Nadie lastima a Enzo

1990 Words
Después de varias horas en las que Bruno se la pasó pegado a la computadora en la más frustrante partida de su vida, finalmente perdió contra sus contrincantes provocando que su comunidad se alterara y se quejara inconforme como él se sentía. Comenzaba a sentirse fracasado porque esos asiáticos parecían no tener un punto débil, siempre ganaban cada competencia y empezaba a odiarlos profundamente. Después de una corta despedida en sus r************* , decidió dejar la tecnología por un momento para lograr clamarse. Estaba furioso, quería azotar la computadora en el piso, aun así, caminó en dirección a la ventana y miró con atención la casa de enfrente pensando en miles de groserías que quería gritar; sin embargo, se mantuvo en silencio pues no quería llamar la atención de su familia. La lujosa casa frente a su ventana, perteneciente a la familia de Enzo, tenía las luces del primer piso encendidas. Al parecer la reunión aristocrática del grupo de lectura todavía no acababa, por un instante creyó que ya era muy tarde tomando en cuenta el cielo oscurecido. Aunque al echarle un vistazo a su celular, corroboró que en realidad era muy temprano. Comenzó a molestarse un poco con el juego pues con él perdía la razón del tiempo. Emitió un profundo suspiro contra el frío vidrio imaginando lo que el refinado grupo estaría haciendo. En su mente visualizaba a todos vestidos con ropas de la era victoriana dando pequeños sorbos a las lujosas tazas y levantando el meñique en el acto. Emitió una risa boba deseando que realmente fueran así para poder burlarse de ellos. Sus absurdos pensamientos se vieron interrumpidos por un inusual movimiento en la calle. Se trataba de un tipo enorme que corría agitado, lo que más le extrañó fue verlo detenerse frente a la puerta de la gran casa de su amigo. Lo observó por un instante intentando reconocerlo pues por su postura agresiva daba la impresión de que deseaba asaltar la morada. Vio a Enzo abrir la puerta y de inmediato el tipo se le fue encima en un puñetazo a la cara. Bruno se dio media vuelta y se echó a correr por la casa hacia la salida ignorando por completo la sorpresa por parte de su madre y hermana. Abrió la puerta con brusquedad sin importarle volver a cerrarla y cruzó la calle viendo con desesperación que Enzo estaba de pie frente al portal manteniendo a una chica tras él y haciendo frente al tipo que lo había atacado. Sin pensarlo dos veces se le fue encima al sujeto con un golpe en la cara como el que le había hecho a su amigo, el tipo tropezó cayendo de espaldas y Bruno lo sujetó de la camiseta con la intención de levantarlo de nuevo. — ¡Bruno, espera! —Escuchó la voz sin aliento de Enzo, pero estaba demasiado enloquecido como para escucharlo. El tipo lo miró furioso antes de que Bruno lograra levantarlo y apoyarlo contra uno de los gruesos árboles del lujoso lugar. — ¿Quién demonios eres? —Preguntó con voz gruesa e irreconocible para sus propios oídos. — ¡Este no es asunto tuyo! —Espetó el sujeto forcejeando con él, aunque no era lo suficientemente fuerte como para lograr que lo soltara. — ¡Es asunto mío cuando atacas a mi mejor amigo! —Remarcó cada palabra y lleno de furia presionó al tipo contra el árbol. —Bruno, por favor —la voz intranquila de Enzo le regresó un poco de cordura y al sentir esa mano conocida sobre su hombro volteó a verlo. La estilizada nariz de su amigo sangraba de nuevo, aunque esta vez parecía que no le importaba. — ¿Quién demonios es y por qué te atacó? —Reclamó mirando confundido a la chica que estaba llorando desconsolada mientras el grupo de lectura se amontonaba en la puerta mirando la escena. —Ese idiota es el novio de Emily —explicó Enzo luciendo fastidiado—, creyó que yo estaba saliendo con ella y que la había llevado a casa para… bueno, ya sabes. Bruno miró con furia al tipo que parecía desconcertado mirando al corrillo curioso de la puerta. —Tu chica está en un estúpido grupo de lectura —siseó Bruno soltándolo de golpe—, primero infórmate bien en qué se mete ella antes de atacar a un inocente. El tipo lo miró con odio para después sacudirse la camiseta y comenzó retirarse del lugar lleno de furia sin quitarle una rabiosa mirada de encima a Emily. — ¿Estás bien? —Escuchó preguntar a Enzo. Al girarse hacia él, lo vio acercarse a la chica que seguía llorando con la cara escondida en sus manos— Emi, no creo que ese sujeto sea el adecuado para ti, es demasiado violento. Bruno se cruzó de brazos viendo como la chica levantaba la cara y miraba con tristeza la cara ensangrentada de Enzo. —Discúlpame, no sabía que vendría a buscarme —habló ella con voz temblorosa acariciando con suavidad la mejilla de Enzo quien solo sonrió en respuesta—, fuiste tan valiente, Enzo, muchas gracias por defenderme. Bruno resopló rompiendo la graciosa burbuja que había formado su amigo con aquella chica. Se acercó a ellos y tiró de él para revisarlo pues dos golpes en el mismo lugar y en el mismo día no debería significar nada bueno. —Hoy has estado muy romántico —se burló Enzo apartando su mano. —No homo —habló a la defensiva apartando la sangre de la nariz de su amigo. —Lo sé —su amigo sonrió volviendo a apartarlo para limpiarse con el dorso de su mano. Los cobardes amigos de Enzo decidieron salir de su escondite acercándose a ellos. “La triada D”, como le gustaba decirles por la letra inicial de sus nombres. —Creo que por hoy deberías descansar —recomendó Damián quien era más cercano a Enzo—, nosotros cuidaremos