En ese momento, observo a través de la ventana. La fría noche me hace suspirar, y bajo la vista hacia mis pies. Vuelvo en una fina bata y retrocedo para recostarme. Aún estaba pensando en la sombra de Zahir, preguntándome si estaba contento con la idea de ser mi esposo, pero al parecer no lo estaba. No pude saberlo por su tono de voz ni por los silencios que se producían cada ciertos minutos mientras hablábamos. Todo eso producía un dolor interminable en mi mente durante muchos años. Había tenido la esperanza de poder verlo y que fuera mi esposo, pero ahora, todo eso, no podría ser. Ahora, en mi memoria, no puedo ver otra cosa que no sea el dolor.
Recuerdo éramos niños y jugábamos con todos los demás. Mi vista siempre estaba perdida en él. Aunque teníamos diferentes clases sociales, eso no importaba. Él era amable y siempre jugaba conmigo. Y ahora no sé si él me recordará, lo dudo. Las mujeres no nos mostramos hasta que finalmente nos vamos a casar, ni siquiera cuando somos prometidas, mucho menos novias. Ese compromiso se había dado hace muchos años atrás, y quiero recordar que oficialmente seré su esposa, lo cual me hace temblar la piel.
Bajo la vista y decido que lo mejor es ir a almorzar con papá. No tengo a mi madre, ya que ella falleció hace muchos años.
"¿Cómo estás, cariño?" pregunta mi padre, mirándome con ternura. Me siento en la mesa, y la empleada nos sirve el desayuno.
"Estoy muy bien, papá," respondo.
"¿Qué te ha parecido tu prometido?" pregunta curioso mientras mastica una tostada.
Mi padre, que tenía algunas mezclas culturales digo : "Él es muy amable y respetuoso." Esto era la verdad.
"¡Qué bueno! Espero que tengan hijos maravillosos," comenta mi padre.
No puedo evitar sonreír divertida, "Papá, aún ni siquiera nos hemos casado. ¿De qué hablas?" pregunto, y él se encoge de hombros.
"No me digas que tú no sueñas con una familia feliz con ese chico, siempre me lo has mencionado," dice.
"Lo sé, papá," respondo, "Y ahora me siento tan feliz y especial al saber que voy a poder casarme oficialmente con él." Suspiro, y mi padre pone los ojos en blanco, se levanta y dice: "Tengo trabajo que hacer, niña. Nos veremos más tarde." Y desapareció.
Suspiro al quedarme sola, una costumbre que se me había arraigado a lo largo de los años. Después de que me sirven nuevamente mi té, me pongo de pie para que me vistan con mi túnica especial y mis detalles de oro. Aunque todo eso me lo quitarán el día de la boda y estaré de blanco, seré una criatura pura y empezaré de nuevo con el ritual. Me da un poco de miedo.
Yo también había ido a América a estudiar, aunque solo por dos años. La curiosidad me había ganado, y mi padre no se opuso, al contrario, quería que explorara otras culturas, tal como él lo había hecho en la universidad. Fue allí donde conocí a Zahir, y eso me llamó la atención. Sabía que él tenía una novia llamada Amelia. Él era un poco mayor que yo y mientras él estudiaba García, yo estudiaba diseño gráfico, algo que me encantaba, y tan solo tenía dos años de estudio.
Al llegar a ese país y no tener la obligación de usar el velo, me pareció tan raro. Nadie me miraba de forma extraña, al contrario, no me prestaban atención, ya que todos estaban perdidos en sus propios mundos. Por primera vez, me sentí muy libre. Por primera vez, pude sentir mi cabello en el viento y el sol acariciando mi rostro. Eso fue impactante, y me acostumbré tan rápido como llegué.
Comía en los pasillos de la universidad con calma, sin prisa. Mis ojos azules disfrutaban explorando todo, especialmente ver a mi prometido, que estaba de novio con esa chica tan bonita. Me preguntaba si seguirían juntos en la actualidad. No lo sé, y eso en parte me inquieta, porque sabía que ambos estaban muy enamorados. Incluso en los pasillos de la universidad se hablaba de que se casarían y eran considerados la pareja del año. Hasta que yo llegué aquí, y mi padre me dijo oficialmente que estaba comprometida con aquel chico. No estuve tan de acuerdo, porque sabía que él estaba enamorado de ella. En Perú, no pude evitar sentirme un poco culpable por la noticia.
Me pregunto si él estará feliz con la noticia o simplemente me odiará. Mientras camino en línea recta hasta llegar a mi habitación, atravesando todo el palacio, suspiro. Tengo varias clases, así que me retiro del palacio con la guardia.
Zahir.
Me encuentro en mi casa, comiendo unas uvas mientras miro el patio. Suspiro, echo de menos a Amelia, pero no la he podido ver en estos días. Me han estado preparando para la boda, me han lavado la cabeza y me han bañado con pétalos de rosas. Ya pronto nos casaremos la semana que viene. Me sorprende la rapidez con la que todo se lleva a cabo. En América, todo es tan distinto y tan libre. No puedo elegir ni siquiera el color de mi traje; eso es algo arbitrario que elige mi padre, al igual que todo lo demás.
