Dedos juguetones

1776 Words
Victoria estaba sentada frente a Nina, quien le dedicaba una mirada traviesa mientras le daba un sorbo a su café. —¿Estás emocionada? —le preguntó Nina, con una sonrisa juguetona. Ella asintió distraída, sus pensamientos anclados en el recuerdo del hombre que había conocido la noche anterior. Le resultaba surrealista, pero no podía ignorar la memoria de ese momento en el que había mordido su dedo con deleite, o la impresión persistente de aquel cuerpo musculoso y la sinfonía de sus gemidos que aún resonaban en su cabeza. Los ojos azules de Nina exploraron su figura, y eso le bastó a Victoria para no aguantar más. Le contó lo ocurrido sin tapujos. A excepción, claro, de lo ocurrido en el ascensor. Pero incluso así, notó la creciente incredulidad de su amiga, quien sabía que ella jamás se había sentido tan atraída por alguien. —¿Y volverán a verse? —preguntó Nina mientras mordía una pera. —Por supuesto que sí —respondió Victoria, acomodándose el cabello suelto que caía sobre sus pechos—. Tengo que experimentarlo al menos una vez más, si no, me muero. Nina se levantó entonces con decisión, cogiendo su portátil con la destreza de siempre y volviendo junto a ella. —¿Qué piensas hacer? —quiso saber Victoria, algo desconcertada. —Voy a buscar a tu "Señor Sexy". Si maneja una empresa, debe haber información sobre él en la web. La idea no se le había cruzado a Victoria hasta ese instante. Podría haber investigado fácilmente en Google sobre él, su carrera, su apariencia. Pero nada en internet iba a compararse con la experiencia de conocerlo en carne propia. —No es "Señor Sexy", Nina —le corrigió con una sonrisa—. Es el Señor del Sexo. Victoria se levantó entonces y, con las llaves en mano, añadió: —Livia viene a almorzar conmigo a la oficina. Si quieres, pasa por allí con lo que encuentres —dijo, colocándose las gafas de sol sobre la cabeza. —Pareces lista para la guerra —rió Nina antes de besarle la mejilla. —Créeme, así es como me siento —le respondió Victoria, saliendo finalmente del piso. Al llegar al lobby del edificio, lo vio. Un hombre enorme, vestido con un traje n***o, que se giró hacia ella y la miró con reconocimiento. Era el guardaespaldas que había estado junto a Moreau en el mostrador de información. Su figura era intimidante y sus lentes tan oscuros que ni siquiera dejaban ver sus ojos. —El señor Moreau la está esperando —le anunció con voz firme. Victoria lo miró sin comprender del todo. —¿Dónde y por qué? —En su coche. Él le explicará —respondió, señalando un Ferrari n***o mate estacionado en la entrada. Las ventanas tintadas impedían ver el interior. —Tengo que ir a trabajar —intentó replicar mientras avanzaban. —Considérelo un viaje gratuito —contestó él, abriéndole la puerta del automóvil con cortesía. Subió al coche y su corazón se aceleró. Ni siquiera había visto a Moreau todavía, pero la electricidad que le recorría el cuerpo era innegable. —Mírame, Victoria —ordenó una voz grave. Alzó la vista y lo único que vio fueron sus ojos. Unos ojos hermosos, verdes con matices oscuros, tan únicos como él. Él se deslizó lentamente hacia ella y Victoria sintió cómo el calor subía por su cuerpo, como si el aire acondicionado no existiera. Cada poro suyo sudaba, cada centímetro de su piel se encendía ante su presencia. Sin duda, la imagen de este momento era una delicia. Victoria sentía una abrumadora sensación al tenerlo tan cerca. Sus ojos no podían evitar recorrerlo, deteniéndose en esos labios llenos y siguiendo hasta los ángulos afilados de su mandíbula. Fue entonces cuando se dio cuenta de cuánto deseaba tocarlo, un anhelo que se intensificó al sentir el calor de su mano sobre su muslo. Su respiración se volvió irregular, y por un instante, pensó que si seguía inhalando ese aroma suyo, podría perder el sentido. La caricia firme pero delicada en su pierna desnuda la hizo tomar conciencia de cómo su cuerpo reaccionaba. Una humedad creciente se hacía presente entre sus piernas, y ella temía, con un toque de vergüenza, arruinar el lujoso cuero del asiento o el delicado tejido de su vestido. —Espero que no te moleste que te haya recogido. No podía esperar más para verte. Mírame a los ojos, Victoria —dijo él. Hipnotizada por la autoridad en sus palabras, desvió su mirada hacia su mano en su muslo, intentando ganar algo de control sobre sí misma. Pero cuando él le pidió que lo mirara, obedeció sin vacilar. —Responde a lo que te he dicho —ordenó. —No me lo esperaba, pero no me importa. Gracias —respondió en un susurro, incapaz de romper el contacto visual. —¿Me tienes miedo, Victoria? —preguntó él, esta vez con una severidad que parecía entrelazada con un deseo abrumador. —No —contestó ella, sintiendo cómo su mano apretaba ligeramente su muslo, arrancándole un jadeo suave. —¿Estás mojada? Si alguien más hubiera pronunciado esas palabras, habría reaccionado con enfado y desprecio, pero con él era diferente. Todo con Blake Moreau era diferente. Como en un trance, asintió con la cabeza. —¿Puedo? —preguntó él, esta vez dejando que ella