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2974 Words
—¿Y mi beso, mi cielo? —preguntó él con una voz cargada de una ironía que solo yo podía detectar. Me quedé helada un segundo. Rebeca y Aitana levantaron la vista, observándonos. Recordé la advertencia de anoche: finja ser una esposa amorosa. Forcé una sonrisa, me levanté de la silla y caminé hacia él. —Tienes razón, lo siento —le dije. Me incliné y le di un beso en los labios. Fue un beso breve, pero él aprovechó para sujetarme la cintura un segundo más de lo necesario, marcando su posesión frente a su familia. Al separarme, volví a mi sitio. —No te preocupes por la tardanza, querida —dijo Rebeca con amabilidad—. Los primeros días en una casa nueva siempre son caóticos. Las empleadas empezaron a servir el desayuno: frutas frescas, pan horneado y omelettes. El silencio era cómodo para ellos, pero para mí era una cuerda tensa. —Y dime, Paula —comenzó Aitana, rompiendo el hielo—, ¿a qué te dedicas exactamente? Bruno nos contó algo, pero quiero oírlo de ti. —Estudié Marketing en la universidad —respondí, agradecida por un tema neutral—. Me especialicé en estrategias para marcas de lujo. —Esa es una buena profesión —comentó Aitana con interés—. Muy necesaria hoy en día. —Es así —asentí, y por primera vez mi sonrisa fue genuina—. Me encanta mi trabajo. Hay algo fascinante en entender cómo piensa el consumidor. —Me alegra oír eso —dijo Aitana—. Yo también he tomado una decisión. Voy a retomar mis estudios de medicina este semestre. Ya perdí demasiado tiempo. Bruno levantó la vista, y esta vez su expresión fue de aprobación real. —Es una excelente noticia, Aitana. Te apoyaré en lo que necesites. —Estoy muy feliz con tu decisión, hija —añadió Rebeca, tomando la mano de la joven—. Esta familia necesita más doctores y menos abogados y empresarios. —Felicidades, Aitana —le dije—. Es una carrera admirable. Desayunamos con una normalidad que me asustaba. Si alguien entrara en ese momento, vería a la familia perfecta. Nadie sospecharía el contrato de dos años, la amenaza de desalojo o el origen incierto de los bebés que crecían en mi vientre. Después de unos minutos, Bruno consultó su reloj de pulsera. —Madre, Aitana, ya debemos irnos a la oficina. Tenemos una agenda apretada hoy. Me puse de pie y me despedí de Rebeca y de Aitana con un abrazo y un beso en la mejilla. Ellas se quedaron en la mansión mientras Bruno y yo caminábamos hacia el auto. En cuanto las puertas del vehículo se cerraron y el chofer arrancó, la calidez desapareció. Bruno se volvió hacia mí con el rostro endurecido. —En la oficina todos deben pensar que somos la pareja ideal —sentenció mientras manejaba—. El personal, los clientes, todos. Así que mejor te comportas como tal. No quiero grietas en la fachada. —No tienes que repetirme tanto el papel que debo fingir —le respondí, mirando por la ventana—. Sé perfectamente lo que debo hacer. No soy tonta, Bruno. —Exactamente —dijo él con una mueca fría—. Sé que sabes fingir muy bien. Lo demostraste durante semanas antes de que supiera quién eras realmente. Me tragué el insulto. No valía la pena pelear ahora. Veinte minutos después, llegamos al edificio Santoro. Al entrar al lobby tomados de la mano, sentí cómo todas las miradas se clavaban en nosotros. El personal de recepción, los de seguridad, los empleados que esperaban el ascensor... el murmullo era casi audible. "Se casaron", "Es la de marketing", "¿Viste el anillo?". Bruno me acompañó hasta la puerta de mi propia oficina, un gesto de caballerosidad pública que me hizo sentir como un trofeo. —Estaré todo el día fuera de la empresa por asuntos de trabajo —me dijo frente a todos—. Al finalizar el día, vendré por ti para volver a casa. —Está bien —respondí, manteniendo la máscara—. Que tengas un buen día. Él asintió y se marchó. Entré a mi oficina y cerré la puerta, dejando escapar un suspiro que pareció vaciarme el alma. Me dejé caer en mi silla y, por primera vez en el día, me permití bajar la guardia. Me puse la mano en el vientre y cerré