Mientras el agua caía sobretodo mi cuerpo, busqué en los rincones de mi memoria: el color de sus ojos, la forma de su nariz, una marca, algo... Pero nada.
Solo recordaba la intensidad de su boca y esa sensación de posesión que me había hecho sentir viva por primera vez en toda mi vida.
Intentar recordarlo fue inútil. Él era una sombra en mi memoria, así que era mejor olvidarlo.
A las nueve de la mañana, salí de casa. Me sentía un poco más recuperada, aunque el aturdimiento seguía allí, como una neblina mental.
Llevaba mi mejor conjunto para la entrevista y trataba de repasar mis respuestas en mi cabeza.
Caminaba por la acera de una avenida concurrida cuando decidí que era momento de cruzar la calle.
Justo cuando puse un pie en el asfalto, mi móvil empezó a sonar dentro de mi bolso.
—¿Ahora? —refunfuñé.
Busqué el teléfono frenéticamente, distrayéndome de lo que pasaba a mi alrededor.
Cuando finalmente lo encontré y bajé la mirada a la pantalla, un ruido violento de neumáticos contra el pavimento me hizo saltar el corazón.
El impacto no fue directo, pero el golpe del guardafangos contra mi cadera fue suficiente para enviarme directo al suelo.
—¡Ah! —solté un grito fuerte al caer.
Me quedé sentada en el pavimento, aturdida, sintiendo el raspón en la palma de mis manos.
El corazón me latía a mil por hora. Escuché el portazo de un auto y unos pasos apresurados que se acercaban a mí.
—¡Oh, Dios! ¿Está bien? ¿Se encuentra bien? —preguntó una voz masculina llena de preocupación.
Levanté la vista, parpadeando para enfocar.
—Sí... sí, creo que sí. Solo ha sido el susto —dije, un poco aturdida.
—Déjeme ayudarla a levantarse —me dijo, extendiendo su mano hacia mí.
Acepté su mano y, cuando sus dedos se cerraron sobre los míos, sentí una extraña corriente eléctrica que me recorrió el brazo.
Me ayudó a ponerme en pie con delicadeza.
Cuando finalmente estuvimos frente a frente, nuestras miradas se cruzaron.
Era un hombre joven, de facciones amables y ojos brillantes, pero un hombre imponente.
Yo allí, despeinada, en medio de la calle, y él con cara de pánico total.
Ambos soltamos una pequeña sonrisa al mismo tiempo, una risa nerviosa que ni yo misma entendí.
—En serio, debería llevarla al hospital —insistió él, sin soltar mi mano todavía. —Podría tener una lesión interna o algo.
—No, de verdad, no es necesario —respondí, sacudiéndome el polvo de la falda. —Me caí más por el susto que por el golpe. El auto apenas me rozó.
Él suspiró hondo, visiblemente aliviado, pero luego su expresión se volvió un poco más seria, aunque mantenía un brillo divertido en los ojos.
—Lamento mucho lo que pasó, de verdad.
Pero... no debería estar mirando el teléfono mientras cruza la calle. Es muy peligroso.
Sentí que mis mejillas se calentaban. Tenía toda la razón.
—Tiene razón —admití, bajando la mirada un segundo. —Estaba distraída. Lección aprendida. Pero como no pasó nada grave, seguiré mi camino. No quiero llegar tarde a donde voy.
—Está bien —respondió él con una sonrisa. —Pero tenga mucho cuidado de ahora en adelante.
—Lo tendré. Gracias —le dije.
Lo vi caminar de regreso a su auto y subirse, mientras que yo retomé mi camino por la acera, sintiendo cómo el corazón recuperaba poco a poco su ritmo normal.
Después de veinte minutos de caminata apresurada, en los que mi corazón no dejó latir fuera de lo normal, finalmente me encontré frente a un imponente edificio de cristal que parecía tocar el cielo.
Era la sede central de las empresas Santoro.
Me detuve un segundo frente a las puertas giratorias para alisar mi falda y asegurarme de que el raspón de mi mano no fuera tan evidente.
Entré al edificio, era un espacio frío y minimalista que gritaba poder y dinero.
Mis tacones resonaban contra el mármol mientras me acercaba al mostrador de recepción, donde una joven de aspecto impecable escribía concentrada en su computadora.
—Buenos días —dije, tratando de proyectar una seguridad que no sentía. —Tengo una reunión de negocios con el señor Bruno Santoro.
La chica levantó la vista y me escaneó de arriba abajo con una cortesía profesional pero distante.
—¿Es usted la señorita Paula Miller? —preguntó.
—Sí, soy yo —respondí con seguridad.
—El señor Santoro la está esperando, señorita Miller.
—Excelente. Entonces no lo haré esperar ni un segundo más —le dije, regalándole una sonrisa.
La recepcionista se puso en pie y me indicó con un gesto que la siguiera.
Subimos en un ascensor privado que subió tantos pisos que sentí la presión en los oídos.
Al salir, caminamos por un pasillo alfombrado que amortiguaba cada paso, hasta que nos detuvimos frente a una imponente puerta de madera lacada en un rojo, un color que imponía respeto y autoridad.
—Puede entrar —dijo ella antes de retirarse.
—Muchas gracias— Respondí con amabilidad.
Me quedé sola frente a esa puerta roja, cerré los ojos por un instante, respiré hondo y solté el aire lentamente, tratando de no verme nerviosa.
Tenía que conseguir este empleo, así que con decisión, giré el pomo y entré.
La oficina era inmensa, con ventanales que ofrecían una vista panorámica de toda la ciudad.
Un hombre estaba de espaldas, mirando hacia el exterior, con las manos entrelazadas detrás de su espalda erguida.
—Buenos días —dije, dando unos pasos hacia el centro de la oficina. —Le pido una disculpa por estos minutos de retraso, señor Santoro. Tuve un pequeño accidente en el camino.
El hombre no se giró de inmediato. Su voz, fría y autoritaria, hizo que mi piel se erizará y que los nervios que había dejado atrás, revesaran.
—Para mí, un minuto es dinero perdido, señorita Miller y el dinero es algo que yo no suelo perder.