Caminé hacia ellas y me derrumbé en sus brazos. Lloré con un dolor que nacía de las entrañas, un llanto que me dejó sin aliento.
—Lo perdí, chicas... Perdí a Bruno —sollocé—. Él cree que lo engañé, que solo quería su dinero... me odia.
Leila me acarició el cabello, tratando de consolarme.
—Bruno no te merece, Paula. Un hombre que ama de verdad es aquel que se detiene a escuchar, que intenta entender antes de juzgar. Lo que hizo fue cruel.
—No lo culpo —respondí entre hipos, separándome de ellas—. Si yo estuviera en su lugar, si él me dijera que espera un hijo de otra persona justo cuando estamos empezando... yo pensaría lo mismo. Es una situación imposible.
Daelis me tomó de los hombros, con los ojos empañados.
—Mejor ve a tu habitación a descansar, amiga. Te llevaré un té. Necesitas dormir.
—Gracias, Daelis... pero no quiero nada. Solo quiero estar sola.
Caminé hacia mi habitación con pasos que sentía que pesaban quintales. Al entrar, cerré la puerta y me tiré en la cama, sin siquiera encender la luz.
La oscuridad me envolvió, igual que la realidad de mi nueva vida. Estaba embarazada, estaba sola y el hombre que amaba me había jurado venganza.
Enterré la cara en la almohada y lloré amargamente, sintiendo que cada lágrima era un trozo de mi corazón que se iba para siempre.
El sueño de la oficina, del éxito y del amor de Bruno Santoro se había convertido en mi peor pesadilla.
El amanecer se filtró por las rendijas de la persiana con una crueldad metálica. No recuerdo haberme dormido, solo recuerdo haber visto las sombras de los muebles cambiar de forma mientras el reloj marcaba las horas de mi nueva y desoladora realidad. Me dolían los ojos de tanto llorar y sentía un vacío en el estómago que no era hambre, sino una angustia sorda que parecía haberse instalado allí para siempre.
Me levanté de la cama sintiéndome como si cargara con el peso de todo el edificio Santoro sobre mis hombros. Me lavé la cara con agua helada, intentando borrar las huellas de la derrota, y salí de la habitación. En cuanto puse un pie en la cocina, el silencio se rompió. Daelis, que estaba preparando algo en la estufa, soltó la espátula y corrió a abrazarme con una urgencia que casi me hace perder el equilibrio.
—¡Paula! —exclamó, apretándome con fuerza—. Dios mío, amiga, ¿cómo dormiste? Estábamos tan preocupadas... no quisimos entrar a despertarte.
Me separé suavemente de ella, forzando una sonrisa que no llegó a mis ojos.
—No dormí bien, Daelis —respondí con la voz ronca—, pero no importa. La vida sigue, ¿no? Al menos eso dicen los libros.
Leila, que estaba sentada a la mesa revisando unos papeles, levantó la vista. Su mirada era analítica, protectora.
—No importa lo que digan los libros, lo que importa es que tienes que ir al ginecólogo —sentenció Leila con firmeza—. Después de lo de anoche, del desmayo y de la noticia, necesitamos saber cómo está todo con el bebé. No puedes tomarte esto a la ligera.
—Lo haré en mi hora de almuerzo —dije, caminando hacia la puerta para buscar mi bolso. No quería estar allí, no quería hablar de "el bebé" como una realidad física todavía. Me dolía demasiado.
—¡Espera! —gritó Daelis, deteniéndome—. Siéntate y desayuna primero. Te hice unos huevos revueltos. Tienes que alimentarte, ahora no eres solo tú.
Sentí una punzada de náuseas solo de pensar en la comida. El olor del desayuno, que ayer me habría encantado, hoy me resultaba insoportable.
—No tengo hambre, de verdad. Gracias, chicas, pero tengo que irme —me marché sin esperar respuestas, ignorando sus protestas que se quedaron flotando en el aire de la cocina.
