Renzo conducía de vuelta a la villa empujado por la adrenalina y
la ira en igual medida. No se le escapaba que la joven, cuyo nombre
había leído en los documentos, miraba el lujoso vehículo italiano con
la expresión de un ratoncillo de campo.
Pero eso daba igual. La realidad de la situación era tan dura que
el pulso le latía en la garganta y le ardía la sangre. Un hijo. Esther
Abbott, una joven mochilera estadounidense, estaba esperando un
hijo suyo. Sí, tendría que verificar todo aquello con Ashley, pero se
sentía inclinado a creerla. No tenía razones para hacerlo, solo su
instinto. Y la idea de confiar en su instinto lo hacía reír. Normalmente,
confiaba más en su intelecto, que solía creer por encima de cualquier
reproche.
En asuntos de negocios, claro. El instinto, heredado de su padre,
lo empujaba en ese campo. Al parecer, en otros asuntos no era
capaz de discernir. O de ser tan infalible. Su exmujer era uno de los
mejores ejemplos.
Y Jillian.
Mujeres. Parecía tener tendencia a dejarse engañar por ellas.
Aunque nunca involucraba el corazón en sus relaciones, parecía
tener la habilidad de encontrar mujeres capaces de jugársela.
Miró de soslayo a Esther antes de volver a concentrarse en la
carretera. No tendría esos problemas con ella. Era una chica normal,
guapa seguramente, pero no llevaba una gota de maquillaje y sus
cejas oscuras eran un poco más gruesas de lo que a él solía gustarle.
Tenía sombras oscuras bajo los ojos y no sabía si era por cansancio
o, sencillamente, parte de su fisonomía. Estaba tan acostumbrado a
ver a las mujeres maquilladas que no podría decirlo.
Los labios, seguramente su rasgo más atractivo, eran gruesos,
carnosos. Aunque también tenía un cuerpo bonito. Sus pechos no
eran grandes, pero sí altos y bien formados. Y estaba claro que no
llevaba sujetador bajo la camiseta.
Pero sus pechos daban igual, lo único que importaba era su
útero y si de verdad estaba esperando un hijo suyo.
Giró para tomar un camino flanqueado por árboles y atravesó la
verja de hierro que daba entrada a la finca. Unos segundos después,
bajó del coche y abrió la puerta del pasajero.
–Bienvenida a tu nuevo hogar –dijo en un tono que era todo
menos cordial. Ella se mordió el labio inferior mientras tomaba la
mochila y salía del coche, mirando a su alrededor con los ojos como platos–. Estuviste aquí hace un par de días. No sé por qué pones esa
cara de susto.
–Eres tú quien me da miedo. Y una casa como esta, que es
prácticamente un castillo… bueno, eso también –Esther tomó aire–.
Ya sé que he estado aquí antes, pero ahora es diferente. Entonces
solo vine a hablarte del bebé, no pensaba que me alojaría aquí.
–¿Vas a decirme que prefieres el hostal? Aceptaste gestar a mi
hijo por dinero, así que no vas a hacerme creer que no te interesan
las cosas materiales.
Ella negó con la cabeza.
–No es eso. Es que quería ir a la universidad.
Él frunció el ceño.
–¿Cuántos años tienes?
–Veintitrés.
La misma edad que su hermana, Allegra. Si pudiera sentir
empatía por los demás, la sentiría por ella, pero esos sentimientos
habían sido aplastados años atrás; la empatía había sido
reemplazada por una vaga preocupación.
–¿Y no has podido solicitar una beca?
–No, porque tenía que pagar para hacer los exámenes de
convalidación. No fui al instituto, pero creo que mis notas son lo
bastante buenas como para entrar en algunas universidades. Y para
eso necesitaba dinero.
–¿No fuiste al instituto?
Ella frunció los labios.
–Estudiaba en casa –respondió Esther–. En fin, no es que
quisiera comprarme un yate con ese dinero. Y, aunque así fuera,
nadie gesta un hijo gratis para una pareja de desconocidos.
