—No pasará eso conmigo —le respondí, cruzándome de brazos—. Olvídate de esa boda tan repentina. No voy a caminar hacia un altar que en realidad es un patíbulo. No puedes obligarme a firmar un papel.
Bruno dio un paso hacia mí, recuperando esa paciencia aterradora de los depredadores.
—Esta noche a las siete debes estar en la mansión. Enviaré al chofer a tu casa. No me hagas esperarte.
—No iré —dije, desafiándolo con la mirada.
En ese instante, la poca paciencia que le quedaba se evaporó. Sus ojos se oscurecieron y dio un paso más, acortando la distancia hasta que pude sentir el calor de su rabia.
—Irás, Paula. Porque de lo contrario, tú y tus amigas pagarán las consecuencias.
—¡Mis amigas no tienen nada que ver en esto! —grité, sintiendo un nudo de angustia—. Déjalas fuera de tu venganza enferma.
—Yo pienso que sí tienen que ver —respondió él, bajando la voz hasta convertirla en una amenaza sibilina—. Con solo levantar un dedo, puedo hacer que la casa en la que viven desaparezca. Puedo hacer que a una de ellas le quiten el auto. De hecho, puedo hacer que las tres vivan debajo de un puente, porque después de que me encargue de que las despidan de sus trabajos, nadie más en esta ciudad se atreverá a contratarlas.
Me quedé sin habla, sintiendo que el suelo se abría bajo mis pies.
—Ah... —continuó él, clavando su mirada en mi vientre—, y también podrías tener a tu hijo debajo de ese mismo puente. Piénsalo bien.
—No puedo creer lo que estoy escuchando —susurré, sintiendo una náusea física—. ¿En qué te has convertido?
Bruno se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo y me miró de soslayo.
—Si quieres ver si te estoy diciendo la verdad, no llegues a la mansión a las siete. Prueba mi alcance, Paula. Te reto.
Se marchó sin esperar respuesta, dejando el aire cargado de una toxicidad que me impedía respirar. Me desplomé en la silla, confundida, aterrada y con el corazón hecho pedazos. Sabía que Bruno era poderoso, pero nunca imaginé que usaría ese poder para aplastar a personas inocentes solo por herirme a mí.
Me levanté como un autómata. Salí de mi oficina y caminé hacia la de él. La secretaria intentó detenerme, pero la ignoré. Entré sin llamar. Él estaba sentado tras su escritorio, revisando unos documentos como si no acabara de destruir mi mundo.
—Necesito el día libre —le dije con voz seca—. Tengo que prepararme para esta "boda de venganza" contra mí.
Bruno levantó la vista y esa sonrisa victoriosa volvió a aparecer.
—Vaya, te convencí muy pronto. Sabia decisión.
—Sé que tienes muchas cosas bajo tu control —respondí, tragándome el orgullo—, y no voy a permitir que mis amigas paguen por mis errores. Ellas no se merecen tu odio.
—Puedes irte —dijo él, volviendo a sus papeles con una indiferencia que dolía—. El chofer llegará antes de las siete. No lo hagas esperar.
Salí de allí sin decir nada más. Regresé a mi oficina, tomé mi bolso y salí de la empresa. El sol de la mañana me cegó por un momento, pero no me detuve. Tomé un taxi y le di la dirección del hospital del centro. Necesitaba saber qué estaba pasando conmigo, con esa vida que ahora era el centro de todo este caos.
Diez minutos después, entré al hospital. Me acerqué a la recepción de ginecología con las manos sudorosas.
—Vengo para un chequeo de embarazo —le dije a la secretaria.
—Deme su identificación para anotarla, por favor.
Entregué el documento y vi cómo sus dedos volaban sobre el teclado.
—Tome asiento, señora Miller. Espere a que mencionen su nombre.
Me senté en la sala de espera, rodeada de otras mujeres que acariciaban sus vientres con ilusión. Yo, en cambio, apretaba mi bolso contra mi estómago, sintiéndome como una impostora. Estaba nerviosa, asustada por lo que la doctora pudiera decirme y por el compromiso que me esperaba al anochecer.
Pasó una hora eterna hasta que finalmente escuché mi nombre. Entré al consultorio y me encontré con una doctora de mirada amable.
—Buenos días, Paula. Soy la doctora Rivas. ¿Es tu primer chequeo?
—Buenos días, doctora. Sí, es el primero.
