Capítulo 2 (p1)

4966 Words
Nueva York. La eterna ciudad diurna. Vibrante. Donde la vida fluye con normalidad tanto de día como de noche, sin descanso, los siete días de la semana, y durante todo el año. Rica en diversidad cultural gracias a sus habitantes provenientes de distintas nacionalidades alrededor del mundo. Posee una de las economías más importante a nivel mundial. La última tendencia en moda, gastronomía, cine, arte, música y entretención. En esta ciudad es imposible aburrirse, pero una metrópoli tan excéntrica, llena de lujos y rasca cielos infinitos, también tiene sus contrastes: el bullicio interminable, la vida acelerada y agitada puede resultar agobiante y hasta insoportable. A pesar de toda su riqueza, no es de extrañar ver mendigos invisibles pidiendo en la calle entre el paso indiferente y apresurado de sus residentes. Y es que la vida sin pausas en Nueva York vuelve a sus habitantes fríos, malhumorados y sin empatía. Al menos, a la gran mayoría. La basura en las calles también es otro de sus contrastes. Es normal ver montañas de bolsas de basura al final del día, acompañadas por la invasión de plagas y roedores conviviendo al estilo Ratatouille. Los altos índices de contaminación compiten con los costos de vida inflados de manera exagerada. Aunque, no todo es tan malo, si hay algo realmente positivo que rescatar de esta frívola ciudad, son sus variados parques y jardines destinados a la recreación. Las maravillosas vistas a los ríos Hudson y Este, y al Océano Atlántico. La seguridad es otro de los factores importantes a considerar. Debido a los acontecimientos ocurridos en los últimos años, cientos de patrullas de policías recorren las calles de todo Nueva York, especialmente las de Manhattan. La sirena del vehículo del Fbi anunció la primera advertencia para que el automóvil delante de ellos se detuviera. —¡Maldita sea! —exclamó el conductor dando un golpe seco contra el volante y estacionó junto a la acera. Dos agentes salieron del vehículo y se acercaron al conductor apuntándolo con sus armas. —Baje del auto... —ordenó uno de ellos, y el conductor obedeció de inmediato—. Las manos contra el auto. —¿Qué hice? —respondió el sujeto dando la vuelta con una lentitud exasperante. —¡Silencio! —gritó el agente con excesiva agresividad y lo estampó contra el vehículo. —¡Ey! —Daryl protestó malhumorado, mientras el agente lo registraba. —Está limpio, jefe. —Llévatelo —ordenó el jefe observando la escena con una sonrisa socarrona. El agente esposó a Daryl y lo subió al auto de servicio sin escuchar ni una sola protesta. Una vez en la oficina privada del jefe del fbi, Daryl al fin protestó: —¡Rayos, O'brien! quítame estas esposas. —Me gusta el realismo —respondió alzando sus cejas con diversión, y le hizo un gesto con la cabeza a su colega para que le quitara las esposas a Daryl. —Que gracioso... —ironizó masajeandose las muñecas y se dejó caer en la silla frente al escritorio—, exageraste demasiado esta vez. —Nunca sabes quién está mirando, Ortega. ¿Un café? —n***o, sin azúcar. —Kevin, traenos dos cafés negros y sin azúcar. —De inmediato, jefe. Daryl y Joe O'brien se conocían hace unos años. Daryl había sido arrestado por O'brien en una carrera clandestina. El jefe del fbi ya llevaba un tiempo investigándolo y conocía cada uno de sus pasos. Le ofreció a Daryl un trato: información a cambio de inmunidad. Y desde aquella vez Daryl se había convertido en uno de los informantes del Fbi y ayudaba a desbaratar bandas de tráfico de drogas, prostitución y p*******a. Se lo debía a su querida abuela. —¿Qué está pasando, O'brien? —Desde hace un año estamos investigando a la mafia italiana aquí en Nueva York para acabar con el crimen organizado de una buena vez. —Veo que ahora estás en las grandes ligas. —Así es..., —En ese momento llegó su ayudante con los dos cafés y les dejó uno