Renzo se encogió de hombros.
–No, supongo que no. Ven conmigo.
Cuando entraron en la casa se sintió perdido de repente. Su ama
de llaves se había retirado a su habitación y allí estaba con aquella
criatura…
–Me imagino que estarás cansada.
–Y hambrienta –respondió ella.
–La cocina está por aquí.
La llevó a través de la lujosa villa, escuchando el ruido de sus
pasos tras él, hasta que llegaron a la cocina. La casa, que había sido
construida varios siglos atrás, había sido reformada y contaba con
todas las comodidades modernas.
–Puedes comer lo que quieras –le dijo, abriendo un enorme
frigorífico de acero inoxidable. Su ama de llaves solía dejar comida
preparada en el congelador y rebuscó hasta encontrar lo que parecía un recipiente con pasta–. Aquí tienes –dijo, dejándolo sobre la mesa.
No se quedó para ver lo que hacía. Salió de la cocina y subió la
escalera para dirigirse a su despacho y llamar a su exmujer.
Ashley respondió enseguida y no le sorprendió. Si tenía
intención de hablar con él respondería enseguida. Si no, ni siquiera
se hubiera molestado en poner el contestador. Era extrema para
todo.
–Hola, Renzo –dijo ella con tono aburrido–. ¿A qué debo este
placer?
–Cuando sepas lo que tengo que decir puede que no sea un
placer hablar conmigo.
–Hace meses que no es un placer hablar contigo.
–Solo estuvimos casados durante seis meses, así que espero
que eso sea una exageración.
–No, no lo es. ¿Por qué crees que tenía que buscar satisfacción
en otros hombres?
–Si estás hablando de satisfacción emocional, tengo varias
respuestas, pero si lo que quieres decir es que no te satisfacía
físicamente tendré que llamarte mentirosa.
Ashley soltó un bufido.
–En la vida hay algo más que sexo.
–Desde luego que sí. Por ejemplo, la mujer que está en mi
cocina ahora mismo.
–Estamos divorciados y quién esté en tu cocina, o en tu cama,
no es asunto mío.
–Lo es porque se trata de Esther Abbott, una mujer que dice
tener un acuerdo contigo para gestar a «nuestro» hijo.
Al otro lado de la línea hubo una pausa y Renzo casi se sintió
satisfecho por haberla dejado sin habla, una tarea casi imposible con
Ashley. Incluso cuando la pilló en la cama con otro hombre insistió en
gritar y llorar para salirse con la suya. No, Ashley no dejaba que nadie
más tuviese la última palabra y su silencio era revelador. Aunque no
sabía si revelaba sorpresa o rabia por haber sido descubierta.
–Pensé que un hijo podría salvarnos, pero eso fue antes de que
el divorcio estuviese finalizado, antes de que tú descubrieses lo de
los otros.
–Ya, claro. Los otros cinco hombres con los que te acostabas
mientras estabas casada conmigo.
Ashley se rio.
–Siete, creo.
Daba igual. Cinco, siete o solo uno, con el que la había pillado.
Tenía la impresión de que a Ashley tampoco le importaba.
–Entonces es verdad –dijo con tono seco.
Sí –respondió ella.
–Pero ¿cómo?
Ashley dejó escapar un resoplido de impaciencia.
–La última vez que estuvimos juntos usaste un preservativo y
yo… bueno, lo usé después de que tú lo descartases. Eso fue
suficiente.
Renzo masculló una palabrota.
–No podrías haber caído más bajo.
–Supongo que eso está por ver –respondió Ashley con un tono
cortante como el cristal–. Aún me queda mucha vida por delante,
pero no te preocupes, tú no serás parte de ella. Si puedo o no caer
más bajo ya no es asunto tuyo.
–Esa mujer está embarazada de «nuestro» hijo –le recordó
Renzo.
