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—Bruno... espera —logré decir, jadeando, mientras intentaba apartarlo suavemente—. Cálmate, por favor. Alguien puede abrir el ascensor en cualquier piso. No es el lugar. Él ni siquiera se detuvo. Bajó sus besos a mi cuello, dejando un rastro de fuego en mi piel. —Soy el dueño de todo aquí, Paula —susurró contra mi oído, su voz ronca enviando escalofríos por mi columna—. Nadie se atrevería a decir nada. Y si lo hacen, no me importa. —A mí sí me importa —le respondí, logrando finalmente poner mis manos sobre su pecho para marcar una distancia—. No quiero que piensen que me estoy aprovechando de mi posición. No quiero que piensen, como dice Sasha, que soy solo una más del montón que usa su físico para escalar. Mi reputación en esta empresa es lo único que me queda, Bruno. Él se detuvo en seco. Se separó lo justo para mirarme fijamente a los ojos. Su mirada, que hace un segundo era puro deseo, se transformó en algo mucho más profundo, casi solemne. El movimiento del ascensor era apenas perceptible, pero la intensidad entre nosotros era eléctrica. —Escúchame bien, Paula Miller —dijo, tomando mi rostro entre sus manos grandes y cálidas—. Te juro por lo más sagrado que tú no eres una más del montón. Jamás lo has sido y jamás lo serás. Eres la mujer que puso mi mundo de cabeza desde el primer segundo. No dejes que las palabras de alguien como Sasha ensucien lo que siento por ti. Sus palabras fueron como una puñalada de amor y culpa. ¿Cómo podía decirme eso cuando yo le ocultaba algo que cambiaría su percepción de mí para siempre? Justo cuando iba a responder, el din del ascensor anunció que habíamos llegado al estacionamiento. Las puertas se abrieron, recordándonos que el mundo real seguía ahí fuera. Caminamos hacia su auto en silencio, pero él no soltó mi mano. Me abrió la puerta con la caballerosidad que siempre guardaba para los momentos a solas. Una vez que ambos estuvimos dentro, el ambiente se relajó un poco. —Entonces... —dijo él, encendiendo el motor que rugió suavemente—, pondré el auto en marcha para ir a la Casa de las Pastas. Muero de hambre y muero por estar contigo sin que un ascensor nos interrumpa. —Sí, vamos —asentí, forzando una sonrisa. Durante los veinte minutos que duró el trayecto, intenté concentrarme en el paisaje urbano de la ciudad. Las luces de los edificios pasaban como ráfagas de colores. Bruno puso algo de música suave, una melodía de jazz que solía relajarme, pero esta vez solo servía como banda sonora para mis pensamientos catastróficos. Llegamos al restaurante, un lugar acogedor con manteles de cuadros y un aroma a albahaca y ajo que, milagrosamente, no me revolvió el estómago de inmediato. Nos sentamos en una mesa apartada, iluminada por la luz tenue de una vela. —Buenas noches, señor Santoro —dijo un empleado, acercándose con dos menús—. Es un placer tenerlo de vuelta. Si me permiten, hoy les sugiero nuestro vino reserva de la casa para acompañar una pasta a la carbonara trufada o unos linguini con mariscos frescos. Bruno me miró, consultándome en silencio. —Me parece una sugerencia excelente —dije, tratando de sonar entusiasmada—. Aceptamos. El empleado asintió y se retiró. Me quedé mirando la llama de la vela, viendo cómo bailaba entre nosotros. Sabía que este era el momento. No había jefes, no había inversionistas, no había Sashas ni Rafaeles. Solo nosotros. —Bruno —comencé, sintiendo que el corazón me martilleaba en la garganta—, hay algo importante que debo decirte. Él dejó de juguetear con el cubierto y se inclinó hacia adelante, prestando toda su atención. Su mirada era abierta, vulnerable de una forma que solo mostraba conmigo. —Te escucho, Paula. Sabes que puedes decirme lo que sea. Respiré hondo. El aire se sentía espeso. —Solo quería decirte... que estoy muy feliz de estar contigo —dije, y aunque era verdad, sentí el peso de la omisión—. Te juro que no había sentido por nadie lo que he sentido por ti. Me has hecho creer en cosas que pensé que no eran para mí. Tu confianza, tu apoyo... significa todo. Bruno sonrió, y su sonrisa fue tan radiante que me dolió. Tomó mi mano sobre la mesa y entrelazó sus dedos con los míos. —Paula, desde la primera vez que te vi... aquella mañana en la que estuve a punto de atropellarte, algo cambió en mí. Mis ojos y mi corazón se fijaron en ti de una forma que no puedo explicar. Por eso no perdí tiempo