Archie y yo nos mirábamos en silencio después de esa conversación pendiente. Era como si estuviéramos sosteniendo una partida de póker emocional: él seguía mostrando una cara imperturbable, y yo, por primera vez, me sentía demasiado cansada para intentar leer sus pensamientos. Sin embargo, en mi interior, las dudas empezaban a acumularse como cajas de Pandora dispuestas a explotar en cualquier momento. Esa noche, cuando subimos al cuarto, intenté distraerme. Archie se quedó en la cocina haciendo un té, y yo me puse a ver la tele, zapeando entre canales de chismes y noticias de farándula hasta que el sonido de la puerta de la cocina se abrió. —¿Qué ves? —preguntó Archie con una sonrisa mientras se acercaba, con una taza en cada mano. —Nada interesante, lo de siempre —respondí, fingiendo