Veinte minutos después, un taxi me dejó frente a la imponente estructura de cristal de la empresa. Me quedé un momento frente a la entrada, mirando hacia arriba. Sentía una mezcla insoportable de nerviosismo y vergüenza. ¿Sabrían ya todos lo que pasó en el hospital? ¿Lo sabría Yeison? ¿Sasha? Entré al lobby con la cabeza gacha, evitando el contacto visual con los recepcionistas, y subí directamente a mi oficina.
Apenas acababa de tomar asiento en mi escritorio, tratando de organizar mis pensamientos para empezar el día, cuando el teléfono de la oficina chilló, rompiendo el silencio. Lo tomé con la mano temblorosa.
—¿Diga?
—Ven a mi oficina. Ahora.
La voz de Bruno. Fría, cortante, despojada de cualquier rastro de la ternura que habíamos compartido apenas veinticuatro horas antes. Colgué sin responder. Sentí que el corazón me latía en los oídos mientras caminaba por el pasillo. Al llegar, la secretaria de Bruno ni siquiera me miró; simplemente me hizo un gesto para que pasara.
Entré y lo vi. Estaba de espaldas, mirando por el gran ventanal hacia la ciudad. Sus hombros se veían más anchos, más rígidos.
—Buenos días, Bruno... —comencé, tratando de mantener la compostura.
Él se giró con una lentitud calculada. Su mirada era de hielo puro, una mirada que no reconocí.
—Para usted, soy el señor Santoro —dijo con una voz que me caló hasta los huesos—. Desde hoy, no tiene permitido tutearme. Mantenga la distancia profesional que claramente nunca debimos romper.
Sentí que me daban una bofetada. El "usted" dolió más que cualquier grito.
—Entiendo que esté enojado por mi embarazo, señor Santoro —dije, tragándome el nudo en la garganta—. Y de verdad lo siento mucho. Si pudiera devolver el tiempo atrás y evitar todo este desastre, lo haría sin pensarlo.
Bruno se alejó de la ventana y caminó hacia mí. Se detuvo a escasos centímetros, invadiendo mi espacio personal de una forma intimidante. Podía oler su perfume, ese aroma que antes me daba paz y que ahora me resultaba asfixiante.
—¿De verdad? —preguntó con una sonrisa torva—. ¿De verdad devolvería el tiempo atrás? Porque le tengo una noticia: puede hacerlo. Hay formas de solucionar este... inconveniente.
Lo miré confundida, sin entender a qué se refería.
—¿Cómo? —pregunté.
—Puede abortar a ese bebé —soltó él con una frialdad que me dejó sin aliento.
Me asombré tanto que di un paso atrás, llevándome las manos al vientre por puro instinto de protección.
—¡Jamás! —exclamé, con la voz llena de indignación—. Jamás haría algo así. Ese bebé no tiene la culpa de mis errores ni de sus prejuicios. No tiene la culpa de nada.
Bruno soltó una risa seca y amarga, volviendo a su escritorio.
—Solo quería probar hasta dónde podía llegar con sus planes, Miller —dijo, usando mi apellido como si fuera un insulto—. Solo quería ver si su faceta de "madre abnegada" era tan falsa como todo lo demás.
—¿De qué planes habla? —pregunté, sintiendo que la rabia empezaba a superar al miedo.
—Ya descubrí su juego —sentenció, golpeando el escritorio con el dedo índice—. Usted solamente quería quedarse con mi dinero. Sabía que yo era un blanco fácil, un hombre que se dejó deslumbrar por su supuesta inteligencia. Pensó que si me hacía creer que el hijo era mío, tendría la vida asegurada.
—¡Eso no es cierto! —grité, incapaz de contenerme—. Yo no soy rica, señor Santoro, pero tampoco soy tan pobre ni tan miserable como para querer algo así. Mi trabajo es lo que me sustenta, no sus cuentas bancarias.
Bruno se rió de nuevo, una risa que no tenía nada de graciosa.
—No le creeré ni una palabra. Parece un ángel, Miller. Con esa cara de inocencia y esos ojos... pero en realidad es infierno puro. Es una estafadora de primera clase.
