POV NATHANAEL
Cuando dejó de responder, giré la cabeza y la vi desplomada sobre el asiento. Se había desmayado. Era lógico, el alcohol que emanaba de su cuerpo era intenso. Me incliné hacia ella, acomodé su pequeño cuerpo entre mis brazos y la recosté con cuidado en el auto. No quería que estuviera incómoda.
Era bonita. No del tipo de mujer que solía atraerme —siempre había preferido las altas, de pechos generosos y cabellos rubios—, pero había algo en ella que me desarmaba. Su estatura apenas me llegaba al pecho; su cabello, n***o como la noche, caía en ondas sobre sus hombros. Sus pechos, medianos, parecían encajar perfectamente en sus proporciones diminutas. Y sin embargo, en el momento en que la levanté para meterla al auto, mi cuerpo reaccionó de una forma inesperada. Una inquietud caliente en la base del estómago que jamás había sentido por ninguna mujer.
Pero era intocable.
David me mataría si tocaba a su hermana.
—Señor Stone —la voz de mi chofer me sacó de golpe de mis pensamientos—. Su celular está sonando.
—Gracias —gruñí, tomando el aparato. Estaba tan perdido en ella que ni lo había escuchado sonar—. ¿Hola?
—¿Natha? ¿La tienes? —la voz de David sonaba agitada al otro lado—. Tu hermana ayudó a mi hermana a salir por la ventana y no pude alcanzarla.
—Sí, la tengo —respondí con una sonrisa amarga. Mi hermana seguía siendo la misma de siempre: salvar primero a su amiga y luego pensar en ella. —Se desmayó; supongo que por toda la bebida.
—No, no es eso —la tensión en su tono me puso en alerta—. Tu hermana también se ha desmayado. Creo que sus bebidas tenían algún tipo de droga.
—Maldición —grité, sin importarme los modales. No había nadie para juzgarme—. Cuando metí a tu hermana en el auto vi a Sebastián de lejos. Pensé que imaginaba cosas… pero ahora creo que este hijo de puta planeó todo para sacarte del medio.
—¿Crees que consumieron “Deseo”? —preguntó David, furioso.
—Es la única droga que desmaya antes de actuar —respondí. La rabia me hervía en la sangre. Un hombre que hacía esto era basura.
—Necesitamos llevarlas a un médico —dijo nervioso.
—El médico no puede hacer nada —era la cruda verdad. Lo había visto antes. Muchas de mis empleadas habían pasado por esto y no había antídoto. Solo había una forma, y ni quería decirla en voz alta. Conociendo a David, iba a ser un infierno—. Tienes que hacerlo con mi hermana, David.
—Tu hermana me va a matar cuando despierte y se dé cuenta de lo que pasó —masculló él. Y tenía razón. Yo había estado presente cuando ella lo mandó al diablo por llamarla “amiga con derechos”. Él se había arrepentido después, pero mi hermana no le dio más chance.
—Aclárale de una vez que no es solo una amiga con derechos —le dije con cansancio. Ya le había repetido esa frase mil veces—. Sabes que jamás me meto, pero estamos hablando de mi hermana. Si no quieres ser como tu padre, deja de hacerla sufrir. O la dejas o empiezas algo serio.
El silencio fue su única respuesta antes de que cortara la comunicación. Odiaba que hiciera eso. Odiaba su testarudez.
—Él jamás escucha a nadie —dijo de pronto una voz suave. Me giré y vi a Hannah incorporándose en el asiento. Estaba despierta. No me había dado cuenta—. Bueno… ambos somos así.
—¿Cuánto escuchaste? —pregunté. Ella me miró con una media sonrisa que me hizo querer besarla. No podía creer que esta niña me hiciera comportar como un adolescente.
—Desde que maldijiste —respondió. Sus ojos… nunca había reparado en ellos en las fotos que mi hermana me mostraba. Eran dos esmeraldas brillantes que brillaban en la oscuridad del vehículo.
—Parece que no te importa haber tomado esa maldita droga.
—Es que no me importa —murmuró, moviéndose de su lugar para quedar a horcajadas en mi regazo—. Sé cuál es la cura y sé que no me harías daño porque mi hermano es tu mejor amigo. Además… ya había decidido entregar mi virginidad hoy. Si no lo haces tú, estoy segura de que quien lo planeó nos sigue y lo hará en tu lugar.
Sus palabras me congelaron y me encendieron al mismo tiempo. Ninguna mujer me había dicho algo así. Y mientras hablaba, sus caderas se frotaban contra mi m*****o, llevándome al límite.
—Sabes que si hacemos esto y sale a la luz, tendremos que casarnos. Nadie podrá impedirlo —gruñí, luchando por mantener el control—. Ni siquiera tu hermano.
—Eres mi prometido —susurró, jadeante, haciendo que mi erección creciera aún más bajo ella—. Pensé que me casarían con Sebastián. Me alegra que no sea él. Es tan mujeriego como mi padre. Y si tú eres igual que ellos, solo tendré que decírselo a tu hermana.
Sí, era una maldita Afrodita.
Sabia jugar sus cartas muy bien y lo peor que al estar ella encima de mi, no podia pensar con claridad.
Su calor quemaba incluso a través de la tela, sus movimientos eran una tortura deliciosa que me estaba rompiendo en pedazos. El roce de sus caderas contra mí era como un veneno lento, un veneno al que no quería encontrarle antídoto.
Ella me miraba con esa insolencia dulce, con esos ojos verdes que brillaban como esmeraldas que parecían embrujar a cualquiera que las mirara, y sabía exactamente lo que estaba haciendo.
—¿Tienes miedo? —susurró, con esa voz cargada de reto, mientras se frotaba con más fuerza.
Mi cuerpo entero tembló.
Tragué saliva, tratando de mantener el control, pero su aroma, su calor, la forma en que sus pechos se mecían a cada movimiento… todo me estaba quebrando.
Yo era el que siempre marcaba el ritmo, el que dictaba las reglas. Pero con ella, no. Con ella estaba perdiendo, y lo peor era que me encantaba perder si ella salía victoriosa.
Ella inclinó el cuerpo hacia adelante, rozando mis labios con los suyos sin llegar a besarme. Esa cercanía me enloquecía más que cualquier beso profundo.
—Si no puedes… —murmuró, con una sonrisa peligrosa— dile a tu chofer que detenga el auto. Me bajaré y, créeme, afuera sobran los hombres que sí se atreverían.
Un gruñido escapó de mi garganta, gutural, primitivo. La sujeté de la cintura, impidiéndole que se apartara, y por un instante sentí que la devoraría entera allí mismo.
Ella rio suavemente, satisfecha por haber tocado el nervio exacto.
Mi respiración era un caos, el auto parecía encogerse a nuestro alrededor.
Sí. Era mi Afrodita. Y si me atrevía a reclamarla, nadie más tendría derecho a tocarla.
La idea de compartirla con otro hombre me hizo hervir de rabia… y de deseo.
—Juega con fuego, pequeña —le dije en un susurro ronco, con los labios rozando su oído—. Porque cuando decida quemarme contigo, no habrá marcha atrás.
Sus ojos brillaron aún más, desafiantes, mientras se mordía el labio inferior.
Y en ese instante lo supe: ya estábamos condenados.