los ojos. —Solo serán dos años —susurré, hablándoles a mis hijos—. Dos años de fingir, de aguantar sus desprecios y sus celos. Después de eso, seremos felices solo nosotros tres. Se los prometo. De repente, unos golpes rápidos en la puerta me sobresaltaron. —¡Adelante! —dije, recomponiéndome. La puerta se abrió y, para mi sorpresa y alivio absoluto, entraron Daelis y Leila. Me levanté de un salto y corrí a abrazarlas. Sentir su contacto fue como encontrar un oasis en el desierto. —¡Chicas! ¿Qué hacen aquí? —pregunté, aferrándome a ellas. —No pudimos dormir anoche pensando en ti —dijo Daelis, apartándome para examinarme el rostro—. Estábamos a punto de llamar a la policía si no nos enviabas una señal. ¿Cómo estás? ¿Cómo te trató ese hombre? —Todo estuvo bien —les dije, guiándolas a las sillas—. Por increíble que suene, no hubo escenas de terror. Leila suspiró, aliviada. —Me alegra tanto saberlo. Estábamos muy preocupadas, pensando que quizás Bruno te había tratado mal o que te había encerrado en un calabozo de lujo. —Tomen asiento —les pedí—. Bruno se portó... bien, dentro de lo que cabe. Incluso —bajé la voz, sintiendo un calor subir por mis mejillas—, anoche tuvimos nuestra primera vez juntos como esposos. Fue algo que ambos deseamos. Pude percibir que él me deseaba tanto como yo a él, a pesar de todo el odio que escupe. Leila me miró con una sonrisa triste. —Me alegra saber que no fue un grosero contigo, Paula. Al menos hay algo de humanidad en él. —A mí también me alivia —añadió Daelis, con los ojos empañados—. Si algo te pasaba, no me lo habría perdonado nunca. Por mi culpa, por estar insistiendo con esa estúpida apuesta, terminaste embarazada de un desconocido y casada bajo amenazas. Siento que te arruiné la vida. Me acerqué a Daelis y le tomé las manos con firmeza. —Ya olvida eso, Daelis. Ya basta de culpas. Yo también tuve la culpa. Pude no haber aceptado la apuesta, pude haberme ido de esa fiesta, pude haber tenido más cuidado. La responsabilidad es mía por aceptar jugar ese juego. No te castigues más. —Lo hecho, hecho está —intervino Leila con sabiduría—. Ahora lo que importa es el futuro. —Así es —asentí, tocando mi vientre—. Ahora tendré dos bebés. Dos. Voy a intentar que estén bien, que crezcan sanos y que sean felices, incluso en medio de este desastre. Ese es mi único objetivo ahora. Daelis se secó una lágrima y forzó una sonrisa. —Siendo así, eso me anima más. Seré la mejor tía del mundo para esos mellizos. Leila se puso de pie, consultando su reloj. —Ya debemos irnos al trabajo. Pedimos un permiso para llegar un poco más tarde y venir a verte, pero no podemos abusar. —Gracias por venir, de verdad —les dije, acompañándolas a la puerta—. No saben la falta que me hacían. Las vi marcharse y, al cerrar la puerta, sentí que una pequeña parte de mi fuerza había regresado. La batalla seguía, pero ya no me sentía tan sola. El reloj en la esquina inferior de mi computadora marcaba las seis de la tarde. El edificio, que durante el día era un hervidero de ambición y taconeos apresurados, comenzaba a sumirse en ese zumbido eléctrico y solitario que precede al cierre. Me estiré, sintiendo un leve tirón en la espalda; los síntomas del embarazo empezaban a manifestarse no solo en las náuseas matutinas, sino en un cansancio sordo que se instalaba en mis huesos mucho antes de lo habitual. Recogí mis pertenencias con movimientos lentos, casi ceremoniales. Me detuve un segundo frente al espejo de mi oficina para retocarme el labial, intentando que mi reflejo no delatara la tormenta que rugía bajo mi piel. Estaba lista para enfrentarme a la mansión, a Bruno y a la farsa que ahora era mi vida. Justo cuando cerré la puerta de mi oficina y me giré para enfilar el pasillo, casi choco contra un muro de traje gris oscuro. Alcé la vista y me encontré con la sonrisa franca, aunque algo cansada, de Yeison. —Vaya, Paula, casi te atropello por segunda vez en la historia de esta empresa —dijo con una pequeña risa, haciendo alusión al accidentado primer encuentro que tuve con