Episodio 6

1241 Words
POV HANNAH El señor Williams. El hombre que se hacía llamar mi padre. El bastardo que había hecho sufrir a mi madre desde el día en que se casaron. Él quería verme sometida, doblada a su voluntad; convertirlo todo en su negocio. Pero yo no era mi madre. No me doblegaba. Nunca lo había hecho y no empezaría ahora y mucho menos lo haria para que el terminara obteniendo lo que queria. No entendía del todo por qué ansiaba casarme con ese imbécil igual de infiel que él. Lo averiguaría, sabia que iba a averiguarlo tarde o temprano. Iba a investigarlo hasta que todo quedara al descubierto. No permitiría que me entregaran como una pieza más de su colección. No era un objeto y si no se habían enterado antes, lo harían ahora. —¿Estás bien? —la voz de Cloe me devolvió al presente. La vi acercarse con una de las remeras de mi hermano: enorme, cómoda, y con los ojos hinchados de quien no ha dormido. Probablemente, yo estaba igual o peor que ella. —Ve a cambiarte —me dijo con esa franqueza que la hacía directa y tierna a la vez—. Yo me encargo del desayuno. Le di la mezcla para los panqueques y fui a mi cuarto. Necesitaba una ducha que arrasara con el cansancio, con la mugre física y con la sensación de haber perdido el control. Natha no estaba a la vista; eso me alivió un poco. No le guardaba rencor por haber sido el primero —él había sido alguien distinto a Sebastián—, pero no quería que mi vida quedara definida por el capricho de mi padre. Lo que habia pasado anoche habia sido por la droga lo tenia en claro y no iba a atarlo a Natha a mi solo porque tuvo compasión de mi. Me duché, me vestí con algo cómodo y volví a la cocina. La mesa ya estaba puesta. Cloe y su hermano hablaban en susurros. Me senté lo más lejos posible de Natha; su cercanía me incomodaba, y eso me hizo sonrojar de vergüenza y de rabia a la vez. Él me miró con molestia, estaba segura de que mi distancia le parecía un desafío y nada mas lejos de la realidad. —No voy a comerte, Hannah —dijo, serio. —¿Por qué lo dices? —contesté, mordiendo un panqueque, fingiendo despreocupación. —Por nada —se encogió de hombros, pero la tensión no desapareció. —¿Hace cuánto volviste? —pregunté, porque entre lo ocurrido y la confusión no le habia preguntado cuando habia sido su regreso de Londres. —Ayer, aterrice dos horas antes de irlas a buscar al bar con David —respondió, seco. El recuerdo de la madrugada me golpeo, la urgencia de “la cura”, el alivio y la humillación mezclados hicieron que se me secara la garganta. Intenté aligerar el ambiente con una sonrisa; sin embargo, ni eso funcionaba, por lo que Cloe decidió dejarme sola con su hermano mientras ella terminaba de hacer el desayuno en la cocina. -Lo que paso anoche… - ¿Qué paso anoche? - Pregunta mi hermano haciéndome saltar de mi asiento por su repentina aparición - Mierda, cierto. Él nos mira sin saber qué hacer y eso me sorprende porque él es el hermano más celoso del planeta. El habia sido el gran causante por que me habia mantenido virgen todo este tiempo, siempre habia mantenido lejos a todos los chicos que se me acercaran, solo hubo una única excepción y ese fue mi mejor amigo Eric el cual en unas horas se casaría con mi estúpida prima, lo cual me enojaba cada vez que lo recordaba. -Deja de preocuparte- Le digo sonriendo al ver su preocupación en su cara- Algún día tu pequeña hermana tendría sexo con alguien. -No quería tanta información- Dijo con cara de asco sentándose cerca de mí- Hasta se me quito el apetito pensando que tú y él estuvieron follando. En ese instante entró Cloe y nos observó, atónita al comprender la situación. —¿Tú y mi hermano? —preguntó, incrédula. Me había olvidado de contárselo, no sabia como iniciar esta conversación por lo que respiré y me adelanté a decir algo antes que mi hermano dijera alguna estupidez. —Las dos estábamos drogadas —le dije, con la voz firme—. La “cura” fue tener sexo; era él o Sebastián. Cloe se quedó pensativa. —Imagínate si hubieras caído con ese imbécil —murmuró—. Ahora tendrías el anillo puesto y no podrías escapar. —Mi padre estaría encantado —añadí, con veneno. El teléfono sonó con violencia. Mi hermano fue a atenderlo con la boca aún llena y todos guardamos silencio, esperando poder escuchar algo. —Padre —saludó, intentando que todo el veneno que llevaba guardado no saliera a relucir. —Mi hermana y su prometido están conmigo —Le dijo sin importar lo que pudiera pasar—. No, no iremos. No sé qué palabras siguieron, pero cuando mi hermano colgó lanzó el auricular contra la pared con tal fuerza que estalló en trozos. —¿Quién se cree que este? —bufó—. Nos exige ir a la boda de nuestra idiota prima y presenciar el compromiso. Dijo que, si no vamos, él mismo anunciará el compromiso de Hannah con Sebastián. La sangre me subió. Su violencia era pura coerción: la vieja táctica de mi padre. Sentí una rabia fría, puntual, que crecía en el pecho. —No puede —susurré, más para convencerme a mi que para convencer a los demás. —Sebastián asegura que anoche te acostaste con él y si no vas hoy, dirá a la prensa que ya te desfloró —soltó David, y los cuatro gritamos al mismo tiempo—: ¡Imbécil! La certeza de la conspiración caló hondo. Papá estaba detrás de todo esto; lo presentía desde hace tiempo en su manera de mover las piezas. Ahora lo sabía: era personal. Y no me quedaría cruzada de brazos. Lo iba a destruir. Por mi libertad y por la de David. No permitiría que mi apellido volviera a ser el instrumento de su poder. Planearía, golpearía donde doliera y evitaría que volviera a usar a la gente como fichas. No lo haría por venganza ciega; lo haría por justicia. Y, por primera vez en mucho tiempo, sentí que el miedo que me había paralizado se deshacía, reemplazado por una claridad peligrosa. —No voy a dejar que me casen por la fuerza —dije, firme—. No voy a permitir que publiquen mentiras. Y papá va a pagar por esto. Mi voz lanzó todo el veneno, no solo iba a defenderme, iba a golpear donde doliera. David, aun con el pecho agitado, me miró. La furia en su rostro no se había extinguido, pero había una chispa nueva: determinación. La traición quemaba, sí, pero ahora era combustible para algo más. —Si es necesario —masculló David, en voz baja—, quemaré al mundo para protegerte. Y en ese instante lo supe con una certeza punzante: no estaba sola. Tenía un hermano que no toleraría la injusticia. Tenía un aliado rabioso, a alguien que se encargaría de que mi padre no volviera a usar nuestro nombre como instrumento. La guerra iba a empezar y estoy segura de que no sería yo la perdedora.
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