en conquistarte, aunque al principio me pusieras las cosas difíciles. Eres mi hogar, como decía la obra de teatro. Me reí levemente, sintiendo que las lágrimas amenazaban con salir. "No ahora", me ordené. En mi mente, una voz me gritaba: ¡Díselo! Dile que ese hogar pronto tendrá un invitado inesperado que no es suyo. Pero al verlo tan feliz, tan entregado, la cobardía ganó la batalla una vez más. —Es mejor decírselo en otro momento —pensé para mis adentros—. Esta noche no. No quiero romperle el corazón hoy. El empleado regresó con la pasta humeante y el vino. Cenamos tranquilamente, hablando de temas triviales, del diseño del hotel y de anécdotas de mi infancia. Por un par de horas, logré fingir que éramos una pareja normal, sin sombras ni secretos. La pasta estaba deliciosa, aunque apenas pude comer la mitad, y el vino solo lo probé para no despertar sospechas. Al salir del restaurante, la noche estaba fresca. Caminamos hacia el auto y Bruno me tomó de la mano, balanceándola suavemente. Me sentía segura, protegida... hasta que una voz rompió la magia. —Vaya, qué coincidencia. Buenas noches. Nos detuvimos en seco. Frente a nosotros, saliendo de un auto de lujo aparcado cerca, estaba Rafael. Llevaba una sonrisa de suficiencia que me hizo tensar de inmediato. Solté la mano de Bruno por puro instinto, un gesto que él notó y que no le gustó nada. —Buenas noches, Rafael —dije, tratando de sonar neutral. —No pensaba que los iba a encontrar aquí —dijo Rafael, clavando su mirada en mí y luego en Bruno con un desafío evidente—. Parece que tienen buen gusto para la comida italiana. —El mismo gusto que tengo para los negocios: excelente —respondió Bruno con voz gélida, dando un paso al frente para marcar su territorio—. Pero ya nos vamos. —Claro, no quiero interrumpir —dijo Rafael con una inclinación de cabeza. Luego, se giró hacia mí con una chispa maliciosa en los ojos—. Por cierto, Paula, no olvides nuestra cena. Te escribiré mañana para coordinar los detalles. Rafael no esperó respuesta. Pasó por nuestro lado y entró al restaurante con paso triunfal. El silencio que dejó atrás era tóxico. Bruno se giró hacia mí, y su rostro era una máscara de furia contenida. —¿Entonces piensas salir con él? —preguntó, y su voz temblaba de rabia—. ¿Le diste tu número para que te agendara cenas? —Bruno, no lo haré —le dije, intentando calmarlo—. Cuando él me escriba, me negaré. Te lo dije en la oficina, solo fue una cortesía. —¡No quiero que tengas ningún contacto con él! —rugió, y algunas personas que pasaban por la calle se quedaron mirando—. Ese tipo no busca negocios, busca marcar territorio contigo. Y tú se lo estás permitiendo. —¡Eres un exagerado! —le grité, perdiendo la paciencia—. Es el hijo de Enrique. No puedo simplemente insultarlo. Confía en mí por una vez. —¡No me digas que soy un exagerado! —gritó él, acercándose más—. Porque no lo soy. Sé cómo piensan los tipos como él. Caminé hacia el auto, ignorándolo, queriendo terminar con esta escena humillante en plena calle. Pero antes de llegar a la puerta, Bruno me jaló del brazo con una fuerza que no esperaba. No me lastimaba físicamente, pero su agarre era posesivo, infranqueable. —Escúchame bien, Paula —dijo, con el rostro a centímetros del mío—. No acepto que salgas ni con Rafael ni con nadie más. Eres mi mujer, ¿entiendes? Y no voy a permitir que juegues a dos bandas. —¡Suéltame, Bruno! —intenté zafarme, pero mis fuerzas empezaron a fallar. De repente, el mundo empezó a dar vueltas. Las luces de la calle se convirtieron en manchas borrosas de neón—. Deja tus celos... déjame... Sentí una oleada de calor seguida de un frío repentino. El estómago se me contrajo y un pitido agudo comenzó a sonar en mis oídos. La cara de Bruno, antes llena de ira, empezó a desdibujarse. Intenté respirar, pero el aire no llegaba a mis pulmones. —Bruno... me siento... muy mareada... —logré susurrar. La oscuridad empezó a cerrarse sobre mi visión. Sentí que mis piernas se convertían en gelatina. Lo último que recuerdo fue el grito de terror de Bruno pronunciando mi nombre y la sensación de sus brazos rodeándome antes de que el suelo desapareciera por completo y todo se volviera n***o. El techo blanco. El olor a antiséptico. El pitido rítmico de un monitor que parecía contar cada uno de los latidos de mi corazón asustado. Abrí los ojos lentamente, sintiendo una pesadez insoportable en los párpados. Mis sentidos