capítulo 8

1185 Words
**Capítulo 8: El precio de la verdad** El frío del acero parecía filtrarse en la atmósfera de la sala mientras las palabras de Joaquín aún resonaban en mi mente. "No saldremos ilesos de esto." Había asumido que este caso sería difícil, pero no imaginaba que me enfrentaría a algo tan profundo, oscuro y peligroso. Lo que acababa de revelarme no solo era una confesión, era una sentencia de muerte para ambos, y una advertencia de que las reglas que seguía en mi trabajo como abogada ya no se aplicaban aquí. Miré a Joaquín, y por primera vez, no lo vi como un hombre culpable luchando por su libertad. Lo vi como un hombre atrapado, acorralado por fuerzas que ninguno de los dos controlaba. Y, de alguna manera, yo también estaba atrapada. —Tenemos que hacer algo —dije finalmente, rompiendo el denso silencio—. Pero no sé por dónde empezar. Si este "jefe" es tan poderoso como dices, no hay un camino claro para seguir. ¿Cómo se supone que peleamos contra alguien que está por encima de la ley? Joaquín esbozó una sonrisa amarga, una que no llegó a sus ojos. —No peleamos, Sofía. Sobrevivimos. —Su voz era un susurro oscuro, cargado de un cansancio que me estremeció—. La verdad es que no sé si hay algo que puedas hacer. No puedo decirte todo sin ponerte en más peligro, pero si confías en mí… hay una pequeña posibilidad de salir de esto. Aunque no va a ser legal. Y no será limpio. Mi corazón se aceleró al escuchar esas palabras. Toda mi carrera había sido sobre jugar dentro de los límites, sobre usar la ley como mi arma más fuerte. Pero ahora, Joaquín me estaba diciendo que ese campo de batalla ya no existía, que había entrado en un juego donde las reglas se escribían con sangre y traiciones. —¿Qué estás sugiriendo? —pregunté, más por impulso que por querer conocer la respuesta. Sentía que las cosas iban a empeorar, que lo que Joaquín tenía en mente no era algo que yo pudiera manejar fácilmente. —La única manera de salir de esto —dijo, con una frialdad que me heló la sangre— es haciéndolos creer que estoy muerto. Me quedé paralizada. Esa no era la respuesta que esperaba. Había pensado en estrategias legales, en encontrar pruebas ocultas, incluso en descubrir quién era el asistente que había estado en la escena del crimen. Pero fingir su muerte... eso estaba en un nivel completamente diferente. —¿Cómo se supone que hagamos eso? —pregunté, tratando de mantener la calma—. Joaquín, esto es una locura. —Es la única salida —respondió con firmeza—. El jefe no dejará de buscarme. Si consigo que crean que estoy muerto, podría desaparecer. Y tú, Sofía, podrías seguir con tu vida. Sin riesgos. Sin más peligros. Una mezcla de emociones me golpeó con fuerza. Sabía que estaba atrapada en esta situación, pero la idea de ayudar a Joaquín a fingir su muerte me parecía insuperable. ¿Estaba dispuesta a cruzar esa línea? ¿A dejar atrás todo lo que había construido en mi vida profesional para salvar a un hombre que, aunque había confesado, sentía que no era el monstruo que todos creían? —No puedo —murmuré, más para mí misma que para él—. No puedo hacer esto, Joaquín. No puedo ser parte de algo así. Él me observó en silencio durante unos segundos, su expresión oscura y cargada de resignación. —Entiendo. No te lo pediría si no fuera necesario. Pero no tienes que tomar esa decisión ahora. Solo piénsalo. —Inclinó su cuerpo hacia atrás en la silla, las cadenas de las esposas tintineando suavemente—. Lo único que te pido es que lo consideres. Si no lo hacemos, no solo yo estaré muerto. Tú también estarás en peligro. Sus palabras me golpearon con fuerza. Ya no se trataba solo de mi carrera, de mantener mi integridad profesional. Se trataba de mi vida, de mi seguridad. Sabía que Joaquín no estaba mintiendo. Había visto suficiente en este caso como para saber que había alguien más poderoso moviendo los hilos, y que no dejarían cabos sueltos. Si él caía, yo podría ser la siguiente. —¿Y el asistente? —pregunté, cambiando el tema mientras intentaba procesar todo—. Dijiste que trabajaba para el jefe. ¿No podría testificar en tu contra si tratamos de llevar esto por la vía legal? Joaquín soltó una risa seca, sin humor. —Ese hombre es un fantasma. Desapareció después de esa noche, y créeme, si vuelve a aparecer, no será para hablar. Su lealtad está con el jefe, y si lo mandan de vuelta, será para terminar el trabajo. Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Estábamos en una situación donde cada opción parecía peor que la anterior. No había manera de ganar, no realmente. Todo lo que quedaba era sobrevivir. Me levanté lentamente, recogiendo mis documentos mientras trataba de calmar mi respiración. Mis pensamientos eran un torbellino, y aunque quería desesperadamente encontrar una salida, sabía que no había una respuesta fácil. Joaquín me miraba, en silencio, esperando que tomara una decisión que sabía que cambiaría todo. —Lo pensaré —dije finalmente, con una voz que no sonaba como la mía. Él asintió, pero sus ojos me decían que sabía lo que eso significaba. Sabía que, en el fondo, ya estaba comprometida. Sabía que, aunque quisiera luchar por mantenerme del lado de la ley, la realidad me empujaría hacia las sombras, hacia un camino del que no habría retorno. Cuando salí de la sala de visitas, el aire fresco golpeó mi rostro, pero no fue suficiente para despejar la nube de pensamientos oscuros que me perseguían. La prisión, ese lugar lleno de desesperación y sombras, ya no parecía tan diferente de la vida que estaba a punto de llevar. *** Esa noche, en mi apartamento, la soledad se sentía más pesada que nunca. Me senté en el sofá con una copa de vino en la mano, mirando el reflejo de la ciudad a través de la ventana. Las luces parpadeantes del tráfico y los edificios en la distancia parecían pequeñas en comparación con el peso de la decisión que tenía ante mí. Mis pensamientos volvían una y otra vez a Joaquín. A su confesión. A las implicaciones de ayudarlo a fingir su muerte. Sabía que lo correcto era entregarlo, dejar que el sistema decidiera su destino. Pero también sabía que este sistema no estaba diseñado para pelear contra la clase de enemigos que Joaquín describía. Si lo entregaba, lo mataría. Y posiblemente, me mataría a mí también. El dilema moral que se cernía sobre mí era inmenso. ¿Debía seguir mis principios y la ley, o ayudar a un hombre que, aunque había hecho cosas terribles, también parecía ser una víctima de un juego de poder mucho mayor? Mientras la noche avanzaba, me di cuenta de que ya había tomado mi decisión, aunque me negara a admitirlo en voz alta. No había vuelta atrás.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD