Casa embrujada, supongo
La casa estaba en silencio, excepto por el crujir ocasional de las paredes, como si la mansión, con su fachada imponente y su historia centenaria, tuviera vida propia. Había estado postergando este momento durante días, ignorando el incesante murmullo en mi cabeza que me decía que algo no andaba bien. Pero la curiosidad, ese impulso inquieto que no lograba contener, finalmente me había vencido.
El sótano siempre había sido un lugar que evitaba. No sé si era por la oscuridad que reinaba allí o por las historias que Archie me había contado en los primeros meses de nuestro matrimonio, cuando todo parecía un sueño, una fantasía de cuentos de hadas. "Es solo un viejo almacén", decía él, "nada más que trastos y recuerdos olvidados". Pero había algo en la manera en que lo decía, una ligera vacilación en su voz que ahora, al recordar, hacía que se me erizara la piel.
Hoy, sin embargo, decidí enfrentar lo que fuera que me estuviera esperando allá arriba. Cada paso que daba hacia la puerta del sótano hacía que mis nervios se tensaran un poco más, como cuerdas a punto de romperse. El sonido de mis propios pies resonaba en el largo pasillo, aumentando mi ansiedad. Al llegar al pie de la escalera que conducía al sótano, me detuve un momento, dudando. Una parte de mí quería dar media vuelta y regresar a la seguridad de mi habitación, pero la otra, la que había estado despertando lentamente desde que me di cuenta de que la vida con Archie no era tan perfecta como había imaginado, insistía en seguir adelante.
Comencé a subir los escalones de madera, que crujieron bajo mi peso. El aire se volvía más pesado a medida que me acercaba, cargado de polvo y algo más, una especie de humedad vieja que no había notado en ningún otro rincón de la casa. Al llegar a la cima, me encontré frente a la puerta de madera vieja y agrietada. Tomé una respiración profunda y la empujé lentamente, haciendo que las bisagras chirriaran en protesta.
El sótano estaba oscuro, las únicas fuentes de luz eran un par de pequeñas ventanas cubiertas de polvo que apenas dejaban entrar la tenue luz del día. Me tomó unos segundos acostumbrarme a la penumbra, pero cuando lo hice, sentí que el corazón se me detenía por un instante. Allí, en el suelo, cerca de una vieja maleta, había una mancha roja, pequeña pero inconfundible. Sangre.
Soy la esposa de una de las personas más codiciadas de todo Estados Unidos. Esto no me libra de no enfrentarme a grandes retos de ahora en adelante. Retos que... no pensé que me enfrentaría a ellos tan rápido.
Todo estaba lleno de ropa de hombre que conocía de cierta forma, cabello y... ¿sangre?
Sentí una oleada de náuseas, pero me obligué a mantener la calma. Tenía que saber más, entender qué estaba pasando. Me acerqué con cautela, mis pies haciendo crujir el suelo de madera con cada paso. Al llegar junto a la mancha, me arrodillé lentamente. No estaba fresca, pero tampoco tan vieja como para haberse oxidado por completo. Había algo más, unas pequeñas huellas que se alejaban de la mancha hacia una de las esquinas más oscuras del sótano, donde apenas alcanzaba a ver.
—¿Qué demonios...? —murmuré para mí misma, sintiendo cómo la ansiedad se convertía en un miedo tangible, casi paralizante. ¿Archie asesinó a alguien?
Me levanté de golpe, impulsada por un instinto de supervivencia que me gritaba que saliera de allí cuanto antes. Casi tropecé con una caja mientras me dirigía hacia la puerta, y me detuve solo un segundo para cerrar de un portazo antes de bajar las escaleras casi corriendo.
La cabeza me daba vueltas cuando llegué al pasillo de nuevo. Me apoyé contra la pared, tratando de calmarme, pero la imagen de la sangre seguía grabada en mis retinas. ¿Qué estaba pasando en esta casa? ¿Qué estaba escondiendo Archie? Con el corazón aun latiendo descontroladamente, me dirigí a su despacho.
Empujé la puerta sin siquiera llamar. Archie estaba sentado detrás de su escritorio, concentrado en unos papeles, pero levantó la vista al oírme entrar. Debí de tener una expresión que lo sorprendió, porque su rostro cambió de inmediato de indiferente a preocupado.
—¿Christine? —preguntó, su voz teñida de confusión—. ¿Qué sucede?
Me acerqué a él, cruzándome de brazos, tratando de contener la furia y el miedo que me consumían.
—¿Por qué hay sangre en el sótano, Archie? —mi voz salió más firme de lo que esperaba, pero sentí un nudo en la garganta que amenazaba con quebrarme.
