Esther Abbott tomó aire mientras limpiaba las últimas mesas.
Con un poco de suerte, recibiría una cantidad decente de dinero en
propinas y entonces, por fin, podría descansar tranquila. Llevaba diez
horas trabajando y le dolían los pies, pero ¿qué otra cosa podía
hacer? Renzo Valenti no quería saber nada de ella y Ashley
Bettencourt no quería saber nada del hijo que estaba esperando.
Si tuviese algo de sentido común, seguramente habría cumplido
los deseos de Ashley y habría interrumpido el embarazo. Pero no
podía hacerlo.
Al parecer, no tenía sentido común, pero sí unos sentimientos
que hacían que todo aquello fuese imposible y doloroso.
Había ido a Europa para ser independiente, para ver mundo,
para tener una perspectiva de la vida alejada del puño de hierro de su
padre, de ese muro impenetrable con el que no podía razonar.
En el mundo de su padre, una mujer solo necesitaba educarse
en las tareas del hogar. No necesitaba saber conducir cuando su
marido podía acompañarla a todas partes, no tenía pensamientos
propios o independencia y Esther siempre había anhelado ambas
cosas.
Y era ese anhelo lo que había hecho que su padre la echase de
la comuna en la que había crecido y la razón por la que estaba
metida en aquel lío. Podría haber renegado de las «cosas
pecaminosas» que coleccionaba: libros, música. Pero se negaba a
hacerlo.
En cierto modo, la decisión de marcharse había sido suya,
aunque hubiera sido un ultimátum de su padre. La comuna era un
sitio lleno de gente que pensaba del mismo modo, que se aferraba a
su versión de los viejos tiempos y a tradiciones que habían retorcido
como les convenía. Si se hubiera quedado allí, su familia la habría
casado. En realidad, lo habrían hecho mucho tiempo atrás si no
fuese tan problemática. Una chica con la que nadie querría casar a
su hijo. Una hija a la que, al final, su padre había tenido que expulsar
para dar ejemplo porque confundía el amor paternal con la necesidad
de controlar a los demás.
Esther contuvo una risa amarga. Si pudiese verla en ese
momento: embarazada, sola, trabajando en un pecaminoso bar y
llevando una camiseta que dejaba al descubierto su ombligo. Todo
eso era intolerable en la comuna.
¿Por qué le había hecho caso a Ashley? Bueno, ella sabía por qué. El dinero había sido una tentación porque quería ir a la
universidad y alargar su estancia en Europa. Y porque atender
mesas en un bar era un trabajo horrible.
No había nada de romántico en recorrer Europa con una mochila
a la espalda, alojándose en sucios hostales y comiendo lo que podía,
pero era algo más que eso. Ashley le había parecido tan vulnerable…
había pintado la imagen de una pareja desesperada que necesitaba
un hijo para evitar la ruptura.
El niño sería muy querido, le había dicho. Ashley le había
contado todos los planes que tenía para el bebé… y a ella nunca la
habían querido así, nunca en toda su vida.
Y había querido ser parte de eso.
Descubrir que todo era mentira, que la familia feliz que Ashley
había pintado era una farsa, había sido lo más doloroso.
Su padre diría que ese era su castigo por ser tan avariciosa,
desobediente y cabezota. Y esperaría que volviese a casa, pero no
iba a hacerlo. Nunca.
Esther miró el increíble caos que era Roma. ¿Cómo iba a
lamentar haber ido allí? Sería difícil tener el niño sin ayuda, pero lo
haría. Y después del parto se encargaría de encontrar un hogar para
él. Al fin y al cabo, no era su hijo de verdad, sino de Renzo y Ashley
Valenti. Su responsabilidad solo era gestarlo.
De repente, sintió que se le erizaba el vello de la nuca y se dio la
vuelta lentamente. Al otro lado del abarrotado bar, él llamaba la
atención como un faro.
Alto, el pelo oscuro peinado hacia atrás descubría su ancha
frente, el traje de chaqueta oscuro, seguramente hecho a medida,
destacaba su imponente físico, con las manos en los bolsillos del
pantalón mientras miraba a su alrededor.
Renzo Valenti.
El padre del hijo que esperaba, el hombre que tan cruelmente la
había echado de su casa tres días antes. Le había dicho que no
quería saber nada de ese bebé, que ni siquiera se creía su historia,
de modo que no había esperado volver a verlo.
Pero allí estaba.
Esther experimentó una oleada de esperanza por el bebé y,
debía confesar sintiéndose culpable, también por ella misma. La
esperanza de recibir la compensación prometida por el embarazo.
Esther le hizo un gesto con la mano para llamar su atención y,
cuando él la miró, todo pareció detenerse.
Sintió una oleada de calor por todo el cuerpo, una quemazón
más abajo del estómago. De repente, sus pechos parecían pesados
y le costaba respirar. Estaba inmovilizada por esa mirada, por los profundos ojos oscuros que parecían clavarla como a una mariposa
de la colección de sus hermanos.
