03

2577 Words
Renzo conducía de vuelta a la villa empujado por la adrenalina y la ira en igual medida. No se le escapaba que la joven, cuyo nombre había leído en los documentos, miraba el lujoso vehículo italiano con la expresión de un ratoncillo de campo. Pero eso daba igual. La realidad de la situación era tan dura que el pulso le latía en la garganta y le ardía la sangre. Un hijo. Esther Abbott, una joven mochilera estadounidense, estaba esperando un hijo suyo. Sí, tendría que verificar todo aquello con Ashley, pero se sentía inclinado a creerla. No tenía razones para hacerlo, solo su instinto. Y la idea de confiar en su instinto lo hacía reír. Normalmente, confiaba más en su intelecto, que solía creer por encima de cualquier reproche. En asuntos de negocios, claro. El instinto, heredado de su padre, lo empujaba en ese campo. Al parecer, en otros asuntos no era capaz de discernir. O de ser tan infalible. Su exmujer era uno de los mejores ejemplos. Y Jillian. Mujeres. Parecía tener tendencia a dejarse engañar por ellas. Aunque nunca involucraba el corazón en sus relaciones, parecía tener la habilidad de encontrar mujeres capaces de jugársela. Miró de soslayo a Esther antes de volver a concentrarse en la carretera. No tendría esos problemas con ella. Era una chica normal, guapa seguramente, pero no llevaba una gota de maquillaje y sus cejas oscuras eran un poco más gruesas de lo que a él solía gustarle. Tenía sombras oscuras bajo los ojos y no sabía si era por cansancio o, sencillamente, parte de su fisonomía. Estaba tan acostumbrado a ver a las mujeres maquilladas que no podría decirlo. Los labios, seguramente su rasgo más atractivo, eran gruesos, carnosos. Aunque también tenía un cuerpo bonito. Sus pechos no eran grandes, pero sí altos y bien formados. Y estaba claro que no llevaba sujetador bajo la camiseta. Pero sus pechos daban igual, lo único que importaba era su útero y si de verdad estaba esperando un hijo suyo. Giró para tomar un camino flanqueado por árboles y atravesó la verja de hierro que daba entrada a la finca. Unos segundos después, bajó del coche y abrió la puerta del pasajero. –Bienvenida a tu nuevo hogar –dijo en un tono que era todo menos cordial. Ella se mordió el labio inferior mientras tomaba la mochila y salía del coche, mirando a su alrededor con los ojos como platos–. Estuviste aquí hace un par de días. No sé por qué pones esa cara de susto. –Eres tú quien me da miedo. Y una casa como esta, que es prácticamente un castillo… bueno, eso también –Esther tomó aire–. Ya sé que he estado aquí antes, pero ahora es diferente. Entonces solo vine a hablarte del bebé, no pensaba que me alojaría aquí. –¿Vas a decirme que prefieres el hostal? Aceptaste gestar a mi hijo por dinero, así que no vas a hacerme creer que no te interesan las cosas materiales. Ella negó con la cabeza. –No es eso. Es que quería ir a la universidad. Él frunció el ceño. –¿Cuántos años tienes? –Veintitrés. La misma edad que su hermana, Allegra. Si pudiera sentir empatía por los demás, la sentiría por ella, pero esos sentimientos habían sido aplastados años atrás; la empatía había sido reemplazada por una vaga preocupación. –¿Y no has podido solicitar una beca? –No, porque tenía que pagar para hacer los exámenes de convalidación. No fui al instituto, pero creo que mis notas son lo bastante buenas como para entrar en algunas universidades. Y para eso necesitaba dinero. –¿No fuiste al instituto? Ella frunció los labios. –Estudiaba en casa –respondió Esther–. En fin, no es que quisiera comprarme un yate con ese dinero. Y, aunque así fuera, nadie gesta un hijo gratis para una pareja de desconocidos. Renzo se encogió de hombros. –No, supongo que no. Ven conmigo. Cuando entraron en la casa se sintió perdido de repente. Su ama de llaves se había retirado a su habitación y allí estaba con aquella criatura… –Me imagino que estarás cansada. –Y hambrienta –respondió ella. –La cocina está por aquí. La llevó a través de la lujosa villa, escuchando el ruido de sus pasos tras él, hasta que llegaron a la cocina. La casa, que había sido construida varios siglos atrás, había sido reformada y contaba con todas las comodidades modernas. –Puedes comer lo que quieras –le dijo, abriendo un enorme frigorífico de acero inoxidable. Su ama de llaves solía dejar comida preparada en el congelador y rebuscó hasta encontrar lo que parecía un recipiente con pasta–. Aquí tienes –dijo, dejándolo sobre la mesa. No se quedó para ver lo que hacía. Salió de la cocina y subió la escalera para dirigirse a su despacho y llamar a su exmujer. Ashley respondió enseguida y no le sorprendió. Si tenía intención de hablar con él respondería enseguida. Si no, ni siquiera se hubiera