Capítulo 2: El Juego de las Palabras
Desde que salí de la sala de visitas, no he podido dejar de pensar en él. Me repito una y otra vez que no es más que un cliente, que no debería afectarme de esta manera, pero los ojos de Joaquín, esa forma en la que me miraba… Hay algo ahí que no puedo ignorar, algo que hace que me sienta incómoda y, al mismo tiempo, extrañamente atraída.
Esa noche, me siento frente a mi escritorio con los documentos de su caso desplegados, tratando de concentrarme en lo que realmente importa: los hechos. Es lo que siempre hago, lo que se me da bien. Desglosar los datos, construir una defensa sólida a partir de las pruebas. Pero hoy, por más que lo intente, no puedo dejar de repasar cada una de las palabras que él me dijo.
"Te advierto: no será fácil de escuchar."
¿A qué se refería? ¿Qué era lo que no quería decirme? Estaba claro que Joaquín sabía algo más de lo que había confesado. Y, sin embargo, no era solo el caso lo que me perturbaba. Era él, esa presencia imponente que había llenado la sala, esa mirada que parecía querer atravesar todas mis defensas.
Tomo una bocanada profunda de aire y cierro los ojos, buscando una calma que no encuentro. No es la primera vez que tengo que enfrentarme a un cliente difícil, pero nunca antes había sentido esta… confusión. Me concentro en mi respiración, intentando alejar cualquier pensamiento que no tenga que ver con mi trabajo, pero, antes de darme cuenta, ya estoy planeando mi próxima visita a la prisión.
Dos días después
Cuando vuelvo a poner un pie en la prisión, me obligo a mantener la compostura. No soy una principiante, y lo que siento por dentro no debería tener ninguna importancia. El caso, el trabajo, eso es lo que cuenta. Pero mientras espero a que el guardia me acompañe de nuevo a la sala de visitas, una pequeña ansiedad comienza a crecer en mi pecho.
El sonido de las puertas pesadas cerrándose tras de mí es como una advertencia, un recordatorio de lo que está en juego. Me repito que no puedo permitirme ningún error, no puedo dejar que Joaquín, o cualquier otra persona, vea lo que realmente está pasando dentro de mí.
Cuando entro en la sala, él ya está allí, sentado en la misma silla de metal, esposado a la mesa. Esta vez, sus ojos no se levantan de inmediato. Está mirando fijamente a la pared, como si estuviera perdido en sus pensamientos. Me sorprende lo humano que parece en ese momento, como si la dureza que mostró la última vez se hubiera desvanecido por completo.
Me aclaro la garganta y sus ojos oscuros se alzan para encontrarse con los míos. Por un segundo, siento que el tiempo se detiene. Esos ojos, intensos y profundos, parecen escudriñar cada parte de mí, buscando algo que ni siquiera yo sé si estoy dispuesta a mostrar.
—Buenas tardes —digo, rompiendo el silencio. Mi voz suena más calmada de lo que me siento.
—Abogada Durán —responde él con una media sonrisa, esa misma que parece decir que sabe más de lo que está dispuesto a contar.
Me siento frente a él, tratando de mantenerme firme, tratando de recordarme que esto es solo trabajo. Pero no puedo ignorar la forma en que su presencia llena la pequeña sala. Es como si cada respiración que tomo fuera más pesada, como si el aire mismo se cargara de algo invisible entre los dos.
—He revisado los detalles de tu caso —digo, sacando los papeles de mi maletín, buscando una excusa para desviar mi atención de su mirada. Pero él no aparta los ojos de mí ni un segundo—. Y necesito más información, algo que no esté en los informes policiales. Si no me das más detalles, no voy a poder ayudarte.
—¿Ayudarme? —pregunta, con una pizca de ironía en su tono. Se inclina hacia adelante, y aunque las esposas limitan su movimiento, siento su proximidad como una corriente eléctrica recorriendo el aire entre nosotros—. ¿De verdad crees que puedes salvarme?
—Eso depende de ti —contesto, levantando la vista para enfrentar su mirada de nuevo. Me esfuerzo por mantenerme firme, pero no puedo evitar notar cómo el calor se acumula en mi pecho, cómo mi piel parece volverse más sensible bajo su escrutinio.
Joaquín se queda en silencio por un momento, como si estuviera sopesando mis palabras. Hay algo en su manera de observarme que me desconcierta, como si quisiera saber qué tan lejos estoy dispuesta a llegar, no solo en el caso, sino más allá de eso.
—¿Por qué lo haces, Sofía? —pregunta de repente, usando mi nombre como si ya tuviéramos algún tipo de confianza—. Defender a gente como yo. Sabes que soy culpable. ¿Qué te impulsa a seguir adelante?
Su pregunta me toma por sorpresa. Nadie me había preguntado eso tan directamente. ¿Por qué lo hago? Siempre he tenido claro mi propósito, pero ahora, bajo su mirada intensa, siento que mis respuestas habituales suenan vacías.
—Es mi trabajo —respondo, más a la defensiva de lo que quería sonar. Me aclaro la garganta y trato de recomponerme—. Todos tienen derecho a una defensa justa, incluso tú.
—¿Incluso yo? —repite él, con una ligera inclinación de cabeza, como si mis palabras le divirtieran. Se reclina hacia atrás en su silla, sus ojos nunca abandonando los míos—. ¿Crees que soy solo otro cliente, abogada? Porque no lo soy. Y tú lo sabes.
El aire en la sala se siente más denso, más pesado. Algo en su tono me hace sentir vulnerable, como si pudiera ver más de mí de lo que me gustaría. Mi corazón late con fuerza, y aunque quiero mantener la distancia profesional, hay algo en él, en la manera en que habla, en la forma en que me mira, que rompe todas mis barreras.
—Si quieres que te ayude, entonces necesito que seas honesto conmigo —digo finalmente, intentando retomar el control de la conversación. No puedo dejar que me desvíe, no puedo permitir que este juego de palabras me afecte.
Él sonríe, pero no es una sonrisa cálida. Es algo más oscuro, algo que me hace preguntarme qué es lo que realmente está pensando.
—Te seré honesto, Sofía, pero solo si tú también lo eres conmigo.
Su voz baja envuelve la habitación, llenándola de una tensión que casi puedo tocar. No sé a qué se refiere, no sé qué espera de mí, pero esa frase, esa promesa implícita, queda flotando en el aire entre nosotros.
Me quedo mirándolo, incapaz de responder de inmediato, y el silencio se estira entre los dos. Este no es el tipo de conversación que debería estar teniendo con un cliente, y, sin embargo, algo dentro de mí no puede apartarse, algo me impulsa a seguir.
—No estamos aquí para hablar de mí —respondo finalmente, mi voz un poco más suave de lo que pretendía.
Él sonríe, pero no dice nada más. Y, por alguna razón, eso me inquieta aún más que cualquier respuesta que pudiera haberme dado.
Cuando la reunión termina, me siento agotada, como si hubiera corrido una maratón emocional. Me obligo a recordar que esto es solo un trabajo, que Joaquín Velarde es solo otro caso, otro cliente. Pero mientras recojo mis cosas y salgo de la sala, no puedo evitar sentir que, de alguna manera, ya es demasiado tarde.