Estaba temblando y no sabía por qué. Pocas cosas la
intimidaban. Desde que se enfrentó a su padre, a toda la comuna,
negándose a condenar las «cosas diabólicas» que había llevado del
exterior, no había mucho que la asustase. Se había agarrado a lo que
quería, desafiando todo aquello que le habían enseñado, desafiando
a su padre, y eso llevó a su expulsión del único hogar que había
conocido.
Ese momento hacía que todo lo demás pareciese fácil.
Tal vez había temido que el mundo resultase tan aterrador y
peligroso como sus padres decían que era, pero una vez que decidió
arriesgarse y ser libre había hecho las paces con el mundo y con lo
que pudiera pasarle.
Pero estaba temblando en ese momento y se sentía intimidada.
Entonces, él dio un paso adelante y fue como si un hilo invisible
los conectase, como si hubiera una cuerda atada a su cintura de la
que él estaba tirando.
El bar era muy ruidoso, pero, cuando habló, su voz fue como un
cuchillo afilado y cortante.
–Creo que tú y yo tenemos que hablar.
–Ya lo hemos hecho –dijo ella, sorprendida por lo extraña que
sonaba su voz–. Y no fue como yo había planeado.
–Apareciste en mi casa y lanzaste una bomba. No sé cómo
esperabas que reaccionase.
–Yo no sabía que fuese una bomba. Pensé que íbamos a hablar
de algo de lo que también usted era cómplice.
–Por desgracia para ti, yo no sabía nada. Pero, si lo que me has
contado es cierto, tenemos que llegar a algún tipo de acuerdo.
–Lo que le conté es cierto. Tengo la documentación en el hostal.
–¿Y debo creer que esa documentación es auténtica?
–Yo no sabría cómo falsificar documentos médicos, le doy mi
palabra.
–Tu palabra no significa nada para mí. No sé quién eres, no sé
nada sobre ti. Lo único que sé es que apareciste en mi casa para
contarme una historia increíble. ¿Por qué iba a creerte?
–No lo sé, pero es la verdad –respondió ella, intentando
disimular un escalofrío al enfrentarse con su enfurecida mirada–.
¿Por qué iba a inventármelo?
–Llévame a tu hostal –dijo Renzo entonces, tomándola del
brazo.
–Aún no he terminado mi turno.
El contacto de los dedos masculinos sobre su piel desnuda envió una descarga eléctrica por todo su cuerpo. Nunca el roce de un
hombre le había provocado una reacción así. Aparte del médico o
algún familiar, había tenido muy poco contacto físico con nadie y
aquello era tan extraño… Sentía como si la quemase hasta las
plantas de los pies.
Como si estuviera derritiéndose.
–Yo hablaré con tu jefe si hace falta, pero nos vamos ahora
mismo.
–No debería…
Él esbozó una sonrisa, pero no era una sonrisa amable y no
consiguió tranquilizarla. Al contrario.
–Pero lo harás, cara mia. Lo harás.
Después de tal afirmación, Esther se encontró siendo empujada
hacia la calle. Hacía calor y el cuerpo de Renzo Valenti era como un
horno a su lado mientras caminaba con paso decidido.
–No sabe dónde vivo.
–Sí lo sé. Soy capaz de buscar el nombre de un hostal y
localizarlo. Y conozco bien Roma.
–No es por aquí –insistió ella, odiando sentirse tan impotente,
tan dominada.
–Es por aquí –insistió él.
La ruta alternativa que había elegido era más rápida que la que
ella solía tomar y, de repente, estaban frente a la puerta del hostal.
Esther frunció el ceño, molesta.
–De nada –dijo Renzo, empujando la puerta con gesto
arrogante.
–¿Por qué?
–Acabo de enseñarte una ruta más rápida que te ahorrará
tiempo en el futuro, así que de nada.
Esther pasó a su lado para tomar un largo y estrecho pasillo
hasta una pequeña habitación en la que había dos literas. En su
opinión no estaba mal, aunque había empezado a sentirse incómoda
a medida que crecían los síntomas del embarazo.
Se dirigió hacia una de las literas, donde guardaba todas sus
cosas cuando no estaba durmiendo, y tomó su mochila.
Renzo Valenti entró en la habitación y su imponente presencia
hizo que pareciese diminuta.
–Bienvenido –le dijo con sequedad.
–Gracias –respondió él, con un desdén casi cómico. Aunque era
difícil encontrar algo gracioso en ese momento.
Esther abrió la mochila y buscó los papeles al fondo.
–Aquí están, los informes médicos y el acuerdo con Ashley, con
la firma de las dos. Me imagino que reconocerá la firma de su mujer .
Él frunció el ceño, pensativo.
