Kalila paso la siguiente semana abocada a conocer el bosque que Ikigaí gustoso le mostraba, ese que sería su nuevo hogar según la quimera, ese que era una cárcel para Declan, Tahiel y Ukara; aunque este último no sufría tanto como sus amigos, el joven brujo de 18 años, estaba tan cautivado por todo lo que veía, como Kalila, y es que para el joven todo era nuevo, incluso Kalila.
— Mi lago de vida es hermoso ¿verdad? — la voz suave de Ikigaí llamo su atención, lo había encontrado viendo a la joven por la ventana de la cocina, mientras ella se dedicaba a apreciar las flores que Iki había hecho crecer para ella.
— Lo siento. — se apresuró a decir y trato de continuar lavando las verduras que ocuparía para hacer la cena.
— No debes disculparte por apreciar la belleza, mucho menos por desearla. — el cuchillo resbalo de la mano del brujo, sin duda Ikigaí lo inquietaba.
— Yo no… — la risilla de niño que el peli azul dejo salir le dio a entender a Ukara que era inútil mentir. — Yo no debería sentirme de esta forma. — cambio su negativa inicial y solo dejo salir lo que siempre lo perturbo, esa verdad que mantenía oculta, que lo mataba de manera silenciosa, eso que no podía hablar con nadie en el pueblo, esa que ahora salía casi en un susurro haciéndolo sentir libre, pero también vulnerable. — No creo que lo comprendas, pero nosotros… los descendientes de la luna, solo sentimos atracción por nuestras compañeras, es verdad que podemos estar con otras personas mientras encontramos a nuestra media alma, o al menos en mi caso que soy brujo, sé que para Tahiel y Declan es lo mismo, los he visto estar con humanas cuando eran más jóvenes, pero se supone que todo ese deseo y necesidad acaba cuando encuentras a tu compañera. — Ikigaí podía parecer un adolescente incluso más joven que Ukara, pero el brujo era consiente que ese ser, era milenario. — Pero no fue mi caso, yo siempre…es imposible no ver la belleza de Kalila, es un ser único. — confeso con fascinación cargada en la voz. — Durante mucho tiempo pensé que era mi media alma, aunque era un niño… sentía mi corazón acelerarse cuando ella me pedía un crayón, o cuando los profesores nos hacían hacer grupo para alguna tarea, sin embargo… no me acercaba a ella, mis padres siempre nos advirtieron que ella era una cazadora, que era peligrosa y tenían razón. — sus manos se hicieron puño bajo la atenta mirada de Ikigaí. — Ella lastimo a Declan, perdió el control y supe que no era seguro estar a su lado, y luego… cuando Jana llego, descubrí que ella era mi compañera, pero, mi corazón se seguía acelerando solo con Kalila y comencé a odiarla por eso, por hacerme creer que Jana no era lo que necesitaba y ahora… sé que lo que le hice, lo que le hicimos es imperdonable, porque yo no me perdono, no debí abusar de ella, sabía que estaba mal, mi corazón me lo dejo en claro, sentía que con cada lagrima que caía de ella una daga se clavaba en él, era consiente que moriría, porque…
— ¿Por qué? — indago Ikigaí sin quitarle los ojos de encima.
— Ese es el problema, no lo sé, me odio no solo por lo que le hice a Kalila, me odio porque cuando vi a Jana morir… no me dolió tanto como cuando lastimé a Kalila.
— A lo largo de la historia los humanos me han llamado de muchas formas. — comenzó a decir el peli azul cuando comprendió que el brujo no hablaría más. — Y a darme muchos significados, pero la verdad es que soy el bien y el mal, la representación de este, tu principio y tu final lo conozco, más el camino es sinuoso, complicado y difícil de entender, incluso el mío propio, la luna les quito eso. — sentencio viéndolo con pena. — La aventura de descubrir que quieren ser, y quienes deben ser, y no es que tenga algo en contra de su diosa madre, aunque sé que somos enemigos naturales, creo que su diosa lo hizo para evitar el sufrimiento de su gente y eso está bien, es el deseo de toda madre, evitar que sus hijos sufran algún pesar y eso incluye el mal de amores, pero… no importa que tan mágico y poderoso seas, el corazón siempre delatara lo que tu alma necesita, nunca olvides que incluso los padres se equivocan. — Ikigaí le sonreía con pesar, y Ukara no sabía cómo tomar aquello.