—Muy bien. Levántate la blusa y acuéstate en la camilla, vamos a hacer un ultrasonido para ver cómo va todo.
Obedecí en silencio. El gel frío sobre mi piel me hizo estremecer. La doctora comenzó a mover el transductor sobre mi vientre, mientras yo fijaba la vista en la pantalla llena de manchas grises y negras.
—Mira, ahí está —dijo la doctora, señalando un punto—. Tienes dos meses de embarazo... y vas a tener mellizos.
El mundo se detuvo. Mi respiración se cortó.
—¿Cómo que mellizos? —pregunté, sintiendo que el corazón me daba un vuelco.
—Mira bien la pantalla —la doctora señaló dos pequeñas formas distintas—. Ahí hay dos sacos gestacionales. Son dos bebés, Paula.
No pude contenerlo más. Las lágrimas empezaron a correr por mis mejillas, pero esta vez no eran de tristeza, sino de una emoción abrumadora que no supe procesar. Pensé que tendría un bebé, que enfrentaría esto sola con una pequeña criatura, pero jamás imaginé que serían dos. Dos vidas. Dos razones más para resistir.
—Felicidades —me dijo la doctora con ternura—. Vamos al escritorio.
Me limpié el abdomen y me senté frente a ella. Me entregó una receta y algunas indicaciones.
—Te indicaré unos medicamentos, ácido fólico y vitaminas que debes tomar diario. Debes volver dentro de un mes para tu próximo chequeo, pero si sientes cualquier dolor o sangrado, vuelve antes.
—Seguiré todo al pie de la letra, doctora. Se lo prometo.
Salí del consultorio caminando como en un sueño. Al llegar al pasillo, me detuve un momento y puse mis manos sobre mi vientre aún plano.
—Mami los amará muchísimo —susurré para mí misma—. No importa lo que pase esta noche, los voy a proteger.
Tomé otro taxi de regreso a casa. Al entrar, me encontré a Daelis y Leila en la sala. Estaban pálidas, con los teléfonos en la mano. Se habían asustado por el mensaje que les envié pidiéndoles que nos viéramos.
—¿Qué pasa, Paula? —preguntó Leila, acercándose rápidamente—. Nos asustaste.
—Pasa de todo —dije, dejándome caer en el sofá—. Pero primero... tengo algo que decirles. Voy a tener mellizos.
Leila se quedó asombrada, con la boca abierta, antes de lanzarse a abrazarme.
—¡Dos! Dios mío, Paula... estaremos contigo, no importa qué.
—Lo sé —respondí, rompiendo a llorar otra vez—. Pero hay algo más. Esta noche a las siete de la noche... me voy a casar con Bruno.
Daelis soltó un suspiro de alivio falso.
—¿Eso significa que recapacitó? ¿Que va a hacerse cargo?
—No, Daelis. No recapacitó —dije con amargura—. Se casa conmigo porque quiere vengarse. Piensa que quise engañarlo por su dinero y quiere tenerme cerca para hacerme la vida imposible. Me amenazó... me dijo que si no lo hacía, se encargaría de que ustedes perdieran sus trabajos y su casa.
Daelis se sentó, cubriéndose la cara con las manos.
—Todo es mi culpa... —sollozó—. Si no te hubiera retado a ir a esa fiesta de cumpleaños, no habrías quedado embarazada, nada de esto estaría pasando.
—Lo que pasó, ya pasó —le dije, poniéndome de pie con una fuerza que no sabía que tenía—. No sirve de nada buscar culpables ahora. Solo tengo que afrontarlo. Por mis hijos y por ustedes.
Caminé hacia mi habitación sin decir más. Necesitaba mirar el vestido que usaría para entrar en mi propia celda, sabiendo que ahora, el precio de mi libertad era doble.
El reloj de pared en mi habitación parecía burlarse de mí, marcando los segundos que me separaban de una sentencia de cadena perpetua disfrazada de nupcias. Me miré en el espejo de cuerpo entero. El vestido blanco, de seda sencilla y elegante, caía sobre mi cuerpo como una mortaja de lujo. Aún no se notaba nada, pero puse una mano sobre mi vientre plano, sintiendo ese calor secreto que solo yo conocía.
—En poco tiempo, mi vientre empezará a notarse —susurré para mi reflejo, con la voz quebrada.