molestado en poner el contestador. Era extrema para todo. –Hola, Renzo –dijo ella con tono aburrido–. ¿A qué debo este placer? –Cuando sepas lo que tengo que decir puede que no sea un placer hablar conmigo. –Hace meses que no es un placer hablar contigo. –Solo estuvimos casados durante seis meses, así que espero que eso sea una exageración. –No, no lo es. ¿Por qué crees que tenía que buscar satisfacción en otros hombres? –Si estás hablando de satisfacción emocional, tengo varias respuestas, pero si lo que quieres decir es que no te satisfacía físicamente tendré que llamarte mentirosa. Ashley soltó un bufido. –En la vida hay algo más que sexo. –Desde luego que sí. Por ejemplo, la mujer que está en mi cocina ahora mismo. –Estamos divorciados y quién esté en tu cocina, o en tu cama, no es asunto mío. –Lo es porque se trata de Esther Abbott, una mujer que dice tener un acuerdo contigo para gestar a «nuestro» hijo. Al otro lado de la línea hubo una pausa y Renzo casi se sintió satisfecho por haberla dejado sin habla, una tarea casi imposible con Ashley. Incluso cuando la pilló en la cama con otro hombre insistió en gritar y llorar para salirse con la suya. No, Ashley no dejaba que nadie más tuviese la última palabra y su silencio era revelador. Aunque no sabía si revelaba sorpresa o rabia por haber sido descubierta. –Pensé que un hijo podría salvarnos, pero eso fue antes de que el divorcio estuviese finalizado, antes de que tú descubrieses lo de los otros. –Ya, claro. Los otros cinco hombres con los que te acostabas mientras estabas casada conmigo. Ashley se rio. –Siete, creo. Daba igual. Cinco, siete o solo uno, con el que la había pillado. Tenía la impresión de que a Ashley tampoco le importaba. –Entonces es verdad –dijo con tono seco. Sí –respondió ella. –Pero ¿cómo? Ashley dejó escapar un resoplido de impaciencia. –La última vez que estuvimos juntos usaste un preservativo y yo… bueno, lo usé después de que tú lo descartases. Eso fue suficiente. Renzo masculló una palabrota. –No podrías haber caído más bajo. –Supongo que eso está por ver –respondió Ashley con un tono cortante como el cristal–. Aún me queda mucha vida por delante, pero no te preocupes, tú no serás parte de ella. Si puedo o no caer más bajo ya no es asunto tuyo. –Esa mujer está embarazada de «nuestro» hijo –le recordó Renzo. –Porque es una cabezota. Le dije que no quería seguir adelante. De hecho, le dije que no le pagaría el resto de sus honorarios. –Lo sé. Solo te he llamado para confirmarlo. –¿Qué piensas hacer? Esa era una buena pregunta. Iba a hacerse cargo de su hijo, naturalmente. Pero ¿cómo iba a explicárselo a sus padres? ¿Y a los medios de comunicación, que publicarían noticias que algún día leería su hijo? Tendría que ser sincero sobre el engaño de Ashley o inventar una historia sobre una madre que había abandonado a su hijo. Y no estaba dispuesto a eso. Pero la gestación subrogada no era legal en Italia. Ningún acuerdo sería legal allí y podría aprovecharse de ello. –Esther Abbott está embarazada de mi hijo y haré lo que tengo que hacer –respondió, con tono decidido. Había estado antes en una situación similar, pero entonces no tenía ningún poder. La mujer, su marido, sus padres, todos habían tomado la decisión por él. Su imprudente aventura con Jillian le había costado algo más que su virginidad. Se había convertido en padre de una niña a los dieciséis años, pero le habían prohibido tener ningún tipo de relación con ella. No existía para su hija. Todos, sus padres, su amante, el marido de su amante, habían inventado una historia para proteger su matrimonio, su reputación y a la niña. Pero no habían contado con él porque era menor de edad. No permitiría que algo así volviera a pasar. No dejaría que lo apartasen. No pondría a su hijo, ni a sí mismo, en tan precaria situación. –¿Y cómo piensas solucionarlo? –insistió Ashley. Haré lo que haría cualquier hombre responsable en mi situación: casarme con Esther Abbott. Esther nunca había visto una cocina así. Había tardado más de diez minutos en descubrir cómo funcionaba el microondas y la pasta había terminado fría por un lado y ardiendo por otro. Se había quemado la lengua, pero estaba deliciosa. La pasta era uno de sus recientes descubrimientos. Probar nuevos alimentos había sido una de las partes favoritas del viaje. Scones en Inglaterra, macarons en Francia. Había disfrutado de su aventura culinaria casi tanto como de los paisajes o la gente. Aunque a veces echaba de menos el pan moreno y el sencillo guiso de carne de su madre. Experimentó entonces una punzada de nostalgia. Era raro, pero a veces le ocurría. Su infancia había sido difícil, pero segura. Y lo único que conocía. Oyó pasos y, un segundo