regresaron de golpe, trayendo consigo el recuerdo del asfalto frío, los gritos de Bruno y la oscuridad. —¿Dónde estoy? —susurré, mi voz sonando ronca y ajena. Giré la cabeza y lo vi. Bruno estaba sentado en una silla metálica junto a la camilla, con el rostro hundido entre las manos. Al escucharme, se levantó de un salto. Su expresión era una mezcla de terror y un alivio que me partió el alma. —En el hospital, Paula —respondió, tomando mi mano con una fuerza que denotaba su angustia—. Te desmayaste en la calle, después de nuestra... discusión. Te traje lo más rápido que pude. Casi me vuelvo loco cuando vi que no reaccionabas. Intenté incorporarme, sintiendo un leve mareo, pero la urgencia de huir de ese lugar era mayor que mi debilidad. Sabía lo que venía. Lo presentía en el aire. —Me siento bien, Bruno. De verdad. Solo fue un bajón de azúcar por el estrés del día —mentí, tratando de soltarme de su agarre—. Mejor ya vámonos. No me gustan los hospitales. Bruno negó con la cabeza, su mirada fija en la mía. —No nos iremos hasta que un médico diga que estás fuera de peligro. Te están haciendo pruebas. Justo antes de que pudiera replicar, las cortinas del área de emergencias se deslizaron. Una doctora de mediana edad entró con una carpeta en las manos y una sonrisa profesional pero cálida. —Buenas noches. Ya tengo los resultados de los análisis listos —anunció. Sentí que el mundo se detenía. El aire se volvió sólido en mis pulmones. —¿Qué análisis? —pregunté, mi voz apenas un susurro. —Los doctores descartan cualquier cosa antes de indicar cualquier medicamento, Paula —intervino Bruno, mirándome con esa protección absoluta que ahora me quemaba—. Quería estar seguro de que no era algo grave. —Así es —asintió la doctora, acomodándose los anteojos—. Es el protocolo estándar ante un síncope de origen desconocido. Bruno dio un paso hacia ella, con la impaciencia vibrando en su cuerpo. —¿Y bien? ¿Todo está bien con ella? La doctora cerró la carpeta y su sonrisa se ensanchó. —Todo está perfecto. De hecho, más que perfecto. Solo me queda felicitarlos. Vi cómo Bruno fruncía el ceño, confundido. Sus labios se curvaron en una media sonrisa incrédula. —¿Felicitarnos por qué? —preguntó él. —La señora está embarazada —soltó la doctora con naturalidad, como si no estuviera lanzando una granada en medio de nuestra vida—. Según la prueba cuantitativa que le realizamos, tiene dos meses de embarazo. El silencio que siguió fue absoluto. Fue un vacío sónico donde el tiempo dejó de existir. Vi cómo la sonrisa de Bruno se congelaba, cómo sus ojos se abrían con una expresión que pasó de la confusión al asombro, y finalmente, a algo que no supe descifrar, pero que me hizo temblar. Bruno me miró. Fue una mirada larga, pesada, cargada de una electricidad estática que me erizó los vellos de la nuca. Luego, volvió a mirar a la doctora. Su voz, cuando habló, era extrañamente calmada, como la calma que precede al huracán. —Le agradezco por darnos la noticia, doctora —dijo él, aunque sus ojos seguían clavados en mí. —De nada. Ahora, Paula, es vital que acudas con tu ginecólogo lo antes posible para que inicien el control prenatal —instruyó la mujer, ajena a la tragedia que se gestaba frente a ella—. Necesitas vitaminas y reposo. —No se preocupe —respondió Bruno, y su tono me heló la sangre—. Así será. Nos encargaremos de todo. —Bien, ya pueden irse. Les daré el alta de inmediato —concluyó la doctora, saliendo del área de emergencias. Me quedé sentada en la camilla, incapaz de mover un solo músculo. Quería gritar, quería explicarle, pero el nudo en mi garganta era de acero. Bruno permaneció de pie, dándome la espalda por unos segundos. Cuando finalmente se giró, su rostro ya no tenía rastro de amor. Era una máscara de piedra, fría y letal. —Te espero en el auto —dijo con una voz carente de toda emoción. No esperó respuesta. Se dio la vuelta y salió de la sala con pasos rápidos. Me quedé sola, rodeada de máquinas y sábanas blancas. No pude evitarlo; las lágrimas empezaron a brotar silenciosamente, empapando mis mejillas. Me sentía pequeña, sucia, atrapada en una red que yo misma había ayudado a tejer por mi silencio. Con manos temblorosas, me puse mis zapatos. Cada movimiento me costaba un mundo. Salí de la clínica, sintiendo el aire frío de la noche como bofetadas en el rostro. Caminé hasta el parqueo y vi su auto, esa bestia de metal que tantas veces me