El bosque de Valdheim siempre habÃa tenido una belleza salvaje, casi mÃstica, pero de noche era otra cosa: un umbral. Un lugar donde el tiempo se quebraba y la realidad se volvÃa difusa. Elena lo sintió apenas cruzó la lÃnea de árboles. La bruma se espesó, el aire se volvió frÃo y las sombras parecÃan moverse a voluntad.
Caminaba siguiendo el mapa. Lo llevaba doblado en la mano izquierda, mientras con la derecha sujetaba la linterna, que parpadeaba como si algo la interfiriera. El silencio era total, salvo por el crujido de sus pasos sobre hojas secas y el lejano ulular de un búho.
La marca del mapa la guiaba hacia un claro apartado, una vieja zona de caza abandonada desde hacÃa décadas. Según los viejos del pueblo, ahà se escuchaban cosas en las madrugadas: campanas sin torre, risas infantiles, lamentos que no pertenecÃan a nadie.
Y allÃ, de pie en medio del claro, lo vio.
Lucien.
Era alto, de silueta alargada, y vestÃa un abrigo largo, n***o, que le llegaba casi hasta los tobillos. Su cabello era oscuro como el ala de un cuervo, y caÃa desordenado sobre un rostro demasiado pálido para parecer natural. Pero lo más inquietante eran sus ojos: un gris plateado imposible, como si contuvieran relámpagos atrapados.
No parecÃa sorprendido de verla.
—Llegaste —dijo, con una voz baja, aterciopelada y cortante al mismo tiempo.
Elena lo observó con cautela, manteniendo la linterna entre ambos.
—Tú dejaste el mapa. ¿Quién eres?
—¿Crees en las advertencias? —dijo él, sin responder directamente—. ¿O solo vienes a buscar respuestas?
—Quiero saber por qué mi madre murió. Y por qué me dejó esa g****a como herencia.
Lucien soltó una sonrisa apenas perceptible.
—Tu madre no murió. Ella eligió. Hay una gran diferencia entre morir y desaparecer para mantener cerrado un abismo.
Elena sintió un escalofrÃo.
—¿Y tú qué sabes de eso?
—Porque yo estuve allÃ… la primera vez que se abrió.
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Lucien caminó lentamente hacia una piedra cubierta de musgo en el centro del claro y se sentó. Sus movimientos eran suaves, como si flotara.
—Hace más de cien años, el sello original fue quebrado. No por accidente, sino por ambición. Hubo un grupo —el Consejo de Sangre— que creÃa que lo que dormÃa en la g****a podÃa ser usado. Domado. Pero lo único que hicieron fue alimentar algo mucho más antiguo que cualquier linaje.
—¿Y tú eras parte de ese consejo?
Lucien la miró con una intensidad que la dejó helada.
—No. Yo fui el castigo.
Un silencio se instaló entre ellos. Elena no sabÃa si sentarse o correr. HabÃa algo en él que no podÃa descifrar: no parecÃa vivo… pero tampoco muerto.
Lucien se quitó un guante de cuero, revelando una mano marcada por sÃmbolos grabados en la piel, no tatuajes, sino cicatrices antiguas.
—Fui sellado entre dos mundos. Carne maldita por magia antigua. Vivo entre la noche y la sangre. Cuando tu madre me encontró… yo ya no era del todo humano.
—¿Qué eres entonces?
Lucien sonrió, pero no fue una sonrisa amable.
—Un recuerdo peligroso. Un arma que el Consejo temió tanto que prefirió olvidarla. Y tu madre… fue la única que tuvo el valor de romper el olvido. Ella me despertó.
—¿Para qué?
—Para protegerte, Elena.
La joven sintió que se le helaba la sangre.
—¿Por qué yo?
Lucien se puso de pie, sus ojos brillando en la penumbra.
—Porque tu linaje no es solo de guardianas. Hay oscuridad en tu sangre. La g****a te reconoce. La voz que escuchaste… te habló por una razón. Tú puedes sellarla. O liberarla.
—¿Y tú qué quieres que haga?
Lucien se acercó un poco más.
—Lo que decidas. Yo no estoy aquà para darte respuestas cómodas. Estoy aquà para mostrarte lo que tu madre te ocultó.
De su abrigo sacó un objeto envuelto en tela negra. Lo extendió frente a ella. Elena lo tomó con manos temblorosas y lo desenrolló.
Era un fragmento de espejo antiguo, oscuro, como de obsidiana.
—¿Qué es esto?
—Un vestigio. Un trozo del ritual original. A través de él… puedes ver lo que está oculto.
—¿Cómo funciona?
—Solo mÃralo. Pero ten cuidado. No todos los reflejos te muestran lo que deseas.
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Esa noche, de vuelta en la casa, Elena encendió una vela, se sentó frente al espejo y respiró hondo.
Al mirar dentro, vio niebla.
Después fuego.
Y luego, a su madre. Más joven. Desnuda, de pie en el bosque, rodeada por un cÃrculo de figuras encapuchadas. Todas pronunciaban palabras en un idioma que erizaba la piel. Una daga brilló bajo la luna. Su madre cortó su propia palma y dejó caer la sangre sobre un cuenco de piedra… y la tierra tembló.
El ritual.
La creación del pacto.
Y al fondo… una figura emergiendo de entre raÃces negras: ojos como pozos, garras hechas de sombras, y una sonrisa demasiado amplia para cualquier rostro humano.
El reflejo se quebró en mil pedazos.
Elena cayó hacia atrás, gritando.
Y desde algún lugar del bosque, una voz susurró su nombre:
—Elena…