Para cuando llegaron al baño el humor de Eva ya había cambiado. Estaba feliz y su carita ahora devolvía sonrisas traviesas. La señora le explicó a Anna donde estaban todos los enseres. —Gracias, señora —dijo Anna. —Se llama Nana —acotó Eva. —Me llamo Raquel, mucho gusto. —Mucho gusto —respondió Anna. —No, te llamas Nana —corrigió Eva, otra vez. —Así me dicen tu papá y tú, pero mi nombre es Raquel. He estado cuidando de Owen desde que se mudó a esta casa, antes trabajaba con sus padres. Y luego cuidé a Eva. —Entonces es parte de la familia —dijo Anna, sonriendo. —Si, eso creo… —Pero he oído que lo trata de Usted. La mujer se rió un poco. —¡Ah, si! Lo hago para molestarlo… le fastidia —confesó cómplice. —Es un gran hombre, puedo decirlo por qué casi lo crié. —Es bueno sabe