a cada uno. El jefe tomó su vaso y bebió el primer sorbo—. Hemos tenido información que relaciona a la mafia con el negocio del concreto, el problema es que no sabemos cómo operan. Es por eso que te traje hasta aquí para saber si tenías alguna información al respecto. Daryl lo miró incrédulo. Nadie que no estuviera relacionado directamente y fuera parte del clan de los mafiosos podría saber como operaban. Y ninguno de los integrantes estaría dispuesto a hablar, porque el precio sería pagado con sangre. —¿Y qué puedo saber yo? estuve afuera un año y acabo de llegar a Estados Unidos. Además, tú sabes que soy... —Un lobo solitario..., —el agente terminó la frase por él —. Sí, lo sé. Pero estuviste involucrado con ellos algunos años atrás. Daryl alzó una ceja con suficiencia y sonrió con su sonrisa bribona de medio lado. —Veo que sabes más de lo que aparentas, O'brien... El jefe del fbi lo observó con mirada de hierro, no estaba jugando. Quería información verídica ya. Daryl resopló con fastidio y respondió a su pregunta con sinceridad. —Sabes lo difícil que es entrar en sus clanes, y lo fatal que resulta cuando descubren que eres un topo. —Por supuesto que lo sé, Ortega, por eso te traje esposado hasta acá. —No tengo absolutamente ninguna información. Ya no me involucro con esa gente sanguinaria. Y como ya debes haber visto en tu bola mágica, hace mucho que dejé el mal camino. —Te felicito, Ortega, fue la mejor desición. De todas maneras, quiero pedir tu valiosa cooperación. Este caso es muy importante para mí, esas ratas están acabando con la economía de la ciudad. —Está bien, O'brien. No te prometo nada, pero si me entero de algo te lo haré saber. Y para la próxima llámame, no me arrestes como si yo fuera un vulgar maleante. O'brien soltó una carcajada divertida recordando la escena al más puro estilo de Hollywood. Daryl salió de la oficina con una sensación desagradable. No le agrada ser el soplón, pero recordaba las fotos de todos aquellos niños y mujeres víctimas de la delincuencia, que habían sido rescatados gracias a su valiosa información. O'brien se las mostraba siempre como su recompensa, eran el valioso fruto de su colaboración. —Ahora estarás orgullosa de mí, Naná —susurro camino a la parada de taxis en busca de su automóvil. Aún permanecía en su retina, aquel día en que su abuela falleció... —...¿Dónde carajos estabas, Daryl? La Naná no ha dejado de preguntar por ti. —Ya estoy aquí, ¿Vale? —respondió Daryl exasperado por la cantaleta insoportable de su hermano—. ¿Dónde está ella? Matt le hizo un gesto con la cabeza indicando la puerta que tenían delante de ellos. Estaba furioso con Daryl, pues lo único que debía hacer era estar dos días celebrando el día de Reyes con su abuela como ella tanto le gustaba hacer cada año desde que eran niños. Daryl se había negado. Consideraba que ya no era un crío para celebrar fiestas infantiles. Ahora le parecían aburridas, y prefirió quedarse en Estados Unidos de parranda y viendo sus negocios sucios. Matt siempre se hacía el tiempo para asistir cada año. A pesar de que ya no era un niño, sabía lo importante que era para su abuela pasar el día de Reyes con sus dos nietos que crió desde pequeños, y aquella celebración se había convertido en el día más esperado por ellos luego de la terrible perdida de sus padres a temprana edad. Su Naná, como le decían de cariño, se esforzaba cada año por tenerles un regalo a sus dos pequeños nietos. Matt se tragó todos los reproches contra su hermano por respeto a su abuela. Se encontraba tan delicada de salud en ese momento que no quiso seguir discutiendo con él. Daryl abrió la puerta de la habitación del hospital con cuidado, y lo que vió delante de sus ojos lo descolocó. No estaba preparado para contemplar aquella escena y se quedó de pie junto a la puerta totalmente inmóvil. Había sufrido un ataque