Sin rostro

1026 Words
La mañana siguiente, el fuerte dolor de cabeza, fue lo primero que me dio la bienvenida al mundo de los vivos. Me dolía la cabeza de una forma atroz, anoche el vino se me había ido de las manos. —Maldita sea... —dije con la voz baja y casi ronca. Me quedé inmóvil unos segundos, esperando que el mundo me dejara de dar vueltas. Poco a poco, los fragmentos de la noche anterior empezaron a aparecer en mi memoria como ráfagas de viento. El bar, la apuesta con Daelis, los escalones, el hombre del traje azul... Abrí los ojos de repente y me incorporé, ignorando el mareo. Estaba en una suite espectacular, rodeada de un lujo que no pertenecía a mi realidad. La cama era inmensa, con sábanas de una seda tan fría como el sudor que empezó a recorrer mi nuca. Miré a mi alrededor con desesperación, buscando a alguien, pero la habitación estaba en un silencio. Estaba sola, completamente sola. Me froté la cara con las manos, tratando de visualizar su rostro. Recordaba la calidez de su aliento, la fuerzas de sus manos sobre mi piel, Pero su cara era una mancha borrosa en mi mente. La oscuridad y el efecto del alcohol habían borrado cualquier rasgo distintivo. Había cometido la locura más grande de mi vida con un completo desconocido y ni siquiera sabía a quién le había entregado lo más valioso que tenía. —Paula, ¿en qué estabas pensando? —me recriminé en voz baja. El pánico se instaló en mi pecho. Me bajé de la cama de un salto y busqué mis pertenencias. Mi vestido estaba en el suelo, junto a mi ropa interior. Me vestí con una rapidez como si estuviera siguiéndome, tropezando con mis propios pies mientras me subía la cremallera y me ponía los tacones, que ahora me parecían instrumentos de tortura. Cuando estaba a punto de salir, algo sobre la mesa de noche llamó mi atención. Era una pequeña nota de papel crema, elegante, con una caligrafía perfecta y aristocrática. Al lado de la nota, descansaba un papel rectangular que reconozco al instante. Alcé la nota y sentí que la sangre se me congelaba al leer las pocas palabras escritas: "Tus buenos servicios de anoche merecen ser recompensados. Espero que esto sea suficiente. Toma el cheque." Mis manos empezaron a temblar. No de frío, sino de que ese hombre pensará que era un servicio. Dejé la nota y tomé el cheque. Mis ojos se abrieron desmesuradamente al ver la cifra: 20,000 dólares. Veinte mil dólares. Por un segundo, el silencio de la habitación se llenó con el sonido de mi respiración entrecortada. Él pensaba que yo era una profesional. Él pensaba que podía ponerle una etiqueta de precio a mi entrega, pero solo fue una noche impulsiva. —¿Servicios? —dije con desprecio. — ¿Crees que esto es lo que valgo? Sin pensarlo dos veces, agarré el cheque por los extremos y lo rasgué con enojo. Una, dos, tres, cuatro veces, hasta que los pedazos de papel cayeron sobre la alfombra como confeti sin valor. —Mi virginidad no estaba a la venta, imbécil —dije con los dientes apretados, aunque no hubiera nadie para escucharme. Salí de la suite sin mirar atrás, con la cabeza en alto a pesar de que me dolía un montón. Atravesé el pasillo y todo el hotel como si me persiguiera el mismísimo peor enemigo. Media hora después, llegué a la casa donde compartía casa con Leila y Daelis. El camino en el taxi había sido un calvario de pensamientos intrusivos. Me sentía sucia, pero al mismo tiempo, extrañamente liberada, no fue malo, al contrario, fue increíble, y eso me hacía sentir así. Al llegar a la puerta, saqué mis llaves con cuidado, intentando no hacer ruido. Quería escabullirme a mi cuarto, ducharme hasta borrar el rastro de sus manos y dormir un siglo. Giré la llave lentamente y empujé la puerta centímetro a centímetro. Pero mi plan de sigilo fracasó en el segundo en que puse un pie dentro. Mis dos amigas estaban sentadas en el sofá, esperándome como un comité de bienvenida. —¡Gracias al cielo! —exclamó Leila, levantándose de un salto. Su rostro reflejaba una angustia real. —Paula Miller, ¿tienes idea de lo preocupada que estaba? No respondiste las llamadas, no sabíamos si te había pasado algo... ¡Casi llamo a la policía! Daelis, por el contrario, permanecía sentada, con una sonrisa de alegría y los brazos cruzados. —Yo no estaba preocupada —soltó Daelis con tono divertido. —Es obvio que la pasó de maravilla. Mírale la cara, parece que ha visto un fantasma o que ha tenido la mejor noche de su vida. Me dejé caer en el sofá, agotada física y mentalmente. Las miré a ambas y solté un suspiro profundo. —Estoy bien, de verdad —dije, tratando de sonar convincente. —Y sí... sucedió. Ya no soy virgen. Leila se llevó una mano a la boca, mientras que Daelis soltó una risa de triunfo levantando sus manos al cielo. —¡Lo sabía! —gritó Daelis. —Bueno, Paula, ahora te debo un carro. Una apuesta es una apuesta. —Daelis, por favor, no es el momento —la regañó Leila, sentándose a mi lado y tomando mi mano. —Paula, ¿estás segura de que estás bien? No debiste irte así con un desconocido. Pudo haber sido un psicópata, un asesino... No sabías nada de él. Sonreí recordando casi nada, per mi cuerpo sabía que había sido un momento único. —No fue un psicópata, Leila. Solo fue... un error necesario —mentí a medias. —Pero no quiero seguir hablando de esto ahora. Tengo una entrevista de trabajo en un rato y necesito estar lúcida. Me levanté del sofá antes de que pudieran acribillarme a más preguntas. —¡Pero Paula! —intentó decir Leila. —Hablamos luego, de verdad —corté, caminando hacia mi habitación. Entré en mi cuarto y me encerré. Fui directo al baño, abrí la llave de la ducha y dejé que el agua cayera a máxima presión.
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