La reacción de Archie fue inmediata, su rostro se tensó y vi una sombra de algo, tal vez miedo, cruzar por sus ojos antes de que pudiera ocultarlo detrás de una máscara de calma.
—Christine, cariño, no es nada que deba preocuparte —dijo, levantándose para acercarse a mí. Su tono era suave, casi paternal, como si estuviera calmando a una niña asustada—. A veces... las cosas se complican en los negocios. No siempre son limpias, pero todo está bajo control.
—¿Negocios? —repetí incrédula—. ¿Qué tipo de negocios involucran sangre en nuestro sótano? ¿Mataste a alguien Archie? Porque la ropa que ví allá abajo me era bastante conocida.
Él me miró con una paciencia que solo logró enfurecerme más. Sentí la rabia hervir bajo mi piel, mezclándose con el miedo.
—No te metas en esto, Christine —dijo, su voz ahora un poco más firme, como si mi insistencia estuviera empezando a molestarlo—. Solo confía en mí. Es mejor que no sepas los detalles.
Hubo un momento de silencio entre nosotros, un abismo de incomprensión que nunca había sentido tan profundo como en ese instante. Quería gritar, exigir respuestas, pero al mismo tiempo, algo en mí me decía que no estaba lista para escuchar lo que él podría decirme. Tal vez porque en el fondo ya lo sabía. Tal vez porque el miedo a lo desconocido era más fácil de manejar que la terrible verdad.
Finalmente, di un paso atrás. Necesitaba espacio, tiempo para procesar lo que acababa de descubrir, y, sobre todo, para decidir qué hacer al respecto. Sin decir una palabra más, me di la vuelta y salí del despacho, cerrando la puerta detrás de mí con más fuerza de la necesaria.
Me dirigí directamente hacia la habitación de Thais. Necesitaba algo que me anclara a la realidad, y cuidar de ella siempre lograba calmar mis nervios. Thais era más que una amiga; se había convertido en una especie de refugio en esta vida que se sentía cada vez más extraña, más ajena a mí.
Al entrar en la habitación, vi que estaba sentada junto a la ventana, mirando hacia los jardines. Su rostro, tan sereno y despreocupado, me dio un respiro de alivio que no había sentido en toda la mañana.
—Thais —llamé suavemente, acercándome a ella —¿Te apetece que pasemos un rato juntas?
Ella me miró con esos ojos oscuros y tranquilos, asintiendo con una pequeña sonrisa. Me senté junto a ella, y por un momento, permití que la calma de su presencia me envolviera, alejando, aunque fuera temporalmente, los oscuros pensamientos que se arremolinaban en mi mente.
Pasamos la siguiente hora charlando sobre cosas triviales, riendo de recuerdos que compartíamos y, por un momento, pude olvidar el espanto que había descubierto en el sótano. Pero la tranquilidad no podía durar para siempre. Sabía que eventualmente tendría que enfrentar lo que estaba sucediendo en mi hogar, aunque no estaba segura de cómo o cuándo.
Después de un tiempo, decidí salir al jardín para despejarme. El sol de la tarde estaba comenzando a descender, bañando todo con un resplandor dorado que debería haber sido reconfortante, pero que ahora se sentía extrañamente inquietante. Caminé entre los setos perfectamente recortados, tratando de encontrar consuelo en la belleza del lugar, pero mi mente seguía regresando a la imagen de la sangre, a la mirada de Archie cuando intentó calmarme.
Fue en uno de esos caminos serpenteantes donde me encontré con mi suegro, Doménico. Lo vi de lejos, su figura alta y corpulenta destacando contra el fondo de las estatuas y fuentes. Había algo en la forma en que me miró que me puso en alerta de inmediato, una especie de predadora en su mirada que no había notado antes, o tal vez simplemente lo había ignorado.
—Christine —su voz era profunda, casi ronca, cuando finalmente se acercó lo suficiente para hablarme —Qué sorpresa encontrarte aquí sola.
Intenté mantener una distancia prudente, pero él avanzó un paso, obligándome a retroceder ligeramente.
—Solo estaba dando un paseo —respondí, mi tono intentando ser casual, pero noté cómo mis palabras salieron un poco forzadas.
⸻Lo noté. No se si quisieras que demos un paseo juntos algún día, así nos conocemos mejor ⸻Dijo con una expresión un tanto lasciva… de esos comentarios que lanzan los alcohólicos en los bares a las 12 de la noche, comentarios que dan asco.
⸻Algún día ⸻Dije retirándome lo más pronto posible. ¿Quién es este hombre para decir esas cosas?