La puerta se abrió suavemente. Daelis y Leila entraron, ya vestidas para la ocasión, aunque sus rostros no reflejaban la alegría de unas damas de honor, sino la solemnidad de quienes asisten a un funeral.
—Estás muy bonita, Paula —dijo Daelis, acercándose para ajustarme un mechón de cabello—. Estás acorde para el momento, el blanco te da una luz que... bueno, que necesitas. Y no te preocupes por nada más. Esos bebés tendrán dos tías que los amarán mucho, pase lo que pase en esa mansión.
Leila asintió, poniéndome una mano en el hombro.
—Daelis tiene razón. No estás sola en esto.
Miré el reloj. Las 6:40 PM. El tiempo se había agotado.
—Gracias por sus palabras, de verdad —dije, tratando de tragarme el nudo en la garganta—. Pero ya es hora de irse. El verdugo no espera.
Bajamos las escaleras en silencio. Al salir de la casa, el Mercedes n***o de Bruno ya estaba estacionado frente a la acera. El chofer, un hombre de rostro impasible, bajó y nos abrió la puerta.
—Buenas noches, señora —dijo con respeto.
—Buenas noches —respondí secamente.
Las tres subimos al auto. Durante los veinte minutos de trayecto, nadie habló. El paisaje de la ciudad se transformaba a medida que nos adentrábamos en la zona más exclusiva, donde las casas tenían nombres y los muros eran lo suficientemente altos como para ocultar cualquier pecado.
Cuando llegamos a la mansión Santoro, Daelis soltó un jadeo ahogado.
—Dios mío... esta casa es inmensa —murmuró, pegando la cara al cristal—. Parece un palacio de película.
—No vinimos a fijarnos en eso, Daelis —la reprendió Leila con voz baja.
—Es mejor salir de todo esto de una buena vez —sentencié yo, bajando del auto con las piernas temblorosas.
Al cruzar el umbral de la entrada, una empleada de uniforme impecable se acercó a nosotras. Nos escaneó con una mirada profesional.
—¿Quién de las tres es la señorita Paula? —preguntó.
—Yo soy —di un paso adelante.
—El señor Santoro la espera en el despacho —dijo la mujer—. Por favor, acompáñeme.
—No sé dónde está el despacho —respondí, sintiéndome como una intrusa en mi propia boda.
Otra empleada apareció por el pasillo y le susurró algo a la primera.
—Lleva a Paula con el señor Santoro —ordenó la segunda—. Yo llevaré a las otras dos señoritas al jardín, donde están los invitados.
Me despedí de mis amigas con la mirada, sintiendo que me quitaban mi último sistema de apoyo. Seguí a la empleada por pasillos de mármol y cuadros que gritaban "viejo dinero". Se detuvo frente a una puerta de madera tallada y me hizo un gesto.
—Entre, por favor.
Abrí la puerta. El despacho era una oda al poder masculino. Bruno estaba sentado detrás de un escritorio de caoba maciza, rodeado de estanterías llenas de libros encuadernados en cuero. No se levantó al verme. Ni siquiera me sonrió.
—Bruno, estoy aquí —dije, cerrando la puerta tras de mí.
Él levantó la cabeza. Sus ojos eran dos pozos de frialdad. Deslizó una carpeta de cuero sobre el escritorio hacia mi lado.
—Firme este documento —ordenó con voz monocorde.
Me acerqué, sintiendo que el aire se volvía pesado.
—¿De qué trata esto? —pregunté, tomando el bolígrafo de oro que descansaba sobre el papel.
—Es un acuerdo prenupcial y un contrato de convivencia —respondió, recostándose en su silla—. Este matrimonio solo durará dos años. En ese tiempo, usted no tendrá acceso a ni un solo peso de mis cuentas personales, ni a ninguna de mis propiedades. Al firmar, renuncia a toda herencia futura. No quiero que haya dudas: usted no recibirá nada de lo que vino a buscar.
Lo miré fijamente. Él esperaba que yo peleara, que regateara, que llorara por las migajas de su fortuna. Pero no lo hice. Firmé el documento con un trazo firme y rápido, lanzando el bolígrafo sobre la mesa.
—Hecho —dije con desprecio—. Algo más?
—Sí —añadió él, levantándose—. Delante de todos, por favor, finja ser una esposa amorosa. Mi familia está afuera y no toleraré escenas.
—Eso será difícil —le respondí, sintiendo el veneno en mi lengua—, y más cuando está claro que me está comprando con amenazas.
