CELESTE
Apenas metí el carro al garaje y apagué el motor, me quedé unos segundos agarrada al volante. Respiré hondo. Ahí estaba esa puerta de madera enorme, imponente como siempre. Y yo con un nudo en el estómago.
Mi papá, es de los que les gusta vivir como reyes. Todo elegante, todo impecable. Y mamá, pues... ella se esmera por las flores, así que el jardincito de la entrada parece de una boda.
Estaba a punto de abrir la puerta cuando se me adelantaron. Martha, nuestra cocinera de toda la vida, apareció con esa sonrisa cálida. Esa mujer me cuidó más que cualquiera.
—¿Y los viejos? —le pregunté mientras cruzaba el umbral con una sonrisa medio forzada.
Entré a la cocina, tiré el bolso sobre la encimera y fui directo al refri por un juguito de manzana. No quería pensar mucho, pero los nervios ya me tenían seca.
—Tu mamá... —Martha empezó, pero justo se oyen carcajadas desde el despacho de papá. Pasos rápidos. Y entonces...
—¡Tía Celeeeeste! —gritó Julián, mi terremoto favorito, corriendo hacia mí con los bracitos abiertos.
Me abrazó las piernas y me derretí. Ese chiquillo es un clon de su papá, salvo por el pelo, que lo sacó de Isa.
Lo cargué y lo monté en mi cadera como cuando era bebé. Le di un beso sonoro en la mejilla y se rió a carcajadas.
—¿Y cómo está mi campeón hoy?
—Hice un barquito en clase, con solo dos hojas —dijo con orgullo.
Agarré mi vaso y fuimos a la sala mientras él me contaba todo su día. Lo senté en el sofá y me acomodé junto a él.
—¿Y tu mami? —le pregunté mientras recogíamos unos juguetes.
—Con la abuela, el abuelo y papá —respondió sin levantar la vista.
Y ahí apareció mamá, radiante como siempre, con ese vestido n***o sencillo pero elegante, y el cabello rizado que le da ese toque tan de ella. Se veía hermosa.
—Hola, mami —le dije con un abrazo corto.
Entraron los demás: Isa, Sebas, y el jefe de la casa.
—¡Mi hermosa! —soltó Isa abrazándome.
—¿Ya pensabas que me iba a desaparecer? —le respondí entre risas.
—Ni loca. Vine a recordarte que no se descansa en esta familia —me dijo guiñando el ojo.
—Cuñado, qué milagro —dije, mientras papá alzaba a Julián.
Papá me miró con esa mezcla de cariño y sospecha que le sale natural.
—¿Qué andas haciendo, Celestita?
Sentí cómo me tragaba el miedo. ¿Será que ya sabe?
—Acá… todo tranquilo... ya casi empiezan las clases —dije sin ganas, bajando la mirada.
Me senté con Isa, tratando de no parecer una bomba a punto de explotar. Mamá se acomodó con papá, y Sebas tomó el otro sillón. Todo muy normal.
Hasta que vibró el teléfono.
Vivienne: ¿Y? ¿Ya se lo dijiste?
Yo: Todavía no.
Vivienne: No lo aguantes más. Dilo y listo.
La leí en seco. Tenía razón. Esto no se puede estirar. Pero... ¿cómo les digo? Los veía ahí, todos tan relajados.
Respiré hondo. Una, dos veces. Me tragué el miedo.
—Tengo que contar algo. Es importante —dije en voz clara, pero sin mirar a nadie.
Silencio.
Todos me miraron. La presión en el pecho me mataba. Isayana me tomó la mano con fuerza.
—Cele, respira. Estás hiperventilando —me dijo, preocupada.
Solté aire y bajé la mirada.
—Estoy embarazada —solté de golpe, sin adornos.
Todo quedó mudo.
Papá me fulminó con la mirada. Mamá e Isa se quedaron congeladas.
—¿Qué? —exclamó Isa, como si no pudiera procesarlo.
Yo seguí mirando mis zapatos, deseando desaparecer.
—¿Cassian ya sabe? —preguntó Isa, de pronto más calmada.
Negué con la cabeza. Los ojos ya se me llenaban de lagrimas.
