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2431 Words
Esther Abbott tomó aire mientras limpiaba las últimas mesas. Con un poco de suerte, recibiría una cantidad decente de dinero en propinas y entonces, por fin, podría descansar tranquila. Llevaba diez horas trabajando y le dolían los pies, pero ¿qué otra cosa podía hacer? Renzo Valenti no quería saber nada de ella y Ashley Bettencourt no quería saber nada del hijo que estaba esperando. Si tuviese algo de sentido común, seguramente habría cumplido los deseos de Ashley y habría interrumpido el embarazo. Pero no podía hacerlo. Al parecer, no tenía sentido común, pero sí unos sentimientos que hacían que todo aquello fuese imposible y doloroso. Había ido a Europa para ser independiente, para ver mundo, para tener una perspectiva de la vida alejada del puño de hierro de su padre, de ese muro impenetrable con el que no podía razonar. En el mundo de su padre, una mujer solo necesitaba educarse en las tareas del hogar. No necesitaba saber conducir cuando su marido podía acompañarla a todas partes, no tenía pensamientos propios o independencia y Esther siempre había anhelado ambas cosas. Y era ese anhelo lo que había hecho que su padre la echase de la comuna en la que había crecido y la razón por la que estaba metida en aquel lío. Podría haber renegado de las «cosas pecaminosas» que coleccionaba: libros, música. Pero se negaba a hacerlo. En cierto modo, la decisión de marcharse había sido suya, aunque hubiera sido un ultimátum de su padre. La comuna era un sitio lleno de gente que pensaba del mismo modo, que se aferraba a su versión de los viejos tiempos y a tradiciones que habían retorcido como les convenía. Si se hubiera quedado allí, su familia la habría casado. En realidad, lo habrían hecho mucho tiempo atrás si no fuese tan problemática. Una chica con la que nadie querría casar a su hijo. Una hija a la que, al final, su padre había tenido que expulsar para dar ejemplo porque confundía el amor paternal con la necesidad de controlar a los demás. Esther contuvo una risa amarga. Si pudiese verla en ese momento: embarazada, sola, trabajando en un pecaminoso bar y llevando una camiseta que dejaba al descubierto su ombligo. Todo eso era intolerable en la comuna. ¿Por qué le había hecho caso a Ashley? Bueno, ella sabía por qué. El dinero había sido una tentación porque quería ir a la universidad y alargar su estancia en Europa. Y porque atender mesas en un bar era un trabajo horrible. No había nada de romántico en recorrer Europa con una mochila a la espalda, alojándose en sucios hostales y comiendo lo que podía, pero era algo más que eso. Ashley le había parecido tan vulnerable… había pintado la imagen de una pareja desesperada que necesitaba un hijo para evitar la ruptura. El niño sería muy querido, le había dicho. Ashley le había contado todos los planes que tenía para el bebé… y a ella nunca la habían querido así, nunca en toda su vida. Y había querido ser parte de eso. Descubrir que todo era mentira, que la familia feliz que Ashley había pintado era una farsa, había sido lo más doloroso. Su padre diría que ese era su castigo por ser tan avariciosa, desobediente y cabezota. Y esperaría que volviese a casa, pero no iba a hacerlo. Nunca. Esther miró el increíble caos que era Roma. ¿Cómo iba a lamentar haber ido allí? Sería difícil tener el niño sin ayuda, pero lo haría. Y después del parto se encargaría de encontrar un hogar para él. Al fin y al cabo, no era su hijo de verdad, sino de Renzo y Ashley Valenti. Su responsabilidad solo era gestarlo. De repente, sintió que se le erizaba el vello de la nuca y se dio la vuelta lentamente. Al otro lado del abarrotado bar, él llamaba la atención como un faro. Alto, el pelo oscuro peinado hacia atrás descubría su ancha frente, el traje de chaqueta oscuro, seguramente hecho a medida, destacaba su imponente físico, con las manos en los bolsillos del pantalón mientras miraba a su alrededor. Renzo Valenti. El padre del hijo que esperaba, el hombre que tan cruelmente la había echado de su casa tres días antes. Le había dicho que no quería saber nada de ese bebé, que ni siquiera se creía su historia, de modo que no había esperado volver a verlo. Pero allí estaba. Esther experimentó una oleada de esperanza por el bebé y, debía confesar sintiéndose culpable, también por ella misma. La esperanza de recibir la compensación prometida por el embarazo. Esther le hizo un gesto con la mano para llamar su atención y, cuando él la miró, todo pareció