El reloj marcaba las seis de la tarde, pero la luz que entraba por la ventana era la de una mañana apagada. La casa, aunque no muy grande, parecía enorme. Sebastián caminaba descalzo por la cocina con una taza de té en la mano, observando cada gesto de Antonella como si fuera un idioma que no supiera leer.
Ella estaba en el sillón desde hacía horas. Vestía uno de sus buzos más viejos —el gris que le había robado a él hacía meses—, las piernas recogidas, los ojos perdidos. No leía, no escribía, no hablaba. No dormía bien. No comía mucho.
Él lo notaba. Pero no sabía qué hacer.
Sebastián: —¿Querés ver esa serie que te gusta? La que te hace llorar al segundo capítulo pero decís que es “sanadora”.
Antonella apenas alzó los hombros. No era un no, pero tampoco era un sí.
Sebastián: —Preparé té de manzanilla. Le puse miel, como te gusta. Si querés, le agrego limón.
Nada. Una pausa, un suspiro.
Sebastián (más bajo): —Anto…
Se sentó a su lado, acariciándole la espalda con suavidad. El contacto no fue rechazado, pero tampoco correspondido. Y eso dolía. Porque no era distancia física: era otra cosa. Algo que la tenía encerrada en sí misma.
Él no sabía lo que había pasado con Federico. No sabía del nombre que había vuelto a sonar como un eco imposible: Santiago. No sabía de las palabras duras, de las comparaciones, de la herida que se abría cada vez que el padre de Antonella la exigía como si fuera un espejo roto.
Y eso, no saber, lo desgarraba.
Abrió el celular. Dudó. Escribió y borró tres veces. Hasta que finalmente envió:
Sebastián (mensaje a Maia): No sé qué le pasa a Anto. Está apagada, desconectada. No me dice nada. No sé si hice algo mal. ¿Podés venir? Siento que necesita otra cosa, otra energía... y yo no sé cómo ayudarla.
La respuesta de Maia no tardó ni un minuto:
Maia: Ya voy. Avisale que llevo medialunas. Y que la quiero.
Media hora después, el timbre sonó. Sebastián abrió con alivio, y del otro lado Maia entró como si fuera su casa. Porque, de algún modo, siempre lo había sido.
Venía con el pelo recogido, jogging gris, un buzo ancho con una frase en francés que ninguno de los dos sabía traducir, y una bolsita de papel con medialunas tibias.
Sebastián: —Gracias por venir.
Maia: —No me tenés que agradecer nada. ¿Está igual?
Sebastián: —Sí. Peor. Como si no estuviera. No me mira. No me escucha. No sé si está enojada conmigo o con el mundo. No sé si es tristeza o cansancio. Pero… no está.
Maia lo miró con una ternura que solo ella sabía usar. Le apoyó una mano en el brazo.
Maia: —A veces no hace falta entender. Basta con sostener.
Sebastián: —Por eso estás acá.
Maia: —Por eso estamos. Porque no vas a ser el único sostén. No con ella. Voy a escribirle a los chicos.
Abrió su grupo de w******p: "Los AntoLovers 💚". Porque sí, así se llamaban entre ellos. Y escribió:
Maia (al grupo): Chicos. Anto está mal. En serio. No me pregunten mucho. Solo vengan. A casa de ella. Traigan lo que sientan. Amor, comida, anécdotas. Lo de siempre.
Las respuestas llegaron rápido.
Ayrton: Estoy saliendo. ¿Qué quiere tomar?
Sofía: Llevo helado y pañuelitos.
Demian: Estoy con Martina. Vamos juntos.
Matías: Paso a buscar a Iván.
Ernesto: Yo llevo tarta de jamón y queso. No me juzguen.
Yasmin: Yo llevo mimos. De esos que valen oro.
A las ocho de la noche, la casa se llenó.
Primero llegó Sofía con dos bolsas de helado artesanal. Le siguieron Ayrton y Yasmin, después Demian y Martina. Matías e Iván entraron riéndose de algo que había pasado en el colectivo. Ernesto venía con un taper gigante y una mochila llena de juegos de mesa “por si hacía falta levantar el ánimo”.
Sebastián, sin decir nada, los fue dejando pasar uno a uno.