–Porque es una cabezota. Le dije que no quería seguir adelante.
De hecho, le dije que no le pagaría el resto de sus honorarios.
–Lo sé. Solo te he llamado para confirmarlo.
–¿Qué piensas hacer?
Esa era una buena pregunta. Iba a hacerse cargo de su hijo,
naturalmente. Pero ¿cómo iba a explicárselo a sus padres? ¿Y a los
medios de comunicación, que publicarían noticias que algún día
leería su hijo? Tendría que ser sincero sobre el engaño de Ashley o
inventar una historia sobre una madre que había abandonado a su
hijo.
Y no estaba dispuesto a eso.
Pero la gestación subrogada no era legal en Italia. Ningún
acuerdo sería legal allí y podría aprovecharse de ello.
–Esther Abbott está embarazada de mi hijo y haré lo que tengo
que hacer –respondió, con tono decidido.
Había estado antes en una situación similar, pero entonces no
tenía ningún poder. La mujer, su marido, sus padres, todos habían
tomado la decisión por él. Su imprudente aventura con Jillian le había
costado algo más que su virginidad.
Se había convertido en padre de una niña a los dieciséis años,
pero le habían prohibido tener ningún tipo de relación con ella. No
existía para su hija. Todos, sus padres, su amante, el marido de su
amante, habían inventado una historia para proteger su matrimonio,
su reputación y a la niña.
Pero no habían contado con él porque era menor de edad.
No permitiría que algo así volviera a pasar. No dejaría que lo
apartasen. No pondría a su hijo, ni a sí mismo, en tan precaria
situación.
–¿Y cómo piensas solucionarlo? –insistió Ashley.
Haré lo que haría cualquier hombre responsable en mi
situación: casarme con Esther Abbott.
Esther nunca había visto una cocina así. Había tardado más de
diez minutos en descubrir cómo funcionaba el microondas y la pasta
había terminado fría por un lado y ardiendo por otro. Se había
quemado la lengua, pero estaba deliciosa.
La pasta era uno de sus recientes descubrimientos. Probar
nuevos alimentos había sido una de las partes favoritas del viaje.
Scones en Inglaterra, macarons en Francia. Había disfrutado de su
aventura culinaria casi tanto como de los paisajes o la gente.
Aunque a veces echaba de menos el pan moreno y el sencillo
guiso de carne de su madre.
Experimentó entonces una punzada de nostalgia. Era raro, pero
a veces le ocurría. Su infancia había sido difícil, pero segura. Y lo
único que conocía.
Oyó pasos y, un segundo después, cuando Renzo entró en la
cocina, esa mirada oscura consumió la nostalgia. Dentro de ella solo
había sitio para esa dura y cortante intensidad.
–Acabo de hablar con Ashley.
De repente, la pasta le sabía a serrín.
–Me imagino que te ha dicho lo que tú no querías escuchar.
–Así es.
–Lo siento, pero todo es verdad. No he venido aquí para
aprovecharme de ti y de verdad no podría haber falsificado esos
documentos. Ni siquiera había ido nunca al médico hasta que Ashley
me llevó a Santa Firenze.
–¿Cómo que no habías ido al médico?
Renzo frunció el ceño y Esther se dio cuenta de que había dicho
algo que no debería. Lo hacía a menudo porque no conocía las
líneas divisorias. A veces pensaba que la gente la veía diferente solo
porque era estadounidense, pero también era diferente a la mayoría
de sus compatriotas.
–Vivía en un pueblo muy pequeño –intentó explicar.
Una mentira. Había tenido que mentir muchas veces, cuando su
padre le preguntaba si estaba contenta, cuando su madre le
preguntaba por sus planes de futuro. Siempre había tenido que
mentir, de modo que ocultar su extraño pasado no había resultado
tan difícil.
–¿Tan pequeño que no había médicos?
–Sí, había uno –respondió Esther. Era cierto. Había un médico
en la comuna.
