Maya — Qué bien que mi padre haya podido convencer al tuyo — declara Darcy feliz, a la vez que nos adentramos a la última clase del viernes. Divisamos nuestros pupitres a lo lejos y nos encaminamos hacia ellos. Una vez nos dejamos caer en las sillas, sacamos de nuestras mochilas el libro de sociales y observamos cómo el profesor entra en clase. — Ya, yo estoy alucinada — respondo, abriendo mi estuche en busca de un bolígrafo — Le debo una a tu padre, de verdad. Y lo digo enserio. Si no fuera por él, esta noche estaría encerrada en casa, probablemente en mi habitación, mirando a las musarañas sin tener nada que hacer. — Ya, yo también — responde ella orgullosa también de su padre. Si es que es un pedazo de hombre. La clase transcurre aburrida para variar. El profesor nos explica un p

