El precio de la incompetencia

1275 Words
Nikolai la levantó de la tierra húmeda, acunándola en sus brazos. El agua corría de sus ropas y se mezclaba con la sangre que manchaba su camisa. Serafín estaba tan débil que su cabeza se inclinó sobre su hombro, su cuerpo temblando por el frío. Él caminó con ella en sus brazos, su figura imponente en medio de los hombres que se habían congregado, temerosos, en la orilla del río. La Sombra ya había atrapado al calvo, sujetándolo con una fuerza brutal. Nikolai se detuvo a unos pasos, sus ojos azules fijos en el hombre, su mirada un pozo de hielo. —¿Por qué lanzaste a mi mujer al río? —dijo, y la voz, extrañamente calmada, era más aterradora que cualquier grito. El Pantera le quitó la pistola a La Sombra. El calvo, un hombre flaco con la cabeza brillando por el agua de la lluvia, sintió que la vida se le escapaba por los dedos. El terror en sus ojos era palpable. —Señor… creí que estaba muerta —tartamudeó, su voz temblando. —¿Creíste? —repitió Nikolai, sin inmutarse. Se acercó a él, su rostro a centímetros del de su prisionero. —En mi mundo, no hay lugar para “creíste”. Solo hay lugar para los hechos. Y el hecho es que, por tu estupidez, mi mujer casi muere. Serafín, aún entre sus brazos, sintió un nudo en el estómago. Quiso hablar, pedirle que no lo matara, pero sus labios apenas se movieron. El miedo la tenía atada. Solo pudo apretar débilmente la tela de su camisa, como suplicándole que se detuviera. Él lo notó. Bajó la vista hacia ella por un instante, leyó su súplica muda, y una sombra de duda pasó fugaz por sus ojos. Pero la borró enseguida. —No mereces otra oportunidad —dictó. El calvo intentó decir algo más, pero no pudo. Nikolai le subió la pistola al nivel de la frente y, sin dudar, sin un solo cambio en su expresión, dijo: —Creíste… ahora eres tú el muerto. Y con un pum seco, la bala perforó el cráneo del calvo. El cuerpo cayó al suelo con un ruido sordo, el eco del disparo resonando en el valle. —Mi… señor —susurró ella, con la voz rota, los labios morados por el frío. —Shh… —Nikolai inclinó su rostro hacia el de ella, su tono bajo, helado y protector al mismo tiempo—. Ya te tengo. La sostuvo con más fuerza y caminó hacia la camioneta, donde varios hombres lo observaban en silencio, petrificados. Nadie se atrevía a moverse. Porque, Nikolai no se inmutó. La sangre del hombre salpicó sus botas, pero él simplemente se giró, ajustando a Serafín en su asiento. —Ahora vamos al rancho. Quiero escuchar la historia de la serpiente. La Sombra asintió en silencio, sabiendo que esa frase no era una petición, sino una sentencia de muerte para alguien más. Serafín, medio desvanecida, sintió que cada paso de Nikolai era un juicio. No sabía si temer más al hombre que acababa de matar a sangre fría frente a ella… o a la certeza de que, en ese infierno, él era lo único que la mantenía viva. El camino de regreso al rancho fue un silencio pesado, un silencio que gritaba. Serafín, con el cabello húmedo pegado a sus mejillas, miraba por la ventanilla los árboles verdes y el valle que antes hubiera considerado hermoso. Ahora era un paisaje cruel, un espejo de un mundo que ya no le pertenecía. Nunca había aprendido a nadar, y esa ignorancia casi le había costado la vida. Apenas se dio cuenta de lo poco que sabía defenderse en un mundo como ese, donde la muerte podía estar oculta en la sombra de una cocina. Nikolai no apartó la mirada del camino, las manos firmes en el volante, su perfil tallado como hierro. A pesar del silencio, su sola presencia la envolvía. Ella sabía que, con un solo gesto, podía destruir todo a su alrededor… y también salvarla. Al llegar al rancho, Nikolai no esperó que nadie la ayudara. La tomó nuevamente en sus brazos, ignorando la humedad de sus ropas, y la depositó en una silla del porche. Su gesto era tan autoritario como protector. —Trae aquí a todos los que habitan este rancho —ordenó. Su voz fue un trueno, haciendo eco en los pasillos. Se quedó de pie, junto al cuerpo muerto de la serpiente, observándola con amargura. Su rostro, una máscara impenetrable, apenas dejaba entrever el fuego que le ardía dentro. Serafín, al mirarse el pie, vio que estaba hinchado y dolía como fuego. Nikolai lo notó, aunque no dijo nada. Él conocía de serpientes: aquella no era venenosa. Sabía que habría fiebre, alucinaciones y dolor… pero sobreviviría. Cuando todos se reunieron, Nikolai habló. —Tú. —Señaló al médico, un hombre delgado, con rostro afilado y un maletín cruzado en el pecho, que parecía más propio de un verdugo que de un salvador—. Chequea el pie de mi esclava. El médico se arrodilló de inmediato, revisando la herida mientras Serafín temblaba. Nikolai alzó la voz, cortando el aire como un cuchillo. —Ahora quiero que alguien me explique cómo esta serpiente llegó hasta mi cocina. La misma cocina donde me preparan mis platos. —Sus ojos eran dos brasas heladas—. Platos que, por este maldito incidente, hoy no probaré. Los hombres se miraron entre sí, aterrados. Nadie parecía dispuesto a hablar. Finalmente, uno dio un paso adelante. —Fui yo, jefe —confesó, tragando saliva—. Yo traje la serpiente. Pero no era para hacerle daño a nadie. Una de las mujeres me lo pidió… la de cabello castaño y ojos claros. El silencio se volvió mortal. En los labios de Nikolai se dibujó una sonrisa… oscura, peligrosa, cargada de promesas sangrientas. Sin previo aviso, tomó la serpiente muerta por la cola. Y con ella, como si fuera un látigo, comenzó a golpear al hombre. Cada azote caía con un sonido seco y húmedo, arrancando gritos ahogados que helaban la sangre. La piel del hombre se abrió en tajos, y la sangre, mezclada con el hedor del animal muerto, comenzó a manchar el puño del Pantera. Serafín observaba, con lágrimas silenciosas rodando por sus mejillas. Quiso apartar la mirada, pero no podía. El médico, que notó su temblor, apretó con fuerza su pie herido, obligándola a mantenerse quieta, como advirtiéndole que ni se le ocurriera interrumpir. Tras varios azotes, Nikolai dejó caer lo que quedaba de la serpiente, sus ojos aún ardiendo. —Ahora tráiganme a esa perra. La espero en mi oficina en una hora. El hombre castigado apenas pudo arrastrarse hasta los pies de otro, quien lo ayudó a incorporarse antes de salir a buscar a la mujer. Nikolai giró entonces hacia Serafín. Sus manos, aún manchadas, se suavizaron al tomarla otra vez en brazos. —Escogí un vestido verde agua para ti este día… —su voz se volvió grave, intensa—. El mismo color que casi me arranca el aliento cuando pensé que el río te tragaba. Tal vez ni la muerte podrá separarte de mí, Serafín. Porque ahora no puedes irte. Ella cerró los ojos, sintiendo el peso de esas palabras como un grillete invisible. —Atiéndela —ordenó al médico, depositándola con cuidado en su cama—. Volveré en un rato. Se marchó sin mirar atrás, directo a su oficina. La puerta se cerró con un golpe seco. Allí, lo esperaba la ira contenida y la certeza de que, en menos de una hora, conocería el rostro de la traición.
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