Sebastián: —Está en el living. Como si no viera a nadie. Maia está con ella.
Ayrton: —Vos hiciste bien llamándonos.
Yasmin: —Nosotros nos encargamos. Andá tranquilo. Te vamos a cuidar a tu chica.
Sebastián respiró hondo. Se asomó al living. Antonella seguía ahí. Maia le hablaba bajito, con voz calma, como se le habla a alguien en el medio de una tormenta. Él se acercó despacio, se agachó a su lado, y le tomó la mano.
Sebastián: —Amor… están acá. Tus personas. Yo me voy un rato, ¿sí? No porque no quiera estar… sino porque sé que necesitás algo que ahora yo no sé darte.
Antonella lo miró por primera vez en horas. Sus ojos estaban llenos, pero no de lágrimas. Llenos de algo antiguo, denso, profundo.
Antonella (en voz baja): —Gracias, Sebas.
Él se agachó, le besó la frente y salió sin más palabras.
Cuando los amigos entraron al living, no hicieron alboroto. No preguntaron nada. No exigieron explicaciones. Se acomodaron alrededor suyo como lo hacían desde los trece: en el suelo, en los apoyabrazos, en las alfombras.
Martina: —¿Querés que veamos una peli mala de esas que siempre amamos odiar?
Antonella: —Tal vez.
Demian: —Tengo descargada esa del tiburón gigante y la científica enamorada. Un clásico del mal gusto.
Yasmin: —Perfecta para una noche emocional.
Ayrton (con voz de locutor): —En esta esquina, la tristeza. En la otra, el poder de la amistad.
Sofía: —Paren un poco. Dejen que respire.
Iván se sentó a su lado y le puso una frazada sobre las piernas sin decir nada. Ernesto le alcanzó una porción de tarta cortada en cuadraditos.
Ernesto: —No hace falta comer ahora. Pero el olor seguro te hace bien.
Matías: —Y si no querés hablar, podés escuchar nuestras estupideces.
Maia: —Te traje lo que sabés que cura: medialunas recién hechas y caras conocidas.
Antonella se quebró. No de golpe. No con llanto escandaloso. Sino con un sollozo contenido que fue creciendo como una ola. Se cubrió la cara con las manos.
Antonella: —Peleé con mi papá. Me dijo cosas horribles. Me comparó con Mauricio y Elea, con Martín… hasta con Santiago.
Un silencio denso cayó sobre el grupo. Martina le tomó la mano. Yasmin le acarició la espalda. Maia no la soltaba ni un segundo.
Demian: —Eso no se hace.
Iván: —Santiago no es una vara. No tiene por qué ser tu medida.
Antonella: —Desde que murió… siento que mi papá espera que yo repare lo que se rompió. Y no puedo. Nunca pude.
Ayrton: —No tenés que hacerlo.
Sofía: —Tu vida no es una devolución de favores.
Maia: —Y vos no sos una deuda pendiente.
Antonella: —Me dijo que escribir no es serio. Que estoy desperdiciando mi vida. Que Sebastián no tiene futuro. Que yo podría ser como ellos…
Martina: —¿Como quién? ¿Como Mauricio, que se levanta a las seis para laburar en algo que no ama?
Yasmin: —¿Como Elea, que vive con miedo de salirse del molde?
Maia: —Vos estás construyendo algo verdadero. A tu tiempo. A tu forma. Y eso vale más que mil carreras perfectas.
Antonella (susurrando): —Estoy cansada de no ser suficiente.
Ernesto: —Lo sos. Siempre lo fuiste.
Matías: —Y si a alguien le molesta cómo brilla tu luz, que use anteojos.
Las lágrimas le corrían por las mejillas. Pero ya no estaba sola. Estaba en casa. En su casa y en su gente.
Pasaron horas. Pusieron la peli del tiburón, se rieron, comieron, lloraron. Martina le trajo ropa limpia. Maia le lavó una taza que había quedado olvidada. Yasmin se quedó hasta que se durmió.
La última en salir fue Maia. Le dejó una notita sobre la mesa: “Cuando quieras hablar, estoy. Cuando no puedas, también.”
Y esa noche, por primera vez en días, Antonella durmió. Con los ojos cerrados, pero el corazón lleno.