Abrí los ojos y me encontré con su rostro a pocos centímetros del mío. Estaba limpio, con olor a jabón y piel fresca.
—Ya iba a dormirme —mentí, sintiendo un calor familiar recorriendo mi cuerpo.
—Es mejor porque ya está muy tarde —respondió él, pero no se movió.
Nos quedamos mirándonos en la penumbra de la habitación, iluminados solo por la luz tenue de la luna que se filtraba por las cortinas.
El silencio ya no era tenso; era expectante. La mano de Bruno subió y acarició mi mejilla con una delicadeza que me hizo temblar. No pude evitarlo. Me incliné hacia adelante y lo besé.
Fue un beso que empezó lento, cargado de la fatiga del día, pero que rápidamente se transformó en algo más profundo.
Me subí sobre él, dejando que el camisón de seda se deslizara sobre mi piel.
Lo besé con una intensidad que quería comunicarle todo lo que no podía decir con palabras: que lo deseaba a pesar de haberme obligado a casarme con él, que lo amaba a pesar de las amenazas, que mi cuerpo le pertenecía mucho más de lo que el contrato dictaba.
Bruno no dijo nada, pero sus manos encontraron mi cintura con una fuerza posesiva.
Correspondió a mis besos con una voracidad que me decía que él también me necesitaba para olvidar el mundo exterior.
Me perdí en sus movimientos, en el calor de su piel contra la mía, en esa danza que era el único lenguaje honesto que nos quedaba.
Después de unos minutos, cuando la tormenta pasó y el ritmo de nuestros corazones se estabilizó, me hice a un lado, sintiendo el sudor y la calma.
Pensé que él se daría la vuelta y buscaría su espacio, como la noche anterior. Pero, para mi sorpresa, Bruno estiró el brazo y me atrajo hacia él.
Me rodeó con sus brazos, pegando mi espalda a su pecho en un abrazo protector y cálido.
En ese abrazo, me sentí segura y así, entrelazados, nos quedamos profundamente dormidos.
Ha pasado un mes desde aquella noche de bodas que osciló entre la entrega y la sentencia. Treinta días de vivir en una cuerda floja, fingiendo sonrisas frente a Rebeca y Aitana, y compartiendo una cama con un hombre que me abraza en la oscuridad del sueño, pero que me acuchilla con su indiferencia en cuanto sale el sol.
Esta mañana, el espejo me devolvió una imagen que me hizo detenerme. Me puse de perfil, acariciando suavemente la curva de mi vientre que, a los tres meses, ha comenzado a reclamar su espacio de forma evidente. Ya no es solo una sospecha; es un relieve suave, la cuna de mis mellizos que empieza a notarse bajo la seda de mi camisón. Un calor agridulce me recorrió el pecho. "Están creciendo", pensé con una mezcla de amor y terror por el mundo en el que les ha tocado aterrizar.
La puerta de la habitación se abrió de golpe. Bruno entró, ya impecable en su traje sastre, ajustándose los gemelos de plata con esa precisión quirúrgica que lo caracteriza. Se detuvo al verme frente al espejo.
—¿Te pasa algo? —preguntó, su voz neutra, despojada de la calidez que creí sentir en sus brazos apenas unas horas antes.
—No —respondí, sin dejar de mirarme—. Solo... estoy viendo que mi vientre empieza a notarse. Ya no puedo ocultarlo, Bruno.
Él caminó hacia mí, deteniéndose a mis espaldas. Por un segundo, nuestras miradas se cruzaron en el reflejo. Su mano amagó con subir hacia mi cintura, pero se detuvo en el aire antes de volver a su costado.
—Así parece —dijo con frialdad—. Y ya que hablamos de cambios y de futuro, tengo algo que decirte. He tomado una decisión importante.
Me giré para encararlo, sintiendo un presentimiento amargo en la boca del estómago.
—¿A qué te refieres?
—He decidido que yo también quiero ser padre —soltó sin anestesia.
