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ARIA.

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Blurb

Ella no recuerda quién es. Él es Dante Moretti, un hombre poderoso, frío y acostumbrado a conseguir todo lo que quiere. Para él, ella debía ser solo una distracción. Un secreto. Una mujer sin nombre que desaparecería de su vida cuando dejara de necesitarla, pero ella comienza a convertirse en algo mucho más peligroso. Porque mientras Aria intenta descubrir quién era antes de perder la memoria, Dante empieza a preguntarse quién es realmente la mujer que tiene cautiva. Y algunas respuestas podrían cambiarlo todo.

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Capitulo 1. Desesperación Vs Tranquilidad.
Chicas, esta vez no habrá prólogo. No voy a adelantarles absolutamente nada. Solo voy a decirles una cosa: no están preparadas para lo que viene. Esta historia va a ser diferente. Intensa, complicada y, probablemente, mucho más oscura de lo que imaginan. Así que esta vez no voy a explicarles quién es él, quién es ella ni qué está a punto de pasar. Van a tener que descubrirlo capítulo a capítulo. Y créanme... Dante Moretti no es un hombre para el que nadie esté preparado. Empecemos... ♡ La cocina era el corazón de la mansión. No por su tamaño, aunque era enorme. No por los mármoles importados ni por las lámparas de cristal que colgaban incluso sobre las áreas de trabajo. Era el corazón porque allí pasaba la señora Carlota. Llevaba tanto tiempo entre aquellas paredes que a veces olvidaba cuántos años habían transcurrido. Veinticinco. Quizá veintiséis. Tal vez más. Había llegado cuando el señor de la casa todavía era un hombre joven y sus hijos ni siquiera habían nacido. Después vinieron los embarazos, los llantos nocturnos, los cumpleaños, las primeras travesuras y las interminables discusiones entre los dos muchachos. Los había visto crecer. Y aunque tenían una nana que se ocupaba de ellos desde pequeños, ambos la buscaban a ella cuando necesitaban consuelo. Porque Carlota siempre tenía algo. Una sopa caliente. Un postre escondido. Un abrazo. O una palabra amable. Por eso mismo, verla tan nerviosa era algo extraño. Se secó las manos húmedas contra el delantal blanco mientras atravesaba los amplios pasillos de la mansión. Las cuatro de la tarde teñían los ventanales con una luz dorada que parecía convertir cada rincón en una fotografía antigua. Pero Carlota apenas notó la belleza del lugar. Su pecho estaba demasiado apretado. Su mente demasiado ocupada. Siguió caminando hasta llegar al último corredor del ala principal. Allí estaba el despacho. Las enormes puertas de madera oscura parecían más intimidantes que nunca. Y delante de ellas permanecía uno de los guardias. Un hombre robusto que llevaba años trabajando para la familia. Al verla acercarse, frunció el ceño. —¿Carlota? — Ella se detuvo. Intentó sonreír. No lo consiguió. El guardia la observó unos segundos más. —¿Todo bien? — La mujer tragó saliva. —Necesito hablar con el señor. — La preocupación apareció inmediatamente en el rostro del hombre. — Está ocupado. — Carlota bajó la mirada. Sus dedos se retorcieron contra la tela del delantal. — Lo sé. — Si es algo de la cena, puedo avisarle más tarde. — No es la cena. — Aquello terminó de llamar la atención del guardia. Porque Carlota jamás interrumpía al dueño de la casa. Jamás. En más de dos décadas había aprendido perfectamente cuándo hablar y cuándo guardar silencio. Por eso verla allí, pálida y temblorosa, era inquietante. — ¿Ocurrió algo? — Ella levantó la vista y el hombre descubrió que realmente estaba asustada. — Necesito verlo ahora. — Carlota... — Por favor. — Su voz se quebró apenas. — Es urgente. — El guardia se quedó inmóvil unos segundos. Luego asintió lentamente. — De acuerdo. — Se acercó a la puerta y llamó dos veces. Una voz grave respondió desde el interior. — ¿Qué ocurre? — Señor, la señora Carlota necesita hablar con usted. — Hubo un breve silencio. Después: — Que entre. — El guardia abrió una de las hojas de