Carlota.
— Es mi sobrina, señor. — Sentí que la voz me temblaba. Apreté las manos detrás de la espalda para que él no notara cuánto. — Mi segunda sobrina. La única hija de mi hermana menor. — Él no dijo nada. Seguía observándome. Esperando. — Desapareció hace cuatro meses. — Aquello me dolió incluso pronunciarlo. Cuatro meses, cuatro meses de llamadas, cuatro meses de búsquedas, cuatro meses despertando cada mañana con la esperanza de recibir noticias y acostándome cada noche sin ellas. — La policía la buscó. Los vecinos la buscaron. Todo el pueblo la buscó. — Bajé la mirada. — Nadie encontró nada. — El silencio del despacho parecía hacerse más pesado con cada palabra. — Se llama Aria, Aria Valenti. — Tragué saliva. — Tiene veintidós años. — Mi garganta se cerró. — Y yo... ya no sé qué más hacer. — Por primera vez desde que había entrado, me permití mirarlo directamente. — Usted es mi último recurso. — El hombre permaneció inmóvil.
Ni siquiera pestañeó.
Luego se recostó ligeramente contra el respaldo de la silla.
— Carlota. — Aquella sola palabra me hizo tensarme. Porque sabía que venía algo que no quería escuchar. —¿Te das cuenta de lo que me estás pidiendo? — Asentí.
— Sí, señor.
— No dirijo una casa de caridad. — La frase cayó entre nosotros como una piedra.
— Lo sé.
— Y encontrar personas desaparecidas no es un favor sencillo. — Tomó nuevamente el bolígrafo. Lo hizo girar entre los dedos. — Han pasado cuatro meses. — Mi corazón comenzó a acelerarse.
— Señor...
— En cuatro meses esa chica podría estar muerta.
— No. — La palabra salió de mí antes de que terminara la frase.
— Carlota...
— No. — Las lágrimas llegaron de golpe. Como si hubieran estado esperando detrás de una puerta rota. — No diga eso⁷. — Mi voz se quebró. Sentí la primera lágrima rodar por mi mejilla. — Por favor, no diga eso. — El hombre se quedó callado. Yo negué con la cabeza una y otra vez. —Ella está viva. — Otra lágrima y otra. — Lo sé.
— No puedes saberlo.
— Sí puedo. — Mi voz salió más fuerte de lo esperado. Más desesperada. Más humana. — Porque la conozco. — Me llevé una mano al pecho. — Porque la crié muchas tardes cuando mi hermana tenía que trabajar. Porque sé cómo sonríe, porque sé cómo se enfada, porque sé cómo habla. — Las palabras comenzaron a atropellarse. — Y porque siento que sigue viva. — Sentí que me faltaba el aire. — No me pregunte cómo. No tengo pruebas. No tengo nada, pero lo siento y una tía sabe esas cosas. Una familia sabe esas cosas. — Mi voz terminó convertida en un susurro. — Ella sigue ahí afuera. Esperando que alguien la encuentre. — El despacho quedó en silencio.
Yo lloraba. Intentando controlarme.
Intentando mantener algo de dignidad, pero después de cuatro meses ya no quedaba mucha.
Entonces ocurrió algo inesperado.
Mi jefe soltó lentamente el bolígrafo y suspiró.
Un gesto mínimo.
Casi imperceptible.
— Está bien. — Parpadeé.
— ¿Señor?
— La ayudaremos. — Por un instante creí haber escuchado mal.
— ¿Qué?
— He dicho que la ayudaremos. — Las lágrimas siguieron cayendo, pero ahora por otra razón.
— Gracias.
— Carlota.
— Gracias, señor.
— Carlota.
— Yo le pagaré. — Me limpié rápidamente el rostro con el dorso de la mano. — Le pagaré todo. Lo que cueste. Lo que sea. Haré horas extras. Venderé... — La esquina de sus labios se elevó apenas.
Una sonrisa tan pequeña que cualquier otra persona no la habría visto.
Yo sí.
Porque llevaba más de veinticinco años observándolo.
— ¿Lo que sea? — preguntó con calma.
— Sí. Lo que sea.
— Interesante. — Fue todo lo que dijo y aquella diminuta sonrisa desapareció tan rápido como había aparecido.
Porque ambos sabíamos que yo no tenía idea de cuánto costaba realmente encontrar a una persona y probablemente tampoco quería saberlo.
Mi jefe volvió a adoptar su expresión habitual.
Fría.
Práctica.
Distante. — Salga del despacho. — Parpadeé.
— ¿Señor?
— Enviaré a Rodrigo. — Tomó nuevamente el bolígrafo. Como si nuestra conversación ya hubiera terminado. — Le dará todos los detalles. Fotografías, fechas, lugares, todo lo que tenga.
— Sí.