Renzo hizo un gesto de extrañeza.
–En fin, Ashley me ha confirmado lo del acuerdo. Sé que te
encuentras en una posición nada envidiable… o tal vez sea
envidiable, depende de tu perspectiva. Dime, Esther, ¿cuáles son tus
objetivos en la vida?
Era una pregunta extraña. Sus padres nunca le preguntaban qué
quería hacer porque decían saber cuál era su deber. Nadie le había
preguntado si eso la hacía feliz, nadie le había preguntado por sus
objetivos.
Pero él le estaba preguntando y eso hizo que deseara
contárselo.
–Quiero viajar e ir a la universidad. Quiero tener una educación.
–¿Con qué fin?
–¿Qué quieres decir?
–¿Qué quieres estudiar? ¿Historia, Arte, Administración de
empresas?
–Todo –Esther se encogió de hombros–. Quiero saber cosas.
–Eso es muy complejo, pero posible. ¿Hay alguna ciudad mejor
que Roma para conocer la Historia?
–París y Londres son opciones diferentes, pero entiendo lo que
quieres decir. Y sí, sé que puedo educarme aquí, pero quiero algo
más.
Renzo empezó a pasear por la cocina y la determinación que
había en cada uno de sus pasos la hizo sentirse tan pequeña como
un ratoncito frente a un enorme gato.
–¿Y por qué no vas a tenerlo todo? Mira a tu alrededor. Yo tuve
la suerte de nacer en el seno de una familia rica. Y sí, he hecho todo
lo posible para merecerme ese puesto. Asumí el timón de la empresa
familiar y nadie se ha quejado hasta ahora.
–Me alegro por ti –dijo ella.
–Podría ser muy conveniente para ti –siguió Renzo, mirándola a
los ojos.
Y esa mirada le puso el vello de punta. Sentía una desazón que
no podía controlar, ni siquiera frotándose los brazos vigorosamente.
–¿Ah, sí?
–Soy un hombre con muchos recursos. Ashley no fue tan
generosa contigo como debería, pero yo puedo darte el mundo
entero.
Esther se aclaró la garganta, nerviosa.
–Eres muy amable, pero solo tengo una mochila. No sé si el
mundo entero cabría dentro.
–Esa es la cuestión.
–¿Qué cuestión?
–Tendrás que olvidarte de la mochila.
–No sé si lo entiendo.
–Hay pocas cosas que me limiten, salvo la percepción del
público y las opiniones conservadoras de mis padres. Ellos han
hecho todo lo posible para que me convirtiese en el hombre que soy
–Renzo apretó la mandíbula–. Me casé con Ashley porque era lo que
ellos esperaban. Matrimonio, hijos. Lo que no esperan es un
escándalo o que los medios de comunicación descubran que mi
exmujer conspiró contra mí. No quiero que me tomen por tonto,
Esther. No permitiré que el apellido Valenti sea ridiculizado por un
error mío.
–Sigo sin entender qué tiene que ver eso conmigo.
–En realidad, esta situación no tiene precedentes, pero he
decidido lo que debemos hacer.
–Por favor, explícamelo.
Renzo la miró atentamente. La había mirado antes, pero en
aquella ocasión Esther sintió algo diferente.
Porque aquello era diferente. Tuviese o no sentido, era diferente.
Su mirada era penetrante, como si estuviese buscando algo en su
interior, como si pudiese ver bajo su ropa. Como si estuviera
intentando descubrir de qué estaba hecha.
Su mirada le produjo un extraño cosquilleo entre los muslos y
contuvo el aliento, intentando controlar las lágrimas que asomaban a
sus ojos. No sabía por qué tenía ganas de llorar, pero aquello le
parecía tan grande, tan nuevo y tan poco familiar…
–Esther Abbott –dijo él entonces, su voz ronca se deslizaba
sobre su piel como una caricia–. Vas a ser mi mujer.
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