Mi madre me mira con curiosidad y se sienta a mi lado.
"¿Estás bien?" pregunta, curiosa. Ella era una madre maternal y cariñosa.
"No," comento, mientras sigo masticando una uva.
"Hijo, todo esto es por tu bien," comenta ella.
Suspiro. "¿Mi bien?" pregunto, y la miro.
"Sí, tu bien. Yo también me casé sin amor, y con el tiempo me enamoré y te tuve a ti," murmura con una sonrisa triste, y yo niego.
"Y supongo que te tengo que estar agradecido por probar la misma suerte que ustedes dos. Quiero saber cómo," y ella deja caer su cuerpo hacia atrás y se cruza de brazos.
"Siempre puedes renunciar a toda tu herencia," comenta. Yo niego.
"¿Y con qué quieren que viva?, nunca aprendí a hacer nada más que obedecerlos a ustedes dos, sin todo ese dinero, yo no soy nada," digo.
"Te equivocas, eres abogado y eres muy valioso, cariño. No pienses que no eres nadie," comenta mi madre y me toma de la mano.
"Mamá, aceptaré mi destino y dejaré de estar así”
“Es solamente, mi preocupación por ti aumenta ¿Qué pasó con Amelia..? ¿Qué te dijo?"
"Aceptó ser la segunda esposa, pero la cosa es que lo acepté, papá…" comento y suspiro.
"Yo lo convenceré, cariño. Cuéntame más," dice mi madre, y yo niego.
"No quiero tener problemas con papá. Sé que te quiere mucho, pero..."
"Tranquilo," murmura mamá, y me abraza.
En ese momento, me puse de pie y saludé a mi madre, dándole un beso en la mejilla, y me dispuse a hacer mis labores. Cuando llegó la tarde, la cena sería especial, ya que por primera vez me encontraría con mi prometida. En algunas familias, las costumbres requieren verse exactamente el día del matrimonio, pero yo haría una excepción. Estaba sumamente nervioso. Mi madre me ayudó a vestirme de la mejor manera posible. Delicadamente realzó el color azul de mis ojos, y no me importaba en lo más mínimo cómo luciría para ella. Nunca antes me había preocupado de esta manera por Amelia. Siempre había usado ropa sencilla, como es costumbre en América. El oro brillaba frente a mis ojos, y me daba una postura mucho más intrigante. Esperaba que esto funcionara para la misteriosa dama con la que me casaría, porque siendo sincero, no quería perder toda la fortuna que había heredado. Quizás estuviera siendo egoísta y malicioso en este momento, pero era cómo me habían criado desde que era pequeño. No podía permitir que todo eso se desperdiciara, considerando el arduo trabajo de mis padres.
Con una elegante limusina Mustang y la guardia detrás de mí, avanzamos hacia el palacio de la dama. No podía negar que estaba nervioso. Mis padres se habían quedado en el palacio. Mi mente divagaba mientras avanzaba en silencio.
Finalmente, llegamos al lugar acordado y me encontré frente a una gran puerta. Al entrar, me vi en una enorme habitación. A nuestros lados, la servidumbre estaba presente y se inclinaban en cuanto nos vieron, lo mismo hizo ella.
Es la mujer más hermosa que he visto en mi vida, aunque hay algo en ella que me parece familiar. Cuando todos se marchan, incluidos los guardias reales, ella baja la tela que cubre su rostro, dejando ver su piel blanca y perfecta y sus ojos azules que me miran con curiosidad. Puedo notar sus cejas arqueadas, que le dan un toque distintivo.
"Hola," murmura con una sonrisa tímida.
"Supongo," respondo, y bajo la vista. No tenemos permitido estar a menos de 3 metros de distancia. Estamos separados en el gran salón. Dejo caer mi cuerpo en ella, y la chica me mira.
"¿Estás bien?" pregunta curiosa, y puedo ver un poco de su cabello detrás de la túnica. Está vestida de un color verde muy hermoso, que resalta sus ojos.
"Estoy bien. Me pareces muy bella," digo sinceramente, y ella me mira sorprendida.
"Me alegra que te parezca así," comenta nerviosa, y cubre su cabello un poco más.
"Déjame ver un poco de tu pelo," digo, pero ella niega.
"No puedo, y lo sabes," murmura con una sonrisa.
"Lo sé, pero me da igual las reglas," comento, cruzándome de brazos y mirándola.
"A mí sí me interesa," comenta ella, enderezándose y cubriéndose aún más, incluso el rostro.
"Oye, protesto," pero ella se niega.
"Las reglas son para ser respetadas," murmura, y su voz es tan suave como el terciopelo fino de la noche. Me quedo cautivado, porque cada vez que ella habla, toda mi atención se centra en ella.