Bruno. —Hola, Yeison. Pensé que ya te habías ido —respondí, acomodando el bolso en mi hombro. —Bruno me llamó hace un momento —explicó, metiéndose las manos en los bolsillos—. Me pidió de favor que te llevara a la mansión. Parece que su agenda hoy decidió rebelarse contra él. Sentí un pinchazo de inquietud en el pecho. En este matrimonio de conveniencia y amenazas, cualquier cambio de planes me ponía en guardia. —¿Está todo bien con él? —pregunté, tratando de sonar casual, aunque mi voz me traicionó con un matiz de preocupación que no pude ocultar. Yeison asintió, suavizando su expresión. —Sí, no te preocupes. Es solo una reunión con los inversionistas del proyecto del norte que se ha extendido más de lo normal. Sabes cómo es él: no suelta un hueso hasta que tiene lo que quiere. Me pidió que cuidara de "su esposa". "Su esposa". La etiqueta me quemaba, pero asentí con una sonrisa forzada. —Está bien. Gracias por el gesto, Yeison. Salimos de la empresa en silencio. El aire de la tarde estaba fresco y el cielo se teñía de violetas y naranjas mientras el tráfico de la ciudad nos rodeaba. Durante los veinticinco minutos que duró el trayecto hacia la mansión, Yeison intentó mantener una conversación ligera sobre las tendencias del mercado, pero yo estaba en otro lugar. Mi mente vagaba entre el ultrasonido de los mellizos y el beso de anoche. ¿Cómo podía desear al hombre que me estaba extorsionando? La psicología de mi propio deseo me resultaba aterradora. Cuando el auto se detuvo frente a la imponente fachada de la mansión Santoro, Yeison bajó para abrirme la puerta. —Llegamos a salvo, señora Santoro —dijo con un guiño amistoso. —Muchas gracias por traerme, Yeison. De verdad lo aprecio —le dije, sintiendo una gratitud genuina hacia el único eslabón que parecía tratarnos a Bruno y a mí con una normalidad refrescante. —Fue un gusto, Paula. Descansa. Entré a la mansión y el eco de mis tacones sobre el mármol fue la única bienvenida inicial. Sin embargo, no llegué muy lejos antes de encontrarme con Aitana en el gran vestíbulo. Llevaba ropa cómoda y una sonrisa radiante que contrastaba con la opulencia fría del lugar. —¡Paula! Llegas justo a tiempo para cenar —exclamó, acercándose a mí—. Estábamos a punto de enviar una partida de búsqueda. Me reí por lo bajo, sintiendo que la tensión en mis hombros cedía un poco ante su entusiasmo. —El trabajo se complicó un poco. ¿Sabes qué hay de cena? Tengo un hambre que empieza a ser preocupante. Aitana me tomó del brazo y me guio hacia el comedor. —Pedí que hicieran pastas con camarones y muchos vegetales frescos. Sé que necesitas proteínas y vitaminas ahora más que nunca. —Eso suena perfecto para mí... y para mis bebés —respondí, y por primera vez, pronunciar la palabra en plural frente a alguien de la familia de Bruno no me dio miedo, sino un extraño orgullo. Al entrar al comedor, tomamos asiento. Apenas unos segundos después, Rebeca entró con su elegancia innata, aunque su rostro mostraba una ligera decepción. —Buenas noches, Paula —dijo, tomando su lugar en la cabecera—. Bruno acaba de avisar que no llegará a cenar. Al parecer, la reunión no tiene visos de terminar pronto. —Sí, Yeison me comentó algo. Ha tenido mucho trabajo hoy —dije, tratando de sonar como la esposa comprensiva que él esperaba que fuera. Rebeca soltó un suspiro largo y elegante, mientras la empleada servía los platos humeantes de pasta. —Bruno trabaja demasiado —sentenció la mujer, moviendo su tenedor con precisión—. Debería aprender a soltar un poco el trabajo, al menos después de las seis de la tarde. La vida se le está escapando entre contratos y hojas de cálculo. —Desde que lo conozco siempre ha sido muy apegado al trabajo —comenté—. Parece que su mente nunca se apaga del todo. Aitana intervino mientras devoraba un camarón. —Él es así, Paula. Es algo que no cambiará, está en su ADN Santoro. A veces creo que si no tuviera un problema que resolver, se aburriría de muerte. Cenamos entre charlas ligeras. Hablamos de los estudios de medicina de Aitana y de