cardíaco la noche que no llegó a la celebración. —Sigue consciente... —susurró Matt a su lado con la voz quebrada. Que duro era para los hermanos Ortega ver a su amada Naná en ese estado vulnerable. Ella que siempre fue una mujer vigorosa, con carácter y los sacó adelante sin ayuda de nadie. Ahora Su vida se estaba apagando poco a poco frente a sus ojos y ellos no podían hacer nada. El daño en sus arterias coronarias era irreparable, sólo era cosa de horas anunció el médico de turno. —Daryl... —se escuchó la débil voz de la anciana. Ambos hermanos acudieron enseguida. —Aquí estoy, Naná —Al fin llegaste, mi niño. Acércate, quiero que escuches lo que tengo que decir. Las palabras cálidas y benevolentes calaron hondo en el corazón de Daryl. Y se sintió culpable por no haber viajado a estar con ella el día anterior. Ahora ya era demasiado tarde. —Quiero que dejes el mal camino... —expresó la anciana que a pesar de su estado delicado podía hablar con un poco de dificultad—. Siempre has sido el más aventurero y rebelde de los dos. Tienes la mala costumbre de hacerte el duro y esconder tus sentimientos. En cambio mi querido Matt siempre ha sido el más sensible, aprende un poco de él. Daryl estaba luchando con sus lágrimas, su abuela tenía toda la razón. —No te esfuerces, abuela —la calmó Matt acariciando su cabello canoso. Sabía que era una perdida de tiempo tratar de hacer razonar al irresponsable de su hermano. —Debo decirle esto a Daryl... —se esforzó otro poco, su nieto debía escucharla antes de morir—. Haz algo bueno, por lo que me sienta muy orgullosa de ti. Que todo el sacrificio que hice para criarte a ti y a tu hermano valgan la pena. Sé un aporte para la sociedad y no ayudes a destruirla... —la anciana toció por falta de oxígeno la voz se escuchaba cada vez más desgastada. —Sí, Naná. Te prometo que haré todo lo que me pides, pero ya no te esfuerces más. Descansa —le rogo Daryl acercándose a ella esta vez. Poco a poco iba cayendo esa caparazón dura con la que se protegía del dolor. La anciana no obedeció y continuó su discurso: —No le tengas miedo al amor. Busca una buena mujer para que te acompañe, estás muy solo... y no te fijes en las apariencias, la belleza se acaba, y el dinero también. Pero el amor, el amor, mi querido niño, permanece para siempre. No hay nada más valioso en la vida de un hombre que tener una mujer que lo ame de verdad. Deja que tu corazón te guie, y cuando la encuentres no la dejes ir. Retenla a tu lado, es la mayor riqueza que tendrás. ¡Mis niños! —exclamó la anciana con profunda emoción y elevo levemente sus manos para poder tocar sus rostros. Ellos inclinaron sus cabezas lo suficiente para que la anciana acariciara sus cabezas sin ejercer presión sobre su pecho—. Los dos merecen ser felices, jamás olviden que los amo con todo mi corazón, y que siempre estaré presente... —La mujer expiró su último aliento de vida abrazando a sus dos nietos que ya no podían esconder su emoción por su irreparable pérdida. Daryl siguió en malos pasos por algunos años después de la muerte de su abuela. Deseaba salir de ese oscuro mundo, se lo había prometido a su Naná, pero era tan difícil escapar para él. No encontraba las fuerzas. Lo absorbía como un hoyo n***o. Estaba deprimido por su muerte. Y el no haber estado con ella en la fiesta el día que ella se enfermó lo atormentaba. No lograba superarlo. Ese mundo vertiginoso hacía el ruido suficiente para acallar los demonios del pasado que lo apuntaban como responsable de la muerte de su Naná. Hasta que encontró el empujón necesario para dar el primer paso y cambiar su mal vivir de a poco. O'brien ya tenía fama por su sagacidad en desarticular bandas de micro tráfico, porte ilegal de armas y carreras clandestinas. En una redada a esas carreras donde Daryl participaba con frecuencia fue arrestado por O'brien. Desde aquella vez