Episodio 5

1051 Words
POV NATHANAEL Tenía la tanga de Hannah en el bolsillo. El encaje todavía estaba impregnado con su perfume y con el rastro húmedo de su excitación. Cada vez que mis dedos rozaban esa tela mínima, la erección me palpitaba con más fuerza, volviéndome casi imposible sostener el volante sin fantasear con detener el auto y tomarla de nuevo, ahí mismo. Ella, sentada a mi lado como si nada, jugaba con el borde de su vestido ligero. Bajo esa tela no había nada… porque lo único que debía cubrirla lo tenía yo. La tentación me quemaba. El recuerdo de la madrugada no me dejaba en paz: su cuerpo arqueado contra el mío, los gemidos apagados contra mi boca, la manera en que me había suplicado que no parara. Y ahora estaba ahí, con las piernas juntas, fingiendo inocencia. —¿Estás bien? —su voz sonó suave, curiosa. ¡No! Quise gritar. ¿Cómo iba a estar bien con la prenda más íntima de ella en mi bolsillo y su coño desnudo a menos de un metro? Pero yo tambien habia sido culpable por esto, si le hubiera devuelto su tanga esto sería mas simple. —Sí, lo estoy —mentí, con la voz ronca, quebrada por la excitación. Ella arqueó una ceja, como si pudiera leerme por dentro. —¿Seguro? —sus dedos se deslizaron sobre mi pierna, apenas rozándome. Solté una maldición entre dientes, apretando con fuerza el volante. El calor de su mano subía directo a mi polla, endureciéndola más. —Hannah… —gruñí, apartando la pierna—. Tengo que concentrarme, o vamos a terminar estrellados. Ella rio con suavidad, una risa que era más peligrosa que cualquier curva del camino. Retiró la mano, pero no la mirada. Sabía exactamente lo que estaba haciendo conmigo. Parecía que le encantaba jugar con mi autocontrol y yo no me opondría a su diversión, no cuando la habia follado durante horas. En el sillón, en la mesada de la cocina, en mi cama. Cada vez que su cuerpo buscaba el mío, yo la tomaba como si fuera la primera, y aun así, nunca era suficiente. Ella no se cansaba. Yo tampoco. Era una maldita Afrodita, y yo estaba condenado a adorarla. —Cualquiera diría que llevabas meses sin sexo —murmuró, con esa voz cargada de picardía. —No he tenido suficiente —respondí con una sonrisa torcida, agradeciendo que ya estábamos estacionando frente a su edificio—. Y apuesto a que tú tampoco. Tu coño apretado me lo grita cada vez que entro en ti… y sé que ahora mismo lo tienes chorreando solo de verme así de duro. Ella soltó un gemido bajo, apenas audible, y cerró las piernas con un gesto nervioso. La clavé con la mirada. Tenía razón y lo sabía. Bajó del auto antes que yo. El vestido corto subió lo suficiente para que pudiera ver el brillo húmedo entre sus muslos. Casi gruñí de deseo, imaginando el sabor de ese líquido en mi lengua. Cuando la alcancé, ya esperaba en el ascensor, apoyada contra la pared metálica, con los brazos cruzados bajo el pecho. La visión era letal. —¿Tienes las llaves? —pregunté, recordando que había dejado su bolso en mi departamento. —El departamento se abre con huella digital —respondió sin mirarme, observando los números del ascensor—. Solo mi hermano y yo tenemos acceso. El abuelo quiso mantenerme segura antes de morir, y David levantó este edificio para protegerme de mi padre. Hablaba con calma, pero había un filo escondido en sus palabras. Y yo la observaba de reojo, simplemente deseando arrancarle ese vestido y tomarla ahí mismo, contra la fría pared del ascensor. —Al parecer los amaba mucho —murmuré, acercándome un poco más, inhalando su perfume. Giró el rostro hacia mí. Sus ojos verdes, brillantes, me perforaron. —Sí, pero también se sentía culpable —dijo en un susurro—. Casó a mi madre con un hombre que la destruyó… y nunca pudo hacer nada. Antes de morir, intentó protegernos con cláusulas y condiciones en el testamento. Pero ayer, con lo que pasó, sé que papá perdió la última batalla legal. Sabía de lo que hablaba. David me lo había confiado meses atrás: mientras ella aceptara a la mujer que el eligiera y él al hombre que ella eligiera, podían casarse con libertad. Pero el tiempo corría. Y su padre no se rendía. —Las reglas de mi familia son absurdas —continuó, girándose hacia mí—. Pero si creo que debería existir una regla más importante: si alguien es infiel, el otro debería poder liberarse sin cadenas. La miré en silencio. Había dolor en esas palabras, cicatrices que ni su sonrisa fingida podía ocultar. El ascensor se detuvo. Ella acomodó su vestido, como si quisiera alargarlo mas, aunque era imposible, y salió con paso firme, dejando atrás la confesión. Yo la seguí, y sentí esa furia silenciosa que ardía en los hermanos Williams. Tenían que cargar con un apellido, con una mentira, con la perfección obligada. Y yo… yo empezaba a desear destruirlo todo por ellos. Frente al departamento, cuatro guardaespaldas nos esperaban. —Señorita Williams —la saludaron con respeto. Ella sonrió con naturalidad y puso la mano en el lector de huellas. La puerta se abrió de inmediato. —Hola, chicos. Cuando habiamos entrado, uno de ellos se adelantó: —El señor Williams pide que almuerce en la mansión. —Dile que ya tengo planes —respondió fría, sin detenerse. —Pero señorita… —Adiós, Jacob. Cerró la puerta con un portazo elegante, cortando cualquier intento de réplica. Y cuando se giró hacia mí, sus ojos brillaban con un odio contenido. Odio hacia su propio padre. —¿Estás bien? —pregunté, dando un paso hacia ella. —Sí —mintió, con una sonrisa forzada—. Voy a preparar algo para comer. ¿Puedes ver si tu hermana y mi hermano siguen vivos? No dijo nada más. Se giró y se fue hacia la cocina, con el vestido subiendo apenas al andar. Me dejó en medio del vestíbulo, con mil preguntas y con la certeza de que cada palabra y cada gesto me ataban más a ella. Porque si Hannah era mi perdición, yo ya no quería salvación.
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