Isa se dejó caer al sofá, decepcionada.
Y yo, ahí, tragándome la culpa como si pudiera.
—No lo puedo creer, Celeste… me rompiste el corazón —dijo mi mamá con la voz temblando, pero los ojos llenos de rabia. Nunca la había visto tan dolida. Nunca me había dicho algo así.
Sentí que el suelo se me abría. ¿Cómo llegamos a esto?
—Mamá, por favor… —le rogué, la voz hecha trizas—. Me equivoqué, lo sé. Pero no digas eso. No lo digas…
Las lágrimas me ardían en la cara, pero ya no sabía si era por tristeza o vergüenza.
—Todo lo que hice fue por ti. Te di comodidades, te apoyé en todo. Teníamos un plan, hija… —me decía con la garganta apretada, pero sin parar.
Isayana intentaba detenerla, ponerle un freno, pero mi madre ya venía con el corazón apretado desde antes.
—Y vas y te embarazas de ese tipo... ese tipo que no te valora, que ni siquiera te toma en serio —escupió como veneno.
—No es así —negué de inmediato—. Cassian me quiere, te lo aseguro. Lo vas a ver. Él va a estar conmigo, presente en todas mis etapas.
Siempre dijeron que Cassian era un desastre: mujeriego, altanero, un idiota con cara bonita y bolsillo lleno. Que me iba a romper el corazón. Nunca lo aceptaron, aunque yo les mostrara mil veces que conmigo era distinto. Isa sí estuvo de mi lado. Ella sí me creyó.
Mi papá, en cambio, había estado callado desde que solté la bomba. Callado, pero con esa cara seria.
Se puso de pie. Lento. Y me miró sin pestañear.
—No esperaba esto de ti. Pero bueno... ya estás grande, ¿no? Ya puedes decidir sola, criar sola... vivir sola —dijo con ese tono frío.
Me quedé helada.
—Así que... hazlo. Vive sola. Llévate tus cosas y sal de esta casa —lanzó como una sentencia, sin levantar la voz.
—¿Qué...? No... papá, por favor. No me hagas esto. No tengo a dónde ir… —me desesperé, ya sin saber qué decir.
—No terminé —me cortó de golpe—. El auto, las tarjetas, todo eso... se acabó. No representas esta familia hasta que demuestres que puedes hacerte cargo de tu vida. Lo único que te voy a pagar es la universidad. Lo demás, arréglate como puedas.
Las piernas se me aflojaron. Me temblaba todo.
Mamá e Isa también lloraban. Isa quería decir algo, pero se notaba que estaba en shock.
—Tienes una hora para tomar tus cosas y para irte —cerró mi papá antes de darse media vuelta.
Corrí tras él. Me interpuse, llorando.
—Papá, ¡no! Te lo ruego. No me dejes sola. ¡Por favor! —caí de rodillas, tirando de su brazo.
Me soltó sin mirarme y subió.
Corrí hacia mamá. Me abracé a ella con todo lo que me quedaba de fuerza.
—Mamá… ayúdame. Por favor. Hablale. ¡Soy tu hija! ¿No me vas a dejar sola?
Ella me sostuvo un instante… solo uno.
Y luego gritó algo que no voy a olvidar mientras viva.
—¡Martha!
La escuché venir desde la cocina. Su cara, su mirada... ya lo había oído todo.
—Ayudala a empacar. Que saque todas sus cosas —ordenó mi madre, rompiéndome una parte más del corazón.
Me miró como si no le quedara otra.
—Tu papá no escucha razones, lo sabes. Pero yo... yo voy a hacer lo posible. Por ahora... ándate con Cassian. Sé que no es lo ideal, pero es lo único que puedo ofrecerte. Dame unos meses. Voy a tratar de hacer que te perdone.
Se alejó sin decir más. Me quedé ahí, helada. Isa vino y me abrazó fuerte, sin palabras.
—Vas a estar bien, Celeste. Lo prometo —me susurró, aunque yo no podía ni hablar.
Caí de rodillas otra vez, sola, perdida. Me tapé la cara con las manos y lloré como nunca.
Y ahí lo entendí: ese día lo perdí todo. Familia, hogar, confianza. Todo en un instante.