después, cuando Renzo entró en la cocina, esa mirada oscura consumió la nostalgia. Dentro de ella solo había sitio para esa dura y cortante intensidad. –Acabo de hablar con Ashley. De repente, la pasta le sabía a serrín. –Me imagino que te ha dicho lo que tú no querías escuchar. –Así es. –Lo siento, pero todo es verdad. No he venido aquí para aprovecharme de ti y de verdad no podría haber falsificado esos documentos. Ni siquiera había ido nunca al médico hasta que Ashley me llevó a Santa Firenze. –¿Cómo que no habías ido al médico? Renzo frunció el ceño y Esther se dio cuenta de que había dicho algo que no debería. Lo hacía a menudo porque no conocía las líneas divisorias. A veces pensaba que la gente la veía diferente solo porque era estadounidense, pero también era diferente a la mayoría de sus compatriotas. –Vivía en un pueblo muy pequeño –intentó explicar. Una mentira. Había tenido que mentir muchas veces, cuando su padre le preguntaba si estaba contenta, cuando su madre le preguntaba por sus planes de futuro. Siempre había tenido que mentir, de modo que ocultar su extraño pasado no había resultado tan difícil. –¿Tan pequeño que no había médicos? –Sí, había uno –respondió Esther. Era cierto. Había un médico en la comuna. Renzo hizo un gesto de extrañeza. –En fin, Ashley me ha confirmado lo del acuerdo. Sé que te encuentras en una posición nada envidiable… o tal vez sea envidiable, depende de tu perspectiva. Dime, Esther, ¿cuáles son tus objetivos en la vida? Era una pregunta extraña. Sus padres nunca le preguntaban qué quería hacer porque decían saber cuál era su deber. Nadie le había preguntado si eso la hacía feliz, nadie le había preguntado por sus objetivos. Pero él le estaba preguntando y eso hizo que deseara contárselo. –Quiero viajar e ir a la universidad. Quiero tener una educación. –¿Con qué fin? –¿Qué quieres decir? –¿Qué quieres estudiar? ¿Historia, Arte, Administración de empresas? –Todo –Esther se encogió de hombros–. Quiero saber cosas. –Eso es muy complejo, pero posible. ¿Hay alguna ciudad mejor que Roma para conocer la Historia? –París y Londres son opciones diferentes, pero entiendo lo que quieres decir. Y sí, sé que puedo educarme aquí, pero quiero algo más. Renzo empezó a pasear por la cocina y la determinación que había en cada uno de sus pasos la hizo sentirse tan pequeña como un ratoncito frente a un enorme gato. –¿Y por qué no vas a tenerlo todo? Mira a tu alrededor. Yo tuve la suerte de nacer en el seno de una familia rica. Y sí, he hecho todo lo posible para merecerme ese puesto. Asumí el timón de la empresa familiar y nadie se ha quejado hasta ahora. –Me alegro por ti –dijo ella. –Podría ser muy conveniente para ti –siguió Renzo, mirándola a los ojos. Y esa mirada le puso el vello de punta. Sentía una desazón que no podía controlar, ni siquiera frotándose los brazos vigorosamente. –¿Ah, sí? –Soy un hombre con muchos recursos. Ashley no fue tan generosa contigo como debería, pero yo puedo darte el mundo entero. Esther se aclaró la garganta, nerviosa. –Eres muy amable, pero solo tengo una mochila. No sé si el mundo entero cabría dentro. –Esa es la cuestión. –¿Qué cuestión? –Tendrás que olvidarte de la mochila. –No sé si lo entiendo. –Hay pocas cosas que me limiten, salvo la percepción del público y las opiniones conservadoras de mis padres. Ellos han hecho todo lo posible para que me convirtiese en el hombre que soy –Renzo apretó la mandíbula–. Me casé con Ashley porque era lo que ellos esperaban. Matrimonio, hijos. Lo que no esperan es un escándalo o que los medios de comunicación descubran que mi exmujer conspiró contra mí. No quiero que me tomen por tonto, Esther. No permitiré que el apellido Valenti sea ridiculizado por un error mío. –Sigo sin entender qué tiene que ver eso conmigo. –En realidad, esta situación no tiene precedentes, pero he decidido lo que debemos hacer. –Por favor, explícamelo. Renzo la miró atentamente. La había mirado antes, pero en aquella ocasión Esther sintió algo diferente. Porque aquello era diferente. Tuviese o no sentido, era diferente. Su mirada era penetrante, como si estuviese buscando algo en su interior, como si pudiese ver bajo su ropa. Como si estuviera intentando descubrir de qué estaba hecha. Su mirada le produjo un extraño cosquilleo entre los muslos y contuvo el aliento, intentando controlar las lágrimas que asomaban a sus ojos. No sabía por qué tenía ganas de llorar, pero aquello le parecía tan grande, tan nuevo y tan poco familiar… –Esther Abbott –dijo él entonces, su voz ronca se deslizaba sobre su piel como una caricia–. Vas a ser mi mujer. Si te esta gustando la novela , me deja un #voto lunar :)
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