GEORGE Cerré los ojos, dejándome llevar por el instante en el que mis labios se encontraron con los labios de Emma. Fue como un suspiro robado al viento, un momento efímero que, por un breve lapso, me transportó a un rincón del cielo que desconocía. Cada roce, cada caricia de sus labios, encendía una chispa que amenazaba con consumirme por completo. En ese fugaz encuentro, me sentía en el éxtasis de lo prohibido, en una danza prohibida entre dos almas que, por un instante, se atrevieron a romper las barreras. Pero la realidad, cruel y despiadada, se hizo presente cuando nos separamos. El roce fugaz de sus labios dejó una sensación efímera en mi piel, pero el peso de sus palabras resonó en mi mente como un eco lejano, cada silaba era un martillazo en mi pecho. “Lo nuestro ya no puede ser,