–Esto parece… parece que podría ser auténtico.
–¿Por qué no llama a Ashley y le pregunta? Está enfadada
conmigo, pero ella le dirá que es verdad.
–¿Ashley quiere que interrumpas el embarazo?
Esther asintió con la cabeza.
–Pero no puedo hacerlo. Aunque el bebé no es hijo mío, sin mí
tal vez no existiría y no puedo…
–Si de verdad es mi hijo tampoco es lo que yo quiero.
–Entonces, ¿quiere tenerlo?
Intentó descifrar su expresión, pero le resultaba imposible.
Había pasado tantos años en una comunidad cerrada que una cara
nueva siempre era una sorpresa. Salir al mundo después de toda una
vida enclaustrada era extraño. Había tantas cosas nuevas: sonidos,
voces, olores, acentos. Diferentes formas de expresar felicidad o
tristeza.
Aunque a menudo se sentía en desventaja, a veces se
preguntaba si era capaz de entender mejor a la gente que aquellos
que no miraban con tanta atención. Siempre estaba atenta porque, si
dejaba de estarlo, aunque solo fuera durante un segundo, se
encontraría perdida en aquel interminable mar de humanidad.
Pero en el rostro de Renzo no era capaz de leer nada; era como
si estuviese tallado en granito.
–Me haré responsable de mi hijo –dijo él entonces.
«Hacerse responsable» no era lo mismo que «querer» ese hijo,
pero seguramente daba igual.
–Bueno, supongo que… –Esther no quería preguntar por el
dinero, pero lo necesitaba desesperadamente.
–Pero lo primero que debemos hacer es sacarte de aquí –la
interrumpió él mirando a su alrededor con gesto de desprecio–. La
mujer que está gestando al heredero de la fortuna Valenti no puede
alojarse en un sitio como este.
Ella torció el gesto. ¿El bebé que llevaba en su seno era
heredero de una fortuna? Se había imaginado que los Valenti eran
ricos por la forma de vestir de Ashley y por el lujoso hotel al que la
llevó en Santa Firenze, pero no sabía que fuese un heredero.
–He estado aquí durante los últimos meses y no me ha pasado
nada.
–Tal vez, pero ya no puedes quedarte aquí y tampoco seguirás
trabajando en el bar. Te alojarás en mi casa.
Esther no podía respirar. Se sentía inmovilizada por esa oscura
y fría mirada.
–¿Y si no quisiera hacerlo?
No tienes elección –replicó él–. Una de las cláusulas de ese
acuerdo dice que Ashley podría decidir la interrupción del embarazo
si no quisiera que llegase a buen término. Eso es lo que ha pasado y
eso significa que no recibirás nada a menos que aceptes mis
exigencias. Yo te pagaré más de lo que habías acordado con mi
exmujer, pero solo si haces lo que digo.
Esther se dejó caer sobre la litera, mareada. Se le doblaban las
piernas y el ruido de la calle se colaba por las ventanas, uniéndose al
caos que había en su cabeza.
–Muy bien –dijo por fin. En realidad, no se le ocurría ninguna
razón para negarse.
Tal vez debería preocuparse por su seguridad. No sabía nada de
aquel hombre, solo conocía su reputación como empresario. Bueno,
también sabía que había estado casado con Ashley, que había
demostrado ser una mentirosa y una manipuladora.
Pero no se le ocurría ninguna alternativa aparte de seguir
adelante con el embarazo sin recursos ni ayuda de nadie. Y sería tan
difícil, pensó, sintiéndose culpable.
Había pasado gran parte de su vida sintiéndose culpable por
todo. Cada vez que sacaba un libro de la biblioteca del pueblo, cada
vez que conseguía un CD de música que no debería escuchar.
Cuando la echaron de la comuna había decidido vivir a su
manera, escuchar música pop sin sentirse culpable, tomar cereales
con azúcar, ver películas, leer todos los libros que quisiera,
incluyendo libros con expresiones soeces y escenas subidas de tono.
Y no sentir vergüenza alguna.
Pero en ese momento se sentía avergonzada. Había
aprovechado la oferta de Ashley porque le había parecido la
oportunidad de hacer realidad sus sueños: ir a la universidad, seguir
viajando, vivir una vida que no tuviese nada que ver con la comuna
de su infancia.
Estaba tan decidida a no volver a esa pequeña y claustrofóbica
existencia que había ignorado lo que le decía su conciencia.
Pero era imposible seguir ignorando que estaba esperando un
bebé, que tenía responsabilidad en todo aquello. Y que si no hacía lo
que decía Renzo Valenti…
Había muchas posibilidades de que se quedase sin nada. ¿Y
todo para qué? Por un dinero que, al final, no recibiría.
De modo que se colocó la mochila a la espalda y se volvió para
mirar a Renzo.
–Muy bien, iré contigo –anunció, tuteándolo por primera vez.
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