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Dos tontos intentando cazar a un Monstruo

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Blurb

SIGLO XV

Seline, una nómada que viaja con su arco.

Aland que ha salido de su hogar junto con más hombres en busca de una bestia que ha hecho estragos en su condado.

Ambos tienen un primer encuentro muy peculiar en el que Seline no deja muy bien parado a Aland. Así que cuando ella se une a ellos en su búsqueda, comienzan una extraña relación, mientras intentan encontrar la manera de matar a la bestia que asombrosamente ha resultado ser un vampiro.Ahora Seline tiene que lidiar con haber sido rechazada en la cama, su relación casi infantil con Aland, y todos esos nuevos sentimientos que no entiende.

Y mientras el vampiro se hace más fuerte e inteligente.

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Finales del Siglo XV   Aquella estaba siendo otra noche más fregando vómitos del suelo y evitando que ningún borracho le tocara el culo. Seline sintió que había llegado el momento de cambiar nuevamente de rumbo, aunque era consciente de que apenas tenía dinero ahorrado y tendría que idear algún plan para poder salir de allí ese mismo día. Al principio pensó en robar algo a los borrachos que había aquella noche en la taberna, no es que ella fuera una ladrona... pero cuando no le quedaba más remedio... No obstante, no le pareció que nadie allí tuviera gran cosa que no hubieran despilfarrado ya en alcohol, excepto quizás los dos forasteros que habían aparecido hacia sólo unas horas, los cuales, aunque no tenía la impresión de que fueran muy ricos, vestían mucho mejor que todos los habitantes de aquella aldea. Se acercó a ellos de forma disimulada y les escuchó hablar mientras hacía ver que limpiaba una de las mesas cercanas. —Vamos, ¿por qué no te buscas una distracción para esta noche? —oyó que decía el que parecía más mayor de los dos—, el resto de hombres no llegarán hasta dentro de un par de días, empiezo a aburrirme de verte siempre tan solo. —Déjalo estar Godwin, sólo me interesa acabar con el asunto que nos incumbe... Seline se alejó para dirigirse a la barra dónde acaba de aparecer Martha, la dueña de la posada a la que pertenecía la taberna. —Martha, tenemos dos forasteros que apenas beben —le dijo Seline en voz baja—, ¿puedo utilizar tu truco? —Vale —contestó la mujer a la par que les echaba un vistazo rápido—, puedes hacerlo. Si hay algo que me gusta menos que los tipos que se emborrachan hasta perder el conocimiento, son los que apenas beben. Con éstos apenas hago dinero. Con el consentimiento de la dueña, Seline rellenó dos grandes jarras de cerveza y las llevó a la mesa de los forasteros. Estos la miraron extrañados cuando las dejó delante de sus caras. —Nosotros no hemos pedido esto —dijo el más joven de los dos a la vez que hacía contacto visual con Seline. La miró como si se diera cuenta por primera vez que la chica estaba en aquel lugar. —¿No? ¡Lo siento! —se disculpó—. Ha debido haber un error, pensé que habían pedido más cerveza. Pero no se preocupen, sino la quieren me la llevo. —Está bien, puedes dejarlas —dijo el otro hombre—, vamos hombre, no me mires así, hoy no vamos a ir a ningún lugar. Seline se alejó, el truco había vuelto funcionar. Era algo que solía hacer Martha para aumentar las ventas, pero esta vez ella lo había utilizado porque tenía la intención de que aquellos hombres se emborracharan. Se quedó pensando en el hombre que le parecía más joven, aunque estaba claro que no era ningún jovenzuelo, pues parecía rondar los cuarenta, éste parecía reticente a emborracharse, y por lo que había oído no tenía ganas de mujeres, aun así, Seline decidió que sería su objetivo. Más que nada, porque tenía la intuición que aquel hombre llevaba bastante dinero en la escarcela que llevaba atada a su cinturón.     —Alfred, el carpintero, podría ser un buen marido para ti —le decía Martha a Seline mientras terminaban de limpiar la taberna para cerrar. —Deja de intentar buscarme marido, Martha. —Pero, Seline, en la carta que me diste de tu madre me pedía que cuidara de ti y ella estaba muy preocupada porque a tu edad es muy difícil encontrar a alguien con quien contraer matrimonio. Los hombres quieren mujeres de veinte años y tú ya superas los treinta. —Querida, Martha... la única manera en que yo acepte casarme es que topara con un hombre con el que sintiera que el corazón se me sale del pecho, y si no ha pasado ya, lo veo difícil. Igualmente... todavía tengo mucho mundo por ver. —¿No has caminado ya suficiente? —No, y además, sólo te mostré la carta de mi madre para poder tener un trabajo y un techo, si quisiera monsergas me habría quedado con ella. No me mires así... te agradezco lo que me has dado, pero mi vida es mía. Martha la miró con cara de reprimenda, pero ella decidió ignorarla y terminar de recoger las mesas. Cuando acabó, fue a su habitación a preparar sus cosas. Ya tenía totalmente decidido que aquella noche se largaba de allí. Guardó su poca ropa y pertenencias en una bolsa, y luego la lanzó desde la ventana dejándola caer en un hueco dónde quedaba escondida entre los árboles. Después se fue tras su objetivo.     