Han pasado dos años desde la muerte de Ray, el tiempo se ha ido volando. Es un día lunes de marzo, a tan solo unos meses para que llegara mi cumpleaños número dieciséis, me encuentro en la preparatoria como estudiante de intercambio. El recinto lleva el nombre de: Instituto Intelecto Superior (IIS).
Sentada al lado de la ventana observo a las demás que van llegando apresuradas. De repente, suena el timbre de entrada y las estudiantes se alborotan corriendo a sus respectivas aulas. Solo tenían permitido retrasarse por cinco minutos.
Van ingresando quienes a partir de ese momento serían mis compañeras de clase. Llevaban el auténtico uniforme del instituto, los cuales eran una camisa blanca, una falda marrón, listón del mismo color colocadas en el cuello, medias también blancas y mocasines. El blazer marrón forma parte del uniforme pero no es obligatorio usarla en temporadas de calor. En días de Educación Física, debíamos llevar pantalones de color marrón y camiseta blanca con el símbolo del instituto. Los chicos vestían pantalones formales también marrones, corbata del mismo color y la camisa blanca.
No se puede ver a ningún chico en el aula, pues el instituto está dividido en dos secciones, dos edificios, uno masculino y otro femenino. Sin embargo, en cuanto a los maestros encargados, no tenían en cuenta el género precisamente.
Una vez que todas tomaron asiento, llega un hombre de unos veinti y tantos años pero bien parecido y elegante, lleva unos anteojos con marcos vidriosos que resalta su firme y pálido rostro.
—Buenos días a todas. Como les mencioné la semana anterior, desde hoy tendremos la visita de una extranjera —dice—. Le pido a la señorita que pase aquí adelante y se presente a sus nuevas compañeras , o si prefiere puede hacerlo desde su lugar de asiento.
Me toma unos segundos darme cuenta de que se refiere a mí pues me encontraba distraída con mis pensamientos, me incorporo en el asiento y suelto un poco de aire.
—Me llamo Dalila Rivas, vengo de intercambio y estaré estudiando aquí durante un año y medio —respondo.
—Buenos días, señorita Rivas. ¿Qué edad tienes? —pregunta.
—Cumpliré dieciséis en unos meses —luego de mencionarlo, las demás comenzaron a murmurar entre sí, probablemente les pareció extraño que una chica de mi edad estuviera cursando el primero, pues soy mayor que todas ellas.
—Bienvenida a nuestro país, y a nuestro instituto. Mi nombre es Alejandro García, soy el maestro de orientación. Espero que no te tome un largo tiempo adaptarte, que te lleves bien con tus compañeras y hagas amistades. Sabes que debes formar parte de un ateneo, ¿cierto? Es una de las normas.
—Sí, lo sé —digo—. Gracias, profesor.
—La presidenta de la clase te acompañará a un recorrido por el instituto, si tienes dudas y preguntas puedes hablarlo con ella, como también puedes acercarte a mí. Haremos lo posible para cuidarte —añade.
—¿La presidenta? —pregunto curiosa.
En ese momento, una chica con el pelo castaño y despeinado, de ojos color miel y pronunciados hoyuelos en ambos lados de sus mejillas, levanta la mano.
—Soy Paloma Navarro, la presidenta —afirma, y asiento con la cabeza.
—Demuestren modales a la compañera, por favor, no nos hagan quedar mal. La dejo en manos de ustedes —agrega el maestro. Con ello se despide y se marcha.
Luego de unos minutos, llega la maestra para dar comienzo a la clase. Una hora después, suena el timbre anunciando el recreo. Salgo del salón bastante desorientada, tenía conocimiento de que había una cafetería, pero no tenía idea de cómo llegar. La presidenta sale del aula, en lo que la tomo ligeramente del brazo.
—Discúlpame, ¿podrías guiarme hasta la cafetería? Por favor —digo.
—¡Seguro! —responde con entusiasmo.
Mientras caminamos, comienza a hablar.
—Vuelve al instituto esta tarde, como a las tres en punto. Te daré un recorrido por el instituto y te ayudaré a elegir un ateneo —expresa—. Por las mañanas es un poco difícil por las actividades y el estricto horario.
—Está bien —contesto.
En este instituto existen círculos de estudiantes con intereses en común al que debías formar parte de manera obligatoria, lo llaman “ateneo”. Hay de todos los ámbitos como deportes, arte y danza, canto, teatro, entre otros. Cada edificio cuenta con su propio salón de ateneo a excepción de cuando de deportes se trata, hay tres canchas que son utilizadas por chicos y chicas, y cada una cuenta con vestuarios y duchas.
Al llegar a la cafetería, la presidenta se marcha diciendo que tenía algo que hacer en la biblioteca. Luego de veinte minutos, suena el timbre para volver al aula. Es hora de literatura.
—Hoy usaremos el segundo libro —dice la maestra, quien exige a sus alumnas disponer de dos libros de literatura, y yo solo cuento con uno.
—Profesora… Disculpe, solo tengo el primer libro —digo, levantando la mano.
—Ve a la biblioteca, allí encontrarás una copia del segundo libro. Paloma te acompañará y te indicará en qué sección se encuentra —sugiere. Sin embargo, la presidenta no se encontraba en el aula.
—No puede ser, Paloma ha quedado fuera —agrega, soltando un suspiro—. Ven, te acompañaré. Las demás esperen en silencio y no salgan del aula.
Llegamos a la biblioteca y dice: “Encontrarás el libro en la sección B. Mientras estás aquí iré al tocador”.
Al entrar, noto que es bastante grande pero poco espaciosa, pues habían doce estantes de libros acaparando el lugar.
Encuentro la sección B y busco el libro que necesito, tomándome mi tiempo.
Repentinamente, escucho un atrapante sonido viniendo de un rincón, uno como de jadeo. Me asusto pensando que podría ser alguien con problemas respiratorios y que quizás tenía un ataque de asma, así que me acerco un poco más hasta notar un par de anteojos con marcos vidriosos en el suelo; los reconozco, son del maestro de orientación. Creí que se había desmayado y me aproximo para brindarle ayuda; sin embargo, lo que vi fue una escena completamente diferente a la que me imaginé.
Encuentro al maestro ahogando en un beso a una joven que lleva el uniforme. Aquella chica tiene la camisa desabotonada, la falda hacia arriba y el listón en el suelo. Hay algo familiar en su rostro… Ah, es la presidenta, Paloma Navarro.
En un intento inútil por lograr que no se percataran de mi presencia, retrocedo de manera torpe llamando inevitablemente la atención de ambos, quienes me miran fijamente sin poder mover un dedo. Doy vuelta, salgo apresurada de la biblioteca y tropiezo con la maestra de literatura.
—¡Cuidado! ¿Qué sucede? —pregunta perpleja.
—No es nada, ¡vámonos! —respondo, tomándola de la mano por impulso y llevándola al aula. No volví a ver a la presidenta durante el resto de la mañana.
Luego, llega el horario de salida. Tomo mis cosas y salgo del aula, bajo las escaleras pues me encontraba en el segundo piso, cruzo la puerta del edificio y camino hacia la principal para salir del instituto. En frente me espera Roxana, quien es mi tutora, en un coche gris. Subo en él y nos ponemos en marcha.
—¿Cómo te fue en tu primer día? —pregunta curiosa.
—Nada mal… —respondo.
—¿En serio? Esperaba que me contaras algo más emocionante —dice, como dudando de mi respuesta.
“¿Le parecerá emocionante el hecho de haber descubierto que una compañera tiene un romance con el profesor?”, pensé. No es algo que esperas ver en tu primer día.
—Pues… no hay nada emocionante que decir en realidad, solo son un grupo de chicas comunes y corrientes, nada de otro mundo —respondo, queriendo ocultar alguna expresión delatadora.
—Si eso piensas. ¿No hiciste amigas?
—Es mi primer día, es difícil hacer amistades… —apoyo el rostro por el parabrisas de la ventana.
—Ya verás que conseguirás hacer amigas en menos de lo que canta un gallo —responde optimista.
Llegué a este país hace un mes antes de ir al instituto y conocí a Roxana, quien se encargará de mí todo el tiempo que llevaré aquí. Fue muy fácil adaptarme a ella, entré en confianza rápidamente y empecé a verla como si de mi familia se tratase, es por ello que hablamos con tanta naturalidad.
Al llegar a casa nos recibe Gustavo, la pareja de Roxana, quien es unos años más joven que ella. Es un pintor, así que trabaja en la casa en su estudio, mientras que Roxana es una diseñadora de zapatos y dueña de una exitosa empresa.
Gustavo es quien prepara el almuerzo, pues Roxana trabaja todo el día y es difícil verla en la casa; sin embargo, se tomó unas vacaciones para recibirme. En ocasiones, hacíamos recorridas por el barrio, íbamos de compras o paseabamos por la ciudad.
De pronto, recordé que la presidenta me había dicho que vuelva por la tarde para mostrarme el edificio. No estaba segura de ir pues no sabía cómo se tornarían las cosas; probablemente hablará de lo que sucedió o, en el peor de los casos, me amenazará. Sea cual sea el rumbo que tome la situación, lo mejor será ir para allá. Al llegar la hora prevista, tomo un taxi y voy al instituto.
Llegué, pero no la encontré por ninguna parte.
Al siguiente día, la mañana transcurre con normalidad, pensaba que quizás la presidenta se acercaría a mí y trataría de hablar de lo de ayer, pero eso no sucedió. Ella y yo ni siquiera cruzamos miradas.
Concluyendo el horario de clases, salgo del aula, bajo las escaleras y camino hacia la puerta. Al cruzar el umbral, alcanzo a percatarme de una silueta que se encuentra de pie recostada por la pared de la entrada principal, parecía estar esperando a alguien. Sigo caminando y con cada paso que doy, voy aproximandome a esa silueta que toma una forma más clara, una identidad.
Entonces lo veo… Veo de vuelta aquel paisaje. Los rayos de sol, el cielo azul, las nubes blancas. Una mágica semejanza, una situación poco realista.
“Ray…”, pienso.
Me paralizo. La similitud era impresionante, incluso teniéndolo frente a mí no podía creerlo. Ray, quien se llevó consigo toda la calidez de mi alma para resguardarse de la frialdad de su muerte, estaba parado justo a pocos metros de mí.
Lo sé. Sé que no es él.
Ray está muerto, lo sé, en verdad lo sé. Creí haberlo aceptado ya, pero tal vez, no lo hice.