de Emi, la llevaremos a su casa. Daniel asintió a la vez que David abrazaba a Emily por los hombros. —Se los agradecería. Enzo era un desastre sangrante que se limpiaba compulsivamente con el dorso de la mano, era muy obvio que no quería ensuciarse la pulcra camisa. La princesa de la limpieza. —Vamos a mi casa —habló viendo como el grupo regresaba dentro de la casa de Enzo por sus mochilas—, si tus padres regresan y te ven en ese estado se desmayarán. Es mejor que te limpie. — ¿Cuidarás de mí y me harás cariñitos? —Preguntó su sonriente amigo en un tono juguetón. —Te llenaré de besos si es lo que quieres. Enzo se echó a reír a la vez que se giraba hacia la gran casa. Tardó unos instantes más en despedir al grupo de lectura y cuando por fin estuvo libre solo para él, lo condujo hacia su propia casa con la intención de cuidar esa nariz sangrante. Antes de poder subir a su habitación, su madre detuvo a Enzo haciéndole miles de preguntas acerca del chico que lo había golpeado pues tanto ella como Alice habían sido testigos de lo ocurrido. Enzo las tranquilizó explicando que solo se trataba de un malentendido mientras su madre curaba la nariz que, para fortuna de su amigo, no estaba rota. En cuanto logró que ambas mujeres se despegaran de Enzo, lo condujo a la planta superior donde se encerraron un momento obteniendo por fin un espacio de tranquilidad. —Ponte esto —indicó Bruno tirando una camiseta a la cama antes de él mismo recostarse en ella— tu camisa quedó manchada de sangre, quítatela y déjala en mi ropa sucia. Su amigo sonrió para después mirar la arrugada prenda. —No me pondré eso —reclamó Enzo con disgusto girando hacia el armario y abriéndolo para examinar su contenido—. Ese color amarillo es horrendo, además estoy seguro de que dejé una camiseta negra hace unos días. Lo vio examinar sus gavetas y escuchó algunas risas mientras revolvía su ropa. Bruno tenía guardadas muchas prendas de Enzo porque el quedarse a dormir en su casa siempre había sido una constante. Incluso sabía que mucha de su ropa también permanecía en las gavetas de la casa de ese niño rico. — ¡Esta! —Su amigo tiró de una larga prenda negra y no pudo evitar arrugar la nariz, era la camiseta más horrible de Enzo, había logrado quitársela hace un tiempo y ahora se arrepentía de no haberla quemado antes. Lo vio acercarse a la cama y quitarse la camisa a toda prisa para después tirarla al cesto de la ropa sucia como le había indicado. —Flacucho —se burló mirando el torso delgado de su amigo quien se detuvo para darle una mala mirada. —Obeso —el ofendido chico regresó el insulto. No pudo evitar reírse ante la cara agraviada de este. Aunque se sentía con la obligación de defenderse, por lo cual, se levantó para quitarse la camisa y presumirle sus gruesos brazos. —Envidioso —sonrió con socarronería adoptando una pose exagerada para que se marcaran sus músculos— ya quisieras tener este cuerpo. —No gracias —su amigo lo apartó con un manotazo para colocarse la horrenda prenda que le quedaba holgada, y caía casi hasta las rodillas pareciendo un ridículo vestido corto— prefiero ser delgado para no convertirme en un bruto animal. —Acabas de comprobar que las chicas se fijan en los “brutos animales” —vio a Enzo sentarse en la cama con una mirada indiferente—. El novio de Emily es mucho más grande que yo, inclusive él sí podría pasar como “obeso”. Enzo lo miró y sonrió de lado antes de darle una palmada en el estómago. Era consciente que no era tan delgado como su amigo, aunque tampoco tenía tanta grasa, solo una complexión más consistente. —Eres apuesto a tu manera, no te lo tomes personal. —No me ofendí —aclaró irguiéndose—, jamás me avergonzaría de este cuerpo tallado por los mismísimos dioses. Su amigo se carcajeó y él se sintió mejor al verlo feliz. Al parecer se había olvidado de sus dudas existenciales y del altercado de hacía pocos minutos. —Tranquilo, no necesitas esforzarte —susurró Enzo tomando su mano y obligándolo a sentarse a su lado para recargar la cabeza sobre su hombro—, ahora podemos estar en nuestra casa del árbol. Bruno suspiró satisfecho y guardó silencio apoyando su mejilla en el cabello de su amigo disfrutando de ese estado emocional en el que se estaban sumergiendo. Esos eran los momentos del día por los que ansiaba su llegada, cuando estaban en su casa del árbol no debían aparentar ser nada más que dos chicos que disfrutaban de las cosas simples de la vida. Donde podían expresar sus miedos e inseguridades, donde no había críticas y se aceptaban tal como eran. Bruno y Enzo siempre habían mantenido una amistad muy cercana, solo ellos conocían sus deseos más profundos y ambos compartían el deseo de no mostrarlos ante nadie más, siempre procuraron guardarlos celosamente para ellos mismos. Por esta razón, habían decidido adoptar facetas específicas ante la gente para resguardar sus verdaderos sentimientos y pensamientos. Bruno, ante los demás, era un chico bromista que hacía reír a todos, aunque en realidad disfrutaba del silencio y observar su entorno con atención sin la necesidad de agradarle a nadie. Enzo, por su parte, fingía ser un chico elegante y sonriente que todos amaban, pero en realidad era torpe y desgarbado. Bruno apretó la delgada mano en la suya y suspiró. En momentos como ese, no había necesidad de decir nada, ni de pensar ni mucho menos en aclarar o hacer bromas, porque para ellos todo estaba claro en su peculiar amistad cuando estaban juntos.
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