No volverá a lastimarte

1944 Words
Aquella noche no dormí casi nada. Tuve pesadillas creyendo que Cristian entraba a mi casa e intentaba abusarme, o no dormía pensando en mi “Ojos Verdes”, en su beso, su voz, sus palabras. ¿Me estaba enamorando? Eso era imposible, porque no podía enamorarme así de rápido, nadie lo hacía, ¿verdad? Me levanté de mala gana, no quería ir a la U, pero ya había faltado varios días a clases durante el año y podía repetir el semestre.   Cristian estaba a la entrada de la U, pero al verme, se volvió y caminó en sentido opuesto a mí y desapareció. Me tranquilicé, por lo menos no me molestaría. Mi celular sonó, era “ojos verdes”. Sonreí sin querer. ―¿Cómo amaneciste? ―Casi pude ver su tierna sonrisa.  ―Bien, gracias ―contesté turbada. ―¿Lo viste? ―Sip. ―¿Te molestó? ¿Te dijo algo? ―No, de hecho, me evitó. ―¿Y tú estás bien? ―Sí ―contesté sin mucho convencimiento, no quería estar ahí. ―No me mientas ―su voz era tan suave, sin una gota de enojo. ―Sí, estoy bien, es sólo que… no quiero estar aquí. ―Vete a tu casa. ―No puedo, yo debo… ―Almorcemos juntos, ¿te parece? ―¿Qué? ―Tengo que arreglar unos asuntos ahora, si no iría a buscarte inmediatamente, pero a la una estoy desocupado y podemos almorzar, así me cuentas por qué no quieres estar ahí y por qué no te quieres ir a tu casa. Yo sonreí sin contestar. No sabía qué decir. ―¿Dónde vas a estar? Para saber dónde buscarte. ―No sé… ―Ve a tu casa, Lucía, descansa y nos vemos más tarde. ―Sí, creo que será lo mejor. ―Te veo a la hora de almuerzo. ―Sip. ―Un beso, preciosa. ―Chao ―contesté poniéndome roja, menos mal que no me estaba viendo. Me acosté tal como estaba, dormiría media hora, sólo para reponerme y luego me arreglaría para salir con mi “ojos verdes”.  Apenas alcancé a cerrar los ojos cuando sonó mi celular. ―¿Aló? ―contesté adormilada. ―Estoy afuera de tu casa, esperándote. ¡Ojos verdes llegó y yo estaba durmiendo! Miré la hora, la una y cinco. ―Espérame ―le dije apresuradamente, levantándome. Bajé corriendo la escalera, mientras intentaba arreglar mi pelo desordenado. Abrí la puerta y él estaba fuera de su auto apoyado, sonriendo divertido. ―Pasa ―le dije mientras abría la reja. ―Dormilona. ―Me dio un beso en los labios con suavidad. ―No estaba durmiendo ―mentí, pero, por la cara que puso, no me creyó―. Es que anoche pasé mala noche y… ―No me des explicaciones ―me dijo acomodándome el pelo, mientras lo acariciaba―. ¿Quieres salir a almorzar o prefieres que pida algo y… Yo me perdí en su mirada y no escuché nada más de lo que dijo, sólo veía sus labios moverse, quería besarlo, contemplaba su mirada suave y… se detuvo y me miró, al parecer ya no hablaba, sonrió, con esa sonrisa bella y sincera, se inclinó hacia mí y me besó suavemente. ―Todavía estás durmiendo ―dijo en mi boca. ―Estoy soñando ―contesté. ―¿Es un sueño lindo? ―Hermoso ―contesté mirándolo fijamente. ―Tú eres hermosa. Me volvió a besar tan suave y apasionado que me pegué a su cuerpo, instintivamente, jamás me había pasado algo así, ni siquiera con Cristian, a quien creí amar, por lo menos en el primer tiempo. ―Preciosa… ―susurró abrazándome con más fuerza, acariciando mi espalda, provocando estremecimientos en mi espina dorsal―. Quédate conmigo. ―¿Me dirás tu nombre? ―¿No lo imaginas? ―No. Estaba perdida en su boca, no tenía capacidad de pensar. Me tomó la cara  con sus dos manos y me miró con ojos cargados de culpa. ―Te amo, Lucía, te amo más de lo que imaginas, no lo olvides, ¿me lo prometes? ―Yo no puedo decir que estoy enamorada de ti, pero estoy hechizada contigo. ―¿Un hechizo de amor? ―preguntó en mi boca, dándome cortos besos. Se sentía tan bien estar a su lado, besarlo, mirarlo, parecía que lo conocía de hacía cientos de años. ―¿Y tu nombre? ―insistí cuando recuperé el sentido por unos segundos. ―Te enojarás conmigo. ―Si no me lo dices, sí. ―Y si te lo digo, también. ―Me asustas ―le dije sentándome en el sofá, parecía que fuera quien fuera, no me iba a gustar. ―No tienes nada que temer conmigo, jamás te obligaré a hacer algo que no quieras. ―Lo sé. ―Excepto a ser mi esposa. Yo abrí los ojos como platos. No podía ser cierto lo que estaba oyendo. ―Pero jamás ejercería mi derecho de esposo si no lo quisieras. ―¡¿Tú eres…?! ―Francisco San Martín. Mi corazón se detuvo. Me quedé de piedra. ¿Cómo era posible que fuera él el hombre que pretendía comprarme? No podía ser cierto, Francisco no era así, no necesitaba pagar para que una mujer se fijara en él. ―Lucía… ―Se sentó a mi lado, sus ojos estaban llenos de culpa. ―¿Por qué? ―Atiné a preguntar. ―Quería que terminaras con el idiota ese ―murmuró. ―Ya terminé con él. ―Sonreí. ―Lucía… ―Su voz sonó como una súplica. Me acerqué y lo besé. Si lo pensaba bien, que Francisco fuera el hombre con quien debía casarme, lo haría encantada, si finalmente, él era mucho mejor que Cristian y que mi papá juntos. Y era sincero. Por lo menos, eso parecía. El correspondió con tanta ternura que creí que mi corazón iba a explotar de felicidad. ―Te amo, Lucía, cásate conmigo, no por el dinero, por mí, por ti, por nosotros… porque te amo como nunca he amado ni lo volveré a hacer ―hablaba en mi boca sin dejar de besarme, tenía miedo y se le notaba―. Yo sé que te puedo hacer feliz, sé que puedo conquistarte y lo haré día a día. Dime que sí, preciosa, por favor. ―Sí... ¿Cómo podría decir que no? ―contesté entre sus besos llenos de temor. Me siguió besando, parecía un cuento de hadas, una novela rosa con un final feliz. ―Hay que almorzar ―me dijo poco rato después.   ―Sí ―contesté de mala gana. ―¿Quieres salir o pedimos algo y nos quedamos aquí? ―me preguntó, yo no podía pensar muy bien. ―Como quieras  ―respondí encogiéndome de hombros. Me acarició el pelo, acomodándolo en su sitio, sonrió. ―Si salimos, tendrás que “arreglarte” y las mujeres se demoran una eternidad en ello… ―se burló. ―Yo no, estoy lista en cinco minutos  ―repliqué socarrona. ―¿Lo comprobamos? ―me retó divertido. ―Pero no ahora, otro día. ―Él rio con ganas y me abrazó fuerte. ―Mejor dime qué quieres comer. ―Me da lo mismo. Quiero saber cómo es eso de que me ibas a comprar. ¿Por qué? ¿Para qué? Cómo se te ocurrió esa genial idea. Se levantó del sillón, llamó por su celular a un restaurant o algo así y luego se volvió a mirarme. ―Fue una medida desesperada, hace unos días te vi… el infeliz de tu ex novio te dio una bofetada… a la salida de la universidad… ―Le costaba hablar―. Iba a intervenir, pero no me atreví, no sabía cómo lo tomarías, tal vez te enojaras conmigo y no me dejarías acercarme más a ti. Aunque antes no me había acercado a ti, en realidad. Bajó la cara, no era la primera vez que Cristian me golpeaba, siempre estaba golpeándome, humillándome, a mí me costaba salir de esa relación, le tenía miedo y siempre pensaba que, por lo menos, no intentaba abusarme… hasta anoche. ―Hablé con tu papá y me dijo que a él le gustaba ese chico para ti y otras cosas, que si yo quería que él me ayudara a que terminaras con él, su deuda debía quedar saldada… una estupidez… ―Entonces, ¿no me compraste? ―pregunté extrañada. ―Por supuesto que no. ―¿Por qué mi papá me dijo que si no me casaba contigo, él iría a la cárcel? Él se mostró decepcionado. ―Él me debe mucho dinero y, aunque hoy tiene ciertas restricciones en cuanto al gasto del dinero, jamás hubiera hecho efectiva la cobranza, no podría hacerte algo así… mandar a tu padre a la cárcel, por favor. Pero no niego que sí quiero casarme contigo, desde hace mucho que lo quiero. ―Yo creí que serías un viejo decrépito y malvado… ―le confesé. ―¿Y? ―se acercó y me besó en la boca, tierno y apasionado, como me gustaba. ―Que eres malvado solamente. ―¿Malvado yo? ¿Por qué dices eso? ―Porque no me dijiste quien eras. ―Si me hubieras esperado ayer… yo quería estar presente cuando tu papá hablara contigo. ―O sea, cuando yo iba saliendo, ¿tú ibas llegando para hablar conmigo? ―Así es ―me dio un corto beso―. Tu cara y tu actitud me dijeron que ya lo sabías… ―¿Te enojaste? Fui muy ruda contigo ―dije escondiendo mi cara en su pecho. ―No, por supuesto que no, sabía que tu papá lo iba a hacer parecer peor de lo que era. Yo guardé silencio un rato, lo miré, contemplé sus ojos verdes, siempre que lo miraba yo estaba ahí, el reflejo era tan nítido que parecía que me tenía atrapada en su mirada, literalmente. ―Yo me enamoré de tus ojos ―le dije de sopetón, no me importaba parecer vulnerable ante él. Él sonrió dulcemente. ―No sabes las ganas que tuve de sacarte de ese ascensor cuando te vi llorar… ―No me di cuenta que lloraba. ―Después esperaba que te bajaras de ese auto… ―Estuve a punto de hacerlo, me iba a bajar, no quería estar ni un minuto más con Cristian, pero después de lo del ascensor y del lugar del que estaba saliendo… no creí que quisieras verme. ―Mi amor… mi amor ―ahora me besó con desesperación―. Nunca más pienses que no contarás conmigo, aún si no quisieras seguir conmigo, siempre estaré ahí para ti, ¿está bien? ―Si no me hubieras llamado… ―No pude quedarme tranquilo, te vi con tu labio hinchado y sangrante… ―Me tocó suavemente el labio―. Tus ojos atemorizados…Bajé el vidrio para que vieras que era yo… pero como no te bajaste, te llamé, necesitaba saber que estabas bien, nada más. ―No lo estaba. ―Si no hubiésemos llegado… ―me abrazó fuerte y protector―. No me lo hubiera perdonado jamás, preciosa; si ese tipo te hubiese lastimado así… hoy no estaría vivo. ―¿Crees que me deje tranquila? ―¿Le tienes miedo? Yo no contesté. Él apretó su abrazo y besó mi cabello. ―No volverá a lastimarte, preciosa. No mientras yo pueda evitarlo… 
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