Capítulo 6 – Lo que se espera de mí

781 Words
La casa de Federico estaba igual que siempre: impecable, silenciosa, ordenada hasta el extremo. Nada fuera de lugar. Las paredes blancas, los portarretratos de viajes, la biblioteca acomodada alfabéticamente. A Antonella siempre le había parecido un museo de lo que su papá quería mostrarle al mundo. Pero hoy la sensación era distinta. Pesada. Entró con pasos cautelosos, saludó sin abrazo y se sentó en el sillón que conocía desde que era chica. Martín estaba encerrado en su cuarto con los auriculares puestos. Celeste no vivía más ahí desde hacía años. Y ella… ella venía cada vez menos. Federico: —¿Querés algo? Tengo té, agua o jugo. Antonella: —Estoy bien, gracias. Silencio. Federico se sentó frente a ella, con una carpeta en las manos, como si tuviera algo importante para discutir. Antonella ya conocía ese gesto. Federico: —Me enteré que estuviste en una reunión familiar con Sebastián. En lo de tu madre. Antonella: —Sí. Fue lindo. Estaban todos. Federico: —Mauricio y Elea también, ¿no? Antonella: —Sí. Federico: —Qué pareja admirable. Ordenados, comprometidos. Él trabaja, estudia, tiene proyectos claros. Y ella… un ejemplo de compañera. Se nota que se empujan a ser mejores. Antonella tragó saliva. Sabía a dónde iba eso. Antonella: —¿Y? Federico: —¿Y vos? ¿Qué hacés? Escribís. Vivís con un chico que toca la guitarra y juega al fútbol, sin un rumbo real. ¿De verdad pensás que eso es un futuro? Antonella: —Yo escribo profesionalmente. Tengo contratos, proyectos en marcha. Y Sebastián trabaja todos los días. ¿Por qué hablás como si fuéramos adolescentes que no saben lo que hacen? Federico: —Porque lo parecen. Antonella, vos podrías ser mucho más. Siempre lo pensé. Sos inteligente, capaz. ¿Qué hacés desperdiciando todo eso con historias? No es una carrera seria. Antonella: —¿No es seria porque no es lo que vos querías? Federico: —¡No! No es seria porque no construye. No te da estabilidad. No te da futuro. Mirá a tu primo. Mirá incluso a tu hermano. Tiene 16 y ya está más enfocado que vos. Antonella: —No me compares con Martín. No soy él. Ni Mauricio. Ni vos. Federico: —Yo solo quiero que tengas una vida decente. Que puedas sostenerte, tener respeto. No andar escribiendo guiones que nadie ve. Antonella: —¿Vos sabés lo que escribo? ¿Leíste algo mío alguna vez? Federico no contestó. Desvió la mirada hacia la ventana. Antonella se incorporó, la voz le temblaba pero no bajaba el volumen. Antonella: —Desde que murió Santiago que intentás que yo sea perfecta. Como si al menos una hija pudiera cumplir con todo lo que vos esperabas. Como si mi vida tuviera que compensar una pérdida que no elegí. Federico: —¡No metas a tu hermano en esto! Antonella: —¿Ah, no? ¿Y todo esto? ¿Esta presión? ¿Esta forma de mirar mi vida como si fuera un error? ¿De dónde pensás que viene? Federico: —Yo solo quiero lo mejor para vos. Antonella: —No. Querés lo que vos creés que es lo mejor. Pero no te interesa si eso me hace feliz. Federico se quedó quieto. Respiraba agitado. No era fácil para él ser enfrentado así. Y Antonella lo sabía, pero ya no le importaba. Antonella: —Sebastián es mi pareja. Y sí, es distinto. No es como Mauricio. Ni quiero que lo sea. Porque me cuida. Me escucha. Me respeta. Y sobre todo… me deja ser. Federico: —¿Y vos a mí me escuchás? Antonella: —Siempre lo hice. Pero ya no voy a dejar que tu dolor se convierta en mi destino. Se hizo un silencio profundo. Solo se escuchaba, a lo lejos, la música bajita del cuarto de Martín. Federico: —Tenías cinco años cuando murió Santiago. No tenés idea de lo que eso fue para mí. Antonella: —No. Pero sí sé lo que fue crecer sintiendo que no podía equivocarme. Que tenía que llenar ese lugar vacío. Ser perfecta. Y eso, papá, me rompió más de una vez. Federico no respondió. Se pasó una mano por la cara, como cansado. Como si, por un segundo, la coraza se le agrietara. Antonella respiró hondo. Su bolso colgaba del respaldo de la silla. Se levantó, caminó hacia la puerta y se detuvo. Antonella: —Estoy haciendo mi vida, papá. Y me hace bien. Si alguna vez te interesa conocerla de verdad, vas a tener que soltar la idea de la hija ideal. Salió sin esperar respuesta. En la calle, el aire le pegó como una cachetada. Pero también como un alivio. Se sentía vacía… y libre.
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