El sol de la mañana entraba sin pedir permiso por las cortinas. Había una quietud densa en el aire, esa clase de silencio que se instala después de una tormenta. Sebastián ya se había levantado. Estaba en la cocina, dándole vueltas a un café que no pensaba tomar.
Cuando Antonella apareció en la puerta, descalza, envuelta en su buzo más grande, a él le pareció verla por primera vez en días. No porque no hubiese estado, sino porque por fin parecía estar ella.
Sebastián: —Buen día.
Antonella: —Hola.
Tenía la voz rasposa, los ojos con ojeras y un gesto de cansancio en todo el cuerpo, pero caminó hasta la mesa sin titubear. Se sentó frente a él, en silencio. Sebastián le acercó una taza.
Sebastián: —Café con leche. Suave. Sin azúcar.
Ella asintió, sonriendo apenas. Dio un sorbo y lo dejó sobre el individual de tela floreada que siempre usaban.
Durante unos segundos, solo se escuchó el tintineo de la cucharita.
Sebastián: —Gracias por dejarme quedarme en casa anoche.
Antonella (mirándolo por fin): —Gracias a vos por saber irte cuando más lo necesitaba.
Sebastián: —No quería irme. Me dolió. Pero supe que era lo mejor.
Antonella: —Lo fue. Ayer... no tenía palabras. Y Maia y los chicos... ellos sí supieron llenar el vacío.
Sebastián asintió. No se ofendía. Sabía que eso era amor también: saber ceder espacio.
Sebastián: —¿Te sentís un poco mejor?
Antonella: —Sí. No bien, pero más liviana. Más acompañada. Hoy necesitaba hablar con vos.
Él la miró con ternura. Dejó su taza y se recostó sobre los brazos.
Sebastián: —Te escucho.
Antonella tragó saliva. Miró el café, el borde de la taza, cualquier cosa menos los ojos de Sebastián. Y habló.
Antonella: —Peleé con mi papá. Feo. Me dijo cosas que me partieron en muchos pedazos. Que mi vida no tiene rumbo, que vos no sos alguien “para tomarse en serio”, que estoy desperdiciando mis años en una carrera que no lleva a nada. Que debería ser como Mauricio, como Martín...
Sebastián: —...
Antonella: —Pero lo que más me dolió fue cuando mencionó a Santiago.
Los ojos de Sebastián se abrieron, confundidos.
Sebastián: —¿Quién es Santiago?
Antonella (respirando profundo): —Mi hermano. El menor. Nació después de mí, antes que Martín. Murió cuando yo tenía cinco. De una enfermedad que ni entendí en ese momento. Fue todo muy rápido. Una mañana estaba, y a los días... ya no.
El silencio llenó la habitación como agua pesada. Sebastián no se movió.
Antonella: —Después de eso, mi papá cambió. Empezó a exigirme cosas que no se dicen, pero se sienten. Ser perfecta. No llorar en público. Sacarme las mejores notas. No enojarme, no ser molesta, no decepcionarlo nunca. Yo entendía que, de alguna manera, tenía que ocupar ese lugar. El que Santiago dejó vacío.
Sebastián (en voz baja): —Anto...
Antonella: —Y durante muchos años creí que si me esforzaba lo suficiente, si era “la hija ideal”, él iba a sanar. Que si me portaba bien, escribía cosas bonitas y no daba problemas, iba a dejar de dolerle.
Pausa. Sus ojos se humedecieron, pero siguió.
Antonella: —Cuando decidí ser escritora fue la primera vez que me planté. No lo aceptó nunca. Siempre dijo que era un capricho. Que eso no era una profesión. Y después viniste vos…
Sebastián: —¿Y fui otro problema?
Antonella (negando con la cabeza): —Fuiste una revolución. Me mostraste que podía elegir una vida que me hiciera feliz, aunque no entrara en sus parámetros. Y eso… eso lo asustó. Mucho.
Sebastián: —¿Y vos?
Antonella: —A mí también me asustó. Pero lo elijo igual. Porque vos no querés que repare nada. Me amás incluso en mis días rotos. Me mirás y no ves una hija perfecta, ni una guionista prodigio. Ves a Anto. Y eso vale más que todo.
Sebastián se levantó de la silla y se arrodilló a su lado. Le tomó la mano y la besó con cuidado.
Sebastián: —Me duele que hayas pasado por todo eso. Me duele no haberlo sabido antes. Pero te juro que ahora que lo sé... no me voy a ir.
Antonella (en un susurro): —No quiero que te vayas.
Sebastián: —No me voy. Me quedo. Aunque no sepa qué decir. Aunque solo pueda traerte café y abrazos.
Ella lo abrazó entonces, como si lo necesitara desde hacía años. Apoyó la cabeza en su hombro, cerró los ojos y se permitió descansar.
Antonella (casi en un murmullo): —Gracias por no intentar arreglarme.
Sebastián: —Yo no vine a arreglarte, Anto. Vine a amarte.
El reloj seguía avanzando. El mundo también. Pero en esa cocina chiquita, con olor a café y restos de madrugada, dos personas encontraban en el otro algo más fuerte que el dolor: el hogar.