algunas anécdotas de la infancia de Bruno que me hicieron sonreír a pesar de mí misma. Por un momento, olvidé que estaba en una jaula de oro. Al terminar, sentí que el agotamiento ganaba la batalla. —Si me disculpan, me iré a mi habitación a descansar —les dije, poniéndome de pie—. El día ha sido largo. —Por supuesto, querida —dijo Rebeca con dulzura—. Descansa. Mañana será otro día. —¡Adiós, Paula! ¡Duerme por tres! —se despidió Aitana riendo. Subí las escaleras y entré a la enorme habitación que ahora compartía con Bruno. El silencio era absoluto. Me dirigí al baño y me di un baño relajante, dejando que el agua caliente borrara la rigidez de mi espalda. Me puse un camisón de seda que encontré en el vestidor —otra de las compras calculadas de Bruno— y me recosté en la cama. Encendí el enorme televisor que dominaba la pared frente a mí, buscando algún programa que distrajera mis pensamientos, pero las imágenes pasaban frente a mis ojos sin que yo procesara nada. Pasaron las horas. El bostezo se volvió constante. Miré el reloj de la mesita de noche: las 11:00 PM. Miré mi móvil, esperando ver aunque fuera un mensaje seco, una instrucción, cualquier señal de vida de Bruno. Nada. La pantalla estaba en n***o. La preocupación empezó a mutar en una inquietud nerviosa. ¿Seguiría en la oficina? ¿Se habría ido a algún bar para evitar volver conmigo? Me levanté y empecé a caminar de un lado a otro de la habitación, sintiendo cómo la ansiedad me apretaba el pecho. A la 1:00 AM, el cansancio era tal que me senté en el borde de la cama, mirando fijamente la puerta. Justo en ese momento, el pomo giró. La puerta se abrió y Bruno entró. Se veía deshecho. La corbata colgaba deshecha alrededor de su cuello, la camisa estaba arrugada y su cabello, siempre perfecto, estaba revuelto. Al verme, se detuvo en seco, sorprendido. —¿Qué haces despierta? —preguntó con voz ronca, dejando su maletín en el suelo. —No podía dormir —respondí, poniéndome de pie. Mi corazón latía con fuerza—. Te estaba esperando. Él suspiró y cerró la puerta. —Deberías descansar, Paula. Ya es muy tarde y en tu estado el sueño es fundamental. —Lo haré —dije, observando cómo se dejaba caer sobre el sofá con un peso que parecía aplastarlo. Soltó una respiración larga, un suspiro de cansancio absoluto que me partió el alma—. ¿Cómo te fue? —Fue agotador —respondió, cerrando los ojos y apoyando la cabeza en el respaldo—. Muy agotador. No pensé que los inversionistas se pondrían tan difíciles con los plazos de entrega. Verlo así, tan vulnerable y carente de esa armadura de arrogancia que solía usar contra mí, hizo que algo dentro de mí se ablandara. Me acerqué a él y, sin pensarlo mucho, me agaché frente a sus piernas. Comencé a desatar los cordones de sus zapatos. —¿Bruno, qué haces? —preguntó, abriendo los ojos de golpe y tratando de incorporarse. —Shh... solo te estoy ayudando para que te sientas mejor —le dije suavemente, sin mirarlo, concentrada en quitarle el calzado—. Estás agotado y yo no podía dormir de todas formas. Déjame hacer esto por ti. Él no protestó más. Dejó que le quitara los zapatos y los calcetines, soltando otro suspiro, esta vez de alivio. Me puse de pie y le puse una mano en el hombro. —Toma un baño con agua caliente, Bruno. Te ayudará a soltar la tensión y podrás descansar mejor. No te quedes aquí dormido. Él me miró por un largo segundo. No había odio en sus ojos en ese momento, solo una gratitud silenciosa y un cansancio infinito. Se levantó del sofá pesadamente. —Es justamente lo que haré —murmuró. Caminó hacia el baño y yo me volví a la cama, metiéndome bajo las sábanas. Durante veinte minutos, me mantuve despierta, escuchando el sonido del agua cayendo. Cuando finalmente vi que la puerta del baño se abría y él salía envuelto en una toalla, cerré los ojos de golpe, fingiendo que me había quedado dormida en el intermedio. Sentí el colchón hundirse bajo su peso. —Ya la vi con los ojos abiertos, Paula —dijo su voz, ahora mucho más cerca.
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