Lo miré con asombro, una chispa de esperanza absurda encendiéndose en mi interior. ¿Acaso estaba aceptando a los bebés? ¿Acaso el roce de nuestros cuerpos este último mes le había devuelto la cordura?
—Bueno... para eso debes esperar a que los mellizos nazcan —le dije con una sonrisa tímida—. Solo faltan seis meses.
Bruno soltó una risa seca, una que me heló la sangre.
—No me has entendido, Paula. No estaba pensando en ser padre contigo. No quiero cargar con la responsabilidad de criar hijos cuya procedencia es un misterio para mí. He decidido ser padre con otra persona.
El aire se escapó de mis pulmones. Retrocedí un paso, buscando apoyo en la cómoda.
—¿De qué hablas? ¿Vas a alquilar un vientre? —pregunté, mi voz quebrandose.
Él sonrió de esa forma cruel que reservaba solo para nuestras discusiones privadas.
—¿Para qué voy a hacer eso si puedo tener a las mujeres que quiera a mis pies? De hecho, ya he decidido quién llevará en el vientre al hijo que sí llevará mi sangre. Y no será por vientre de alquiler, sino por método natural. Como debe ser.
—¡No se te ocurra engañarme con otra persona! —le grité, la indignación superando al dolor—. ¡Estamos casados, Bruno! ¡Me obligaste a estar aquí!
—¿Y eso no fue lo que tú hiciste? —contraatacó, acercándose peligrosamente—. Me engañaste desde el primer día. Me hiciste creer que eras una cosa mientras llevabas la semilla de otro dentro.
—¡Yo no te engañé, aunque tu orgullo herido no te deje creerlo! —exclamé, las lágrimas empezando a nublar mi vista—. Me enteré de mi embarazo después de conocerte. Jamás te traicioné.
—Nunca lo aceptarás porque no te conviene perder el acceso a mi apellido —dijo él, ignorando mis palabras con una frialdad absoluta—. Pero no importa. No voy a discutir más. Solo te aviso para que no te sorprenda si llego tarde. Esta noche iniciaré "la tarea" con Sasha. Ella está más que dispuesta.
Sentí como si me hubieran dado una bofetada en medio del pecho.
—¿Estás loco? —le pregunté, la voz llena de asco—. ¿Con esa mujer? ¿Con Sasha, después de todo lo que ha intentado hacernos?
—Será con la mujer que yo quiera, Paula. Tú no tienes voz ni voto en mis decisiones privadas —sentenció, dándose la vuelta—. Ya es hora de irse a la oficina. Muévete.
Cuando Bruno se dio la vuelta para salir de la habitación, el pánico me invadió. Corrí hacia él y lo abracé por la espalda, hundiendo mi rostro en la tela fina de su saco.
—No lo hagas, Bruno... por favor. No hagas esto —le supliqué entre sollozos—. Vas a destruir mi corazón por completo. No podré soportar saber que estás con ella mientras yo llevo a estos bebés.
Él se quedó rígido, pero no me devolvió el abrazo. Sus manos bajaron las mías de su cintura con una firmeza que dolió más que un golpe.
—Solo quieres asegurar que lo que yo te dé durante estos dos años de matrimonio sea solo para ti y tus hijos —dijo sin girarse—. Te aterra que un heredero legítimo aparezca y te quite una parte del pastel.
—¡No es cierto! —grité, soltándolo—. ¡No me importa tu dinero! ¡Me importas tú!
—No hablemos más de lo mismo, Paula. Es agotador —cortó él, abriendo la puerta—. Es hora de irse a la empresa. Camina.
El trayecto a la oficina fue un calvario de silencio sepulcral. Llegamos veinte minutos después. Al bajar del auto, Bruno me tomó de la mano con una fuerza que parecía real, pero yo sabía que era solo para las cámaras invisibles que siempre parecían acecharnos. Caminamos por el lobby, recibiendo los saludos respetuosos de los empleados, fingiendo ser la pareja poderosa y feliz de la revista Forbes.
En cuanto entramos a su oficina y la pesada puerta de madera se cerró tras nosotros, Bruno soltó mi mano como si le quemara.
