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El contrato que nos separó

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Blurb

Huérfana desde los seis años, Silvia creció bajo el cuidado de su tío Arturo, el hombre que la salvó del abandono y se convirtió en su única familia. Cuando una cruel traición lo deja en la ruina, Silvia acepta un sacrificio impensable: casarse durante dos años con León Durán, el poderoso CEO y el amor silencioso que nunca fue correspondido.El contrato promete estabilidad, pero el matrimonio se convierte en un campo de silencios, orgullo y emociones que ninguno de los dos sabe nombrar. Y justo cuando el acuerdo llega a su fin, una noche inesperada cambia el destino de Silvia para siempre.

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Capítulo 1
La Nochebuena no debería oler a metal. Debería oler a canela, a caldo hirviendo despacio, a pan recién abierto y risas que se pegan a las paredes como una bendición doméstica. En casa de Arturo olía a eso… y a otra cosa. Silvia lo notó antes de entenderlo. Ese silencio raro que se instala cuando alguien finge calma. Ese segundo de más en el parpadeo de Arturo. La forma en que su mano, al servir el vino, tembló apenas… como si el cristal le pesara el doble. Begoña, impecable como siempre, acomodó los cubiertos con precisión quirúrgica, sin mirar a nadie. Como si la mesa fuese un tribunal y no un refugio. —Siéntate, Silvia —ordenó con suavidad, que era una forma elegante de exigir—. Vas a enfriar la comida. Silvia obedeció, aunque el instinto le decía que no debía sentarse. Que esa noche algo estaba a punto de quebrarse. Desde que tenía memoria, la vida le había enseñado a reconocer el instante previo a una tragedia: no llega con ruido, llega con un cambio de aire. Arturo intentó sonreír. —Es Nochebuena… —dijo, como si al nombrarla pudiera conjurar el mal—. Hoy no pasa nada. La frase se le quedó colgando en la garganta. Silvia lo observó con esa mezcla de ternura y alerta que solo se le tiene a quien te salvó la vida. Porque Arturo no era únicamente su tío. Había sido su tierra firme cuando ella tenía seis años y el mundo se partió en dos. Ella recordaba el accidente de sus padres como se recuerdan los sueños que dejan una cicatriz: fragmentos, luces de ambulancia, un perfume ajeno en una sala de hospital… y después, la mano de Arturo cerrándose sobre la suya. “Ven conmigo, pequeña. Yo te cuido.” Y la cuidó. No siempre fue fácil. No siempre fue cálido. Pero fue hogar. Esa noche, sin embargo, Arturo no parecía hogar. Parecía un hombre cercado. Silvia llevó el vaso a los labios sin beber. Miró hacia el pasillo, hacia la puerta de entrada. El corazón le martilló sin razón… o con demasiadas. Entonces, el golpe. Un solo golpe, seco, autoritario. No el golpe casual de un vecino. No el de alguien que trae regalos o villancicos. Era el golpe de quienes no piden permiso: lo toman. Arturo se quedó inmóvil. Begoña dejó el tenedor sobre el plato con un clic perfecto. Una reina en su castillo, sin sorpresa aparente, como si hubiese estado esperando. Silvia se levantó de inmediato. —¿Quién…? —empezó. El segundo golpe fue más fuerte. —¡Abran la puerta! —una voz masculina, fría, sin ninguna concesión—. Policía. El aire se retiró de la habitación. La calefacción siguió funcionando, la sopa siguió humeando, las luces del árbol siguieron titilando… pero la casa se volvió de hielo. Arturo tragó saliva. Se llevó una mano al pecho, no aún como dolor, sino como gesto inconsciente, como si quisiera sujetarse el corazón antes de que escapara. —Arturo… —murmuró Silvia, acercándose a él. —No… —susurró él, y esa negación no era para ella. Era para la vida. Para