—No estoy orgullosa de estar embarazada en estas circunstancias —le dije, sosteniéndole la mirada a pesar de las lágrimas que empezaban a nublarme la vista—, pero tampoco voy a permitir que usted me hable de esa forma. Si no me quiere en su vida, perfecto. Si cree que soy lo peor, está bien. Pero no me insulte.
Bruno se quedó callado un momento, mirándome como si fuera un bicho raro. Luego, se sentó y cruzó las manos sobre la mesa.
—Esta noche la espero en mi mansión —dijo de repente, cambiando de tema radicalmente—. Hay una boda.
Me quedé helada. Una sonrisa involuntaria empezó a formarse en mis labios mientras mi corazón daba un vuelco de esperanza. ¿Acaso había reflexionado? ¿Acaso el amor era más fuerte que su orgullo?
—¿Una boda? —pregunté, con la voz iluminada—. ¿Eso significa que... que a pesar de mi embarazo seguiremos juntos? ¿Que ha decidido perdonarme?
Bruno me miró y luego soltó una carcajada ruidosa, cruel, una carcajada que me rompió en mil pedazos.
—Sí, Miller —dijo entre risas—, seguiremos juntos. Y la boda es la de nosotros dos. Usted y yo nos casamos esta noche.
Me quedé petrificada. El mundo dejó de tener sentido.
—No entiendo... —susurré—. ¿Por qué se casaría conmigo si piensa que soy una estafadora? Si no me cree...
—Porque usted va a pagar su traición —dijo él, y su voz se volvió profunda, cargada de una venganza oscura—. Usted quería mi dinero, ¿no? Pues lo tendrá. Pero a cambio, será mía. El primer paso es casándose conmigo. Así me aseguro de tenerla donde pueda verla, donde pueda recordarle cada día lo que me hizo. Invite a sus amigas, será algo privado. Un notario, un juez y su condena de por vida.
El horror me recorrió la columna. No era una propuesta de amor, era una sentencia de cárcel con anillo incluido.
—No se casará conmigo para que usted se vengue de mí —le dije con firmeza, retrocediendo hacia la puerta—. Jamás haré eso. No voy a permitir que convierta mi vida en un infierno por un error del pasado que ni siquiera le pertenece a usted. No me casaré con usted, señor Santoro.
Salí de la oficina sin esperar respuestas, corriendo por el pasillo hacia la seguridad de mi propio espacio. Sentía que el aire me faltaba. Bruno Santoro ya no era el hombre que amaba; era un extraño consumido por el odio, un hombre decidido a destruirme usando como arma aquello que yo más deseaba: estar a su lado.
Me encerré en mi oficina y me dejé caer en la silla, temblando. "¿Qué voy a hacer?", me pregunté mientras las lágrimas caían sin control sobre mi escritorio.
Estaba atrapada entre un hijo que no tenía padre y un hombre que quería ser mi dueño solo para poder castigarme.
Apenas logré cerrar la puerta de mi oficina, apoyándome contra ella para intentar que mis pulmones recordaran cómo inhalar aire, cuando el pomo giró con violencia. Me hice a un lado justo a tiempo para ver a Bruno entrar. No pidió permiso. No llamó. Entró con la arrogancia de quien se sabe dueño no solo de las paredes, sino de las vidas que habitan dentro de ellas.
—No te di la opción de no aceptar, Paula —soltó, cerrando la puerta tras de sí con un clic definitivo.
Me puse de pie de inmediato, sintiendo cómo el miedo se transformaba en una chispa de rebeldía. Ya no había "usted", ya no había protocolos. Solo estábamos dos personas heridas enfrentándose en un campo de batalla.
—No tienes que dármela, Bruno —le espeté, con la voz temblando pero firme—. Porque sé muy bien lo que pretendes. Sé que con ese matrimonio voy a vivir en el pleno infierno. ¿Eso es lo que quieres? ¿Convertirnos en una tragedia legal?
Él ladeó la cabeza y una sonrisa gélida, casi inhumana, curvó sus labios.
—Eso es justamente lo que pasará —confirmó con una suavidad que me dio escalofríos—. Me alegra que lo entiendas tan pronto. Ahorra tiempo.