eres mi lago de vida. — la quimera tomo sus labios, de una forma tan humana que a Kiriko le fue imposible no responder el beso.
Kiriko era un alma condenada, una que no tenía cuerpo más que el que Kalila le prestaba, pero eso no queria decir que no sintiera, sus viejas memorias aparecían en ella, tan intermitentes, como un tubo de luz a punto de quemarse, parpadeaban, como quien ve el sol luego de estar en una cueva oscura por mucho tiempo, una vez fue humano, una vez supo lo que era el amor, uno tan prohibido que solo la muerte fue su recompensa.
— Déjame. — dijo con enfado poniéndose de pie, contemplando sus pechos y siendo consiente del peso de ellos, sus dos vidas pasadas, había sido hombre y ahora… tenía que adaptarse a muchas cosas.
— Pero si solo te di lo que deseabas. — más que una quimera parecía una sirena, seduciéndola, y Kiriko se recordó que ella era una cazadora, y una cazadora no puede amar a hijos de la luna, mucho menos a hijos del sol.
— No recuerdo solicitar que me tocaras con tus asquerosos labios. — refuto viendo a los lados, deseaba vestirse, necesitaba adaptarse a ese nuevo cuerpo, pero Kalila pujaba en su mente, buscando una salida, no era justo, se dijo, sus vidas fueron demasiado cortas y ahora… lo más probable fuera que esta vez también muriera joven.
— No con palabras, pero la envidia de que Kalila disfrutara de mi era evidente en tus ojos. — Kiriko giro para refutar tales acusaciones, pero al encontrar a Ikigaí de pie a su lado, solo podía ver lo bello que era. — Creo que buscabas esto. — concluyo el peli azul, dándole un vestido, tan suave como una nube, tan esponjoso y volátil como un diente de león.
— No pienso agradecértelo. — dijo mientras lo tomaba y se maravillaba un poco más ante la suavidad de la tela.
— No serias Kiriko si lo hicieras. — murmuro sobre su oído la quimera, y la joven dio un paso a un lado, sintiendo su cuerpo vibrar.
— Tu… — su estómago gruñendo la hizo sonrojar, el hambre corto cualquier replica que pensaba decir, el sentirse humana una vez más… le gustaba, lo había extrañado, ya no vagaba presa en una mente a oscuras, ahora podía ver, y sentir, existir.
— Será mejor que bajes a desayunar, debes mantenerte fuerte para nosotros.
— A este ritmo, terminaran matando a la humana. — se quejó la pelinegra, pero aun así comenzó a caminar fuera de la habitación.
— Siempre puedes tomar el lugar de Kalila si tu intención es ayudarla a soportarnos. — la mano de Kiriko fue más rápida que el pensamiento, solo lo pensó y acto seguido lo estaba haciendo, tomo el cuello de la quimera, y ambos rodaron por las escaleras, aunque Ikigaí se las ingenió para envolver a la joven y recibir él los golpes, que claro que nada le harían, sin embargo, hubiera podido dañar el cuerpo de la humana.
— Nunca dormiría con un hijo del sol. — rebatió con enfado, pero no ejercía fuerza en su agarre, más bien, lo estaba sujetando solo para que Ikigaí se quedara bajo ella.
— Alguien hizo enfadar a la cazadora. — dijo con diversión el fénix, y solo entonces Kiriko vio a su alrededor, descubriendo que todos estaban allí.
— Kiriko. — murmuro Ukara y los ojos de Kalila dejaron de ser bicolores, para tornarse solo cafés. — En verdad eres Kiriko. — cual espectro Ukara avanzo hasta donde Kiriko se encontraba, y extendió su mano, dejando que la cazadora se hiciera de esta para poder ponerse de pie.
— ¿Qué mierda? — murmuró Tahiel.
— ¿Por qué te podía ver? — pregunto la cazadora más para ella que para los presentes. — ¿Por qué siempre me veías? — prosiguió ahora viendo los ojos de Ukara, siempre le habían parecido la cosa más bella para observar, una de las pocas que Kalila le dejaba ver aun sin ser consiente.
— Tus ojos siempre me gustaron, aunque no podía evitar el preguntarme como serian si fueran solo cafés. — respondió con honestidad Ukara, pues se podía imaginar a Kalila solo con ojos celestes, la luna Chloe los tenia de ese color y Kalila era muy parecida a ella, pero siempre se preguntó como seria solo con ojos cafés, si se le haría tan bella como siempre o no, bien, Ukara ya tenía su respuesta, ella era hermosa.
— Te atrae mi lado cazador… curioso.
Se limitó a decir la pelinegra y avanzo a la cocina, ignorando a todo el mundo, como si ella fuese una reina y los demás sus súbitos, le gustaba, le encantaba ese sentir de poder que tenía sobre ellos, con su sola presencia.
El desayuno lejos de ser incomodo fue silencioso, todos viéndola, siendo consiente que solo era Kiriko, aunque no podían evitar inquietarse, no por temor a que la cazadora los asesinara, solo era el preguntarse si Kalila estaba bien, hasta que finalmente Kiriko no lo soporto más.
— Kalila está durmiendo, Declan. — las miradas, cual juego de ping pon, fueron al vampiro, quien, al verse descubierto, solo arrugo el entrecejo. — Deja de estar con ese rostro de preocupación, la humana necesita descansar y yo merezco, vivir, aunque sea solo un poco.
— Disculpa. — Ukara, por supuesto, no podía ser otro, el más joven, el menos informado o el que menos comprendía lo que sucedía. — ¿A qué te refieres…? — Kiriko se puso de pie, saliendo al bosque y todos siguiéndola.
— A que la humana definitivamente es una mojigata que está cansada de tanto sexo. — soltó de pronto e Ikigaí sonrió con satisfacción, pues había bebido de su lago de vida como lo que era, un sediento de mil años. — Por lo que solo sigue dormida. — Tahiel y Declan gruñeron, y el fénix, solo trono su cuello.
— No le digas mojigata a mi destino, ella aun es joven, pero llegara el día que nos soporte y más que bien. — aseguro Nuriel y Kiriko solo elevo sus hombros, no rebatiría eso, pues por algo Kalila era el destino de ese par.
— Gracias por explicar eso. — murmuro un poco sonrosado Ukara, aun se preguntaba ¿cómo podía la quimera beber de Kalila? En verdad, Ukara era tan inocente como Kalila. — Pero mi pregunta era, ¿a qué te refieres con vivir?
Esa era una buena pregunta, una que estaba a punto de responder, hasta que las ramas trinando del bosque les informaron que no estaban solos.
— Ellos vinieron por mí. — dijo Kiriko, aunque no se veía feliz.