tuviera la opción de responder. Victoria miró su mano deslizarse con elegancia, acercándose a su piel más íntima. Sabía que podía negarse, pero el deseo que ardía dentro de ella la empujaba en otra dirección. Quería que la tocara. Asintió de nuevo, y su mano continuó hasta llegar a la delicada tela de encaje que la cubría. El sonido de su respiración al exhalar, combinado con la tensión en su cuerpo, la estremeció aún más. Cuando él movió sus dedos sobre ella, la calidez de su contacto envió corrientes eléctricas a través de su piel, haciéndola jadear en un intento de contener el gemido que se acumulaba en su pecho. Con movimientos lentos y calculados, él trazó un camino arriba y abajo, provocándola de tal forma que sus piernas se separaron un poco más, casi por instinto. —Estás empapada. ¿Te excito tanto? —le preguntó, con los ojos ahora oscurecidos por un deseo palpable que parecía consumirlo. Victoria, incapaz de contenerse, asintió y dejó escapar un gemido que ya no pudo reprimir. Él comenzó a masajear su clítoris con precisión, y la sensación la envolvió por completo. Nunca antes había experimentado algo tan intenso con ningún hombre. —¿Quieres que te lleve al orgasmo? —preguntó él, como si le ofreciera un manjar exclusivo. —Responde con tu hermosa voz, quiero oírla —añadió con firmeza, mirándola fijamente. Por un momento, Victoria se preguntó si él sentía lo mismo por ella que lo que ella experimentaba por él. Reuniendo fuerzas, respondió con un hilo de voz quebrado: —Sí, por favor, llévame al orgasmo. —Pues será un placer —susurró Blake, apartando la tela que separaba su piel de la suya. La intensidad de los movimientos de Blake hacía que Victoria gimiera sin poder evitarlo, apenas podía respirar, y la presión en su garganta junto con la sequedad en sus labios hacían la experiencia aún más intensa. Sus caderas se movían al ritmo de los dedos fuertes que la guiaban, mientras la sensación de un orgasmo inminente le nublaba la mente. Era difícil de creer, para ella, que un hombre con una fortuna de miles de millones estuviera dedicándole su tiempo y placer en el asiento trasero de un lujoso auto. Y, sin embargo, lo estaba disfrutando como nunca antes. No había lugar para sentirse expuesta o vulnerable; lo único que sentía era una lujuria pura que la consumía por completo. De pronto, Blake intensificó sus movimientos. Dos de sus dedos la penetraron con tal brusquedad que un grito escapó de sus labios mientras su cuerpo reaccionaba de manera instintiva, elevándose ligeramente del asiento. No había duda de que él sabía exactamente cómo tocar a una mujer, y ella nunca había estado tan excitada como en ese momento. Su otra mano subió hasta su rostro, separándole los labios con precisión antes de deslizar su pulgar en su boca. Los ojos de él se fijaron en ella con una expresión de triunfo masculino que envió un escalofrío por su estómago. Victoria no pudo resistirse; chupó su dedo con devoción, observando cómo su pecho subía y bajaba con la misma intensidad que el suyo. Saber que él estaba tan excitado como ella la llenó de audacia. Aumentó el ritmo de sus movimientos, montando los dedos de Blake con fervor mientras seguía succionando su pulgar. Cuando sus labios bajaron a besarle el cuello, el orgasmo la tomó por asalto, dejándola temblando con tal fuerza que su visión se nubló por completo. Cuando finalmente recuperó el aliento, abrió los ojos y lo vio llevándose la mano a los labios, lamiendo con calma los rastros de su humedad en sus dedos. Era la escena más erótica que jamás había presenciado. Apretó los muslos en un intento de controlar el deseo que comenzaba a resurgir, pero la imagen de Blake degustándola era suficiente para encenderla una vez más. —Sabes deliciosa, Victoria —dijo él, justo cuando el coche se detenía. La decepción se instaló en su cuerpo al darse cuenta de que su viaje lleno de pasión había llegado a su fin. Pero entonces, Blake tomó su mano, llevándola a sus labios para besarla con una suavidad. Sus labios eran tan cálidos y delicados como imaginaba. —Te recogeré a las nueve, Victoria. Espero que no tengas otros planes —anunció con confianza. —Iba a cenar con mi… —comenzó a explicar, pero él la interrumpió con una sonrisa. —Con tu hermana, ya lo sé. Pero después de eso, pasarás el tiempo conmigo. Victoria asintió, sin molestarse en preguntar cómo sabía tanto sobre su vida. Algo en él hacía que todo pareciera natural. —Que tengas un buen día —murmuró, mirándolo fijamente. —Con el recuerdo de tus gemidos en mi mente, este día será inolvidable, pase lo que pase. Gracias, Victoria. A ti también. Él esbozó una sonrisa que desapareció casi de inmediato, y ella tragó saliva antes de bajar del coche, todavía tratando de procesar el efecto que ese hombre tenía sobre ella. Había sido el mejor orgasmo de su vida, y haría cualquier cosa por volver a sentir sus manos explorándola. Sin embargo, sabía que tendría que esperar hasta la noche. Las próximas horas serían, sin duda, las más largas de su vida.
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