—Te enviaré por correo un proyecto nuevo —dijo, dirigiéndose a su escritorio sin mirarme—. Necesita un plan de marketing agresivo. El presupuesto es abierto para la inversión, así que no escatimes en recursos.
—Lo voy a verificar —respondí secamente, dándome la vuelta para marcharme a mi propio espacio. No quería estar cerca de él ni un segundo más.
Justo cuando puse la mano en el pomo de la puerta para salir, esta se abrió desde fuera con violencia. Sasha entró como un torbellino de perfume caro y arrogancia, pasando por mi lado sin siquiera mirarme. Corrió directamente hacia Bruno y se lanzó a sus brazos frente a mis ojos.
—¡Bruno, mi amor! —exclamó ella, con una voz chillona que me revolvió las entrañas—. ¡Me encantó recibir tu llamada anoche! No podía creerlo cuando me dijiste que quieres tener un hijo conmigo. ¡Es el sueño de mi vida!
Me quedé paralizada, sintiendo que el suelo desaparecía bajo mis pies. Miré a Bruno, buscando en su rostro alguna señal de que todo era una broma macabra para castigarme.
—¿Es en serio lo que vas a hacer, Bruno? —pregunté, mi voz apenas un susurro lleno de agonía.
Él la sostuvo por la cintura, mirándome fijamente por encima del hombro de Sasha.
—No estaba bromeando, Paula. Te lo dije esta mañana.
Sasha se giró hacia mí, con una sonrisa de victoria que irradiaba malicia pura.
—¿Escuchaste, querida? —se burló—. Bruno por fin se dio cuenta de quién merece llevar a su heredero. Estoy tan feliz, más de lo que debería. Es cuestión de tiempo para que tú y esos... pequeños errores que llevas ahí, sean solo un recuerdo borroso.
La rabia, una furia ciega que nunca antes había sentido, se apoderó de mí. Me acerqué a Sasha a zancadas, la tomé del brazo con una fuerza que la hizo soltar un grito de sorpresa y empecé a arrastrarla hacia la salida.
—¡Ahora mismo vas a salir de esta oficina y no volverás más! —le grité—. ¡No mientras yo sea la esposa de este hombre!
—¡Suéltame, loca! ¡Bruno, ayúdame! —chillo Sasha, intentando zafarse sin éxito.
—¡Paula, suéltala ahora mismo! —ordenó Bruno, levantándose de su asiento.
—¡La soltaré una vez que esté fuera de esta oficina! —le respondí, sin detenerme.
Llegué a la puerta, la abrí de un tirón y empujé a Sasha hacia el pasillo con una energía que no sabía que poseía. Cerré la puerta con llave antes de que pudiera reaccionar, y de inmediato empezaron los golpes y los gritos histéricos de Sasha desde el otro lado, exigiendo que la dejaran entrar.
Me giré hacia Bruno, que me miraba con una mezcla de furia y asombro. Me acerqué a su escritorio y le grité con todo el dolor que llevaba acumulado en este mes de farsa.
—¡Escúchame bien, Bruno Santoro! ¡Si tienes un hijo con esa mujer o con cualquier otra mientras estés casado conmigo, jamás te lo perdonaré! ¡Me oyes! ¡Jamás!
Él se acercó a mí, sus ojos echando chispas.
—Tú no tienes derechos sobre mí, Paula. Tú rompiste cualquier derecho el día que me mentiste.
Iba a responderle, iba a decirle que lo amaba tanto que me estaba muriendo por dentro, pero de repente, una punzada aguda y eléctrica me atravesó el vientre. Fue un dolor sordo pero persistente que me hizo doblarme por la mitad. Gemí, llevándome las manos instintivamente a la parte baja de mi abdomen.
—Me... me duele —susurré, sintiendo que la fuerza se me escapaba por las piernas.
La expresión de Bruno cambió en un microsegundo. El odio desapareció, reemplazado por un terror genuino. Rodeó el escritorio y me tomó por los hombros antes de que me cayera.
