MÓNICA
Miré el portafolio lleno de dinero, sus billetes apilados reflejando la luz de la sala. La propuesta de Jackson resonaba en mi mente: un millón de dólares por cada mes que pasara con él si aceptaba casarme. La idea era abrumadora y tentadora.
Lo miré a los ojos, buscando respuestas.
—¿Qué ganarías tú si acepto? —pregunté, con un tono de desafío que escondía mis verdaderas dudas.
El respondió con seriedad, su mirada intensa.
—Sabes de la existencia de los lobos, ¿verdad? Aquí en Chicago se habla mucho de eso.
—Sí, pero son solo rumores —contesté, tratando de parecer más segura de lo que realmente estaba sintiendo.
Entonces, en un movimiento rápido, se levantó. Observé cómo su ropa se rompía y caía al suelo mientras se transformaba. No sabía en qué, hasta que todo se detuvo y, ante mí, estaba convertido en un lobo blanco, imponente, con ojos negros que me miraban como si yo fuera lo mejor del mundo.
El miedo me hizo querer salir corriendo. Sin embargo, en el momento en que intenté hacerlo, Jackson, que había devenido un lobo, corrió y se puso en medio de mí, bloqueando mi salida. Gruñidos profundos salían de él, y su mirada me observaba como si yo fuera su presa.
Intenté retroceder, pero tropecé y caí al suelo. El lobo se acercó, y me miró con unos ojos que ahora parecían preocupantes en lugar de amenazantes.
No sabía que estaba llorando hasta que sentí su lengua suave y cálida limpiando mis lágrimas. El contacto era extraño; no entendía por qué su lengua, que debería ser asquerosa, me daba una extraña sensación de consuelo y, a la vez, placer.
Se alejó de mí y, en un segundo, volvió a ser Jackson, desnudo y vulnerable. Su mirada seguía siendo intensa, y pasó una mano por su cabello, como si intentara calmarse.
—Necesito que te cases conmigo —dijo, su voz grave pero tierna—. Mi manada necesita una Luna, y tú eres mi compañera. Ya que soy el alfa, tengo que ayudar a mi manada.
Las palabras lo golpearon como un yunque. Todo lo que había aprendido, cada rumor que había escuchado sobre los lobos, ahora se transformaba en una realidad cruda. Mi corazón latía con fuerza mientras evaluaba lo que significaba ser su compañera, la Luna de su manada.
La idea de una vida junto a un ser sobrenatural, el poder que traía consigo, y la responsabilidad de ser su compañera me abrumaban. Pero también había un atractivo en la promesa de un futuro lleno de aventuras.
—¿Y qué pasa si no acepto? —pregunté, desafiándolo una vez más.
Su expresión se tornó seria, el brillo en sus ojos oscuros mostrándome que no había un camino de vuelta.
—No me obligarías a hacer algo que no quiero, pero me arriesgaría a perderte. Y no puedo permitir que eso suceda.
En ese momento, supe que debía decidir. La oportunidad de una vida que jamás había imaginado se presentaba ante mí, y, de alguna manera, todo había comenzado con un simple encuentro en la oscuridad de la noche.