–¿Tan pronto después del divorcio? –su madre pronunció esa palabra como si fuera anatema. Porque para ella lo era, claro. –Sí, madre. En realidad, es algo más que una acompañante. Voy a presentaros a mi prometida, Esther Abbott. Al otro lado de la línea hubo un silencio y eso le preocupó más que una bronca. –¿Abbott? ¿De dónde es su familia? Renzo pensó en el pueblo pequeño en medio de las montañas y le dieron ganas de reír. –No la conoces. –Por favor, dime que no has elegido a otra canadiense. –No, en ese sentido puedes estar tranquila. Es estadounidense. El gemido ahogado al otro lado de la línea no era del todo inesperado. –¡Eso es peor aún! –La decisión está tomada. Renzo pensó en contarle lo del embarazo, pero decidió que esa era una noticia que debía