detenerse. Sintió una oleada de calor por todo el cuerpo, una quemazón más abajo del estómago. De repente, sus pechos parecían pesados y le costaba respirar. Estaba inmovilizada por esa mirada, por los profundos ojos oscuros que parecían clavarla como a una mariposa de la colección de sus hermanos. Estaba temblando y no sabía por qué. Pocas cosas la intimidaban. Desde que se enfrentó a su padre, a toda la comuna, negándose a condenar las «cosas diabólicas» que había llevado del exterior, no había mucho que la asustase. Se había agarrado a lo que quería, desafiando todo aquello que le habían enseñado, desafiando a su padre, y eso llevó a su expulsión del único hogar que había conocido. Ese momento hacía que todo lo demás pareciese fácil. Tal vez había temido que el mundo resultase tan aterrador y peligroso como sus padres decían que era, pero una vez que decidió arriesgarse y ser libre había hecho las paces con el mundo y con lo que pudiera pasarle. Pero estaba temblando en ese momento y se sentía intimidada. Entonces, él dio un paso adelante y fue como si un hilo invisible los conectase, como si hubiera una cuerda atada a su cintura de la que él estaba tirando. El bar era muy ruidoso, pero, cuando habló, su voz fue como un cuchillo afilado y cortante. –Creo que tú y yo tenemos que hablar. –Ya lo hemos hecho –dijo ella, sorprendida por lo extraña que sonaba su voz–. Y no fue como yo había planeado. –Apareciste en mi casa y lanzaste una bomba. No sé cómo esperabas que reaccionase. –Yo no sabía que fuese una bomba. Pensé que íbamos a hablar de algo de lo que también usted era cómplice. –Por desgracia para ti, yo no sabía nada. Pero, si lo que me has contado es cierto, tenemos que llegar a algún tipo de acuerdo. –Lo que le conté es cierto. Tengo la documentación en el hostal. –¿Y debo creer que esa documentación es auténtica? –Yo no sabría cómo falsificar documentos médicos, le doy mi palabra. –Tu palabra no significa nada para mí. No sé quién eres, no sé nada sobre ti. Lo único que sé es que apareciste en mi casa para contarme una historia increíble. ¿Por qué iba a creerte? –No lo sé, pero es la verdad –respondió ella, intentando disimular un escalofrío al enfrentarse con su enfurecida mirada–. ¿Por qué iba a inventármelo? –Llévame a tu hostal –dijo Renzo entonces, tomándola del brazo. –Aún no he terminado mi turno. El contacto de los dedos masculinos sobre su piel desnuda envió una descarga eléctrica por todo su cuerpo. Nunca el roce de un hombre le había provocado una reacción así. Aparte del médico o algún familiar, había tenido muy poco contacto físico con nadie y aquello era tan extraño… Sentía como si la quemase hasta las plantas de los pies. Como si estuviera derritiéndose. –Yo hablaré con tu jefe si hace falta, pero nos vamos ahora mismo. –No debería… Él esbozó una sonrisa, pero no era una sonrisa amable y no consiguió tranquilizarla. Al contrario. –Pero lo harás, cara mia. Lo harás. Después de tal afirmación, Esther se encontró siendo empujada hacia la calle. Hacía calor y el cuerpo de Renzo Valenti era como un horno a su lado mientras caminaba con paso decidido. –No sabe dónde vivo. –Sí lo sé. Soy capaz de buscar el nombre de un hostal y localizarlo. Y conozco bien Roma. –No es por aquí –insistió ella, odiando sentirse tan impotente, tan dominada. –Es por aquí –insistió él. La ruta alternativa que había elegido era más rápida que la que ella solía tomar y, de repente, estaban frente a la puerta del hostal. Esther frunció el ceño, molesta. –De nada –dijo Renzo, empujando la puerta con gesto arrogante. –¿Por qué? –Acabo de enseñarte una ruta más rápida que te ahorrará tiempo en el futuro, así que de nada. Esther pasó a su lado para tomar un largo y estrecho pasillo hasta una pequeña habitación en la que había dos literas. En su opinión no estaba mal, aunque había empezado a sentirse incómoda a medida que crecían los síntomas del embarazo. Se dirigió hacia una de las literas, donde guardaba todas sus cosas cuando no estaba durmiendo, y tomó su mochila. Renzo Valenti entró en la habitación y su imponente presencia hizo que pareciese diminuta. –Bienvenido –le dijo con sequedad. –Gracias –respondió él, con un desdén casi cómico. Aunque era difícil encontrar algo gracioso en ese momento. Esther abrió la mochila y buscó los papeles al fondo. –Aquí están, los informes médicos y el acuerdo con Ashley, con la firma de las dos. Me imagino que reconocerá la firma de su mujer . Él frunció el ceño, pensativo. –Esto parece… parece que podría