Llamó a la puerta de la habitación. Pasaron varios segundos, pero él ni habría ni contestaba, así que volvió a llamar con más insistencia. —¡Ya vooooy! —exclamó una voz ronca por el sueño. Al fin abrió, y cuando se apoyó en el marco de la puerta y le preguntó quién era, Seline se dio cuenta que afortunadamente estaba algo borracho, las últimas jarras de cerveza habían cumplido su función. Se quedó observándole por segundos, era alto, de cabello castaño claro y de profundos ojos azules. Sino fuera porque tenía prisa en irse, y porque estaba borracho —aunque no de forma excesiva— le hubiese gustado quedarse un rato divirtiéndose con él. Le empujó suavemente para poder entrar, y cerró la puerta. —Escuché que necesitabas compañía y a mí me apetece pasar un rato divertido —dijo Seline mientras se desabrochaba los botones de la camisa sin llegar a quitársela. —Oh no no no no, ni hablar. No te lo tomes a mal, pero después de que uno de mis amigos se contagiara de algún tipo de enfermedad, no se me pasa ni por la cabeza —dijo él moviéndose nerviosamente como si estuviera un poco mareado. —¡No soy una prostituta! —le empujó para que quedara sentado sobre la cama, se levantó la falda para sentarse a horcajadas sobre él, y le tomó las manos para introducirlas bajo su falda y hacer que le agarrara las posaderas. Sin darle tiempo a reaccionar se abalanzó sobre su cara y le besó. Por un instante pareció que el hombre quiso zafarse, pero pareció gustarle aquel beso, pues se dejó llevar soltando las manos del culo de Seline para llevarlas a su cintura y apretarla contra él. Aquello se sentía demasiado bien, pero ella sabía que estaba allí para lo que estaba, y con cuidado llevó la mano a su cinto, dónde él todavía tenía la escarcela. Fue con mucho cuidado, normalmente era bastante buena con eso, sin dejar de besarle abrió cuidadosamente la escarcela para palpar en el interior una pequeña bolsa de tela que agarró enseguida. Cuando se sintió segura separó sus labios, comenzó a despegarse lentamente del él, y se levantó mientras trataba de esconder la bolsa con disimulo en su espalda. —Discúlpame, me lo he pensado y no quiero ser... una chica tan fácil. Ya sabes, en estos tiempos, una tiene que guardar su reputación. Pero el hombre la miraba seriamente, como si de golpe se hubiese borrado todo atisbo de su borrachera. Se levantó de golpe y la agarró por la muñeca en la que guardaba la bolsa. —¡Eres una ladrona! —exclamó a la vez que llevaba la muñeca de ella hacía su pecho, intentando recuperar la bolsa que Seline agarraba con fuerza en su mano. —¡Tsssss!  —dijo ella mientras se llevaba un dedo de la mano que tenía libre a la boca—. Si alguien te oye...  podría tener problemas. —Pero es que me estásssss intentaaaaaando robar —le contestó arrastrando las palabras con sarcasmo. Seline se enfadó por el tono de burla, intentó recuperar su mano sin perder la bolsa tirando con fuerza de ella hacia sí, pero aquel hombre la agarró fuerte, tirando también. Y así estuvieron un rato forcejeando a ver quién ganaba, hasta que la bolsa se rompió y las monedas cayeron al suelo produciendo un gran alboroto en el silencio de la noche. Seline optó por olvidarse de las monedas y utilizar la sorpresa del momento para huir, pero él la cazó rápido agarrándola de nuevo, esta vez por ambas muñecas, a lo que Seline respondió con un rodillazo entre sus piernas. Aquel pobre desconocido arqueó la espalda en un gesto de dolor, sus ojos estaban más abiertos que los de un búho, y de su boca abierta parecía no salir aire. Después su expresión cambió, en parte por el dolor y en parte también por incredulidad, parecía decir: «¿En serio me has hecho esto?». Seline se sintió un poco culpable y puso cara de arrepentimiento. —Perdóname, cuando mi madre decía que no pensaba mucho las cosas antes de hacerlas, se refería a casos como este... —le dijo, luego se acercó a él y le dio un corto beso en los labios—. Esto un regalo de disculpa. Luego se agachó intentado recuperar algunas de las monedas del suelo, a la vez, el hombre se dejaba caer en la cama con las manos en su m*****o dolorido. Cuando Seline acabó de recoger las monedas que pudo, con prisa se dirigió la ventana para saltar por ella, pero entonces oyó como se abría la puerta de la habitación y vio cómo tras ella entraba Martha. —Seline, ¿¡qué haces!? —gritó Martha al ver a Seline a punto de salir por la ventana y el dinero por el suelo—. He oído voces y he venido corriendo... ¿En serio Seline? Esta posada es, a pesar de su taberna y sus borrachos... muy respetable. —Primero, Martha —se defendió—, no he hecho nada malo... bueno... bueno, nada s****l; y segundo, este joven necesita hielo... Dicha estas últimas palabras Seline saltó. Caminó hasta el lugar donde había dejado caer su bolsa, y se fue de allí feliz de abandonar la aldea.

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