La sala quedó en penumbras después de la derrota del Guardián. Solo el altar permanecÃa iluminado, como si el libro aún respirara. Elena ayudó a Lucien a ponerse de pie. Su respiración era pesada, pero sus ojos seguÃan fijos en ella. —No te imaginaba tan valiente cuando te conocà en el cementerio —dijo él, con una leve sonrisa. —Tampoco imaginé que confiarÃa en alguien con ojos de bestia y pasado borroso —respondió ella. Lucien alzó una ceja. —¿Eso fue un cumplido? —Lo fue. De los mÃos. Rieron suavemente. Pero el momento de calma no duró. Elena volvió la vista al libro. Las páginas aún se movÃan, como impulsadas por una voluntad propia. Una última hoja se detuvo. En ella, un dibujo: un árbol seco, con raÃces extendidas bajo tierra y un sÃmbolo en el tronco —el mismo que llevaba marc