— ¡Mira Iki! — no solo el peli azul volteo a verla, Ukara también lo hizo y Kalila se sorprendió de ver a ese par tan cerca. — Encontré un trébol de cuatro hojas. — prosiguió en voz baja, un poco cohibida, como cada vez que veía a Ukara, las palabras que el brujo le dijo hacia una semana aun daban vueltas en su cabeza.
— Tendrás suerte y mucha. — rebatió sonriente la quimera, pero Kalila hizo un mohín con su boca.
— Suerte. — se quejó en un bufido pequeño. — Suerte seria cenar con mi familia como antes. — Ukara vio las verduras, que aún estaban sumergidas en agua esperando a ser usadas.
— Esto es ridículo. — se quejó el brujo y la joven lo vio, mientras caminaba a la mesa. — Sé que no somos la mejor compañía para una cena Kalila. — como cada vez que uno de ellos la llamaba por una u otra cuestión, la joven di un brinco. — Pero es totalmente ridículo que cada uno coma en su habitación cuando este comedor es lo suficientemente grande para que todos nos alimentemos juntos… además estoy cansado de desperdiciar tanta comida. — acoto con una sonrisa jovial y es que el peli blanco era un magnífico chef, cocinar solo para él y Tahiel no representaba gran emoción y si un sobrante grande de comida, ya que el lobo, al igual que el brujo, perdían el apetito al encerrarse en sus habitaciones.
— Creo que el brujo tiene razón mi amor. — la piel de la peli negra se erizo y Ukara olio la pimienta en el aire, quizás al requerirla para sus recetas, no era tan molestoso para él como para los demás el aroma a esta. — Te vez más delgada, creo que no te estoy alimentando bien. — el rostro albino de la quimera se veía preocupado y sumamente tierno y a Kalila no le quedo más que reír.
— Que quieres que te diga Ikigaí, solo me has dado ensaladas. — rebatió con las mejillas rojas, más de una vez le había dicho que dejara que ella cocinase, pero Iki, se empeñaba en que solo disfrutara y conociera el paisaje.
— Ahora que lo pienso… no he visto pastas en la alacena, solo verduras y carne… tu no vas de compras verdad Ikigaí, solo tomas lo que necesitamos del bosque. — acuso Ukara y el peli azul enrojeció, lo habían atrapado.
— Digamos que me es más difícil que Nuriel el pasar desapercibido, en estas tierras soy una deidad. — explico elevando los hombros quitándole importancia al hecho que los humanos lo veían como un dios.
— Bien, creo que lo mejor sería que yo me encargue de abastecer la despensa. — dijo segura la joven, sabiendo que gracias a la magia de su abuela Novalie, no debía preocuparse por el dinero, solo debía tomar hojas de algún árbol del bosque, pensar que era dinero y listo. — Mañana iré a la ciudad…
— No iras sola. — la corto de inmediato Ikigaí, viendo las decisiones que su lago de vida estaba a punto de tomar y a donde la llevaría eso.
— Pero…
— Yo puedo acompañarte, es más, estuve pensando que ya que estaremos aquí por tiempo indeterminado. — intervino sin ser llamado el brujo, y es que era inevitable, Aysel no les había dado un límite para conseguir el perdón de Kalila, podía ser meses, años o milenios y eso estaba bien para Ukara. — Deberíamos designar ciertas tareas, Tahiel y Declan comenzaran a estresarse si continúan sin hacer nada y eso solo los llevara a meterse en problemas. — la peli negra tembló ante aquel comentario, Ukara la vio con arrepentimiento, pero Iki, fue quien hablo.
— Está decidido entonces, lo hablaremos en la cena.
Kalila no replico, y Ukara se encargó de hablar con sus amigos, porque aún lo eran, aunque no se tuvieran la confianza suficiente como para decir en voz alta lo que pasaba por sus mentes, más por sus corazones.
Para cuando la cena estuvo lista y los tres amigos llegaron, no pudieron evitar sorprenderse, aunque debieron suponerlo.
— ¿No te dará asco verme cenar? — inquirió Declan, desde que Ukara le había ofrecido a Kalila ser cualquier cosa que ella necesitara, el vampiro dejo de nombrarla, solo la veía cuando sus palabras estaban dirigidas a ella.
— Por favor, ¿en verdad Declan? — ¿Por qué se sentía tan bien el que ella dijera su nombre? No lo comprendía. — Recuerda que mi padre es el gran Vito. — le recordó tomando la botella de sangre y sirviéndole una gran copa.
— Mmm, oso. — susurro luego de degustar su alimento.