Bruno se rodeó el escritorio y se acercó a mí, deteniéndose a centímetros de mi rostro.
—Una persona con su talento para el engaño no debería tener dificultades para fingir —susurró—. Después de todo, en estos dos años no le faltará nada a usted... ni a sus bastardos.
La palabra "bastardos" me golpeó como un latigazo. Mi mano se movió casi por instinto para abofetearlo, pero me detuve a mitad del camino. Mi pecho subía y bajaba con violencia.
—¡Mis hijos no son ningunos bastardos! —le grité, con los ojos encendidos de rabia.
Bruno se quedó helado. Su expresión de suficiencia se desmoronó por un segundo.
—¿Hijos? —preguntó, entrecerrando los ojos—. ¿Dijiste "hijos", en plural?
Bajé la cabeza, sintiendo que el secreto me pesaba más que el contrato.
—Tendré mellizos —confesé en un susurro—. Son dos.
Vi cómo la mandíbula de Bruno se tensaba hasta el límite. El hecho de que el "error" fuera doble parecía enfurecerlo aún más. No dijo palabras de felicitación, ni mostró un ápice de ternura.
—Es mejor que vayamos al jardín —dijo, dándose la vuelta bruscamente—. Los invitados nos están esperando.
Salimos del despacho. Antes de salir al exterior, donde se escuchaba el murmullo de unas treinta personas y una música suave de cuerdas, se detuvo y me tomó del brazo.
—Ponga su mejor sonrisa falsa ante los demás —advirtió—. Y especialmente ante mi familia. Está a punto de conocerlos, así que no me avergüence.
—No tengo otra opción, ¿verdad? —respondí con amargura.
Él me tomó de la mano, entrelazando sus dedos con los míos de una forma que, para cualquier observador, parecería un gesto de amor, pero para mí era un grillete. Entramos al jardín y los invitados estallaron en aplausos. Caminamos por el pasillo central, sonriendo como si fuéramos la pareja más enamorada del mundo. Yo sentía que mi cara se iba a quebrar de tanta falsedad, pero mantuve la mirada en alto.
Nos detuvimos frente al juez.
—Damos inicio a la ceremonia —anunció el hombre con tono solemne.
El juez comenzó un discurso sobre el amor, el respeto y la construcción de un futuro juntos. Cada palabra sonaba como una burla cruel en mis oídos. Finalmente, llegó el momento.
—Señor Bruno Santoro... ¿acepta usted como esposa a la señora Paula Miller para amarla y respetarla hasta que la muerte los separe?
Bruno me miró. Por un breve instante, busqué un rastro del hombre del que me había enamorado, pero solo encontré una determinación fría.
—Acepto —dijo con voz firme.
El juez se giró hacia mí.
—Señora Paula Miller... ¿acepta usted como esposo al señor Bruno Santoro...?
—Acepto —respondí, sintiendo que entregaba mi alma en esa palabra.
—Si alguien tiene una objeción por esta unión —continuó el juez—, que hable ahora o calle para siempre.
Un silencio sepulcral cayó sobre el jardín. De repente, el sonido de unos tacones golpeando el pavimento de piedra rompió la calma.
—¡Yo me opongo! —gritó una voz chillona y desesperada.
Sasha apareció entre los invitados, con el cabello revuelto y los ojos inyectados en llanto. Bruno se giró, soltando mi mano con fastidio.
—¡Sasha! ¿Qué crees que estás haciendo? —le espetó Bruno.
—¡No puedes casarte con ella! —gritó ella, señalándome—. ¡No puedes porque yo te amo, Bruno! ¡Toda la vida he esperado por esto!
—Lamento oír eso, Sasha, pero yo no te amo a ti —respondió Bruno con una crueldad que me hizo estremecer, incluso a mí.
—¡Te estás casando con ella solo porque embarazaste a esta tonta! —sollozó Sasha, buscando la mirada de los invitados—. ¡Es una trampa!
Bruno dio un paso al frente, protegiéndome de forma instintiva, aunque supiera que era por apariencia.
—Paula está embarazada y no es ninguna tonta —declaró Bruno, elevando la voz para que todos escucharan—. Y es mejor que lo sepan todos de una vez: mi esposa tendrá mellizos.
Un murmullo de sorpresa recorrió a los invitados. Sasha se tambaleó como si le hubieran dado un golpe físico.