— Y deje que él haga su trabajo. — Asentí rápidamente.
— Sí, señor.
— Bien. — Yo seguía allí. De pie. Con lágrimas en el rostro. Intentando agradecerle.
— Muchas gracias. De verdad. Gracias. No sabe lo que esto significa para...
— Carlota. — Su tono se endureció. No por crueldad. Simplemente porque había alcanzado el límite de paciencia que estaba dispuesto a ofrecer.
Levanté la cabeza.
— Sí, señor.
— Salga. — Me apresuré a asentir.
— Sí. Sí, claro. Gracias. Muchas gracias. — Di media vuelta y cuando llegué a la puerta escuché nuevamente su voz.
— Carlota. — Me giré. — Trate de tranquilizarse. — No era consuelo. No era ternura. Era una orden. Una simple orden.
Pero viniendo de él, era lo más parecido a una muestra de consideración que había recibido en años.
Asentí con fuerza.
Luego abandoné el despacho y por primera vez en cuatro meses, sentí que la desesperación que me había estado ahogando dejaba entrar una pequeña corriente de esperanza.
♤♤♤
El frío de la tarde comenzaba a extenderse por las calles.
La gente caminaba deprisa.
Algunos regresaban del trabajo.
Otros salían de las cafeterías cargando bolsas de compras o hablando por teléfono.
Nadie prestaba demasiada atención a lo que ocurría a ras de suelo.
Porque allí, junto a una pared manchada por el tiempo y la humedad, había una chica sentada sobre un cartón viejo.
Y para la mayoría de las personas, ella no era más que parte del paisaje.
Un objeto más.
Algo que se veía todos los días.
Algo que se aprendía a ignorar.
Tenía las rodillas pegadas al pecho.
Los brazos rodeándolas.
La cabeza escondida sobre ellos.
Como si intentara ocupar el menor espacio posible en el mundo.
Su cabello caía en mechones enredados alrededor de su rostro.
Sucio.
Descuidado.
Lleno de nudos.
La ropa que alguna vez había sido de buena calidad ahora era apenas un conjunto de telas desgastadas y rotas.
Las mangas estaban rasgadas.
Las costuras abiertas.
Los colores originales habían desaparecido bajo capas de polvo y suciedad.
Sus pies desnudos descansaban sobre el pavimento helado.
Enrojecidos.
Lastimados.
Cubiertos de pequeñas heridas que nadie se había molestado en curar.
Delante de ella había una vieja lata de conservas.
Abollada.
Oxidada.
Vacía casi todo el tiempo.
De vez en cuando alguien dejaba caer una moneda.
El sonido metálico resonaba dentro del recipiente.
Cling.
Cling.
Era un ruido que la muchacha escuchaba decenas de veces al día.
Un sonido que ya apenas registraba.
Un hombre pasó caminando.
Dejó una moneda sin mirarla.
Una mujer cruzó la calle para evitar acercarse demasiado.
Dos adolescentes soltaron una carcajada al verla.
— Qué asco. — Ella no reaccionó.
Ni siquiera levantó la cabeza.
Ya estaba acostumbrada.
Otra persona pasó.
Esta vez una bota golpeó accidentalmente la lata.
Las monedas rodaron por el suelo.
El hombre siguió caminando sin detenerse.
Sin disculparse.
Sin mirar atrás.
La chica tardó unos segundos en moverse.
Luego extendió lentamente una mano.
Una mano delgada.
Llena de pequeñas cicatrices.
Recogió las monedas una por una.
Con paciencia.
Sin protestar.
Sin decir nada.
Como si aquello también formara parte de una rutina perfectamente normal.
Porque lo era.
Al menos para ella.
Cuando terminó, volvió a abrazar sus piernas y apoyó nuevamente la cabeza sobre los brazos.
El mundo siguió girando a su alrededor.
Los autos pasaban.
Las conversaciones continuaban.
Las puertas de los comercios se abrían y cerraban.
Nadie preguntó su nombre.
Nadie preguntó cuánto tiempo llevaba allí.
Nadie quiso saber quién había sido antes de convertirse en aquella figura encogida sobre un cartón y sin embargo, debajo de toda aquella suciedad, debajo del cabello enredado, del cansancio y de los meses de abandono, todavía quedaban rastros de la joven que alguna vez había existido.
Rastros tan pequeños que resultaban difíciles de ver.
Pero seguían allí.
Escondidos.
Esperando.
Mientras a cientos de kilómetros de distancia una tía lloraba por ella.
Mientras una familia continuaba buscándola.
Mientras una fotografía seguía pasando de mano en mano preguntando si alguien la había visto...
La muchacha permaneció inmóvil.
Con la mirada perdida en algún lugar al que nadie más podía llegar y cuando una nueva moneda cayó dentro de la lata, ni siquiera levantó la cabeza para ver quién la había dejado...