MÓNICA Me sentía feliz de que Jackson se preocupara por mí. Cada vez que su mirada se cruzaba con la mía, una chispa de esperanza iluminaba el caos que había en mi vida. Pero en una fracción de segundo, todo cambió. Su mano se cerró firmemente alrededor de mi muñeca y, sin previo aviso, me arrastró hacia su habitación. —¿Qué diablo te pasa? —pregunté, intentando liberarme de su agarre mientras un torrente de preguntas invadía mi mente. —No te dije nada porque estábamos frente a la manada, pero ahora no veo ninguna excusa —dijo con tono desafiante, su mirada fija en mí. —¿Qué quieres decir? —replicó mi voz, con un leve temblor que intentaba ocultar la creciente ansiedad. —Seguro le coqueteaste a mi hermano. ¿Te dijo que te iba a pagar más que yo? —la frialdad de sus palabras cortó el a