que aceptó ser el informante especial del fbi, Daryl había encontrado el coraje suficiente para salir de ese mundo oscuro, no del todo, pero ya no llevaba esa vida de perdición. Matt no le perdonó a Daryl que no llegara a la fiesta de Reyes que organizaba su abuela todos los años, y que tuviera que llamarlo al día siguiente para que viajara de urgencia a despedirse de ella en una cama de hospital. Y desde aquella vez no volvieron a comunicarse. Daryl se subió a su auto y suspiró abatido. Se quedó observando a la nada con la mente invadida de recuerdos. La muerte de su abuela era algo que no podía superar. Todavía se sentía muy solo, y más aún por la decisión de Matt de no volver a dirigirle la palabra. No se detuvo más tiempo en sentimentalismos. Accionó el botón de encendido de su automóvil y decidió que por la tarde iría a visitar a su gran amigo Nyo.  El ambiente en el Red Velvet ya estaba exaltado con la presencia de Nyo sobre el escenario presentando su último sencillo: Beautiful Love. Canción compuesta por el moreno especialmente para su chica: Rubí. Con letras que expresaban sus sentimientos por ella desde que la conoció y con mensajes secretos que sólo ellos dos conocían. Uno de los focos la iluminaba directamente a ella haciendo que su rostro y su cabello n***o brillaran con la candidez de un angel. Nyo paseaba la mirada por el público y luego regresaba a ella, siempre regresaba a ella. La observaba desde arriba con admiración, mientras le dedicaba, una a una, todas las frases que ella misma le había inspirado. Rubí le respondía con una sonrisa y bailando para él. La melodía fluctuaban en perfecta armonía entre ellos: las notas que salían de la garganta de Nyo llegaban directamente hasta ella vibrando en su anatomía. Tenían una conexión especial y llena de secretos, que los convertía en cómplices. Terminada la canción ella le lanzó un beso con la mano y Nyo fingió que lo atrapaba en el aire para guardarlo en su corazón. Nuevos acordes se escucharon en el escenario y Nyo siguió interpretando su siguiente tema. Rubí se sentía feliz y complacida, pero su felicidad pronto fue empañada por un fuerte dolor en el brazo. Alarmada, se miró de inmediato, tenía un corte transversal cerca del codo y la sangre comenzaba a emanar. Cubrió la herida con la otra mano confundida, no entendía que había pasado y miró detrás de ella para buscar alguna causa posible. Sólo pudo ver a una mujer que iba rauda en dirección a los baños y no necesitó más, lo comprendió enseguida. Suspiró con frustración divagando entre ir a enfrentarla o volver al camerino de Nyo para desinfectar la herida y cubrirla con gasa. —Señorita, permítame ayudarla, por favor. —Un hombre de unos cuarenta años con barba y vestido elegantemente, estaba parado justo frente a ella con un pañuelo en la mano. Rubí dudó un instante, sabía que a Nyo no le agradaría nada ver a un hombre cerca de ella. —Gracias —respondió con una sonrisa débil, y tomó el pañuelo de su mano para cubrirse la herida con el. —Las damas como usted, siempre despiertan los celos de las demás. —El hombre había visto la escena completa y sabía que no había sido producto de la casualidad. —Eso parece... —dijo con los ojos fijos en él. El hombre sintió que la dulce voz de Rubí entraba por todo su cuerpo provocando un intenso hormigueo. La mirada intensa e impertubable de la chica lo puso nervioso y pronto no supo que hacer ni decir. Rubí le sonrió con gratitud al notar su inseguridad y decidió marcharse. —Permiso, iré al camerino para limpiarme la herida. —Permítame acompañarla. Rubí se sorprendió al ver que el hombre insistía a pesar de lo nervioso que estaba frente a ella. —Sólo quiero asegurarme que no le pase nada de camino a su camerino, esa mujer podría regresar. —Está bien. Puede acompañarme. Caminaron juntos hasta el camerino de Nyo que se encontraba justo