Quiero que lo abortes

1140 Words
CELESTE Voy jalando mi maleta por la vereda, luchando con cada paso hasta llegar a la parada del bus. Tiro los bultos sobre el asiento de cemento y me dejo caer junto a ellos, rendida. Está tardísimo. Ni un alma esperando y seguro el bus viene cuando le da la gana. Saco el celular del bolso y marco el número de Cassian. Apenas suena un par de veces y ya atiende. —¿Todo bien, amor? —me dice, con esa voz entre apagada y agotada. Seguro viene de un turno eterno con su padre. —La verdad, no. ¿Puedes venir por mí a la parada? —le digo, midiendo las palabras. —¿Qué pasó? ¿Estás bien? —se alarma. —Te cuento en persona, ¿sí? Por aquí no quiero —respondo incómoda, cambiando de posición en el asiento. —Está bien. ¿Dónde estás? —La de siempre, la que está justo frente a la casa de mi papá. —Dame media hora —dice, y escucho cómo se mueve mientras cuelga. Me recuesto un poco. La farola alumbra fuerte y los grillos hacen su sonido, pero más allá de eso, puro silencio. Gente pasa, algunos me lanzan miradas raras. No les doy importancia. En algún momento, me quedo dormida sin darme cuenta. Unas manos suaves me sacuden. —Celeste, despierta —me llama Cassian, con su tono bajito. —Ya, ya… —respondo mientras me froto los ojos y me paro como puedo. —¿Qué pasa con todas esas maletas? —pregunta mientras empieza a cargar el equipaje al carro. —Es un cuento largo —digo sin mirarlo, con los ojos fijos en el suelo. —Tengo tiempo —me dice, alzando una ceja mientras arranca. —¿Podemos ir a tu casa primero? —pregunto. Asiente sin decir nada y se enfoca en manejar. Yo lo observo de reojo. Se ve molido, con esas ojeras que no perdonan, pero igual está guapísimo. Esa barba de dos días, el pelo peinado para atrás, su ropa cómoda que igual le queda increíble... Todo en él me hace sentir algo en el pecho. Desvío la mirada al paisaje, árboles y casas pasando a toda velocidad. Me acomodo el pelo detrás de la oreja. —Celeste, ¿qué está pasando? —me lanza otra vez, sin dejar de mirar la ruta. Siento que los ojos me pican, la garganta se me aprieta. Parpadeo, no quiero quebrarme. Lo miro y le digo bajito: —Está todo enredado ahora mismo, pero ya se va a arreglar. O eso espero. Fuerzo una sonrisa que ni yo me creo. Él me mira, dudando, pero decide no insistir. —Ojalá esto fuera un mal sueño y me despertara ya —murmuro, casi sin darme cuenta. El resto del viaje se va en silencio. Mi estómago revuelto, las manos frías. Llegamos a su casa tras una hora de camino. Ya había venido un par de veces. Aquí también vive Lucien, el novio de Vivienne, y Erling, su hermano. Es como un departamento compartido, pero con estilo. Cassian estaciona y baja. —Rowan, mete las maletas —le dice a alguien que está en la entrada. Yo lo sigo adentro. Me lleva a su oficina. El corazón me late con todo. Él entra primero, se sienta en su silla, tranquilo. Yo me quedo parada frente al escritorio. —Celeste —escucho que dice Cassian. Alzo la vista, y me pesa haberlo hecho. Tiene la mirada fria. Su cara, perfecta como siempre, ahora está tensa, dura como piedra. Intento respirar parejo, pero me tiembla todo el cuerpo. —Estoy embarazada —le digo, directo al grano, sin rodeos. Lo encaro. Él se levanta de golpe. —¿Cómo? —murmura, caminando de un lado a otro —No puede ser. ¡Te dije que no dejaras las pastillas! —revienta, acercándose. Su mirada me parte en dos. Me agarra del brazo con fuerza, esa fuerza que antes me protegía y ahora solo me da miedo. —¿Esto fue para amarrarme, no? —escupe. Intento soltarme, pero es imposible. —¿De verdad piensas que puedes obligarme a quedarme contigo por esto? —dice, cargado de desprecio. Miro al piso. No me salen las palabras. Me suelta de golpe y se sienta detrás del escritorio, como si así pudiera poner distancia. —Vas a abortar —suelta, frío, como si hablara de tirar basura. —¡No! —le respondo. La voz me sale rasposa, pero firme. —Tal vez fue un error, sí. Pero no solo mío. Tu también estuviste ahí. No voy a matar a este bebé solo porque a ti te conviene —le espeto, con los ojos clavados en él. Me mira sin decir nada. —¿Qué quieres conseguir con esto? ¿Qué drama estás armando ahora? Además, ni siquiera es un bebé todavía. No exageres —dice con esa indiferencia. Siento las lágrimas empujando, pero no se las voy a regalar. —Mi papá me echó de casa —digo, apretando los dientes. —¿Cómo? —pregunta, ahora más alerta. Me muerdo el labio. Paso los dedos por el cabello, buscando calma. —Me dieron la espalda. Todos. No tengo a dónde ir. Por eso vine —le digo, secándome la boca con la manga. —Solo te pido que no me obligues a hacer algo que voy a odiar el resto de mi vida. Se acerca lento. —Puedes quedarte —dice, sin una gota de afecto. —Pero no cuentes conmigo. Ni para ti ni para eso que tienes dentro. Y te lo advierto: si decides tenerlo, te prometo que te voy a hacer la vida imposible. Vas a rogar que esto nunca hubiera pasado —masculla, antes de salir del cuarto. —Mañana quiero una respuesta. Y se va, dejándome ahí, con el temblor en los huesos y el alma hecha trizas. Miro la puerta cerrada. Me siento vacía. Me siento usada. Siento que me dejaron en medio de una tormenta, sin nadie. Quizás mañana se le pase, me digo. Tal vez fue el susto. Tal vez... Un golpe seco en la puerta me saca del limbo. —¿Sí? —respondo con voz temblorosa. —El joven amo me ha pedido que la lleve a su habitación —dice una voz de mujer, suave. Abro la puerta. Es una de las muchachas que trabaja en la casa. Asiento, sin ganas de hablar, y la sigo. Subimos por una escalera larga y silenciosa. Me lleva hasta el último cuarto, a la izquierda. Cuando me deja sola, el silencio me aplasta. Me siento en la cama y dejo que las lágrimas salgan, sin contenerlas. Hoy se me cayó el mundo. Y lo más triste es que quienes prometieron estar, fueron los primeros en abandonarme.
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