—¿Qué pasa? Paula, háblame —dijo, su voz cargada de urgencia.
—Me duele el vientre... es un dolor muy fuerte —dije, apretando los dientes mientras el sudor frío empezaba a brotar en mi frente.
Él me ayudó a sentarme en el sofá de la oficina. Corrió a buscar un vaso de agua y me obligó a beberlo, pero el dolor no disminuía. Yo seguía quejándome, sintiendo que algo estaba muy mal, que mis bebés estaban en peligro por culpa de mis nervios y de su crueldad.
Inesperadamente, Bruno no esperó a que yo dijera nada más. Me tomó entre sus brazos con una firmeza protectora que no había visto en mucho tiempo y salió de la oficina a zancadas, ignorando a Sasha, que seguía en el pasillo, y a todos los empleados que nos miraban con estupefacción.
—¡Abran paso! —gritó mientras corría hacia el ascensor.
Diez minutos después, que me parecieron una eternidad de agonía, ya estaba sobre una camilla en la sala de emergencias del hospital. Bruno no se separó de mi lado, hablando con voz entrecortada con la doctora que nos recibió.
—Le duele mucho el vientre. Está embarazada de tres meses... son mellizos —explicaba él, su mano apretando la mía con una fuerza que delataba su pánico.
—Tranquilo, señor. Voy a revisarla de inmediato —dijo la doctora Rivas, la misma que me había atendido antes.
Me llevaron a una sala privada donde me hicieron un ultrasonido de emergencia. El silencio en la habitación era sepulcral mientras la doctora movía el transductor sobre mi piel. Bruno estaba de pie junto a mi cabeza, con la mirada fija en la pantalla, conteniendo el aliento.
—Todo está bien con los bebés —dijo finalmente la doctora, y sentí que la vida me regresaba al cuerpo—. Sus corazones laten con fuerza. Sin embargo, Paula, el dolor es real. Tu cuerpo está reaccionando a un nivel de estrés extremo. Es necesario que tomes reposo absoluto para evitar cualquier riesgo mayor.
—¿Por qué me dio ese dolor, doctora? —pregunté con la voz temblorosa.
La doctora me miró con seriedad, y luego miró a Bruno de soslayo.
—Estos dolores abdominales en el primer trimestre, especialmente bajo situaciones de alta tensión emocional, pueden ser indicios de una amenaza de aborto. Tu cuerpo está intentando decirte que ya no puede más.
El corazón se me encogió. Miré a mis hijos en la pantalla, esas dos pequeñas luces que luchaban por existir.
—No quiero que eso pase... —sollocé—. No quiero perderlos. Haré lo que sea.
—Por tal razón debes cuidarte de forma estricta —instruyó la doctora—. Reposo, nada de discusiones, nada de trabajo por ahora. Te daré una medicación para relajar el útero y tendrás que seguirla al pie de la letra. Si no te cuidas, Paula, las consecuencias pueden ser irreversibles.
Miré a Bruno. Él tenía la cabeza baja, y por primera vez vi que sus hombros temblaban ligeramente.
No sabía si era por la culpa o por el miedo, pero en ese momento, rodeada de máquinas y el olor a hospital, lo único que me importaba era que mis hijos estuvieran a salvo de nosotros mismos.
El trayecto de regreso a la mansión fue un desierto de palabras. El motor del auto roncaba con una monotonía que martilleaba en mis sienes, mientras yo mantenía la mano derecha firmemente apoyada en mi vientre, como si con ese contacto físico pudiera transmitirles a mis hijos toda la paz que mi mente no poseía. Bruno manejaba con una rigidez absoluta, sus nudillos blancos apretando el volante de cuero, la mandíbula tensa como un resorte a punto de quebrarse.
Había pasado apenas una hora desde que el caos estalló en la oficina, pero me sentía como si hubiera envejecido diez años. El miedo a perder a los mellizos me había dejado una debilidad en las rodillas que no desaparecía, una sensación de fragilidad que me resultaba insoportable.