detrás de la barra y la puerta estaba por el costado donde no se podía ver el escenario. El aroma a rosas que exalaba la figura femenina lo envolvió y entró en él hasta lo profundo. Se detuvieron frente a la puerta, y Rubí se dirigió a él: —Le devolveré su pañuelo limpio. —La prenda era de seda fina de altísimo valor. —Oh no, por favor. Hágame el honor de quedarse con el. Ella asintió de mala gana. Quedarse con un pañuelo de ese estilo resultaba comprometedor. —Gracias otra vez —le dijo tomando el pomo de la puerta con la intención de entrar. —¡Espere un momento, se lo ruego! —pidió el hombre con la tenacidad que le daban los años de experiencia. Rubí se detuvo y lo miró fijamente para escuchar las palabras que deseaba decir, las que ella ya sospechaba—. Déjeme decirle que usted es la mujer más hermosa que he conocido en toda mi vida. Vengo a este bar con el único deseo de poder verla a usted. Rubí hizo una mueca de incomodidad. —Por favor, no vuelva a repetir esas palabras, si Nyo lo llega a escuchar... —Lo tengo muy claro —la interrumpió—. Siempre mantengo la distancia debida, sólo quería aprovechar este momento para poder confesarle lo que siento por usted con todo mi respeto. —¿Cómo se llama usted? —Johnny Barret. —Johnny, es usted un hombre muy amable. Agradezco sus sentimientos y el gentil gesto de ayudarme, pero ahora váyase o Nyo puede venir y le prohibirá la entrada para siempre al bar, y de paso le dejará unas cuantas marcas en el rostro como recordatorio. Sin detenerse ni un minuto más, Rubí entró y cerró la puerta de inmediato. Johnny se marchó satisfecho y complacido. El riesgo que acababa de correr, valía la pena. Estaba seguro que esa noche estaría llena de sueños hermosos, donde todos sus deseos se harían realidad. Rubí entró al baño para valorar los daños. Era una herida pequeña y ya había dejado de sangrar. Abrió la llave y la lavo para desinfectarla, y luego se aclaró la sangre de las manos con el jabón. —¿Estás aquí, linda? —Nyo había ingresado en ese preciso momento al camerino, y a juzgar por el tono de su voz, venía de mal humor. —En el baño... —respondió ella desde el baño. Estaba terminando de secarse. El sonido de copas le indicó a Rubí que se estaba sirviendo un trago. Salió del baño y se acercó al mini bar donde Nyo estaba bebiendo. La estancia era espaciosa y cómoda. Mantenía el estilo elegante del bar. Con dos sillones largos posicionados en forma de ele cerca de la pared opuesta al mini bar, y una pantalla plana. Cerca de la entrada estaba el espejo con luces led alrededor y todos los productos de maquillaje necesarios para un artista. —¿Quién era ese tipo que vino contigo hasta aquí? —la interrogó con sospecha después del primer trago. Le estaba costando trabajo mantener la calma. —Un amable caballero que me ayudó con mi herida. Por favor, Nyo, no vayas a golpearlo. —¿Herida...? ¿Cómo te hiciste daño? —preguntó preocupado, perdiendo totalmente el interés por el sujeto. Nyo sabía muy bien que clase de chica era Rubí. —Fue Genie —acusó la chica molesta. No era la primera vez que la ex novia de Nyo la acosaba. —¿Genie? —Arrugó la frente incrédulo. —Sí, Genie. —Déjame ver... —Se acercó a ella y le tomó el brazo con suavidad—. No parece algo serio..., es una herida superficial. —Nyo, no es la herida "superficial" lo que me molesta. Es la intención de sus actos lo que me parece grave —insistió firme, sin quitarle los ojos de encima. —Cuéntame como pasó —Nyo seguía escéptico ante la situación y Rubí lo sabía muy bien, aún así, mantuvo la calma y le explicó con serenidad. —Estaba bailando y en uno de los movimientos sentí un fuerte dolor en mi brazo. Me miré y ví que estaba sangrando. En ese momento no comprendí que estaba pasando, pero cuando me giré para ver detrás de mí, Genie iba pasando a toda velocidad en dirección a los baños, y el hombre que me ayudó