ser auténtico. –¿Por qué no llama a Ashley y le pregunta? Está enfadada conmigo, pero ella le dirá que es verdad. –¿Ashley quiere que interrumpas el embarazo? Esther asintió con la cabeza. –Pero no puedo hacerlo. Aunque el bebé no es hijo mío, sin mí tal vez no existiría y no puedo… –Si de verdad es mi hijo tampoco es lo que yo quiero. –Entonces, ¿quiere tenerlo? Intentó descifrar su expresión, pero le resultaba imposible. Había pasado tantos años en una comunidad cerrada que una cara nueva siempre era una sorpresa. Salir al mundo después de toda una vida enclaustrada era extraño. Había tantas cosas nuevas: sonidos, voces, olores, acentos. Diferentes formas de expresar felicidad o tristeza. Aunque a menudo se sentía en desventaja, a veces se preguntaba si era capaz de entender mejor a la gente que aquellos que no miraban con tanta atención. Siempre estaba atenta porque, si dejaba de estarlo, aunque solo fuera durante un segundo, se encontraría perdida en aquel interminable mar de humanidad. Pero en el rostro de Renzo no era capaz de leer nada; era como si estuviese tallado en granito. –Me haré responsable de mi hijo –dijo él entonces. «Hacerse responsable» no era lo mismo que «querer» ese hijo, pero seguramente daba igual. –Bueno, supongo que… –Esther no quería preguntar por el dinero, pero lo necesitaba desesperadamente. –Pero lo primero que debemos hacer es sacarte de aquí –la interrumpió él mirando a su alrededor con gesto de desprecio–. La mujer que está gestando al heredero de la fortuna Valenti no puede alojarse en un sitio como este. Ella torció el gesto. ¿El bebé que llevaba en su seno era heredero de una fortuna? Se había imaginado que los Valenti eran ricos por la forma de vestir de Ashley y por el lujoso hotel al que la llevó en Santa Firenze, pero no sabía que fuese un heredero. –He estado aquí durante los últimos meses y no me ha pasado nada. –Tal vez, pero ya no puedes quedarte aquí y tampoco seguirás trabajando en el bar. Te alojarás en mi casa. Esther no podía respirar. Se sentía inmovilizada por esa oscura y fría mirada. –¿Y si no quisiera hacerlo? No tienes elección –replicó él–. Una de las cláusulas de ese acuerdo dice que Ashley podría decidir la interrupción del embarazo si no quisiera que llegase a buen término. Eso es lo que ha pasado y eso significa que no recibirás nada a menos que aceptes mis exigencias. Yo te pagaré más de lo que habías acordado con mi exmujer, pero solo si haces lo que digo. Esther se dejó caer sobre la litera, mareada. Se le doblaban las piernas y el ruido de la calle se colaba por las ventanas, uniéndose al caos que había en su cabeza. –Muy bien –dijo por fin. En realidad, no se le ocurría ninguna razón para negarse. Tal vez debería preocuparse por su seguridad. No sabía nada de aquel hombre, solo conocía su reputación como empresario. Bueno, también sabía que había estado casado con Ashley, que había demostrado ser una mentirosa y una manipuladora. Pero no se le ocurría ninguna alternativa aparte de seguir adelante con el embarazo sin recursos ni ayuda de nadie. Y sería tan difícil, pensó, sintiéndose culpable. Había pasado gran parte de su vida sintiéndose culpable por todo. Cada vez que sacaba un libro de la biblioteca del pueblo, cada vez que conseguía un CD de música que no debería escuchar. Cuando la echaron de la comuna había decidido vivir a su manera, escuchar música pop sin sentirse culpable, tomar cereales con azúcar, ver películas, leer todos los libros que quisiera, incluyendo libros con expresiones soeces y escenas subidas de tono. Y no sentir vergüenza alguna. Pero en ese momento se sentía avergonzada. Había aprovechado la oferta de Ashley porque le había parecido la oportunidad de hacer realidad sus sueños: ir a la universidad, seguir viajando, vivir una vida que no tuviese nada que ver con la comuna de su infancia. Estaba tan decidida a no volver a esa pequeña y claustrofóbica existencia que había ignorado lo que le decía su conciencia. Pero era imposible seguir ignorando que estaba esperando un bebé, que tenía responsabilidad en todo aquello. Y que si no hacía lo que decía Renzo Valenti… Había muchas posibilidades de que se quedase sin nada. ¿Y todo para qué? Por un dinero que, al final, no recibiría. De modo que se colocó la mochila a la espalda y se volvió para mirar a Renzo. –Muy bien, iré contigo –anunció, tuteándolo por primera vez. Si te esta gustando la novela me deja un #voto lunar gracias por leerme :).
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