Dios. Para lo inevitable—. No hoy… El tercer golpe retumbó como sentencia. Silvia caminó hacia la puerta sin pensarlo. En sus oídos resonó el sonido de su propia sangre. La voz de Begoña la siguió, tan tranquila que daba miedo. —No hagas escenas. Silvia apretó la mandíbula. ¿Escenas? El mundo se le estaba derrumbando y Begoña hablaba como si se hubiera derramado vino sobre el mantel. Puso la mano en el picaporte. Notó que le sudaban los dedos. Respiró una vez, despacio. Y abrió. En el umbral había dos hombres con chaquetas oscuras, gorras, placas. Detrás, una furgoneta con luces apagadas, esperando como un animal de presa. El mayor de ellos la miró sin amabilidad. —Buscamos a Arturo Rivas. Orden judicial. Necesitamos que nos acompañe. Silvia sintió que la palabra acompañe era una mentira fina. No acompañaban. Arrestaban. —¿Por qué? —preguntó, con voz que no le tembló, aunque por dentro se le estuviera cayendo todo. El agente bajó la mirada a unos papeles. Como si el papel tuviera más humanidad que él. —Fraude. Estafa. Movimientos irregulares. —Alzó la vista—. Señorita, no dificulte el procedimiento. Silvia se giró hacia el comedor, buscando a Arturo. Él estaba de pie, pálido, como si ya no fuese un hombre sino una sombra. Los ojos se le habían hundido. Y en esa expresión, Silvia vio algo que la asustó más que las palabras del agente. No era culpa. Era derrota. Silvia volvió al umbral y se colocó entre los federales y la casa con un gesto instintivo, como si su cuerpo pudiera ser barrera. —Mi tío está enfermo —mintió, porque a veces la verdad no sirve para salvar a quien amas—. No puede— —Señorita—repitió el agente, impaciente—. Apártese. Silvia no se apartó. Detrás de ella, el sonido de una silla arrastrándose. Un suspiro áspero. —Silvia… —la voz de Arturo era un hilo—. No… Ella giró la cabeza apenas, lo suficiente para verle el rostro. Y en ese rostro, por primera vez en años, vio al hombre que la había recogido a ella… ahora necesitando ser recogido. —No te van a tocar —dijo, baja, como promesa. Arturo dio un paso. Luego otro. Su mano volvió al pecho. Silvia abrió la boca para llamarlo, pero el nombre se le ahogó. Arturo se dobló, como si algo invisible lo hubiese golpeado desde dentro. —¡Arturo! —gritó Silvia, corriendo hacia él. Los agentes entraron por inercia, y Begoña, por fin, soltó el aire con un sonido agudo, casi de molestia. Arturo cayó de rodillas. Los ojos se le quedaron en blanco por un segundo. La mano se aferró a la camisa como si quisiera arrancarse el dolor. Silvia se arrodilló a su lado, lo sostuvo por los hombros. —¡Mírame! ¡Tío, mírame! —su voz se quebró—. Por favor… no… Arturo intentó respirar. No pudo. Abrió la boca. No salió nada. Y entonces Silvia entendió, con un terror antiguo, que la Nochebuena acababa de convertirse en una tragedia… y que el mundo estaba a punto de cobrarle todo lo que ella creía haber pagado. —¡Llamen a una ambulancia! —gritó, levantando la vista hacia los hombres de uniforme—. ¡Ahora! El agente dudó una fracción de segundo. Bastó esa fracción para que Silvia odiara a la ley, al destino y a cualquier dios que hubiera decidido que la puerta de esa casa debía abrirse así. Arturo soltó un gemido. Sus dedos temblaron… y después se aflojaron. Silvia lo estrechó contra su pecho como si pudiera devolverle el latido. —No te atrevas —susurró, con una furia que era amor—. No te atrevas a dejarme también. Y en ese instante, mientras las luces del árbol seguían parpadeando con indiferencia, Silvia comprendió que el verdadero infierno no era que los federales hubieran llegado. El infierno era que habían llegado… y Arturo estaba cayendo.

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