la puerta. Carlota sintió que el estómago se le encogía. Llevaba más de veinticinco años trabajando para aquel hombre. Veinticinco años sirviéndole café. Preparando sus comidas. Escuchando sus órdenes y aun así seguía imponiendo respeto. Porque el señor de la casa no era un hombre amable. No era un hombre cálido. Era un hombre al que todos obedecían. Un hombre de pocas palabras. De mirada dura. De esos que podían congelar una habitación simplemente entrando en ella. Carlota respiró profundamente. Luego cruzó el umbral. La puerta comenzó a cerrarse detrás de ella con un suave chasquido y entonces sintió verdadero miedo de la conversación que estaba a punto de tener. *** Carlota... El sonido de la puerta cerrándose detrás de mí hizo que el nudo en mi estómago se apretara todavía más. Había estado nerviosa antes, pero ahora ya no tenía escapatoria. Estaba allí. Dentro del despacho. El único lugar de toda la casa al que yo evitaba entrar. No porque estuviera prohibido. Sino porque aquel espacio pertenecía a una parte de mi jefe que muy pocas personas conocían. La parte peligrosa, la parte que movía piezas que yo nunca había terminado de comprender. Después de más de veinticinco años trabajando para él, una aprende muchas cosas aunque no quiera. Escucha conversaciones. Ve entrar hombres con rostros tensos y salir pálidos. Observa silencios, ausencias, secretos y aprende cuándo hacer preguntas y cuándo fingir que no ha escuchado nada. Yo sabía perfectamente para quién trabajaba. Sabía que aquel hombre tenía poder. Mucho poder. Más del que aparecía en los periódicos, más del que la gente comentaba en voz alta y precisamente por eso estaba allí. Porque la llamada de aquella mañana me había dejado sin aire. Todavía podía escuchar la voz temblorosa de mi hermana al otro lado del teléfono. Todavía podía sentir cómo se me había caído la cuchara de madera de las manos cuando escuché la noticia. Desde entonces había intentado seguir trabajando; preparar el almuerzo, dar órdenes en la cocina, supervisar a los ayudantes. Pero era inútil. Mi cabeza estaba en otra parte. Mi corazón también y al final entendí algo. Si había una persona capaz de encontrar a alguien en Italia, esa persona estaba sentada frente a mí. Levanté la mirada. Mi jefe acababa de dejar un bolígrafo sobre el escritorio. Sus ojos permanecían fijos en mí. Serenos, analíticos, fríos. No parecía molesto. Parecía intrigado y eso era incluso peor. Porque yo sabía que estaba preguntándose por qué había pedido verlo allí. En aquel despacho. Yo nunca hacía eso. Nunca. Si necesitaba decirle algo, lo hacía mientras desayunaba o en algún pasillo o cuando regresaba por las noches, pero jamás interrumpía su trabajo. Jamás. —Señor... —comencé. Mi voz salió más débil de lo que esperaba. Me aclaré la garganta. — Antes que nada, quiero disculparme por interrumpirlo. — Él no respondió inmediatamente. Tomó nuevamente el bolígrafo. Lo hizo girar entre sus dedos una vez. Dos veces. —No hay problema. — Su voz fue tan seca como siempre. — Diga lo que vino a decir. — Tragué saliva. No tenía sentido dar rodeos. Los rodeos eran para personas que disfrutaban conversar. Mi jefe no era una de ellas. Respiré profundamente. —Necesito su ayuda. — El bolígrafo dejó de moverse por una fracción de segundo. —¿Para qué? — Bajé la mirada un instante. Las manos me temblaban. Las escondí detrás de la espalda. —Necesito encontrar a una persona. — El silencio que siguió fue tan espeso que pude escuchar el tic tac del reloj del despacho. Mi jefe apoyó el bolígrafo sobre la mesa. Luego entrelazó los dedos y continuó observándome. Sin parpadear. Sin moverse. Esperando. Porque él siempre esperaba que los demás continuaran hablando. Nunca era quien llenaba los silencios. Y después de tantos años lo conocía lo suficiente para saberlo. Así que tomé aire y me preparé para explicarle por qué, después de veinticinco años de servicio, estaba a punto de pedirle el favor más grande de toda mi vida.

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