Capitulo 4

1117 Words
POV HANNAH Me dolía todo el cuerpo después de la noche que había vivido. Cada músculo parecía protestar, pero lo extraño era que, en vez de arrepentimiento, lo único que sentía era placer en cada recuerdo. Pensé que perder mi virginidad fuera del matrimonio me llenaría de culpa, pero no… ni un poco. En el fondo, sabía que jamás podría arrepentirme de esta noche. Cuando llegamos a la casa de Natha, no me permitió bajarme de encima de él. Me sostenía del trasero, fuerte, posesivo, como si temiera que me escapara. Mis piernas se enredaban en su cintura, mis senos rozaban su pecho y su respiración ardiente me quemaba el cuello. —¿Quieres que busquemos otra solución? —susurró antes de entrar. Negué. No había alternativa. Había escuchado en las noticias que esas pastillas eran veneno si no las expulsábamos. Prefería rendirme al hermano de mi mejor amiga que dejar que la droga me consumiera. Mi negación fue todo lo que el necesitaba para darle vía libre para devorar mis labios. Su lengua invadió la mía, desesperada, mientras me hacía frotar contra su erección. Gemí al recordad, y sentí cómo el deseo volvía a despertar en mi vientre como fuego líquido. —¿Estás recordando algo bueno? —su voz grave me sacó del recuerdo. Pensé que estaba dormido, pero sus ojos rubí me observaban atentos, encendidos. —Algo demasiado bueno —contesté, subiéndose sobre él. Su sonrisa peligrosa me arrancó un escalofrío. —Entonces déjame mostrarte algo mejor. Rodó conmigo hasta quedar encima. La presión de su cuerpo contra el mío me robó el aire. —Abre las piernas. Quiero ver como te tocas, Afrodita. Su tono era una orden disfrazada de súplica. Obedecí, nerviosa y excitada, y llevé mi mano a mi centro. Jamás había pensado en masturbarme para un hombre, pero su mirada lo hacía inevitable. Esa intensidad, ese fuego en sus ojos, me hacía sentir deseada como nunca. —¿No puedes correrte? —Sí puedo… —No lo parece —sonrió, y apartó mi mano para reemplazarla con sus dedos. La suavidad con la que frotaba me hizo temblar, ea una delicadeza tal como si fuese de cristal. —¿Quieres correrte para mí? —Sí… —jadeé, perdiendo el control de mi voz. Entonces bajó. Primero su lengua rozó mi muslo, lento, torturador, como si saboreara cada centímetro antes de llegar donde más lo necesitaba. Cuando finalmente me succionó, me arqueé contra las sábanas. Nunca pensé que algo así me haría estremecer de placer, pero verlo devorarme, con avidez, como si mi cuerpo fuera un manjar prohibido, me volvió loca. —Sabes a gloria —gruñó entre mis pliegues—. Podría pasarme el día aquí, pero necesito estar dentro de ti. Alzó la vista, buscando mi permiso. No hacía falta, pero asentí con desesperación. Su sonrisa se volvió casi feroz. —Este coño es solo mío. Nadie más lo va a penetrar. ¿Entendiste? —Sí… entendí —respondí jadeando, con la voz rota. Y me tomó. Entró de un solo golpe, llenándome, arrancándome un grito que no era de dolor, sino de placer salvaje. Cada embestida me rompía y me reconstruía, cada choque de su pelvis contra la mía me hacía olvidar el mundo. Mis caderas respondieron solas, empujando contra él, haciéndolo hundirse aún más. —Mírame cuando te vengas —ordenó. Lo hice. Y me deshice en su mirada. Mi orgasmo me sacudió con violencia, arrastrándolo conmigo. Sentí su semen llenándome, caliente, posesivo, y en vez de asustarme, esa sensación prohibida me estremeció más que todo lo anterior. El silencio posterior fue roto por un sonido implacable: mi teléfono vibrando en la bolsa. El se movió de encima de mi para que yo fuera por el aparato y corrí desnuda, con el corazón aún acelerado. Estaba segura de que el nombre de mi made era el que aparecería, pero era aun peor: mi padre. —¿Dónde mierda estás? —rugió al contestar. —Buenos días para ti también, padre —contesté con sarcasmo—. Y ya que preguntas, estoy en la cama de Natanael… Dejando que me folle como si no hubiera mañana. Colgué antes de que pudiera responder. Natha me observó, con una sonrisa torcida y peligrosa. —Sabes lo que pasará ahora, ¿no? Y lo sabía, pero no me importaba. Sebastián había intentado usarme como moneda de cambio y aunque siempre habia intentado que lo acepte, esta vez, el que me drogara para forzar a un matrimonio que no queria, era mucho y lo peor era que mi padre lo había permitido. Tal vez incluso lo había planeado. Todo por una maldita herencia —Lo se y no me importa, estoy casi segura de que él está detrás de todo lo que paso anoche tambien —le dije mientras buscaba mi vestido. Los ojos de Natha ardieron como brasas. —Son unos malditos. Me vestí rápido, aunque no encontré mi tanga, pero, aunque quisiera encontrarla en esta enorme habitación, no tenia tiempo. Ya eran las ocho de la mañana y debía volver a mi departamento. Tenia que salvar a mi hermano de la loca de mi amiga. Ella lo odiaría, yo lo sabía. Pero esta vez tendría que estar del lado de mi hermano. No porque él fuera un santo, sino porque la cruel verdad era otra: la droga que nos habían dado podía matarnos. Y el sexo había sido la única forma de salvarnos. Lo que el habia hecho antes de eso era una mierda, y por eso no lo defendería, pero lo que habia pasado anoche era algo que tenia que pasar quisieran o no y era mejor malo conocido que malo por conocer. Me agaché para tomar mis zapatos, pero sentí la mano de Natha sujetándome de la muñeca. Me giró hacia él y me atrapó en un beso ardiente, tan salvaje que mis rodillas flaquearon. —Recuerda lo que te dije —murmuró contra mis labios—. Este coño es mío. Y cuando lo reclame otra vez, no quiero que lo olvides. Un escalofrío me recorrió entera. Cuando intenté apartarme, vi algo en su mano: mi tanga, la prenda que llevaba minutos buscando. La giraba entre sus dedos, con esa sonrisa que era puro pecado. —Esto se queda conmigo—sentenció, guardándola en el bolsillo de su pantalón. Me estremecí. Quise responder, pero el teléfono vibró de nuevo en mi bolso. El nombre de mi padre volvió a iluminar la pantalla. No contesté. No hacía falta. Sabía que pronto lo enfrentaría, y con él, al maldito Sebastián. Inspiré profundo. Afuera me esperaba una guerra. Pero dentro de mí, aún ardía el fuego que Natanael había encendido.
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