Elena despertó con un nudo en la garganta y un grito ahogado en la boca. La vela seguÃa encendida, a punto de consumirse por completo. A su alrededor, la casa temblaba en un silencio espeso. El fragmento de espejo que le dio Lucien yacÃa en el suelo, partido en cuatro pedazos irregulares, cada uno reflejando una imagen distinta: fuego, sangre, bosque, ojos.
Intentó convencerse de que habÃa sido un sueño inducido por el objeto… pero en su interior, sabÃa que no lo era.
Lo habÃa vivido. Lo habÃa sentido.
La voz aún resonaba en su mente:
"Elena..."
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Al amanecer, bajó a la cocina en busca de café, pero encontró a Adrian ya allÃ. Estaba apoyado en la pared, con la misma expresión tensa de siempre, pero sus ojos brillaban con una mezcla de rabia y preocupación.
—¿Fuiste a verlo? —preguntó sin rodeos.
Elena asintió, sin hablar.
—¿Te mostró el espejo?
Ella volvió a asentir. Adrian cerró los ojos un instante, como si le costara mantenerse tranquilo.
—Él no deberÃa estar libre. Fue encerrado por una razón.
—¿Por quién? —preguntó ella, con la voz más firme de lo que esperaba.
—Por tu madre. Y por mÃ.
Eso la congeló.
—¿Tú lo encerraste?
Adrian se enderezó, mirándola con gravedad.
—No fÃsicamente. Pero sà ayudé a sellarlo. Él no es lo que parece, Elena. Lucien es un vestigio, una criatura atada a antiguos pactos. Su humanidad es una máscara que se resquebraja cuando cae la luna llena.
—Y sin embargo, fue el único que me dio respuestas.
Adrian apretó los dientes.
—Porque sabe qué decir para que confÃes en él. Conoce el poder que hay en ti. Y lo necesita.
—¿Para qué?
Adrian la miró en silencio un momento.
—Para abrir la g****a desde adentro.
Elena sintió un vuelco en el estómago. Una ráfaga de recuerdos cruzó su mente: la sangre, la visión, la criatura bajo la tierra. El ritual. Todo parecÃa encajar... demasiado bien.
—¿Y si él no es el único que quiere eso?
Adrian no respondió. En su lugar, se acercó a la mesa y extendió un pergamino viejo que llevaba bajo el brazo. Era una copia antigua del Codex Noctem, el grimorio sagrado de los selladores.
—Esto es lo que tu madre consultaba antes de cada luna roja. Aquà están los nombres de los guardianes. Los sÃmbolos protectores. Pero también... las advertencias.
Elena se inclinó a mirar. Un sÃmbolo le llamó la atención: el mismo que habÃa visto en la tumba.
—Esto estaba grabado junto a su c*****r.
—Es el emblema del Lobo CaÃdo, el heraldo de la g****a. Solo aparece cuando alguien de linaje mezclado está por romper el equilibrio.
—¿Linaje mezclado?
Adrian tragó saliva.
—Tu madre era guardiana. Tu padre… era algo más.
Elena sintió que el mundo se detenÃa.
—Nunca conocà a mi padre. Ella me dijo que habÃa muerto antes de que yo naciera.
—No fue una mentira completa. Murió… pero no como tú crees.
—¿Qué era?
Adrian la miró fijamente.
—Un hÃbrido. Parte de la criatura sellada. Parte humano. Fue el único que escapó del abismo. Tu madre lo encontró… y se enamoró.
Elena sintió que la sangre le zumbaba en los oÃdos. Todo su cuerpo parecÃa flotar, como si la gravedad ya no tuviera efecto sobre ella.
—Entonces… ¿qué soy yo?
Adrian bajó la mirada.
—Eres la llave. Tanto para cerrar… como para abrir.
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Elena salió al jardÃn, abrumada. El cielo gris parecÃa más bajo que nunca, y la bruma se arremolinaba alrededor de sus pies como si la reclamara.
Lucien la esperaba en el portón.
—¿Lo sabÃas? —le gritó sin acercarse—. ¿SabÃas quién era mi padre?
Lucien no se inmutó.
—SabÃa lo que eras. No quién te engendró. Pero ahora todo tiene sentido.
—¿Y eso te alegra?
—No. Me prepara.
Lucien cruzó el umbral sin pedir permiso. A cada paso que daba, el viento parecÃa agitarse más fuerte, como si lo reconociera… o lo temiera.
—La g****a… siente que estás lista. Ya no te ve como una amenaza. Te ve como una herencia. Como un canal. Por eso susurró tu nombre.
—¿Y qué hago con eso? ¿Huyo? ¿Me escondo?
Lucien se acercó. Su expresión era distinta esta vez: no altiva, sino casi… humana.
—O luchas. Pero no sola.
—¿Con tu ayuda?
Lucien asintió lentamente.
—Y con sangre. Porque lo que viene no se detendrá con palabras ni sellos dibujados en un libro. Lo que viene… huele la carne, siente el miedo, y se alimenta del pasado.
Elena se acercó un poco más. Ya no lo miraba con miedo, sino con una claridad brutal.
—Entonces dime qué sigue.
Lucien sonrió. Por primera vez, su sonrisa no parecÃa la de un monstruo.
—Sangre y colmillos.