vió que lo hizo con a propósito. —Tal vez fue sin querer, o no se dió cuenta... No creo que haya sido intencional. —Nyo, era evidente que hubo intención, Genie llevaba su bolso en el brazo derecho —replicó con tono impaciente. —¿Y eso que tiene que ver? —preguntó confundido. Rubí resopló exasperada, ya estaba comenzando a perder la paciencia ante la evidente negativa de Nyo de ver lo evidente. —Genie es diestra —le explicó con lentitud para que Nyo pudiera comprender—, y las mujeres diestras cuelgan su bolso en el hombro izquierdo. Es evidente que algo llevaba en su bolso para lastimarme con el. Nyo se quedó mirandola aún más confundido. Su mente no lograba entender como Rubí llegaba a esas conclusiones. —¿Cómo es que tienes la capacidad de llegar a esas concluciones? —verbalizó sus dudas. Su cerebro masculino se negaba a aceptar que una chica tuviera tal capacidad, y sobre todo, que tenía razón. —Si no me crees, revisa las cámaras —lo desafió. —Te creo, nena. Te creo. Pero no vamos a exagerar por un pequeño rasguño. Esta vez Rubí se molestó. Se dió cuenta que Nyo no había entendido nada y que ya no valía la pena seguir dialogando con él. —Mira, ¿Sabes qué? Yo mejor me voy. Rubí hizo el primer movimiento para ir a tomar su bolso que estaba sobre uno de los sillones. —¡No, nena. Espera! —Nyo la detuvo posando su mano suavemente sobre el lado izquierdo de su cintura. Sabía que ahora debía cuidar muy bien sus palabras con ella para poder convencerla. Porque cuando Rubí tomaba una decisión nadie la hacía desistir, y eso, era perjudicial para él—. No te vayas, por favor. Te creo, pero también me cuesta aceptar que Genie haga ese tipo de cosas. La conozco de toda la vida. —No es la primera vez que hace una cosa así. Es ella la que manda las flores con las notas de amenaza diciendo que este no es mi lugar y que me largue por donde llegué. —Aún no sabemos quien es el autor de esas notas de odio —le advirtió con sutileza tomándola por los hombros como un gesto de ruego—. Además, Genie sabe que en mi bar llega gente de todas las nacionalidades y se les trata a todos como hermanos. —¡Nyo, por favor! Ella es la única que me llama blanquita. Me odia desde el primer día que me vió entrando a este bar tomada de tu brazo. Nyo vió en los ojos de Rubí que estaba resuelta y que no daría su brazo a torcer si él no le daba una respuesta satisfactoria. —Está bien, nena. Lo haremos a tu manera. Revisaré las cámaras de seguridad y si compruebo que hubo intención de su parte la enfrentaremos juntos, ¿te parece? —le propuso con la único deseo de complacerla, porque para él, era absolutamente innecesario perder el tiempo en peleas tontas de mujeres. —Cuando hables con ella fíjate bien de que lado trae el bolso, y si es posible busca en sus r************* más evidencias. —A veces das miedo, Rubí. —Nyo, a ti nada te da miedo. Mucho menos una mujer. Se miraron con una sonrisa complice en los labios. Y Nyo la aferró a su pecho para poder sentirla más cerca y oler su exquisito perfume que él mismo le había regalado. —Deberías iniciar una carrera en el fbi. Rubí soltó una carcajada burlona con espontaneidad. —¿Seguro que te conviene que ingrese al fbi? Nyo, ladeó la cabeza y sonrió ante lo evidente. —Pensándolo bien, creo que mejor te quedas bajo mi protección para siempre. La besó metiendo sus dedos entre la seda de su cabello. Cómo le complacía poder disfrutar de esa mujer tan adictiva. Pero Rubí, no era una chica fácil de tener y mucho menos de manejar. —Me voy —manifestó separándose de él—. Ya estoy cansada, y necesito dormir. —Ok —respondió Nyo de mala gana observando como su chica se marchaba irremediablemente. Tenía otros planes con ella esa noche y todo se había ido al carajo—. Avísale a Big Joe que te lleve al departamento. —Está bien. Adiós. —Adiós... Rubí salió del camerino de mal humor. Continuaba molesta