— Es de mala educación no esperar a que todos nos sentemos. — lo estaba regañando, no lo veía con miedo, como en esos últimos siete días, lo estaba censurando con la mirada y eso le agrado al rubio.
— De acuerdo. — no se disculparía, Declan no estaba acostumbrado a hacerlo.
— ¿Y tú que cenaras? — inquirió Tahiel ya en su lugar viendo a Ikigaí, ya que frente a él no había ni plato, ni copa alguna.
— Cuando mi Lila diga que podemos cenar lo veras. — se comportaba como un crio, y eso era algo que le crispaba los pelos al lobo, en especial porque él al igual que sus amigos, había visto la verdadera cara de la quimera.
— No tanto Ukara, eso es suficiente. — la voz de Kalila los hipnotizaba, era como si con cada una de sus palabras el mundo se detuviera.
— Lo siento, creo que confundí tu apetito con el de Tahiel. — se excusó el brujo sonriendo, y le coloco el plato frente a ella, no había dudas que de todos Ukara era el más servicial, no solo había cocinado, también se encargó de servirles a todos, menos Declan, de quien Kalila se encargó, pero luego comprendieron el motivo, ella lleno las copas de todos con agua, fresca y cristalina, menos la de Declan a quien le había servido sangre fresca.
— A mí no me des esa cosa verde. — se quejó el lobo al ver que Ukara colocaba ensalada en su plato.
— Papá Kek siempre decía lo mismo, hasta que se dio cuenta que con una dieta balanceada era mucho más fuerte. — comento la joven y todos comenzaron a creer que las cenas y almuerzos en la casa de los lideres de su pueblo eran el momento de conversación familiar.
— Vamos Tahiel, esto no te matara. — presionó Ukara al notar que la cara del lobo aún era la misma.
— Si me cae mal te golpeare. — advirtió y Kalila dejo salir una pequeña risilla al notar la cara de pánico de Ukara.
— Bien ahora si podemos cenar. — informo con incomodidad la joven, pues todos la estaban viendo, los hechizaba de eso no había dudas, aunque ella no se diera cuenta.
— ¿Es una gota de agua? — indago curioso Ukara al ver aparecer frente a Ikigaí una gota traslucida rodeada de una luz azul.
— Algo así. — rebatió Ikigaí, sin pena alguna, aun siendo consciente de que todos lo veían, incluso Kalila, ninguno era capaz de creer que solo se mantuviera con una gota de agua, pero fue cuando la luz azul desapareció, que los tres hijos de la luna pudieron olfatear de que se trataba.
— Por la diosa. — susurro Ukara y sus ojos se tornaron blancos, aun sin desearlo.
— Maldición. — se quejó en un jadeo Declan, mientras sus ojos rojos quedaban a la vista de todos, pero quien más le llamo la atención a Kalila fue Tahiel, quien gruño tan fuerte que hizo vibrar los cristales de las ventanas, aun así, ninguno se movió de su lugar.
— ¿Qué sucede? — inquirió la humana sin saber que pensar, mientras Iki llevo la gota a su boca y chupo su dedo con ahínco.
— Tan deliciosa. — susurro con dicha y su cabello comenzó a brillar.
— Yo quiero probar. —dijo sin pensarlo la joven, mientras los demás se mantenían en silencio, era raro, era indescifrable ¿por qué sentían lo que sentían?
— Claro mi lago de vida. — Ukara abrió sus ojos con espanto, mientras Declan y Tahiel se removieron incomodos en su lugar, aun así, ninguno perdió de vista el dedo índice de Ikigaí, quien había hecho aparecer una nueva gota brillante. — Abre tu boca pequeña. — susurro el peli azul y Tahiel gruño bajito al verla obedecerlo. — Chupa. — indico con media sonrisa y ojos violetas, Kalila solo veía sus ojos de esa forma cuando se enojaba o se excitaba, pero ahora no pensaba en el porqué de su color, solo se dejaba guiar por su curiosidad.
— Mmm. — Tahiel enterró sus garras en la mesa de madera gruesa, mientras Declan dejo salir sus colmillos, al tiempo que una pequeña ventisca movía el cabello de Kalila, como acariciándola. — Es salado, pero no es desagradable, ¿Qué es? — cuestión ocasionando que todos vieran a Ikigaí.
— Pronto lo sabrás mi amor. — un escalofrío recorrió la espalda de la joven, quien solo negó con la cabeza y continuo con su cena bajo una pequeña tensión que flotaba en el aire.