Cuando el auto se detuvo finalmente frente a la escalinata de la mansión, el silencio se volvió aún más pesado. Bruno bajó sin mirarme, rodeó el vehículo y abrió mi puerta. Antes de que pudiera intentar ponerme en pie, me tomó nuevamente en sus brazos. No protesté; no tenía fuerzas para el orgullo.
Al cruzar el umbral, Rebeca apareció en el vestíbulo principal. Al vernos, sus ojos se abrieron con asombro y dejó caer el libro que sostenía.
—¿Bruno? ¿Paula? —preguntó, acercándose con paso rápido y el rostro cargado de preocupación—. ¿Por qué regresaron tan rápido? Apenas es mediodía. ¿Pasó algo en la empresa?
Bruno se detuvo, sosteniéndome con una firmeza que contrastaba con la frialdad de su expresión.
—Paula tuvo un dolor fuerte en el vientre, madre —respondió él, su voz resonando en el mármol del vestíbulo—. La llevé al hospital de urgencia. La doctora la envió a reposar de forma estricta por unos días, así que la llevaré directamente a la habitación.
Rebeca palideció, llevándose una mano al pecho.
—¡Dios mío! ¿Pero están bien? ¿Los bebés están bien? —preguntó, siguiéndonos mientras Bruno empezaba a subir las escaleras.
—Sí, Rebeca —respondí yo, apoyando la cabeza en el hombro de Bruno, sintiendo el calor de su cuerpo a pesar de la barrera de hielo que él mismo había levantado—. Están bien, pero la doctora dice que debo cuidarme mucho. Ha sido un susto muy grande.
—Oh, mi niña, claro que sí. No te muevas para nada, yo me encargaré de que no te falte nada —dijo Rebeca con una ternura que me hizo querer llorar.
Bruno no se detuvo a dar más explicaciones. Entró en nuestra habitación y me depositó en la cama con una delicadeza casi contradictoria. Me acomodó las almohadas y estiró las sábanas de seda sobre mis piernas.
—No debes levantarte —sentenció, mirándome a los ojos por primera vez en horas—. Al menos que sea para tomar un baño rápido. Nada de esfuerzos, nada de escaleras, nada de caminar por la casa. El reposo es absoluto, Paula.
—Me cuidaré mucho, Bruno —le aseguré, mi voz apenas un susurro—. No quiero perder a mis hijos. Por nada del mundo permitiría que algo malo les pase por mi culpa.
Él se quedó callado un momento, observando cómo mi mano seguía protegiendo mi vientre. Sus ojos se suavizaron apenas un milímetro, una g****a mínima en su armadura.
—Si te cuidas, no los perderás —dijo con una voz más baja—. No te preocupes por el trabajo, ni por la oficina. El mundo no se va a detener porque te tomes unos días.
—Trabajaré desde la casa —le corregí de inmediato—. No puedo quedarme sin hacer nada, me volvería loca pensando en todo. Armaré todo el proyecto de marketing desde aquí, enviaré las estrategias por correo y coordinaré con mi equipo de trabajo por videollamadas. No afectará el rendimiento.
Bruno suspiró, frotándose la nuca.
—Como tú quieras hacerlo está bien, siempre y cuando no te agotes. No quiero volver al hospital hoy mismo.
—Gracias —le dije, mirándolo fijamente—. Gracias por ayudarme, por traerme... por estar ahí en el hospital.
Él desvió la mirada, acomodándose el cuello de la camisa que ya no tenía corbata.
—No fue nada —respondió con sequedad—. Después de todo, yo provoqué que te enojaras. Yo causé ese dolor en tu vientre con lo que pasó en la oficina.
—Sí, es cierto —admití, sintiendo el peso de la amargura regresar—. Pero yo tampoco debí comportarme así. No debí perder los estribos de esa manera, aunque me doliera lo que estabas diciendo.
Bruno se puso de pie, recuperando esa distancia profesional y emocional que tanto le gustaba mantener. Se ajustó el saco y revisó su reloj.