por el constante hostigamiento de la ex novia de Nyo y la actitud indiferente de este para enfrentar la situación. Siempre tendía a defender a Genie. Rubí conocía los motivos, y no podía hacer nada al respecto. No le molestaba el vínculo que había entre ellos desde que eran niños, los celos eran algo que no iban con ella. Lo que realmente le molestaba era que él pusiera en duda su palabra y considerara que ella exageraba con su reacción. Ya no estaba de humor para quedarse al lado de su guapo mulato y fingir que nada había pasado, la noche ya estaba arruinada. Rubí no ignoraba que Nyo no era un santo, y mucho menos un ejemplo de hombre fiel y abnegado. Eso lo sabía desde que comenzó su relación con él, lo que ella no lograba comprender era por qué no sentía celos de Nyo. En cambio, la irritaba profundamente que cuestionara su palabra después de todo lo que ellos habían vivido juntos. Rubí pasó por la barra y le hizo una seña al Cubano para despedirse, él correspondió con una sonrisa ansiosa y siguió en su arduo trabajo de bartender. El local estaba a reventar y la potente música ayudaba a calmar la impaciencia de los clientes. A lo lejos, cerca de la salida, la chica divisó que Daryl justo venía llegando en ese momento. Estaba segura que era él, ese rostro era inconfundible. Cuando estuvieron lo suficientemente cerca, Rubí alzo la mirada hasta los ojos avellanados y profundos de Daryl para saludarlo antes de irse, pero Daryl la ignoró por completo y pasó sin siquiera detenerse. "¿No me reconoció?", pensó ella. Sólo se habían visto una vez y era probable que no se acordara de ella. Sin más, siguió su camino sin darle mayor importancia. Daryl, en cambio, sonreía satisfecho. Su indiferencia no correspondía a un hecho fortuito, había sido con total intención: ignorarla a propósito. "Un trago de indiferencia para bajarle los aires de diva", pensó.  La piel de la mujer tenía un hermoso tono marrón. Su figura poseía unas curvas que resultaban exageradas para ciertas personas, pero no para los hombres, y no por ello carecía de hermosura. Y es que las mujeres afro son así. Poseen todo en abundancia: belleza, gracia, curvas y voces angelicales. Llevan el ritmo en la sangre y la pasión en el carácter. Genie no era la excepción. Estaba enmudecida, sujetando firmemente su bolso en el hombro izquierdo ante la pantalla en el camerino de Nyo. Las evidencias habían sido expuestas delante de ella. En el video se podía apreciar claramente como había actuado de manera premeditada para lastimar a Rubí. Ese día había enloquecido de celos al ver como Nyo le dedicaba una canción a su chica. Ahora él la miraba con el ceño fruncido desaprobando su actuar. Genie, en vez de reconocer su error, perdió la cabeza nuevamente. Que dañinos pueden resultar los celos cuando son desmedidos. —¡Todo esto es tu culpa! — gritó enfurecida apuntando a Rubí que se mantenía al lado de Nyo por precaución—. ¡Lárgate de aquí, blanquita! Tú no perteneces a este mundo. Me robaste a Nyo y él es mío, ¿entiendes? ¡mío! Genie ya estaba frente a Rubí con mirada amenazante. Si no hubiera sido por Nyo que se interpuso entre ellas, la hubiera arrastrado de los cabellos hasta la salida. —¡No vuelvas a lastimar a Rubí o no entrarás más a mi bar! —el tono brusco del moreno, dejó congelada a Genie. Su rostro tenía una expresión dura que daba miedo, era poco habitual verle malhumorado. —Pero, Nyo... —la voz de Genie ahora era suave y sumisa. —¡Nyo nada! Te prohibo que la toques. Ahora lárgate de aquí. —¡Nyo...! —rogó con desespero. —Genie, sal... —Nyo le mostró la salida extendiendo su brazo y la mujer no tuvo más remedio. Miró a Rubí con odio y le gritó antes de salir: —¡Me las pagarás, blanquita! —Salió dando un feroz portazo. No podía aceptar que Nyo ahora estaba con Rubí y no con ella.
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