había llevado hacia la felicidad y que ahora parecía mi jaula. Entré al asiento del copiloto. Bruno no me miró. Sus manos apretaban el volante con tal fuerza que sus nudillos estaban blancos. Sin decir una sola palabra, encendió el motor y arrancó, saliendo del hospital a una velocidad que me hizo pegarme al asiento. El trayecto hacia mi casa fue un calvario de silencio. El aire dentro del auto estaba saturado de reproches no dichos, de una furia que se podía oler. Yo miraba por la ventana, viendo las luces de la ciudad borrosas por mis lágrimas. Quería hablar, quería decirle que yo también acababa de enterarme, que nunca quise engañarlo, pero el perfil endurecido de Bruno me decía que cualquier palabra sería en vano. Cuando finalmente frenó frente a mi casa, el chirrido de las llantas rompió el silencio sepulcral. Me giré hacia él, buscando un rastro del hombre que me amaba. —Bruno... tengo que darte una explicación —comencé, mi voz temblando. Él soltó una risa seca, amarga, una burla que dolió más que un golpe. —¿Una explicación? —se giró hacia mí, y el odio en sus ojos me hizo retroceder—. Todo está más que claro, Paula. Me viste la cara de idiota desde el principio. Seguramente lo tenías todo planeado: hacerme creer que ese hijo era mío, amarrarme a tu vida con una mentira. Por eso estabas tan "feliz" conmigo, ¿no? Lo más probable es que estuvieras planeando acostarte conmigo a la mayor brevedad posible para que las fechas coincidieran. —Eso no es cierto, Bruno —susurré, pero las palabras se sentían vacías frente a su ira. Salí del auto, necesitando aire, pero él también bajó, rodeando el vehículo para encararme en la acera, bajo la luz mortecina del farol. —¡Te quedas en silencio porque tengo la razón! —gritó, señalándome—. Me usaste. Me vendiste esa imagen de mujer profesional, independiente, "diferente"... y resulta que eres igual a todas las demás. —¡No es cierto! —grité yo también, recuperando un poco de fuerza por la indignación—. Yo me acabo de enterar también. Esta misma mañana tuve mis sospechas y... no sabía cómo decírtelo. Estaba asustada. Bruno se burló de nuevo, cruzándose de brazos. —¡Qué coincidencia! Te enteras justo hoy. Eres una mentirosa profesional, Paula. Seguramente buscaste al tipo más rico que pudiste encontrar para que pagara los platos rotos de tus noches locas. Viniste a mí por mi dinero, como todas. Me acerqué a él, intentando abrazarlo, buscando ese refugio que solía ser su pecho. —Bruno, te lo juro por mi vida, yo te amo. Mi amor por ti no tiene nada que ver con el dinero. Por favor, escúchame... Él me alejó con un movimiento brusco, como si mi contacto lo quemara. Me miró con un desprecio que me hizo sentir insignificante. —¿Quién es el padre? —preguntó con una frialdad glacial. Bajé la mirada. La vergüenza me inundó. ¿Cómo decirle que no lo sabía? ¿Cómo admitir que fue un desconocido en una noche de borrachera y dolor? La verdad era tan humillante que preferí la mentira. —Prefiero no hablar de eso —dije en voz baja—. Fue una relación pasada... algo que ya terminó. Bruno asintió lentamente, sus ojos llenos de una decepción infinita. —Nunca pensé que ibas a ser tan mentirosa. Una relación pasada de hace dos meses, justo cuando empezabas a trabajar para mí. Vaya tiempo récord. Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano, sintiendo que mi orgullo, lo último que me quedaba, empezaba a reaccionar. —Entiendo tu decepción, Bruno. Tienes todo el derecho a estar así. Pero no voy a permitir que me sigas insultando. Si no puedes confiar en mí, si crees que soy esa clase de mujer... entonces nuestra relación termina aquí. Bruno me miró con una sonrisa torva. —¿Termina aquí? Qué solución tan fácil para ti, ¿verdad? Te vas con tu secreto y me dejas como el estúpido que te abrió las puertas de su vida. Pero te juro una cosa, Paula Miller: vas a pagar esta traición. No sé cómo, pero te aseguro que me encargaré de que te arrepientas de haber jugado conmigo. Se subió a su auto sin mirar atrás. El motor rugió y el vehículo desapareció a toda prisa, dejando una estela de humo y un silencio desolador en la calle. Entré a mi casa como un fantasma. Al abrir la puerta, me encontré con Daelis y Leila paradas en la sala. Sus rostros estaban llenos de dolor. No tuvieron que preguntar; el sonido de los gritos de Bruno se había filtrado por las ventanas.
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