Entonces, como un eco lejano que crece en intensidad, la entrada majestuosa de Emma atrapó mi mirada. La elegancia de su presencia era una luz deslumbrante en medio de la penumbra de la galería. Su mano entrelazada con de la Ryan marcaba el compás de una danza que yo ya no lideraba. Sentí que mi corazón se quebraba, pero trate de mantener la compostura por los periodistas que capturaban cada momento. Emma, ajena al conflicto que destacaba con su presencia, exploraba las obras de arte con gracia. Mi corazón, un tambor ensordecedor, latía en un ritmo desigual mientras observaba cada uno de sus movimientos. La realidad, tan cruda como las sombras que danzaban en la exposición, se desplegaba ante mí. La escena continuaba y cada segundo era un eco doloroso de lo que una ve fue. Emma sonreía

