Nikolai cerró la puerta de la habitación con un golpe seco. Nadie entraría allí sin su permiso. Afuera, la Sombra daba las órdenes de siempre, pero él se quedó en silencio, arrastrando la silla hasta la orilla de la cama donde Serafín yacía con el pie vendado. El color había huido de su rostro. Sus pestañas descansaban sobre la piel pálida, y sus labios, que tantas veces había saboreado con hambre, ahora parecían frágiles, apenas rozando el borde de la vida. Nikolai se inclinó y con el dorso de la mano apartó un rizo húmedo de su frente. Estaba ardiendo. —Aguanta, ángel —murmuró, su voz más baja de lo que jamás habría permitido que alguien escuchara. No tocó su whisky, no contestó llamadas, no aceptó la comida que le trajeron. Se quedó allí, fumando en silencio, vigilando cada movimien

